Un estado del alma

“Un paisaje es un estado del alma”, escribió Mercè Rodoreda, “aunque también podríamos decir que es el estado del alma quien crea el paisaje”. Un conservador vería con buenos ojos esta segunda afirmación. En un conocido texto de mediados del siglo pasado, el filósofo británico Michael Oakeshott describió el conservadurismo con palabras que recuerdan los trazos poéticos de una cartografía: “Ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…”.

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La espuma de las primeras olas

En 1942, el poeta polaco Czesław Miłosz ya había visto pasar el Apocalipsis ante su apartamento en Varsovia: los Panzer alemanes recorriendo las avenidas de la ciudad bajo la luz fría de la mañana, los judíos encerrados en el gueto, las matanzas rituales que seguían el dictado de la raza y anunciaban la puesta en marcha de una “Solución Final”.

El joven Miłosz –que apenas rebasaba los treinta años– supo entonces que la mirada percibe en ocasiones una realidad vedada a la mera razón. Su desconfianza hacia la abstracción de las ideas puras, hacia una metafísica que desconozca la carnalidad de la imaginación, se originó en aquellos años definidos por un intenso horror. «Nos hemos liberado –comentó– de tantas mentiras tranquilizadoras, de tantas ilusiones y subterfugios; lo opaco ha devenido transparente».

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El problema es la dirección

El problema es la dirección. No sabemos si Pedro Sánchez mira hacia la izquierda –un pacto amplio y sólido con Unidas Podemos– o si mira hacia el liberalismo reformista. No sabemos si apuesta por desarrollar la idea de una nación de naciones, por federalizar las autonomías, o por recentralizar el Estado. No sabemos si detrás de Sánchez se encuentra la política sonajero del folclore populista o si prima el horizonte razonable de los modelos socialdemócratas escandinavos. No sabemos si el presidente del gobierno sólo destaca en el regate corto o si su estrategia responde a pases largos. No lo sabemos porque Sánchez ha ofrecido pistas para defender cualquier opción, en una línea y la contraria. Y lo ha hecho, supongo, porque es un rasgo de su personalidad; pero también porque la nueva política –siempre atenta a los excitables dictados de la demoscopia– parece reclamar la volatilidad de los acuerdos. La fragmentación actual de las sociedades modernas –agravada por la polifonía coral de las identidades– así lo favorecería. En un mundo sin grandes creencias ni mitos compartidos, la flexibilidad actúa como un valor al alza. Dicho de otro modo: todos los caminos conducen a Roma, siempre que Roma constituya efectivamente el centro del poder.

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