La democracia, en definitiva

A finales de los años 70, en su ensayo El poder de los sin poder, Václav Havel describió el totalitarismo comunista como una perversa geografía: un paisaje moral devastado que poco a poco se enseñorea de la sociedad hasta confundir la verdad con la mentira, la realidad con los espejismos. No es preciso que todos y cada uno de los ciudadanos crean en esa mentira, pero sí que se sometan a ella, que no se opongan ni se atrevan a denunciarla. Como nos recuerda Allan Bloom en su libro sobre Shakespeare y el poder, lo crucial es que esa atmósfera compartida –el  “panorama cotidiano del pueblo”, por utilizar la terminología de Havel– termine por modelar la conciencia de cada individuo. Se diría –como reza un conocido adagio clásico– que la fe que profesamos en los rituales públicos acaba configurando nuestra fe privada, de forma directa o indirecta, por aceptación o por rechazo.

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Patria de nuestras patrias

Se diría que Europa es el destino natural de Oriente, la extraña geografía del fin del mundo, el lugar donde se pone el sol para renacer al día siguiente. Václav Havel reflexionó sobre esta imagen en un penetrante discurso ofrecido en el Senado italiano el 4 de abril de 2002. «El nombre de Europa –explicó–, que significa “Occidente”, refleja probablemente una perspectiva asiática». Hay algo hermoso en esta idea que nos hermana con el deambular de la Historia y con el aliento de esperanza que mueve al hombre a perseguir sus sueños. Europa sería así hija del sur –África–, pero más aún de Asia: de esa lejanía ancestral que nos trajo la lengua, el anhelo del misterio y las religiones. Heredera de Oriente, Europa persiguió su destino más allá de los océanos; era el mismo impulso vital que llamaba a expandir las fronteras de lo conocido. Para Pietro Citati, en su melancólico libro sobre Ulises, el hecho más característico del espíritu europeo consistía precisamente en esa capacidad de traspasar los límites de lo evidente y mirar hacia el infinito. No es ya la historia circular, que gira casi estática alrededor de sí misma a merced del ritmo de las estaciones, sino un destino que responde al nombre de la esperanza.

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Una belleza vedada

Existe una belleza vedada a nuestros sentidos, oculta tras los muros de los monasterios. Peter Seewald y Regula Freuler le han dedicado un librito, con el título de Los jardines de los monjes (Ed. Elba). Ajenos al mundo, los jardines y los huertos del monasterio sellan un pequeño paraíso donde se refleja un sencillo orden natural que es, a la vez, profundamente humano. Nos recuerda Gregorio Luri, en su tratado sobre el conservadurismo, aquella conocida cita de Horacio Naturam expelles furca, tamen usque recurret sobre el inexorable retorno de la naturaleza a poco que el hombre abandone el cuidado de la tierra. Se diría por tanto que, sin nuestro trabajo, reaparece lo salvaje como un basso ostinato de la existencia. La evolución no sería más que esa lenta pero constante discrepancia de la creación con sus imperfecciones de origen.

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Final de legislatura

Nada ha salido como se preveía. Cuando Pedro Sánchez nombró su primer gobierno, enseguida se habló del jogo bonito de un equipo de ministros estelar frente al tosco catenaccio que se reprochaba a Rajoy. Llegaba la alegría, la diversión, una nueva meritocracia ajena a las servidumbres partidistas y llamada a modernizar el país después de unos años de pretendido oscurantismo. Se anunciaba la esperada pacificación de Cataluña, la reversión de los recortes sociales y la mejora de unas instituciones debilitadas por la aluminosis de la corrupción masiva y el azote retórico de los populistas. Muy pronto, sin embargo, se descubrió que los hechos no respondían exactamente a las expectativas. La fragilidad parlamentaria se traducía en un rompecabezas de encaje imposible; la elección de algunos de los ministros se demostró manifiestamente mejorable; el diálogo con la Generalitat se atascó tan pronto como se pudo comprobar la cerrazón demagógica que rige en Waterloo; y las continuas cortinas de humo ideológicas que se lanzaban no hacían sino irritar a una parte de la ciudadanía necesitada de estabilidad y sosiego más que de interminables guerras culturales.

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