Maestro Pierre-Le Tan

Creo que fueron las hermanas Brönte –pero tal vez fuera Jane Austen– las que afirmaron que para escribir una novela sólo se necesita una puerta entreabierta, es decir, una mirada rápida y furtiva que ilumine por un segundo la trama de la vida. La anécdota, digamos, que alcanza una vez tamizada por la sabiduría, el talento y la experiencia el rango de categoría. Pensaba en ello esta mañana, mientras llovía con furia y en casa sonaba el último movimiento de la Tercera Sinfonía de Mahler interpretada por el maestro holandés Bernard Haitink. Con noventa años, Haitink acaba de despedirse de la dirección orquestal este verano, en un histórico concierto que cierra de algún modo otra época más: una forma de entender la música, humilde y poco estridente, de contornos casi artesanales. Escucho a Mahler y pienso en las hermanas Brönte, aunque en realidad lo que hago es llorar la muerte del pintor francovietnamita Pierre Le-Tan, que acaba de fallecer a los sesenta y nueve años.

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La espuma de las primeras olas

En 1942, el poeta polaco Czesław Miłosz ya había visto pasar el Apocalipsis ante su apartamento en Varsovia: los Panzer alemanes recorriendo las avenidas de la ciudad bajo la luz fría de la mañana, los judíos encerrados en el gueto, las matanzas rituales que seguían el dictado de la raza y anunciaban la puesta en marcha de una “Solución Final”.

El joven Miłosz –que apenas rebasaba los treinta años– supo entonces que la mirada percibe en ocasiones una realidad vedada a la mera razón. Su desconfianza hacia la abstracción de las ideas puras, hacia una metafísica que desconozca la carnalidad de la imaginación, se originó en aquellos años definidos por un intenso horror. «Nos hemos liberado –comentó– de tantas mentiras tranquilizadoras, de tantas ilusiones y subterfugios; lo opaco ha devenido transparente».

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Entre Darwin y Freud

De Freud a Pinker, la vida contemporánea se mueve impulsada por el estricto compás de la psicología. Pensemos, por ejemplo, en el eclipse de las iglesias —del confesionario al gabinete psicológico— o en el rol que han desempeñado Jung y sus arquetipos en el mapa de la ciencia ficción: Star Wars o el cómic Promethea sin ir más lejos. Como todas las modas, muchos de los presupuestos de la psicología terminan desgastándose —es el caso de los manuales de autoayuda—, o simplemente palidecen dejando paso a una nueva dogmática. ¿Qué perdura del psicoanálisis freudiano en nuestros días? A nivel terapéutico muy poco, aunque su estela cultural continúe siendo potente. Harold Bloom ha escrito, en alguna ocasión, que la originalidad de Freud consiste en haber ofrecido una nueva hermenéutica del alma humana, una especie de mitología cuya retórica traspasa la sensibilidad del siglo XX.

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Los ultramontanos

El lenguaje viste la realidad. Se diría que la disfraza y enmascara, la ilumina y cincela. El novelista alemán Martin Mosebach nos invita en Der Ultramontane a fijarnos en una palabra antigua, casi en desuso, que remite a un pasado incomprensible para la sensibilidad moderna: ultramontano es lo que se sitúa más allá de las montañas, más allá de las murallas naturales que conforman los Alpes y los Pirineos a ojos de la Europa central. Roma y España, en definitiva. Esto es, el desdén por el atraso católico frente a las luces de la Razón y al nacionalismo prusiano. El ultramontano se caracterizaba por su adhesión a una persona singular –el papa– en lugar de rendir pleitesía a una ideología, un partido o una facción. Por lo tanto, el ultramontano puede ser monárquico, pero no nacionalista; puede desear el regreso del emperador –como imploraba Joseph Roth en sus novelas–, pero no el triunfo de cualquier utopía política. “El ultramontano –escribe Mosebach– sostiene que la sociedad no tiene la última palabra en cuestiones de derechos, justicia y moralidad. No le reconoce el poder de generar su propia legitimidad, ya que la sociedad no puede constituirse como un sistema meramente hermético y autorreferencial. El ultramontanismo representa el mayor rechazo al totalitarismo”.

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La luz más noble

Preguntado acerca de la muerte, el escritor francés Léon Bloy respondió que sentía una inmensa curiosidad. Ante esta misma cuestión, suscitada por la enfermedad, el filósofo Gabriel Amengual contesta que lo que él siente es una inmensa gratitud. Son palabras que sólo pueden surgir de la confianza, es decir, de una intimidad que se adhiere como un don a la vida ante la realidad insoslayable de la muerte. «La vida mana –escribe el autor mallorquín en su reciente opúsculo L’experiència de la malaltia–. ¿Sempre? ¡Sempre!». Hay algo sobrecogedor en esta convicción que se erige contra los cimientos de la razón, pero no contra la experiencia humana. Se diría que la vida –nuestra vida– perdura porque ni siquiera la muerte puede destruir ese don que es el amor. «Amo, luego existo», ha afirmado un pensador contemporáneo tan  perspicaz como el obispo ortodoxo de Pérgamo Juan Zizioulas, subrayando el verdadero rostro antropológico del ser humano: su condición radical de hijo y, por tanto, de criatura necesitada, dependiente –por así decirlo– de un amor anterior que nos forma y nos modela. «En la relació personal –explica Amengual– és evident que ningú es dona la vida a ell mateix, sinó que la rep; un es pot donar la mort, però no el naixement; és un do; el do primer i primari, el més bàsic, a partir del qual són possibles tots els altres dons, tot l’itinerari de fer-se i formar-se, tota la trajectòria vital, tot l’intercanvi de rebre i donar». Son palabras que ofrecen consuelo porque iluminan el sentido de esta primacía sobre la muerte: así como recibimos, también entregamos y, en esa entrega, se preserva nuestra vida: en forma de recuerdo y de memoria, en forma de amor y de generosidad, en forma de amistad y de gratitud. Es una vida que persiste porque ilumina a los demás y no porque se crea foco de sí misma. Nadie, diríamos, es luz de su propia existencia.

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La imaginación conservadora. Gregorio Luri

Hay decálogos poco dogmáticos pero certeros. El primer mandamiento de un conservador responde a su viva conciencia del pecado original y de las distintas servidumbres que acarrea la imperfección humana. El conservador no niega el rostro benéfico de la razón, aunque intuye lo afilado de sus aristas. El conservador ama la verdad —no puede no hacerlo— y efectivamente la persigue con ahínco; sin embargo, al mismo tiempo sabe que, en un mundo imperfecto hecho de sombras y cascotes, las ficciones compartidas, las mentiras nobles y los relatos sofisticados tienen una función que haríamos mal en desdeñar.

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