Vacaciones de verano

Vacaciones de verano

Cuando yo era niño, con el calor llegaban las medusas, los alemanes y el olor a Nivea. Es un mundo que sigue ahí, imperturbable, un verano tras otro, aunque se  escurra entre mis manos como la arena de la playa. Recuerdo el rostro de mis amigos muertos –pequeños flashes; una sonrisa, amable y rígida en la memoria–, pero he perdido la modulación de sus voces, el color de su piel o de sus ojos. Ni siquiera sé si los reconocería al volverlos a ver: yo, un crío; ellos, niños o ancianos en el tiempo embalsamado de un camposanto. El verano era Mallorca y, dentro de Mallorca, un pequeño puerto de pescadores donde alternaban Ana Obregón y el guardaespaldas de Ringo Starr, un crío llamado Manuel Valls y Pepe Oneto.

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Oriente en Europa

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Al poco de cumplir los veinte años, mientras realizaba una tanda de ejercicios espirituales, el novicio jesuita Paolo Dall’Oglio vio escrita en el cielo la palabra “Islam”. No supo qué hacer ni qué pensar de aquella visión. Era un muchacho inexperto que lo desconocía todo del mundo musulmán. El padre Arrupe –general de la orden en aquel momento– le sugirió que fuera a Beirut a estudiar árabe y Teología islámica en la universidad que los jesuitas tienen en esta ciudad. Allí se ordenó en el rito católico de los sirios. De vuelta a Italia, se doctoró con una tesis sobre el concepto de esperanza en el Corán. El diálogo entre religiones y culturas –diría más adelante– sólo es posible si se asienta primero sobre aquellas experiencias que tenemos en común y que podemos compartir: la misericordia, la esperanza, la caridad…

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Sin un hogar común

Sin un hogar común

En su libro The Home We Build Together, el rabino Jonathan Sacks incide en el valor de la vida comunitaria. Las religiones dotaron al hombre de un sentido de hogar: se compartían unas mismas raíces –por lo general míticas, situadas en el origen de la Historia– y unos mismos fines –la redención en el más allá, según el monoteísmo–; se compartían unos ritos que les acompañaban desde el nacimiento hasta la muerte: una estructura común de virtudes y de valores, una determinada mirada sobre el bien y el mal. Las religiones construían un hogar que enlazaba espacios sagrados, símbolos, festividades y relatos; que insertaba a las personas en un ámbito superior a sí mismas. Se edificaba una casa en común, porque esa casa era en efecto de todos; aunque, desde la perspectiva de nuestra sensibilidad moderna, esa morada no fuera lo suficientemente amplia como para que todos cupiesen. Hubo siglos en los que un católico no podía convivir con un protestante, ni un judío con un musulmán; y, seguramente, el mayor genocidio cometido en el siglo XX –junto al icono negro del Holocausto– ha sido el perpetrado contra los cristianos de Oriente Próximo: en Turquía con los armenios, por poner un ejemplo. Pero también hubo épocas en que sucedió más bien lo contrario.

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