El cronista

Walter Benjamin

Los sueños anuncian las grietas que se abren a nuestro paso. Los sueños son historias rotas, piezas de un puzle por cuyos huecos se trasluce la angustia del presente o los ecos de un deseo sin brida; tal vez, el galope ansioso del futuro. El poeta Jean Paul fue el primero en soñar la muerte de Dios, el asesinato del Creador a manos del hombre. Para el escritor  alemán, fue poco más que una pesadilla en la que se presagiaba el largo silencio de una orfandad cósmica: la ausencia de sentido. Por supuesto, Jean Paul desconocía la letra menuda del futuro, el Gólgota que le esperaba al dios caído. No podía saber que, décadas más tarde, Friedrich Nietzsche anunciaría la buena nueva de la muerte del Dios cristiano; ni que, poco después, antes de morir en la locura, se arrojaría en Turín sobre un caballo, al que su cochero azotaba, y lo abrazaría entre lágrimas. Jean Paul no podía adivinar los Lager alemanes, ni los dibujos que garabateó Zoran Music en los campos de exterminio, ni los gulags soviéticos que diseminaban el miedo como una epidemia mortal, ni los últimos cuartetos desolados que compuso Dmitri Shostakóvich, ni la filosofía banal de Sartre, ni la frivolidad pop elevada a criterio moral. Jean Paul sólo tuvo una pesadilla que anotó la mañana siguiente con la minuciosidad de un registrador. Los sueños anuncian las grietas y el suelo tambaleante, no la semántica del futuro.

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Habla memoria

Habla memoria

Los escudos de armas y las banderas forman parte de un mundo misterioso, cuyos efectos simbólicos trascienden su funcionalidad inmediata. Su origen –nos cuenta Bartomeu Bestard en L’escut del Rei– sería medieval, como consecuencia de una necesidad militar: en el fragor de la batalla, los soldados tenían que localizar a su señor. A partir del siglo XI, «no es trigarà a veure –escribe Bestard– com antics i nous emblemes es comencen a col·locar en els escuts dels cavallers i en les gualdrapes dels seus cavalls. […] En principi aquests emblemes seran únics i irrepetibles per a cadascún dels cavallers però, en poc temps, aquests símbols no trigaran a heretar-se, convertint-se així en emblema familiar o de llinatge.»

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La lección de Eton

Foto: Herry Lawford.

Fue a principios de la década de los treinta cuando el secretario de Estado del Foreign Office -que años más tarde llegaría a primer ministro-, Anthony Eden, se encontró con Adolf Hitler en Berchtesgaden. Allí hablaron de Europa y de la paz pero, sobre todo, de las heridas que la Gran Guerra infligió a Alemania. Para el Führer, la única razón que explicaba la humillante derrota alemana de 1918 era el carácter disciplinado y brillante de las élites militares inglesas, formadas en el mítico College de Eton.

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Jiménez Lozano: raíz castellana, aliento europeo

El filósofo hebreo Jacob Taubes afirmó en una ocasión que la historia del pensamiento occidental se divide entre los partidarios de Friedrich Nietzsche y los de Pablo de Tarso. De hacer caso a Taubes, diríamos que José Jiménez Lozano se inscribe en la estirpe familiar del Apóstol de los gentiles –y por familia entiendo una cultura y una sensibilidad -; no tanto por el apelativo de “escritor cristiano”– que a veces ha rehuido Jiménez Lozano -, sino por el componente de conversión –de ruptura ética con lo ya establecido– que define su obra.

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La geometría de la luz

Recuerdo perfectamente el momento en que descubrí la literatura de José Carlos Llop. Fue una tarde de invierno de 1996, hacía frío y las nubes condensaban el color del cielo. Yo, por aquel entonces, era un joven policía militar que salía a pasear a menudo por las murallas de la ciudad. Miraba el mar, tomaba notas, leía. El libro era La estación inmóvil, su primer dietario, publicado por Guillermo Canals en una hermosa colección llamada Port Royal. Aquella tarde, empezaron a caer copos de nieve y la luz, de repente, adquirió una intensidad inaudita formando una especie de mosaico de teselas blancas. En una de las notas del dietario, leí que “escribir es un viaje a través de las tinieblas hacia la claridad”. Pensé en ello, cerré el libro y regresé andando al cuartel.

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