El misterio del cuerpo de Dios

A lo largo de su pontificado, Benedicto XVI insistió una y otra vez en el doble asidero de la santidad y la belleza. Si la existencia de Dios exigiese una prueba, alegaba, habría que buscarla más en la vida lograda de los santos y en la calidad trascendente del arte cristiano que en las viejas vías tomistas o en el conocido argumento ontológico de San Anselmo. Paradójicamente, también el nihilismo –pienso ahora en la figura de Emil Cioran– utilizará un razonamiento similar. Así, para el filósofo rumano la música de Bach constituye la prueba última de Dios, su mejor línea de defensa. Lo importante aquí, sin embargo, es el punto de intersección que planteaba Ratzinger entre la santidad y la belleza, que encontraríamos en la encarnación. Dicho de otro modo, tanto la vida como el arte cristianos se alejan inicialmente de la abstracción para volverse concretos, humanos, reales.

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Parada en Burgos

La historia de la burgalesa Lourdes Arnáiz y el embajador británico en España nos muestra el corazón auténtico de la humanidad

Una biografía se escribe con el resguardo de las anécdotas. Nunca sabremos por qué el azar nos empuja en una u otra dirección. Para los clásicos el destino es la vida, en el sentido de que no se puede huir ni de nuestro carácter ni de las consecuencias de nuestros actos; pero uno añadiría que no hay destino sin los giros misteriosos de la fortuna, que se dirige siempre adónde quiere. Estos días, por ejemplo, se ha hablado mucho de un acto de generosidad que acabó motivando el amor hacia un país. Lo ha contado Hugh Elliott, el actual embajador británico en Madrid, en un vídeo casero grabado frente a la antigua estación ferroviaria de Burgos. Un joven estudiante inglés decide recorrer el camino de Santiago en bicicleta cruzando medio continente. Estamos a mediados de los años ochenta y España acaba de despertar a la democracia tras medio siglo de franquismo. Es un país todavía pobre, según los estándares europeos, pero joven y optimista. Nuestro hombre –que algún día será embajador– se demora excesivamente en Francia, por lo que decide tomar el tren en Carcasona y proseguir la ruta en bicicleta desde Burgos, la vieja ciudad castellana. Sin embargo, al llegar a su destino, la bicicleta ha desaparecido, extraviada en algún punto de la red ferroviaria europea. Sin apenas dinero y sin su bien más preciado, Hugh Elliott se enfrenta a un difícil dilema, teniendo que cargar además con el pesado fardo de una tienda de campaña. Pero ahí es donde entra en juego el azar: una joven burgalesa, Lourdes Arnáiz, le ofrece su casa para descansar hasta que recupere la bicicleta perdida. Durante cinco días, el joven británico comerá y dormirá en casa de una familia española, sin que le pidan nada a cambio. “Ahí nació mi amor por este país –declaraba el embajador en el vídeo–. ¿En qué otro país europeo habrían acogido a un forastero con esta generosidad?”.

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Algo resulta inquietante

Las fracturas sociales se originan en pequeñas grietas que crecen y se agrandan hasta arruinar las democracias. A veces son consecuencia de grandes choques sistémicos, de fallas gigantes que chocan entre sí; otras, en cambio, se producen a causa de las distintas dinámicas presentes en la sociedad. La tecnología tiene, por ejemplo, algo de radical y acumulativo: ese sería el caso de la obsolescencia programada de determinados trabajos y sectores económicos. Nuestra referencia más inmediata es el crac del 29, seguido de una larga década depresiva que culminó en una guerra mundial. Se desvanecieron fortunas, cayeron aristocracias y se arruinaron familias enteras. El desempleo fue uno de sus signos inequívocos. Hoy no. No del mismo modo, desde luego. Aunque España siga su propio camino –los motivos de nuestro alto paro estructural son otros–, países centrales como Estados Unidos o Alemania se encuentran en máximos históricos de empleo, lo cual no ha evitado las turbulencias políticas ni ha acallado los temores de las clases medias. Y en parte es así porque, si la crisis del 29 se tradujo en desempleo, la del 2008 ha supuesto la generalización del empleo basura y de los salarios bajos. Y un gradual empobrecimiento colectivo. Nuestra crisis no responde tanto al paro como al trabajo sin recorrido, sin expectativas ni mejora. Tecnología y globalización son dos de los factores que explican esta deflación. Cabe suponer que no son los únicos: envejecimiento, apalancamiento, disolventes morales de las virtudes burguesas…

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La caída de Troya

Francisco Collantes (Madrid, 1599 - 1656)

La épica, con su lento discurrir narrativo, ilumina el corazón de cualquier época. Pensemos en la caída de Troya, narrada por el poeta Virgilio en su Eneida. En el Libro II asistimos al desconcierto de los troyanos ante la retirada de los griegos y el misterioso regalo que aguarda silencioso frente a la muralla: un caballo gigantesco fabricado con tablones de abeto y cuyo vientre hueco oculta el terror que va a llegar con la noche. El ardid de la diosa Atenea insinúa la maldición de Pandora: los cofres cerrados donde se contiene el mal hasta que, una vez roto el sello, se esparce por las calles, los templos y los hogares. Sólo la vidente Casandra y el sacerdote Laocoonte advierten de la destrucción que se acerca. Pero para que eso suceda, el caballo tiene que entrar en la ciudadela y los habitantes de Troya acogerlo con gozo. Bajando de la fortaleza,  Laocoonte increpa a la muchedumbre atónita: «Míseros conciudadanos, ¿qué es esa locura tan grande? / ¿Es que creéis que se fue el enemigo y que no tiene engaños / lo que regalan los griegos? ¿Así conocisteis a Ulises? / Los aqueos se encierran y ocultan en estas maderas, / o este artefacto lo hicieron en contra de nuestras murallas, / para espiar nuestras casas y ser de este pueblo la ruina, / o engaño hay dentro de él; no creáis al caballo, troyanos. / En cualquier caso, hasta si hacen regalos, yo temo a los griegos». Y a continuación el sacerdote arrojó una lanza al costado del monstruo, que se clavó en su cuerpo y dejó escapar un sordo gemido. Nadie quiso escuchar ese quejido. Virgilio insiste en que, pese a las señales, fue el destino trazado por los dioses y la ciega obstinación de los hombres la que puso fin a la ciudad; fuerzas, en definitiva, de carácter irracional que ni conocemos ni sabemos controlar.

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Sin nada que decir

En su cuenta de Twitter, el profesor de Literatura Diego Ardura enlazaba un interesante artículo sobre el nuevo corte divisorio que se ha abierto entre los defensores del canon literario y los partidarios de que los jóvenes seleccionen libremente sus lecturas para el colegio. Se diría que el contexto social y cultural de nuestros días, definido por el eclipse de la palabra frente al prestigio de lo visual, actúa como motor de arranque en un debate de muy difícil solución. ¿Qué hacer cuando los estudiantes sencillamente no leen –no, desde luego, lo suficiente– con el consiguiente empobrecimiento de su vocabulario y de su imaginación? ¿Cómo pensar con precisión y brillantez si carecemos de las herramientas y del depósito cultural necesarios para ello? ¿Son Stevenson y Conrad, Jack London y Astrid Lindgren, Dickens y Baroja objetos de lujo en el museo de la literatura, es decir, sólo plenamente accesibles para una pequeña minoría? Más aún, ¿tienen alguna importancia estos autores fuera de las galerías de ese museo? ¿Y sus voces nos siguen apelando como fuentes de verdad permanente?

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