Habla memoria

Habla memoria

Los escudos de armas y las banderas forman parte de un mundo misterioso, cuyos efectos simbólicos trascienden su funcionalidad inmediata. Su origen –nos cuenta Bartomeu Bestard en L’escut del Rei– sería medieval, como consecuencia de una necesidad militar: en el fragor de la batalla, los soldados tenían que localizar a su señor. A partir del siglo XI, «no es trigarà a veure –escribe Bestard– com antics i nous emblemes es comencen a col·locar en els escuts dels cavallers i en les gualdrapes dels seus cavalls. […] En principi aquests emblemes seran únics i irrepetibles per a cadascún dels cavallers però, en poc temps, aquests símbols no trigaran a heretar-se, convertint-se així en emblema familiar o de llinatge.»

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La lección de Eton

Foto: Herry Lawford.

Fue a principios de la década de los treinta cuando el secretario de Estado del Foreign Office -que años más tarde llegaría a primer ministro-, Anthony Eden, se encontró con Adolf Hitler en Berchtesgaden. Allí hablaron de Europa y de la paz pero, sobre todo, de las heridas que la Gran Guerra infligió a Alemania. Para el Führer, la única razón que explicaba la humillante derrota alemana de 1918 era el carácter disciplinado y brillante de las élites militares inglesas, formadas en el mítico College de Eton.

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Jiménez Lozano: raíz castellana, aliento europeo

El filósofo hebreo Jacob Taubes afirmó en una ocasión que la historia del pensamiento occidental se divide entre los partidarios de Friedrich Nietzsche y los de Pablo de Tarso. De hacer caso a Taubes, diríamos que José Jiménez Lozano se inscribe en la estirpe familiar del Apóstol de los gentiles –y por familia entiendo una cultura y una sensibilidad -; no tanto por el apelativo de “escritor cristiano”– que a veces ha rehuido Jiménez Lozano -, sino por el componente de conversión –de ruptura ética con lo ya establecido– que define su obra.

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La geometría de la luz

Recuerdo perfectamente el momento en que descubrí la literatura de José Carlos Llop. Fue una tarde de invierno de 1996, hacía frío y las nubes condensaban el color del cielo. Yo, por aquel entonces, era un joven policía militar que salía a pasear a menudo por las murallas de la ciudad. Miraba el mar, tomaba notas, leía. El libro era La estación inmóvil, su primer dietario, publicado por Guillermo Canals en una hermosa colección llamada Port Royal. Aquella tarde, empezaron a caer copos de nieve y la luz, de repente, adquirió una intensidad inaudita formando una especie de mosaico de teselas blancas. En una de las notas del dietario, leí que “escribir es un viaje a través de las tinieblas hacia la claridad”. Pensé en ello, cerré el libro y regresé andando al cuartel.

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Por qué amamos las biografías

La literatura – escribe Valentí Puig en lo que va de siglo – puede representar sentido, memoria, belleza, una ilusión de tiempo, un modo de conocimiento, una pasión por la experiencia y, a la vez, una crítica de la vida, en invierno y en verano”. En estas palabras del escritor mallorquín se resume buena parte de la arquitectura espiritual de Occidente: el sustrato cultural que aglutina el pasado con el futuro, la ejemplaridad con el resorte ético. Enfrente, el manierismo de las corrientes críticas, el sofisma postmoderno que niega a lo real cualquier rescoldo de verdad.

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1Q84

En alguna ocasión he afirmado que el éxito de Haruki Murakami se debe al fundamento postmoderno de su sensibilidad y no a la calidad literaria de su obra. Escritor de culto – recordemos que el mítico The New Yorker lo ha encumbrado a él, a Alice Munro y al irlandés William Trevor, como los referentes absolutos de la literatura de hoy -, las novelas de Murakami se acercan peligrosamente a la concepción líquida que un sociólogo como Zygmunt Bauman tiene de la realidad. Sus libros hipnotizan y decepcionan a la vez, casi como un espectáculo pirotécnico de costosa factura. El carácter de sus protagonistas se asocia a la fragilidad cambiante de un mundo que pone en duda la frontera entre lo real y lo irreal. Paisajes urbanos, personajes cultos y solitarios, banda sonora de jazz, gotas de sexo y de alcohol –siempre muy mesurado- y la necesidad perentoria de amor conforman el cóctel de una obra marcada por el éxito de popularidad. Tusquets publica ahora los dos primeros libros de su trilogía 1Q84, de la que en Japón se han vendido millones de ejemplares.

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