Ni rastro de sus huellas

Después que Moisés y el pueblo de Israel cruzaran el mar Rojo, no quedó en la arena ni rastro de sus huellas, leemos en el salmo 77. ¿Fue olvido o un acto deliberado, persecución implacable de la historia o su reescritura sistemática? La respuesta pertenece al misterio de esos siglos oscuros que sólo conocemos bajo forma de mito.

Sin embargo, se diría que la política actual comparte esa pasión milenaria por borrar las huellas y negar que haya sucedido lo que realmente sucedió. Del adanismo como fórmula política con Zapatero hemos pasado al cultivo continuo de los marcos emocionales, con puntas de histerismo, sin que la verdad cuente ya mucho. La técnica de la evidencia ha servido también para dotar de algún apoyo numérico a lo que son en su mayoría prejuicios ideológicos o pensamientos sin raíces ni altura. Borrar las huellas sirve para defender hoy exactamente lo contrario que ayer, con todo el descaro y sin vergüenza alguna. Ya ni siquiera los datos –esos fósiles de la realidad– permiten desenmascarar la mentira travestida de supuesta verdad.

LEER ARTÍCULO COMPLETO EN THE OBJECTIVE.

Los felices noventa

La tragedia empieza siempre en el paraíso. Esa es la lección del Génesis, ya en los albores de la historia. Dante tiene que subir del Infierno al Paraíso, al igual que Eneas ha de huir de Troya, su amada patria, para fundar el linaje latino en la futura Roma. El ensayista Ramón González Férriz ha titulado La trampa del optimismo su particular periplo sentimental por los años noventa, origen –en su opinión– de las dificultades económicas y políticas que padece la democracia liberal en nuestros días. “El rasgo esencial que deberíamos recordar de la década de los noventa –constata– es el optimismo” y fue esa pasión ingenua (con el comunismo derrotado, la globalización en marcha, la tercera vía como respuesta ideológica y la tecnoutopía como marco de futuro) la que marcó el tono de un paraíso que floreció durante unos años, hasta que dejó de serlo cuando la Historia –con su carga de culpa y dolor– reclamó de nuevo un asiento preeminente.

LEER ARTÍCULO COMPLETO EN ELDIA.ES

Merkel al mando

La gran pregunta de estos días es por qué Merkel ha cambiado de opinión. Hace sólo una década, Alemania se comportó como el gran halcón europeo: la potencia central que empujaba hacia la austeridad en todo el continente. Presa de los tópicos, los periodistas se apresuraron a mencionar los tics religiosos que acompañan a cualquier leyenda negra: concretamente, la severidad luterana frente a la relajación católica del sur. Así, Merkel y los países del norte venían a reivindicar una Comunidad Económica disciplinada y rigurosa, casi espartana en su desempeño económico, mientras que los PIIGS –Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España– debían purgar sus largos años de excesos. Se trataba de una narrativa fácil, de consumo autocomplaciente: buenos y malos, como siempre. ¡Qué curioso que, una vez más, fueran los pobres los que pasaran por malos! En cualquier caso, lo cierto es que la crisis se recrudeció –no sólo en lo económico y financiero, sino también en lo político– y las reformas en países como España quedaron a medio hacer. Pero las manchas en la honra de las naciones tienden a perdurar –más si responden a prejuicios seculares– y el daño sobre la construcción europea salió a la luz. Una década más tarde, la UE afronta un nuevo desafío económico sin grandes avances institucionales, sin que se hayan saneado las cuentas del sur, con el Reino Unido fuera, con fuertes fracturas sociales abiertas y con el peligroso retorno de los populismos al debate público. ¿Tenemos más o menos Europa que hace una década? Seguramente más, pero su relevancia exterior es menor. La UE en su conjunto pasa hoy por ser algo parecido a un enfermo, que en ocasiones ni siquiera apela a los socialdemócratas o a los liberales. Esto es inaudito. O, al menos, lo hubiera sido, hace apenas unos años.

LEER ARTÍCULO COMPLETO EN THE OBJECTIVE.

Los hilos rojos

En algún lugar de su fragmentaria obra, Walter Benjamin predijo que la luz mesiánica surgiría de alguna grieta entre los escombros de un escenario en ruinas. A pesar de su marxismo heterodoxo, Benjamin sabía que habitaba un mundo en descomposición. Quizá la Historia sea eso: constatar cómo se marchitan las ilusiones y aferrarse a lo que va quedando de esperanza, como el rescoldo de un tiempo que fue –o eso creíamos– mejor. No lo sé. A veces he pensado que Benjamin tenía razón, aunque en un doble sentido, de ida y vuelta. Quiero decir que, para que un país o una sociedad se echen a perder, también el pecado y la destrucción han tenido que penetrar en ellos a través de una fisura, de una pequeña hendija que se dejó a merced del albedrío.

LEER ARTÍCULO COMPLETO EN THE OBJECTIVE.