Ver voces

En un breve pasaje de la traducción latina de la Biblia se puede leer un pasaje que resuena hoy de un modo especial: “Todo el pueblo veía las voces”, escribe en la Vulgata san Jerónimo, subrayando el misterio de unas voces que se hacen visibles en medio del desierto. El filósofo francés Jean-Louis Chrétien ha construido uno de sus más bellos ensayos, La llamada y la respuesta, en torno a las implicaciones de este versículo del Éxodo, escrito hace más de dos mil quinientos años.

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La lección de Eton

Foto: Herry Lawford.

Fue a principios de la década de los treinta cuando el secretario de Estado del Foreign Office -que años más tarde llegaría a primer ministro-, Anthony Eden, se encontró con Adolf Hitler en Berchtesgaden. Allí hablaron de Europa y de la paz pero, sobre todo, de las heridas que la Gran Guerra infligió a Alemania. Para el Führer, la única razón que explicaba la humillante derrota alemana de 1918 era el carácter disciplinado y brillante de las élites militares inglesas, formadas en el mítico College de Eton.

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La tierra amada

Leo a C. Milosz estos días. Su poesía acompaña el color de una luz que profundiza los primeros tonos ocres del otoño. En uno de sus poemas, aparece un hombre viejo, despectivo, de corazón negro, que se sorprende al descubrir que ya no es joven y que el mundo –su mundo– empieza a escapársele de las manos. Habla y preferiría no hablar, sino entender aquello que ya no entiende.  Ha conocido el deseo y el amor, aunque de las pasiones humanas no obtuvo nada bueno. Persiguió saber cómo funciona la precisa relojería de la vida y el tiempo, “pero el mundo iba más rápido que él. / Y ahora sólo ve ilusiones”. Y escucha voces: las voces del pasado y el ruido de su época que le rodea, incesante, a “él, que una vez quiso conocer su pobre vida”.

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La tierra baldía

Cuando por la tarde paso a recoger a mis hijos del colegio, escucho con ellos en el coche un cedé de música infantil. Son canciones que no conocía de niño y que hablan de sentimientos y deseos, de amar la tierra y de compartir valores, de ser lo que uno anhela y de un mundo feliz. Según el viejo filósofo inglés Michael Oakeshott, la educación sirve sobre todo para configurar la sensibilidad y, realmente, es la labor que cumplen –de forma más o menos explícita– estas canciones.

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Common decency

En sus libros, George Orwell hablaba de una common decency que apelaba directamente al fondo moral de las clases medias, base y fundamento de cualquier democracia posible: la fidelidad y la confianza, la generosidad y el respeto mutuo entre los ciudadanos. La decencia común es el gran valor de la política humilde frente al anhelo de perfección que caracteriza a los totalitarismos ideológicos, definidos por una voluntad marcada por el resentimiento, la incomprensión mutua y, en nuestro mundo además, por los eslóganes de la agitación y la propaganda. Orwell sabía demasiado bien –lo pudo comprobar a lo largo de su vida– que estos valores de la decencia común son precisamente los de la democracia imperfecta pero posible: “lo que todas las pequeñas ideologías malolientes que ahora rivalizan por el control de nuestra alma odian con idéntico odio”.

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