La imaginación conservadora. Gregorio Luri

Hay decálogos poco dogmáticos pero certeros. El primer mandamiento de un conservador responde a su viva conciencia del pecado original y de las distintas servidumbres que acarrea la imperfección humana. El conservador no niega el rostro benéfico de la razón, aunque intuye lo afilado de sus aristas. El conservador ama la verdad —no puede no hacerlo— y efectivamente la persigue con ahínco; sin embargo, al mismo tiempo sabe que, en un mundo imperfecto hecho de sombras y cascotes, las ficciones compartidas, las mentiras nobles y los relatos sofisticados tienen una función que haríamos mal en desdeñar.

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Tal como somos

Para algunos historiadores, el conservadurismo americano empezó a ceder al oportunismo y la demagogia a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, coincidiendo con la caza de brujas que impuso el macartismo. Para otros, esta deriva se retrasaría hasta la década siguiente, cuando la sociedad comenzó a descomponerse como efecto de la guerra de Vietnam, los conflictos raciales, el Mayo del 68 y la acumulación de problemas económicos que acabaron estallando en 1973. No fue en todo caso una dolencia exclusiva de la derecha, dado que la izquierda llega extenuada en los países anglosajones a la década de los ochenta y que, en la Europa continental, esta crisis ideológica surge ya con fuerza tras la caída del muro de Berlín. Se ha hablado bastante del éxito de la posguerra –y el historiador Tony Judt dedicó un largo estudio a esta cuestión–, pero no tanto de su debilitamiento con el paso de las décadas.

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Como el oleaje

La democracia funciona como el oleaje cuando choca contra la orilla: una ola sigue a la otra, cada una con su forma, cada una con su personalidad. La vida es ondulante, decía Montaigne, y lo cierto es que llevamos desde 2008 inmersos en un periodo de incertidumbre que describe un final y anuncia un inicio, aunque seamos incapaces de vislumbrar el rostro de esta nueva sociedad que está surgiendo. ¿Se sitúa más o menos a la derecha que la Europa que se construyó en la postguerra? ¿Es más nacionalista o, en realidad, lo es menos y, por lo tanto, más igualitaria? ¿Asistimos a un proceso acelerado de profundización de la democracia o a la manifestación de una deriva patológica de la misma? Casi cualquier respuesta que demos a estas preguntas resulta plausible. A veces las tendencias de fondo contradicen los movimientos coyunturales, es decir, la inmediatez de la política. Quizás sea ese el caso. Sólo el tiempo lo dirá.

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De padres a hijos

Si nuestra cultura se asienta sobre los libros, nuestra educación debería hacerlo sobre la lectura. Curiosamente, en este caso, el conocimiento científico no entra en contradicción con la sabiduría de los clásicos: leer nos construye. El famoso informe PISA corrobora que el principal indicador de éxito académico de un alumno es el número de horas que ha pasado leyendo junto a sus padres antes de cumplir los cinco años. Lectura en voz alta, se entiende: de padres a hijos. En su clásico estudio Meaningful Differences, los profesores Betty Hart y Todd R. Risley documentaron los efectos que tenía la lectura en voz alta sobre el vocabulario de los niños, pero también sobre la sintaxis, la comprensión lectora –clave incluso para el aprendizaje de las matemáticas– y la curiosidad. La relación entre el músculo cultural de un país y su tasa lectora obedece a una lógica irrebatible, si pensamos que nuestra inteligencia en gran medida se expresa de forma lingüística. Dicho de otro modo: nuestro pensamiento no son sólo palabras, pero sin palabras no hay pensamiento.

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