Índices de lectura

La estadística me recuerda el viejo arte de leer el futuro en los posos del té. Quiero decir que nunca he sabido si creérmela o no del todo; pues, como suele repetir mi amigo Joseba Louzao, detrás de la objetividad se esconde una gramática. O, lo que es lo mismo, los datos necesitan un relato que los ilumine.

La última cifra que hemos conocido esta semana nos habla de los índices de lectura en nuestro país, al parecer crecientes. Un 68,5 % de la población se declara lectora, ocho puntos por encima de hace una década. Son unos números sorprendentes –en realidad superiores a lo que uno hubiera pensado–, porque no se corresponden ni con nuestra tradición, ni con el estado general de nuestras bibliotecas públicas, ni con el trabajo rutinario que se lleva a cabo en muchos de nuestros colegios –donde, en los cursos superiores, cómo mucho, se lee un libro cada trimestre–, ni con la panorámica que ofrecen las líneas de metro, los aeropuertos o los arenales playeros en verano, normalmente huérfanos de lectores.

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La sociedad decadente

Se diría que el valor de las propuestas conservadoras estriba en su realismo. Es un mundo en el cual se conjuga una gramática de futuros matizados con un prudente escepticismo que no despoja de sus alas a la esperanza, pero sí encauza las pasiones antes de que se desboquen en el corazón de las sociedades. Las propuestas conservadoras no son las de un pesimista, sino las de alguien que valora su época en su justa medida. Lógicamente, para el conservador la historia tiene un peso porque sabe que también el futuro se convertirá algún día en pasado y nos volverá a recordar la eterna lección del Eclesiastés: nada nuevo hay bajo el sol, puesto que incluso lo nuevo pasará también a ser antiguo.

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Mr. Bestard

Los sueños nos persiguen y a veces incluso se convierten en realidad. A finales de los años setenta, el agente consular Tumi Bestard pasó unos días en Manhattan. Era otoño que, como nos ha enseñado Patrick Modiano, es la estación más hermosa: la de los proyectos y la madurez, la del inicio del curso universitario y el aquietamiento de la naturaleza. Tumi se alojaba en el hotel Pierre, en pleno corazón de la ciudad, no lejos del apartamento de los Fatt, sus amigos de Illetas, que le invitaron a una fiesta en la Quinta Avenida. «La fiesta tenía lugar –leemos en las memorias del cónsul mallorquín– en una amplia sala en la que uno se podía entretener observando las maderas nobles y los espejos que forraban sus paredes o los llamativos muebles vanguardistas que la vestían, o los rutilantes suelos de mármol negro en el que se reflejaban las luminosas arañas que se repartían suspendidas desde el techo por todo aquel espacio… Pero a mí la vista se me fue enseguida a un gran ventanal desde el cual se podía contemplar la apoteosis de la noche neoyorquina». Asomado a esa negra inmensidad salpicada por miles de puntos de luz, con la mirada puesta en esa imagen de la modernidad cinematográfica que es la Nueva York noctámbula, Tumi Bestard oyó que alguien pronunciaba su nombre. Los sueños empiezan así, con una imagen y una palabra que anuncia un encargo. Era su amigo Arthur Fatt, el cual quería presentarle a Frank Sinatra. Poco después, junto a un piano de cola, admirando los rascacielos encendidos, Frank Sinatra le propuso a Tumi que cantasen juntos Strangers in the night. Se hizo el silencio, mientras el tiempo se suspendía. La irrealidad de la vida onírica, su aparente imposibilidad, se sustancian en una realidad mucho más íntima y profunda. En efecto, los sueños a veces suceden. ¿Quién le hubiera dicho a ese niño de El Terreno, que pasaba sus horas ociosas viendo películas americanas o remando en un bote por Sa Portassa, que algún día iba a cantar con Frank Sinatra en lo alto de un rascacielos, o que compartiría corbatas con George Bush, o que varios presidentes de los Estados Unidos le invitarían a comer en la Casa Blanca? Seguramente nadie, pero hay algo poético en ello, como la irradiación de un misterio. El mundo a veces nos sonríe.

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En la muerte de Kirk Douglas

Tras la muerte de Kirk Douglas han empezado los llantos rituales por lo mal que está la juventud. Entiendo bien esos lamentos, porque nos hacemos viejos y nuestra mirada cambia forzosamente con el paso de los años. Nos gusta lo que conocemos y la familiaridad casi siempre nos la aporta la infancia y la juventud. De ahí la nostalgia por los ochenta y la mercancía EGB (hasta el punto de que la línea ideológica actual del PP parece un remedo de la Thatcher, la reaganomía y la doctrina moral de Juan Pablo II), a pesar de que ni los ochenta ni la EGB fueran especialmente memorables. Como yo era niño en aquella época, la recuerdo con una mezcla de curiosidad, tedio y esperanza. Recuerdo también aquellos rostros espectrales que nos llegaban como un rumor: quien más quien menos sabía del hermano de algún amigo destruido por las drogas o consumido por otras pasiones.

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Nostalgia del mundo clásico

A medida que la ruptura con la tradición se hace más y más palpable en la sociedad –ya no sólo el desconocimiento del latín y el griego, sino incluso de la mitología y las crónicas históricas–, la necesidad de contar con buenos libros divulgativos acerca del mundo clásico se hace también más evidente. Existe, diríamos, una necesidad que nace de la nostalgia. Nostalgia de un determinado orden que ha sentido la humanidad durante milenios y que, por supuesto, sigue sintiendo hoy. En Civilisation, la mítica serie documental rodada a finales de los años 60 para la BBC, Kenneth Clark argumentaba que la principal distinción entre el arte civilizado y el bárbaro consistía en la voluntad de perfección y equilibrio que debemos a los griegos y a los romanos, y que perdura con mayor o menor vigor a lo largo de toda la historia de nuestro continente.

El arte vikingo, por ejemplo, desborda movimiento y fuerza, poder y pasión, pero carece de esa luz alada, etérea, que apunta hacia un tiempo fuera del tiempo, tan propia de Grecia. El enriquecimiento del mito por el logos y, más adelante, de la filosofía por la ética; la voluntad de explorar y civilizar más allá de las propias fronteras (no olvidemos la estrecha relación etimológica que se da entre pago y página, entre los surcos del arado y la escritura); el descubrimiento de la democracia y de la república; la extensión de los derechos de ciudadanía; la expansión comercial, gracias al uso de unas infraestructuras sin parangón en la antigüedad…, todo ello nos habla de un periodo trascendental en la historia de la humanidad.

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El día más triste

En su homenaje a Winston Churchill, el historiador John Lukacs observó que, con su determinación en la II Guerra Mundial, el premier británico había logrado preservar durante medio siglo más el esplendor de la civilización burguesa. De 1945 a 1995, ese periodo dorado que algunos consideran uno de los más altos logros de la humanidad, Europa occidental gozó del raro privilegio de una paz que, tras la caída del comunismo, se creyó perpetua. A lo largo de unas pocas décadas se pensó que era posible conjugar unos niveles de libertad, prosperidad e igualdad jamás conocidos anteriormente. El continente,  ensangrentado en las dos guerras mundiales, vivía en paz consigo mismo, confiado en un futuro que sólo podía ir a mejor. Se puso en marcha la moneda única y se eliminaron las fronteras. El programa Erasmus facilitaba los matrimonios internacionales y se empezaron a coordinar proyectos industriales, científicos y militares a una escala desconocida hasta el momento. Cincuenta años más de civilización –quizás fueron sesenta– que terminaron en un durísimo choque con la realidad  en 2008; aunque ese año realmente fue el final de una escalada de tensiones que llevaban acumulándose hacía tiempo, hasta que el estallido se hizo inevitable.

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