La espuma de las primeras olas

En 1942, el poeta polaco Czesław Miłosz ya había visto pasar el Apocalipsis ante su apartamento en Varsovia: los Panzer alemanes recorriendo las avenidas de la ciudad bajo la luz fría de la mañana, los judíos encerrados en el gueto, las matanzas rituales que seguían el dictado de la raza y anunciaban la puesta en marcha de una “Solución Final”.

El joven Miłosz –que apenas rebasaba los treinta años– supo entonces que la mirada percibe en ocasiones una realidad vedada a la mera razón. Su desconfianza hacia la abstracción de las ideas puras, hacia una metafísica que desconozca la carnalidad de la imaginación, se originó en aquellos años definidos por un intenso horror. «Nos hemos liberado –comentó– de tantas mentiras tranquilizadoras, de tantas ilusiones y subterfugios; lo opaco ha devenido transparente».

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Entre Darwin y Freud

De Freud a Pinker, la vida contemporánea se mueve impulsada por el estricto compás de la psicología. Pensemos, por ejemplo, en el eclipse de las iglesias —del confesionario al gabinete psicológico— o en el rol que han desempeñado Jung y sus arquetipos en el mapa de la ciencia ficción: Star Wars o el cómic Promethea sin ir más lejos. Como todas las modas, muchos de los presupuestos de la psicología terminan desgastándose —es el caso de los manuales de autoayuda—, o simplemente palidecen dejando paso a una nueva dogmática. ¿Qué perdura del psicoanálisis freudiano en nuestros días? A nivel terapéutico muy poco, aunque su estela cultural continúe siendo potente. Harold Bloom ha escrito, en alguna ocasión, que la originalidad de Freud consiste en haber ofrecido una nueva hermenéutica del alma humana, una especie de mitología cuya retórica traspasa la sensibilidad del siglo XX.

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Los ultramontanos

El lenguaje viste la realidad. Se diría que la disfraza y enmascara, la ilumina y cincela. El novelista alemán Martin Mosebach nos invita en Der Ultramontane a fijarnos en una palabra antigua, casi en desuso, que remite a un pasado incomprensible para la sensibilidad moderna: ultramontano es lo que se sitúa más allá de las montañas, más allá de las murallas naturales que conforman los Alpes y los Pirineos a ojos de la Europa central. Roma y España, en definitiva. Esto es, el desdén por el atraso católico frente a las luces de la Razón y al nacionalismo prusiano. El ultramontano se caracterizaba por su adhesión a una persona singular –el papa– en lugar de rendir pleitesía a una ideología, un partido o una facción. Por lo tanto, el ultramontano puede ser monárquico, pero no nacionalista; puede desear el regreso del emperador –como imploraba Joseph Roth en sus novelas–, pero no el triunfo de cualquier utopía política. “El ultramontano –escribe Mosebach– sostiene que la sociedad no tiene la última palabra en cuestiones de derechos, justicia y moralidad. No le reconoce el poder de generar su propia legitimidad, ya que la sociedad no puede constituirse como un sistema meramente hermético y autorreferencial. El ultramontanismo representa el mayor rechazo al totalitarismo”.

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La luz más noble

Preguntado acerca de la muerte, el escritor francés Léon Bloy respondió que sentía una inmensa curiosidad. Ante esta misma cuestión, suscitada por la enfermedad, el filósofo Gabriel Amengual contesta que lo que él siente es una inmensa gratitud. Son palabras que sólo pueden surgir de la confianza, es decir, de una intimidad que se adhiere como un don a la vida ante la realidad insoslayable de la muerte. «La vida mana –escribe el autor mallorquín en su reciente opúsculo L’experiència de la malaltia–. ¿Sempre? ¡Sempre!». Hay algo sobrecogedor en esta convicción que se erige contra los cimientos de la razón, pero no contra la experiencia humana. Se diría que la vida –nuestra vida– perdura porque ni siquiera la muerte puede destruir ese don que es el amor. «Amo, luego existo», ha afirmado un pensador contemporáneo tan  perspicaz como el obispo ortodoxo de Pérgamo Juan Zizioulas, subrayando el verdadero rostro antropológico del ser humano: su condición radical de hijo y, por tanto, de criatura necesitada, dependiente –por así decirlo– de un amor anterior que nos forma y nos modela. «En la relació personal –explica Amengual– és evident que ningú es dona la vida a ell mateix, sinó que la rep; un es pot donar la mort, però no el naixement; és un do; el do primer i primari, el més bàsic, a partir del qual són possibles tots els altres dons, tot l’itinerari de fer-se i formar-se, tota la trajectòria vital, tot l’intercanvi de rebre i donar». Son palabras que ofrecen consuelo porque iluminan el sentido de esta primacía sobre la muerte: así como recibimos, también entregamos y, en esa entrega, se preserva nuestra vida: en forma de recuerdo y de memoria, en forma de amor y de generosidad, en forma de amistad y de gratitud. Es una vida que persiste porque ilumina a los demás y no porque se crea foco de sí misma. Nadie, diríamos, es luz de su propia existencia.

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La imaginación conservadora. Gregorio Luri

Hay decálogos poco dogmáticos pero certeros. El primer mandamiento de un conservador responde a su viva conciencia del pecado original y de las distintas servidumbres que acarrea la imperfección humana. El conservador no niega el rostro benéfico de la razón, aunque intuye lo afilado de sus aristas. El conservador ama la verdad —no puede no hacerlo— y efectivamente la persigue con ahínco; sin embargo, al mismo tiempo sabe que, en un mundo imperfecto hecho de sombras y cascotes, las ficciones compartidas, las mentiras nobles y los relatos sofisticados tienen una función que haríamos mal en desdeñar.

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De padres a hijos

Si nuestra cultura se asienta sobre los libros, nuestra educación debería hacerlo sobre la lectura. Curiosamente, en este caso, el conocimiento científico no entra en contradicción con la sabiduría de los clásicos: leer nos construye. El famoso informe PISA corrobora que el principal indicador de éxito académico de un alumno es el número de horas que ha pasado leyendo junto a sus padres antes de cumplir los cinco años. Lectura en voz alta, se entiende: de padres a hijos. En su clásico estudio Meaningful Differences, los profesores Betty Hart y Todd R. Risley documentaron los efectos que tenía la lectura en voz alta sobre el vocabulario de los niños, pero también sobre la sintaxis, la comprensión lectora –clave incluso para el aprendizaje de las matemáticas– y la curiosidad. La relación entre el músculo cultural de un país y su tasa lectora obedece a una lógica irrebatible, si pensamos que nuestra inteligencia en gran medida se expresa de forma lingüística. Dicho de otro modo: nuestro pensamiento no son sólo palabras, pero sin palabras no hay pensamiento.

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