Laberinto de pasiones

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Foto: Gage Skidmore

A principios de 2015, Brad S. Gregory publicó un voluminoso ensayo titulado The Unintended Reformation. El profesor de la Universidad de Notre Dame ponía en contacto la lejana Reforma protestante con el rostro poliédrico de nuestro tiempo. Lutero no sólo partió en dos el cristianismo europeo y dinamitó las certezas de la religiosidad medieval, sino que sembró las semillas de la secularización social, sedimentó las diferencias nacionales, sustanció un marco mental favorable a la moral del capitalismo y, en definitiva, sustituyó una metafísica de la mediación por otra de carácter privado y potencialmente plural. No resulta del todo aventurado sostener, aun a riesgo de simplificar, que -si bien en Europa desembocan los afluentes de Atenas, Roma y Jerusalén- nuestro sentido moderno de la democracia debe tanto a los designios de la Ilustración como al fermento previo de la Reforma.

Extracto del artículo publicado en ABC Cultural. Puedes seguir leyendo aquí.

La canción de Sibelius

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Si los psicólogos subrayan que la infancia es la tierra natal de la felicidad, la tradición actúa como una liturgia de la memoria. Igual que cada año por estas fechas, el bazar de la iglesia sueca anuncia la llegada del Adviento y de la Navidad. La luz frágil de las candelas, el olor untuoso de los bollos de canela y de azafrán nos recuerda que la oscuridad de los fríos meses de invierno no dicta el futuro y que la tierra, como la humanidad, vuelve a renacer cada primavera. La belleza de las tradiciones reside en que apela a algo anterior a nosotros, que se sustancia de algún modo en nuestra niñez y en nuestro hogar. No en vano, el doctor Johnson, hace ya siglos, aseveró que “el objetivo de toda labor humana debe ser conseguir un hogar feliz”. Esas emociones vehiculadas por los ritos, las tradiciones, la memoria y, por supuesto, también por la esperanza de un futuro mejor, constituyen los pilares de esa casa ordenada que debe ser la vida, incluso cuando cae la noche y arrecia la ventisca. Hay un pasaje de las epístolas morales que Séneca escribió para su amigo Lucilio en el cual el filósofo cordobés se pregunta cómo debe comportarse el hombre asediado por las desgracias. En su respuesta apela a Júpiter –el mayor de los dioses– quien, “una vez destruido el mundo, confundidos los dioses en uno, quedando poco a poco inactiva la naturaleza, se recoge en sí mismo entregado a sus pensamientos”. Entregarse a uno mismo también significa confiar en esa gratuidad gozosa que nos conceden los rituales de la memoria.

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José Andrés Rojo: “Siempre estamos negociando; nunca somos iguales a nosotros mismos”

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Foto: Casa América.

“Es necesario decirle adiós a nuestros muertos –leemos en Camino a Trinidad, el último libro de José Andrés Rojo-. Y consuela saber que algunas cosas pueden seguir vivas”. La buena literatura, por ejemplo, sedimentada en una memoria que se confiesa libre. Ambientada en parte en la Bolivia de Hugo Bánzer, Camino a Trinidad (Pre-Textos) es una excelente novela, sobria y meditativa, que reflexiona sobre el misterioso azar que atraviesa, con sus interrogantes, el sentido de nuestras vidas.

Empecemos por la biografía. Usted es nieto del general Rojo, héroe republicano de la Guerra Civil, a quien le ha dedicado una magna biografía. Al terminar la guerra, su abuelo se exilió, si no recuerdo mal, primero a Argentina y después a Bolivia, donde nace usted en 1958. Quería preguntarle en primer lugar por la sombra de su abuelo en la familia. ¿Qué recuerdos guarda de él y de qué modo su personalidad y su ejemplo conformaban un capítulo del “léxico familiar”?

No guardo recuerdos del general porque no llegué a conocerlo. Regresó a España -estaba ya enfermo y creía que iba a morirse enseguida- en 1957. Aguantó una larga temporada, hasta 1966, unos cuantos años antes de que mi familia se trasladara a Madrid en 1971. Así que no coincidimos nunca. Pero ha estado siempre presente, de la misma manera (imagino) que en tantas otras familias siguen pesando en los hijos y los nietos los abuelos y, de paso, aquella remota Guerra Civil. Esa antigua herida dura quizá un poco más en los que tuvieron que irse y luego volvieron. Como si no pudieran terminar de quitársela de encima. Yo tenía que haber sido boliviano y terminé siendo español. Al final no eres de ninguna parte. El léxico familiar, en nuestro caso, está por eso lleno de lagunas, no hay continuidad. Hay muchas palabras que vienen de lejos y que ya no sabes qué significan. Me embarqué en escribir sobre mi abuelo porque quería entender qué significaba aquello de que, en la guerra, “había cumplido con su deber”. La honradez de su posición nos ha marcado a todos, pero de manera muy distinta.

Fuente: Nueva Revista.

Entrevista completa“Siempre estamos negociando; nunca somos iguales a nosotros mismos”.

Las lágrimas de Cohen

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En el origen de la literatura se halla la guerra. O la violencia. Las diferencias no resueltas que desembocan en el mal. Los dos grandes poemas homéricos –la Ilíada y la Odisea– que dan inicio a Occidente giran sobre un conflicto mítico, perdido en la noche de los tiempos. Rachel Bespaloff, ilustre intérprete de Homero, subraya que, según los griegos, «los dioses otorgan felicidad, riqueza y gloria; mas sólo el hombre tiene el poder de unirlas con la justicia. Si no lo hace, tarde o temprano, lo aplastará una fatal calamidad». La literatura hebrea también empieza relatando un encuentro con el mal: la desobediencia de Adán y Eva, la expulsión del Paraíso, el asesinato de Abel, antes de la fundación de un pueblo elegido –el judío–, que se adentra en el misterio de la Historia.

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En Nápoles

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Ciudad paródica donde las haya, conozco pocos lugares tan hermosos, tan llenos de vida como Nápoles. No se trata, desde luego, de una belleza italiana, renacentista, de una luz ocre que nos hable de una cierta pasión por el espíritu: en Nápoles, el Barroco adquiere, en cambio, una carnalidad, escatológica, groseramente humana. El olor a orines inunda las calles, los niños -de diez, doce años- circulan con sus Vespas -la cabeza estirada, los pies de puntillas-, la ropa permanece tendida en la calle de un modo constante, las paredes de los palacios brillan oscuras, desconchadas, sin la luz siquiera de la humedad veneciana.

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