Kipling en la Gran Guerra: literatura y propaganda

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El siglo XX se inició bajo el signo de la pujanza germánica. El comunismo aún no había penetrado en Rusia –el triunfo de Lenin sería otra de las consecuencias imprevistas de la Primera Guerra Mundial– y el creciente poder de los Estados Unidos no situaba entre sus prioridades a la esfera europea. El factor impredecible de la Historia acude de inmediato cuando pensamos en la extraña evolución de un siglo que ha sido bautizado justamente como “el siglo de la muerte programada”. En el año 1900 todavía cabía esperar que una paz perpetua prosperara en todo el continente. El Imperio Austrohúngaro, después de tres décadas de fuerte crecimiento económico, seguía conformando el tapiz central de Europa. Alemania carecía de una proyección colonial notable, pero su músculo industrial resultaba indiscutible. La vieja Inglaterra despertaba de la época victoriana como la gran potencia marítima de la época. “Rule Britannia”, cantaban los océanos mientras el suave tedio de una prosperidad moderada cundía entre los países. Ignacio Peyró, en su espléndido prólogo a las Crónicas de Kipling, subraya la plácida atmósfera primaveral de este periodo. «Forma parte del acervo de las desilusiones humanas –escribe– que la Primera Guerra Mundial estallase en una cota nunca vista de optimismo histórico».

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La mirada de la amistad

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Mientras leía la última novela de Llucia Ramis, Tot allò que una tarda morí amb les bicicletes –de la que Libros del Asteroide publicará una versión en castellano antes de que lleguen las vacaciones estivales-, pensé en la mirada de la amistad. No es ningún secreto que Llucia y yo nos conocemos desde hace tiempo -trabajamos juntos durante años en un magacín literario de la televisión autonómica balear-; pero no me refería exactamente a ese tipo de amistad ni a la peculiar mirada que surge cuando un grupo de personas han compartido algo a lo largo de un tramo de sus vidas. Hablo de la amistad en contraposición a la sospecha, que nos invita a dudar de todo. Freud argumentaba que la conciencia reprime una realidad psicológica más profunda y poderosa.

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En retirada

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La actitud conservadora admite, al menos, dos variantes. La primera se deja guiar por unas convicciones, es doctrinaria y se desplaza de arriba abajo: de las ideas a la realidad más inmediata. La segunda, en cambio, incide en lo que el filósofo inglés Michael Oakeshott calificaba como apego al presente y en la desconfianza hacia los cambios bruscos y las reformas radicales. Para Oakeshott, «ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…».

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