Notas a la investidura del president Torra

Notas de la investidura de Torra

Recuperada la Generalitat, tras cerca de doscientos días de aplicación del artículo 155, empieza la batalla de las municipales con un claro objetivo por parte del nacionalismo: tomar Barcelona. De ahí los nervios de Ada Colau, incapaz de construir una imagen de liderazgo opuesta a la de Puigdemont –reeditando así la vieja pugna entre Maragall y Pujol– y, obviamente, superada por la dinámica del procés. Las expectativas electorales de los Comuns caen a medida que su calculada ambigüedad se vuelve en su contra y a favor de la doble punta de lanza que representan, por un lado, los partidos separatistas y, por el otro, Cs que tal vez –sólo tal vez– logre convencer al exprimer ministro francés Manuel Valls para que se presente como candidato a la alcaldía. La batalla por Barcelona supone un hito fundamental porque, en la nueva Europa globalizada, el peso de las ciudades de éxito –y Barcelona lo es– prima sobre la menguante geografía de las regiones. Y Barcelona también es importante porque constituye el único contrapeso efectivo al poder político del nacionalismo, prácticamente hegemónico a día de hoy en Cataluña.

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Los fulgura

Los adivinos etruscos leían el futuro en el vuelo de los pájaros, en las entrañas de los animales sacrificados y en el destello de los relámpagos. A estos últimos, los augures los denominaban fulgura, de donde procede fulgor y fulgurante, que asociamos respectivamente a la luz intensa y a la velocidad. Se diría que el fulgor de una idea nos habla de su hechizo hipnótico y de la aprobación de los dioses, a los que entregamos nuestra vida si resulta necesario. El futuro queda iluminado por este resplandor, que es el de los creyentes y –en su vertiente negativa– el de los fanáticos. Los creyentes edifican un mundo nuevo; los fanáticos, en cambio, convierten el mundo en un infierno.

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