Brendel, la vieja luz de Europa

Ya al final de su larga carrera como solista, en la entrega del premio que le fue concedido por la crítica londinense en 2002, el pianista Alfred Brendel ofreció tres claves para entender los resortes más íntimos de su universo musical. En el discurso de agradecimiento, Brendel habló en primer lugar de Shakespeare y de un verso de «Otelo» que dice así: «For I am nothing if not critical» («Soy crítico por naturaleza»). Glosó también una idea del poeta romántico Novalis, a la que nuestro pianista ha vuelto una y otra vez a lo largo de su vida, y que alude a la estrecha relación existente en la obra de arte entre el caos y el orden. Y, por último, quizás consciente de que todo lo que no es trágico forzosamente tiende a la ironía, Brendel cita la necrológica que el gran maestro alemán Goethe dedicó al compositor Joseph Haydn. En ella, se dice que «la ingenuidad y la ironía son los distintivos del genio»; para aclarar el músico moravo a continuación: «Nunca me he considerado un genio ni por un instante, pero esa dicotomía, unida a la del caos y el orden, siempre ha resonado en mí como un eco».

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Las flores

Con la llegada de la primavera, la naturaleza recupera su pulso. Es una especie de rito iniciático que se repite todos los años: el despertar de las flores, los campos cubiertos de hierba, el día que se alarga, el cambio de estación… Ya en la Antigüedad, Horacio celebraba en sus Odas la belleza de este momento: «Compañeras de la primavera, / las brisas tracias, que calman el mar, / hinchan las velas; ya no están helados / los campos, ni resuenan los ríos engrosados / por la nieve invernal». Se trata, por supuesto, de una alegría efímera, breve, que fluye como el agua primera de la mañana: «Déjate, sin embargo, de tardanzas / y de afanes de lucro; / recuerda el fuego negro de la pira mortuoria / y, mientras puedas, mezcla tu buen juicio / con algo de locura: en su momento es bueno delirar», canta el poeta latino. Son versos clásicos que podrían haberse escrito hoy mismo y que apelan al ímpetu de un vigor que sabemos condenado a no perdurar.

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Los libros que no he leído | Antonio García Maldonado

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Los libros que no he leído me influyen más que los que he leído. Mi hábito está plenamente condicionado por una realidad que soy incapaz de digerir bien cuando caigo en ella –similar al desasosiego que siento cuando, de noche, voy al baño y no encuentro sentido a nada–: nunca podré leer los libros que quiero leer, ni aunque dedicara 18 horas del día, liberado de una ocupación alimenticia. Ni aunque renunciara a amigos, al ocio, a la vida más allá de las páginas.

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Pascal Quignard

Se diría que la escritura son variaciones sobre el misterio del Sábado Santo, un silencio que turba y delimita la extensión de nuestra ignorancia. Al leer, roturamos ese misterio en busca de una solidez oculta bajo el velo de las palabras. Pascal Quignard, el más grande escritor europeo de hoy, bucea entre las sílabas como quien se adentra en una fosa que nos acoge –y nos alumbra– en el seno de una ausencia. Leer es reconocer –escribe en sus Pequeños Tratados (Ed. Sexto Piso)– porque, en la lectura, «el lector descubre lo que él mismo es y lo que no es al revivir una vida que no ha vivido». Quignard piensa en el Mundo Antiguo, en el momento seminal de la literatura. Quignard piensa en los hombres callados que rebuscan bajo una tierra baldía las vasijas rotas de un mundo que ha perdido el sentido.

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Vertebrar la vida

Las líneas del pensamiento siguen un trazado biográfico. Allí están nuestras lecturas y nuestra familia, los valores que nos sustentan y las experiencias que nos han conformado, los amigos y los enemigos, las horas de soledad y la barra del bar, el clima general de una época y nuestra relación con ella. Leo estos días la larga conversación que ha mantenido Ignacio Peyró con Valentí Puig, en la que se esboza la biografía intelectual del escritor palmesano. En La vista desde aquí (Elba Editorial), Puig habla de su infancia y de sus padres, de sus lecturas, de su experiencia –breve– en la política autonómica, de su paso por la corresponsalía del ABC en Londres, de las figuras públicas que ha conocido, de su amor por el jazz y el dietarismo, de la cultura catalana y castellana, de la necesidad que tiene la democracia de formar una élite intelectual, de la catalanofobia y la hispanofobia, del papel de la Historia y el horror hacia la utopía. Fue un confuso azar, observa Puig, el que le condujo a vivir un año en el norte de Irlanda, en una época –finales de los años 60 y principios de los 70– en la que «quien más, quien menos, participaba en algún grupúsculo maoísta”.

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