Sobrevivir a la incertidumbre

En la vida pública española existen todavía espacios para la reflexión alejados del ruido mediático y de la lucha partidista. Un buen ejemplo de uno de estos lugares lo constituye el reciente libro que Antonio Garrigues Walker –con la estrecha colaboración de Antonio G. Maldonado– acaba de publicar en la  editorial Deusto: Manual para vivir en la era de la incertidumbre. La inconsistencia de las sociedades líquidas, carentes de anclajes sólidos, se traduce en un tipo determinado de desasosiego que evita mirar de frente a la realidad. «Urge recuperar el prestigio de nuestra realidad», insiste en las páginas de esta obra el ilustre jurista madrileño, consciente del elemento gaseoso y volátil que prende con demasiada facilidad en nuestras emociones. Importa poco si nuestra mirada se fija en el pasado o si la reservamos para un futuro utópico, la clave de nuestro malestar reside en una especie de odio funesto hacia todo aquello que nos configura y nos limita. Recuperar el prestigio de la realidad significa volver a asumir que la imperfección nos hace humanos y que el deseo de mejorar nos enaltece. «Se trata en gran medida –escribe Garrigues Walker– de devolver la autoestima al ciudadano, de hacerle creer de nuevo en las posibilidades de su propia autonomía. Ese es el gran logro de Occidente y la base de la democracia liberal, hoy en cuestión frente a modelos represivos pero económicamente eficaces en el corto plazo».

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Una belleza vedada

Existe una belleza vedada a nuestros sentidos, oculta tras los muros de los monasterios. Peter Seewald y Regula Freuler le han dedicado un librito, con el título de Los jardines de los monjes (Ed. Elba). Ajenos al mundo, los jardines y los huertos del monasterio sellan un pequeño paraíso donde se refleja un sencillo orden natural que es, a la vez, profundamente humano. Nos recuerda Gregorio Luri, en su tratado sobre el conservadurismo, aquella conocida cita de Horacio Naturam expelles furca, tamen usque recurret sobre el inexorable retorno de la naturaleza a poco que el hombre abandone el cuidado de la tierra. Se diría por tanto que, sin nuestro trabajo, reaparece lo salvaje como un basso ostinato de la existencia. La evolución no sería más que esa lenta pero constante discrepancia de la creación con sus imperfecciones de origen.

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Juan Claudio de Ramón: “Canadiana”

Una vieja discusión teórica plantea un dilema político ineludible. ¿Qué prima más en la forja de los países: el espacio o el tiempo? ¿Somos tributarios del clima y de la geografía o del lento transcurrir de los siglos?

La reciente Canadiana del ensayista y diplomático Juan Claudio de Ramón no elude esta cuestión, que recorre de arriba abajo la espina dorsal de la identidad canadiense. Y es que, definido por la infinitud de la naturaleza y por las servidumbres del rigor invernal, Canadá se ha construido ante todo en relación con el espacio.

«Por un lado –reflexiona el autor–, ese factor distancia hace de la canadiense una sociedad de frontera, vigorosamente solidaria. Para sobrevivir a un impío clima y a una vastedad sin igual, han de cooperar unos con otros y socorrerse en caso de peligro. Desde esta perspectiva, no es difícil de entender que haya sido un país propicio al arraigo de ideas socialdemócratas. Por otro lado, la inconsciente apropiación de un espacio infinito hace del canadiense medio un ser contemplativo y moderado».

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