Algo resulta inquietante

Las fracturas sociales se originan en pequeñas grietas que crecen y se agrandan hasta arruinar las democracias. A veces son consecuencia de grandes choques sistémicos, de fallas gigantes que chocan entre sí; otras, en cambio, se producen a causa de las distintas dinámicas presentes en la sociedad. La tecnología tiene, por ejemplo, algo de radical y acumulativo: ese sería el caso de la obsolescencia programada de determinados trabajos y sectores económicos. Nuestra referencia más inmediata es el crac del 29, seguido de una larga década depresiva que culminó en una guerra mundial. Se desvanecieron fortunas, cayeron aristocracias y se arruinaron familias enteras. El desempleo fue uno de sus signos inequívocos. Hoy no. No del mismo modo, desde luego. Aunque España siga su propio camino –los motivos de nuestro alto paro estructural son otros–, países centrales como Estados Unidos o Alemania se encuentran en máximos históricos de empleo, lo cual no ha evitado las turbulencias políticas ni ha acallado los temores de las clases medias. Y en parte es así porque, si la crisis del 29 se tradujo en desempleo, la del 2008 ha supuesto la generalización del empleo basura y de los salarios bajos. Y un gradual empobrecimiento colectivo. Nuestra crisis no responde tanto al paro como al trabajo sin recorrido, sin expectativas ni mejora. Tecnología y globalización son dos de los factores que explican esta deflación. Cabe suponer que no son los únicos: envejecimiento, apalancamiento, disolventes morales de las virtudes burguesas…

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La caída de Troya

Francisco Collantes (Madrid, 1599 - 1656)

La épica, con su lento discurrir narrativo, ilumina el corazón de cualquier época. Pensemos en la caída de Troya, narrada por el poeta Virgilio en su Eneida. En el Libro II asistimos al desconcierto de los troyanos ante la retirada de los griegos y el misterioso regalo que aguarda silencioso frente a la muralla: un caballo gigantesco fabricado con tablones de abeto y cuyo vientre hueco oculta el terror que va a llegar con la noche. El ardid de la diosa Atenea insinúa la maldición de Pandora: los cofres cerrados donde se contiene el mal hasta que, una vez roto el sello, se esparce por las calles, los templos y los hogares. Sólo la vidente Casandra y el sacerdote Laocoonte advierten de la destrucción que se acerca. Pero para que eso suceda, el caballo tiene que entrar en la ciudadela y los habitantes de Troya acogerlo con gozo. Bajando de la fortaleza,  Laocoonte increpa a la muchedumbre atónita: «Míseros conciudadanos, ¿qué es esa locura tan grande? / ¿Es que creéis que se fue el enemigo y que no tiene engaños / lo que regalan los griegos? ¿Así conocisteis a Ulises? / Los aqueos se encierran y ocultan en estas maderas, / o este artefacto lo hicieron en contra de nuestras murallas, / para espiar nuestras casas y ser de este pueblo la ruina, / o engaño hay dentro de él; no creáis al caballo, troyanos. / En cualquier caso, hasta si hacen regalos, yo temo a los griegos». Y a continuación el sacerdote arrojó una lanza al costado del monstruo, que se clavó en su cuerpo y dejó escapar un sordo gemido. Nadie quiso escuchar ese quejido. Virgilio insiste en que, pese a las señales, fue el destino trazado por los dioses y la ciega obstinación de los hombres la que puso fin a la ciudad; fuerzas, en definitiva, de carácter irracional que ni conocemos ni sabemos controlar.

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Sin nada que decir

En su cuenta de Twitter, el profesor de Literatura Diego Ardura enlazaba un interesante artículo sobre el nuevo corte divisorio que se ha abierto entre los defensores del canon literario y los partidarios de que los jóvenes seleccionen libremente sus lecturas para el colegio. Se diría que el contexto social y cultural de nuestros días, definido por el eclipse de la palabra frente al prestigio de lo visual, actúa como motor de arranque en un debate de muy difícil solución. ¿Qué hacer cuando los estudiantes sencillamente no leen –no, desde luego, lo suficiente– con el consiguiente empobrecimiento de su vocabulario y de su imaginación? ¿Cómo pensar con precisión y brillantez si carecemos de las herramientas y del depósito cultural necesarios para ello? ¿Son Stevenson y Conrad, Jack London y Astrid Lindgren, Dickens y Baroja objetos de lujo en el museo de la literatura, es decir, sólo plenamente accesibles para una pequeña minoría? Más aún, ¿tienen alguna importancia estos autores fuera de las galerías de ese museo? ¿Y sus voces nos siguen apelando como fuentes de verdad permanente?

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Occidente: de la admiración al odio

Los ensayistas Ian Buruma y Avishai Margalit exponen las raíces del sentimiento antioccidental en Occidentalismo Breve historia del sentimiento antioccidental (Península); y apuntan una paradoja: ese odio no es ajeno al propio Occidente, si tenemos en cuenta el peligro del antiliberalismo, la pujanza de los nacionalismos o la tentación totalitaria.

Analizan en el libro la historia de una mirada mutua que pasó de la fascinación inicial al odio contra la Modernidad: la misma que representa precisamente nuestra civilización, con sus logros pero también con sus fracasos.

A lo largo del tiempo, los efectos de este juego especular resultan en ocasiones difíciles de percibir; sobre todo en un primer momento. Un interesante ejemplo nos lo proporciona el geógrafo chino-estadounidense de la Universidad de Wisconsin, Yi-Fu Tuan, al referirse –en su libro Dear Colleague– al etnocentrismo chino: “El pueblo chino se veía a sí mismo como la auténtica raza blanca (de un blanco jade) y al resto de pueblos como mucho más oscuros. […] ¿Qué sucedía entonces con los europeos? Bien, en ese caso los chinos no podían decir que no eran blancos, pero de un blanco ceniza (el color de la muerte), en lugar del blanco jade que la clase dirigente china se arrogaba para ella misma. En el siglo XIX, las naciones europeas lograron con su músculo militar humillar a China en su propio país. Sólo entonces empezaron los chinos a describirse a ellos mismos como amarillos –el color imperial– y a diferenciarse de forma aguda de los blancos europeos”.

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200 años del Prado

«Cuando pienso en el Prado –escribió en una ocasión el pintor Ramón Gaya–, éste no se me presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria. Hay allí algo muy fijo, invulnerable y también sin remedio, sin redención. Para los franceses, el Louvre no puede ser sino un museo, un museo que está en Francia, pero que, claro, no es Francia. Los museos de Italia siguen siendo exterior, calle italiana, y no hay diferencia entre una sala de los Uffizi y el Arno; todo es igualmente navegable, vivible. Pero el Prado es un lugar hermético, secreto, conventual, en donde lo español va metiéndose en clausura, espesándose, encastillándose». Gaya consideraba el Prado como una metafísica de la España terca, pero realista y cuerda; sensata hasta el punto de la desnudez artística. Para mí, el Prado se acerca mucho a esa utopía hermosa y culta que llamamos “educación liberal” y que se sustenta necesariamente en la lectura de los clásicos o en la contemplación del gran arte. «Por educación liberal –sostenía uno de sus últimos adalides, el norteamericano Allan Bloom– entiendo educación para la libertad, especialmente la libertad del espíritu, que consiste en tener conciencia de las más importantes posibilidades humanas. […]. Sin el estudio de las grandes obras, el espíritu de un hombre está casi necesariamente preso en el horizonte de su tiempo y lugar particulares, y en una democracia significa estar preso de las premisas o prejuicios de la opinión pública».

En el Prado es difícil sentir la frívola tentación de la pintura contemporánea, ese arte que procede de la abstracción en lugar de originarse en la vida. Velázquez puede ser imaginativo pero nunca falaz. En Goya anida el disparate, pero ese disparate es la vida misma que se mueve entre la risa de don Quijote y el llanto del rey Lear. Ambos son modernos de una forma en que no lo será jamás ninguno de sus imitadores, por mucho talento que tengan. En la historia española, el Prado –que acaba de cumplir doscientos años– ha desempeñado un papel similar al que tienen los grandes libros en algunos países. Si no cabe concebir la cultura anglosajona sin Shakespeare o la Biblia del rey Jacobo, sí que podemos imaginarnos a Inglaterra sin la pintura prodigiosa de Turner. Italia es, sin embargo, su pintura infinita, al igual que España es Velázquez, Murillo, Zurbarán, Goya y Picasso. Más incluso que el Quijote o quizás junto al Quijote, pero nunca menos. Por ello mismo, pasear por el Prado, acudir a conversar con sus obras y con sus maestros, supone educar la mirada, pero sobre todo educar el alma desde una altura muy superior a la nuestra. El silencio de la pintura no es un silencio mudo, puesto que nos habla y nos enseña acerca del poder, la belleza y el amor; acerca del miedo y el terror; acerca de la luz de la carne y también sobre su decrepitud y sus sombras. Es un silencio sobrecogedor porque desnuda la realidad ante nuestros ojos y nos la hace palpable, humana. Consiste en todo lo contrario al mundo de las ideologías y las vanguardias, ese feudo del nihilismo, que celebra la muerte de todo lo que hombre ha considerado valioso a lo largo de los siglos. Inclinarse ante lo que representa el Prado es hacerlo ante lo mejor que la cultura ha sido capaz de crear. Reivindica al hombre y nos reivindica a nosotros, a pesar de la pulsión cainita que nos invita a destruir para destruirnos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.