Inocencio X

Andreu Jaume y Juan Claudio de Ramón me convencieron de que no podía abandonar Roma sin pasar una tarde frente al retrato de Inocencio X en la Galleria Doria Pamphilj. Por fortuna, les hice caso. El museo –un viejo palacio que todavía pertenece a la familia– tiene algo de estrambótico para nuestra frenética mirada moderna. No sólo por la abigarrada acumulación de piezas de arte, sino sobre todo por el orden histórico de las mismas, alejado de cualquier voluntad pedagógica o didáctica. Los cuadros permanecen en las paredes tal y como fueron colgados hace siglos, guardando la disposición sigilosa que marcaron las épocas. En un lugar privilegiado, junto a un busto del papa Doria esculpido por Bernini, se encuentra el retrato inmortal de Velázquez, que le valió una justa y famosa amonestación del propio papa: “Troppo vero!” (“¡Demasiado veraz!”). Y ya sabemos que la verdad no siempre alumbra lo que deseamos ver. Ni siquiera cuando nos enfrentamos a la belleza absoluta de una obra maestra.

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Prisioneros de las ideas

En su ya clásico estudio sobre los caminos de la modernidad en la España de principios del siglo XX, el profesor Vicente Cacho sostenía que los dos grandes proyectos reformistas que había conocido nuestro país eran el que se asociaba con la Institución Libre de Enseñanza –y con la figura posterior de José Ortega y Gasset– y el que representó en Cataluña la irrupción del catalanismo como ideología política. Ambos constituyeron un éxito y a la vez terminaron en fracaso. José Castillejo ha escrito páginas memorables –y también dolorosas– al respecto. Se fundaron revistas de pensamiento y ateneos, se abrieron colegios y bibliotecas públicas, se tradujeron libros y se mandaban estudiantes universitarios a los mejores centros en el extranjero.

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Maestro Pierre-Le Tan

Creo que fueron las hermanas Brönte –pero tal vez fuera Jane Austen– las que afirmaron que para escribir una novela sólo se necesita una puerta entreabierta, es decir, una mirada rápida y furtiva que ilumine por un segundo la trama de la vida. La anécdota, digamos, que alcanza una vez tamizada por la sabiduría, el talento y la experiencia el rango de categoría. Pensaba en ello esta mañana, mientras llovía con furia y en casa sonaba el último movimiento de la Tercera Sinfonía de Mahler interpretada por el maestro holandés Bernard Haitink. Con noventa años, Haitink acaba de despedirse de la dirección orquestal este verano, en un histórico concierto que cierra de algún modo otra época más: una forma de entender la música, humilde y poco estridente, de contornos casi artesanales. Escucho a Mahler y pienso en las hermanas Brönte, aunque en realidad lo que hago es llorar la muerte del pintor francovietnamita Pierre Le-Tan, que acaba de fallecer a los sesenta y nueve años.

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La abdicación de los aristócratas

En su anotación 144 acerca “de cómo sucumben las aristocracias y los príncipes”, perteneciente a sus famosos Juicios sobre la historia y los historiadores, Jacob Burckhardt observó: “Las aristocracias abdican, pero no huyen como los príncipes”. El autor suizo pensaba en los efectos de la Revolución Francesa y en la propia condición humana, que sabía debilitada. Como buen conservador desconfiaba de los excesos del entusiasmo, incluso los motivados por las intenciones más nobles. Por supuesto, ese aforismo delataba el solapamiento de los poderes y la sustitución de uno antiguo y caduco por otro acuñado con el brillo del oro nuevo: el Estado.

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En Bizancio

En la Navidad del año 1400 el rey de Inglaterra cenó con el emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo. El heredero de Roma había llegado de París, en donde también había implorado ayuda al rey Carlos. Era la cristiandad reunida ante la amenaza de los turcos, que se cernía sobre la antigua Constantinopla y sobre el país de los griegos. El historiador Steven Runciman narra este episodio con una emotividad especial: “Todos en Inglaterra estaban impresionados por la dignidad de su porte y las inmaculadas vestiduras blancas que el emperador y su corte llevaban. Pero precisamente a causa de sus altos títulos, sus anfitriones e sentían inclinados a compadecerle, pues el emperador había ido como mendigo a buscar desesperadamente ayuda contra los infieles que habían sitiado su imperio”. Runciman nos muestra el nacimiento de un gran poder emergente –el otomano– y las desavenencias que imposibilitaban la unidad del mundo cristiano –venecianos contra genoveses, ingleses contra franceses, católicos contra ortodoxos, y así un largo etcétera–. De hecho, el destino de Bizancio estaba ya sellado: ningún reino dividido prevalece en el tiempo.

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