La maldición de Caín

Caín matando a Abel | Autor: FRANCKEN II, FRANS (Museo del Prado)
Los hombres nos movemos en un dualismo emocional que responde a unos pocos prejuicios. Digamos que es la maldición de Caín

La percepción social de la Historia tiene mucho de maniquea. Cuerpo y alma, ortodoxos y herejes, buenos y malos, la secularización de las ideas no ha introducido ninguna modificación en este bajo obstinado de nuestras creencias. El siglo XVIII vio disputar a ilustrados y absolutistas; el XIX, a afrancesados y reaccionarios. En la Rusia de los zares, los occidentalistas pugnaban con los eslavófilos, y hoy todavía perdura esta controversia. No se puede entender el siglo XX sin pensar que el nacionalismo y el socialismo han definido el abecedario axiológico de las posturas enfrentadas, aunque a menudo uno y otro se confundieran y se fecundaran mutuamente. ¿Qué fue la URSS, por ejemplo? ¿Era realmente más zarista o más internacionalista? Y en los Estados Unidos, ¿no cabe confundir a menudo a los republicanos con el aislacionismo nacionalista y a los demócratas con el internacionalismo más occidentalizante? Pero lo contrario también ha sucedido a menudo. Pensemos en los  neoconservadores que quisieron imponer la democracia a la fuerza en países y culturas históricamente  ajenos a ella o, viceversa, en los gobiernos demócratas que se acercaron a posturas antiliberales. El historiador John Lukacs –siempre más atento a las creencias que al determinismo– intenta explicar esta aparente paradoja apelando al dominio de las exigencias de la vida sobre las teorías abstractas. Las personas eligen creer en algo –y no al contrario–, por lo que ese maniqueísmo del que hablamos reflejaría, más que unas «categorías constantes, ciertas tendencias de la mente».

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La luz más noble

Preguntado acerca de la muerte, el escritor francés Léon Bloy respondió que sentía una inmensa curiosidad. Ante esta misma cuestión, suscitada por la enfermedad, el filósofo Gabriel Amengual contesta que lo que él siente es una inmensa gratitud. Son palabras que sólo pueden surgir de la confianza, es decir, de una intimidad que se adhiere como un don a la vida ante la realidad insoslayable de la muerte. «La vida mana –escribe el autor mallorquín en su reciente opúsculo L’experiència de la malaltia–. ¿Sempre? ¡Sempre!». Hay algo sobrecogedor en esta convicción que se erige contra los cimientos de la razón, pero no contra la experiencia humana. Se diría que la vida –nuestra vida– perdura porque ni siquiera la muerte puede destruir ese don que es el amor. «Amo, luego existo», ha afirmado un pensador contemporáneo tan  perspicaz como el obispo ortodoxo de Pérgamo Juan Zizioulas, subrayando el verdadero rostro antropológico del ser humano: su condición radical de hijo y, por tanto, de criatura necesitada, dependiente –por así decirlo– de un amor anterior que nos forma y nos modela. «En la relació personal –explica Amengual– és evident que ningú es dona la vida a ell mateix, sinó que la rep; un es pot donar la mort, però no el naixement; és un do; el do primer i primari, el més bàsic, a partir del qual són possibles tots els altres dons, tot l’itinerari de fer-se i formar-se, tota la trajectòria vital, tot l’intercanvi de rebre i donar». Son palabras que ofrecen consuelo porque iluminan el sentido de esta primacía sobre la muerte: así como recibimos, también entregamos y, en esa entrega, se preserva nuestra vida: en forma de recuerdo y de memoria, en forma de amor y de generosidad, en forma de amistad y de gratitud. Es una vida que persiste porque ilumina a los demás y no porque se crea foco de sí misma. Nadie, diríamos, es luz de su propia existencia.

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Los monstruos que nos habitan

Al inicio de la vieja serie documental de la BBC Civilisation, el historiador Kenneth Clark compara dos piezas de arte: un mascarón de proa vikingo, con sus fauces de dragón, y el rostro hermoso y terso del Apolo de Belvedere. Uno representa el miedo y la oscuridad; el otro, la armonía de la perfección divina reflejada en un cuerpo humano. “¿Qué es la civilización?”, se pregunta Clark. La respuesta es que no el arte exactamente, ni el estilo, ni tampoco la expresión descarnada –auténtica, se diría hoy– de los instintos. El arte se puede construir sobre el miedo, al igual que una sociedad; pero no ese espacio de libertad que llamamos civilización. “El primer enemigo de la civilización –sostiene el historiador británico– es el miedo: el miedo a la guerra, a las plagas…; los miedos que sencillamente nos hacen creer que no vale la pena construir casas o plantar árboles o… Y luego el aburrimiento, que se traduce en un sentimiento de desesperanza. La civilización requiere, ante todo, confianza en la sociedad en la que uno vive; confianza en sus creencias, en su sistema filosófico, en sus leyes, en las propias habilidades intelectuales. La civilización requiere energía, disciplina, leyes, orden”.

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Confiar en la democracia liberal

Después del aciago mandato de George W. Bush, Obama irrumpió en el firmamento de la política estadounidense como un cometa que cruza el cielo. El siglo XXI se había iniciado un 11 de septiembre recordándonos que la Historia no terminó con la caída del Telón de Acero, sino que seguía alimentándose de nuestros miedos y contradicciones, así como de nuestras pasiones y anhelos. Tras el atentado en las Torres Gemelas se sucedieron dos guerras, las primeras divisiones en la alianza occidental, el surgimiento del islamismo radical y la mayor crisis financiera del capitalismo desde el crack de 1929. Poco quedaba ya del optimismo de la década de los noventa, definida por una confianza casi absoluta en el despliegue de la democracia liberal y en un progreso lineal sin zigzags ni retrocesos significativos. Los EEUU que dejaba Bush, en cambio, eran una nación dividida culturalmente, con una creciente fractura social, rota en lo económico y con una política exterior fallida. En aquel contexto, Barack Obama supuso un soplo de aire fresco que anunciaba la puesta al día de la democracia estadounidense y el retorno a las bondades persuasivas del soft power –según el término acuñado por el politólogo Joseph Nye–, frente a las limitaciones obvias del “poder duro” preconizado por los halcones de la administración republicana. A su favor contaba con el cambio generacional, su lucidez intelectual y el valor añadido de ser el primer presidente afroamericano de su país. Muy pronto descubriría, sin embargo, que el mundo es como es y no como nos gustaría que fuera.

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La imaginación conservadora. Gregorio Luri

Hay decálogos poco dogmáticos pero certeros. El primer mandamiento de un conservador responde a su viva conciencia del pecado original y de las distintas servidumbres que acarrea la imperfección humana. El conservador no niega el rostro benéfico de la razón, aunque intuye lo afilado de sus aristas. El conservador ama la verdad —no puede no hacerlo— y efectivamente la persigue con ahínco; sin embargo, al mismo tiempo sabe que, en un mundo imperfecto hecho de sombras y cascotes, las ficciones compartidas, las mentiras nobles y los relatos sofisticados tienen una función que haríamos mal en desdeñar.

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