El gusto por la lengua

El gusto por la lengua

Los contrastes definen al hombre y a la sociedad. Los romanos distinguían a los patricios de la plebe, aunque ambos formaban un solo pueblo, unido bajo las siglas SPQR. Tocqueville, en los albores de la democracia, observó también la tensión que latía entre el espíritu aristocrático de las viejas élites y el instinto igualitario que instigaba el deseo del pueblo llano, de modo que en el nuevo ciudadano de la república coexistirían –no sin fricciones– dos almas que se alimentaban mutuamente. Un ejemplo clásico lo encontramos en la educación francesa, que tomó del Gran Siglo su gusto por la exquisitez de la lengua. Si los reyes y su corte de nobles y hombres cultos habían dado forma a la alta cultura, «la República –escribe Pierre Manent– quiso imprimir en el corazón de todos los niños franceses la lengua del rey».

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Christopher Hitchens

Christopher Hitchens

Podría decirse que a la obra de Christopher Hitchens llegué tarde y mal. Recuerdo la primera vez que lo leí, de noche, en una habitación de hotel. Había acabado A mi manera, la extraordinaria recopilación de artículos y de ensayos de George Orwell, que publicó hace años Destino y, casi por azar, encontré en una librería La victoria de Orwell, el boceto biográfico que Hitchens dedicó al escritor británico. El libro me causó una cierta decepción. Por un lado, tenía a uno de los escritores más brillantes y lúcidos del siglo XX; al otro, un autor ingenioso y polémico sujeto al vicio contemporáneo de la demolición. Pensé entonces que hay gente que para construir necesita llevar la contraria, deshaciendo mitos, denunciando hipocresías, algo así como la voz profética del antiguo pueblo judío. Y también pensé que no era ese el caso de Hitchens – lo de la voz profética, digo – y que entre Orwell y su epígono, yo había tomado ya mi decisión.

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