Sin complejos

El rabino Abraham Joshua Heschel –lo cuenta Christian Wiman– observó en una ocasión que la fe consiste básicamente en mantener la fidelidad hacia aquellos pocos momentos en que hemos tenido verdadera fe. “Consiste –escribe el poeta norteamericano– en una disciplina tenue y tenaz de la memoria y la esperanza”; es decir, del recuerdo de lo bueno que hemos vivido –lo mejor de nosotros mismos– y con la confianza puesta en el sentido que nos proporciona esta verdad. Carentes de teología, la lectura secularizada hunde sus raíces en una vivencia similar. Sabemos que hay sociedades que funcionan mejor que otras y políticos más nobles que otros. Sabemos que no todos los principios que rigen nuestra cultura son igualmente válidos, sino que hay virtudes necesarias y virtudes prescindibles. Sabemos, en definitiva, que la experiencia de lo bueno nos mejora y que la convivencia diaria con lo sombrío nos empeora, aunque sea por mimetismo. Y eso hace que –para bien o para mal– la luz del pasado alumbre el camino del futuro.

SIGUE LEYENDO EN THE OBJECTIVE.

El todo o la nada

Nuestro mundo se dirige ciego a los extremos. El filósofo francés René Girard planteó esta posibilidad en uno de sus últimos libros, dedicado al pensamiento del gran teórico de la guerra Carl von Clausewitz. Si los habituales diques de contención fallan –ya sea la legitimidad del mito en que se sustenta una cultura o la robustez del pacto constitucional–, se abre paso el contagio vírico de los fanatismos. Es decir, sin límites no hay que buscar tanto los motivos de la razón como el mecanismo de las pasiones. Cuando caen las ficciones compartidas y el emperador deambula desnudo, la risotada del pueblo adquiere tintes carnavalescos. Sólo que no es la alegría lo que rige, sino el desenfreno oscuro del resentimiento. El resentimiento –nos dirá Girard en este mismo ensayo– constituye “la pasión moderna por excelencia”. Es algo que comprobamos a diario. Es algo que podemos palpar con nuestras manos y ver con nuestros ojos.

Leer artículo completo en THE OBJECTIVE.

El mundo de mañana

Un axioma nos brinda el marco. Digamos que a toda revolución le sigue algún tipo de respuesta política. Técnicamente es lo que llamaríamos “reacción”. Pongamos un ejemplo: para el historiador John Lukacs, Chamberlain pensaba y actuaba como un conservador, porque todavía se guiaba por las líneas maestras de un mundo que creía ordenado. Churchill, en cambio, era un reaccionario; menos, seguramente, por sus ideas que por su proceder: su acción se dirigía directamente en contra de las fuerzas totalitarias que emergían en medio de la civilización occidental. Nuestra época dista del periodo de entreguerras, pero sufre también una superposición de movimientos tectónicos: la globalización frente al proteccionismo nacional, el retorno de los nacionalismos frente al empeño pacificador de la Europa de postguerra; la fractura social y el declive demográfico, las olas migratorias y el eclipse de los valores tradicionales; la revolución tecnológica, que transforma el horizonte de oportunidades del hombre, y nuestra forma de relacionarnos con los demás; la geografía de las ciudades de éxito que allana el mundo rural; las nuevas ideologías que definen con un rigor amenazante el nombre de sus enemigos; la pérdida de legitimidad de las instituciones liberales y el final de la era burguesa que coloreó durante siglos el clima moral y estético de Europa…

Leer artículo completo en The Objective.

La mirada de Telémaco

La mirada de Telémaco - Daniel Capó

En nuestro mundo, Edipo se enfrenta a Telémaco. Esta es la tesis central del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, cuyos libros me descubrió hace un tiempo Antonio G. Maldonado. Edipo refleja el odio parricida del hijo hacia su progenitor, de una modernidad enloquecida –diríamos– ante el peso del pasado. “Sus crímenes –explica Recalcati– son los peores de la humanidad: matar al padre y poseer sexualmente a la madre. La sombra de la culpa caerá sobre él y lo empujará al acto extremo de sacarse los ojos”. Telémaco, en cambio, es el hijo esperanzado de Ulises; el joven cuya mirada se dirige hacia el horizonte de la definitiva restitución, cuando el padre regrese del mar y de la guerra, y el duelo haya terminado para siempre. En otra orilla del Mediterráneo, un eco lejano de esa justicia resuena en la parábola evangélica del hijo pródigo. Un muchacho –tal vez el propio Edipo– decide marcharse de casa y dilapida su herencia hasta terminar mendigando. Día tras día, desde lo alto de una atalaya, el padre intenta columbrar el retorno de su hijo –la esperanza que alimenta el sentido. En el Evangelio –como en la Odisea– se producirá el reencuentro que sane la herida, pero la modernidad no admite con facilidad esa misma paleta de colores. Como padres y como hijos, la opacidad del destino forma parte del misterio que define nuestras vidas. Nadie es dueño del tiempo ni de sus consecuencias.

SEGUIR LEYENDO EN THE OBJECTIVE

El mapa de las obsesiones

Se diría que la memoria traza el mapa de nuestras obsesiones. La memoria es carne y persiste como las cicatrices en el cuerpo. La memoria es el nombre de nuestros padres antes de que supiéramos pronunciarlo y  también el callejeo, repetitivo y caprichoso, que nos lleva por la ciudad que alguna vez amamos. La memoria es la forja de una sensibilidad, porque sólo lo que nos importa se adhiere como el polvo a las suelas. La memoria es también aquello que no ha existido, pero en lo que creemos firmemente porque sabemos de su realidad: los mitos propios y compartidos que concilian alguna de nuestras contradicciones. «Me preguntas qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego –escribió Miłosz–. Te respondo que es bueno conducir nuestro dedo por letras más perdurables que las grabadas en piedra, y que al pronunciar lentamente sus sonidos conozcamos la verdadera dignidad del lenguaje». Eso es también la memoria: salir del tiempo para hablar del tiempo.

Continúe leyendo en The Objective.

Foto: ANDRÉ KERTÉSZ

Una lengua extraña

Mitreo de San Clemente en Roma (Wikipedia)

“Fijaos bien, ahora nos vamos a adentrar en el pasado y la arqueología nos permitirá separar las distintas capas de la Historia”, les dije a mis hijos poco antes de bajar al subsuelo de la basílica de San Clemente. “Hablas una lengua extraña –me replicó María–. Cuando la utilizas no te entiendo”. Sonreí con  torpeza, como suelo hacer en estos casos, y dejé que fuesen a corretear por la arquitectura laberíntica del edificio. Me hubiera gustado explicarles el sustrato paleocristiano de aquel conjunto arqueológico, pero ellos son niños y los niños conciben la vida como una aventura. Ahogado por la humedad, un piso más abajo se encuentra el famoso mitreo, con su altar dedicado a la divinidad persa Mitra. “¿Por qué la figura mata a un toro?”, me preguntó Javier, y tuve que reconocer que lo ignoraba todo sobre el mito, pero que al llegar a casa lo investigaríamos.

Continúe leyendo en The Objective