Common decency

En sus libros, George Orwell hablaba de una common decency que apelaba directamente al fondo moral de las clases medias, base y fundamento de cualquier democracia posible: la fidelidad y la confianza, la generosidad y el respeto mutuo entre los ciudadanos. La decencia común es el gran valor de la política humilde frente al anhelo de perfección que caracteriza a los totalitarismos ideológicos, definidos por una voluntad marcada por el resentimiento, la incomprensión mutua y, en nuestro mundo además, por los eslóganes de la agitación y la propaganda. Orwell sabía demasiado bien –lo pudo comprobar a lo largo de su vida– que estos valores de la decencia común son precisamente los de la democracia imperfecta pero posible: “lo que todas las pequeñas ideologías malolientes que ahora rivalizan por el control de nuestra alma odian con idéntico odio”.

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La extraña derrota

Los fracasos políticos suelen ser consecuencia de errores de la inteligencia. Esta es la tesis que defiende el historiador Marc Bloch en uno de sus libros más lúcidos –La extraña derrota– y resulta inevitable que en estos momentos de gran inquietud civil volvamos nuestra mirada hacia él. La extraña derrota es la que ha sufrido un mundo que sabemos relativamente próspero y razonable, y que desde 1978 en adelante ha traído a nuestro país libertades y derechos, costumbres y valores europeos, estabilidad democrática y despliegue autonómico.

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Las dos naciones

La propaganda más efectiva se asienta sobre un relato simple, a menudo de carácter maniqueo. Sería el caso, por ejemplo, del mito de las dos Españas, que recorre el debate nacional desde hace casi dos siglos. Las dos Españas: la buena y la mala, la progresista y la conservadora, la democrática y la autoritaria, la moderna y la arcaica, la natural y la artificial, la federal y la centralista. Por supuesto que no se trata de una particularidad española, como subrayó de modo certero el profesor Vicente Cacho en su lectura de Ortega y Gasset: «La imagen de las “dos naciones” se había convertido, hacia la década de los 70 del siglo XIX, en un lugar común del lenguaje culto europeo para referirse a cualquier clase de seccionalismo –económico o político, mental o geográfico– que pudiera detectarse en el seno de los países más avanzados del Viejo Continente.»

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