Triste España sin ventura

Si uno mira la evolución del IBEX 35, comprobará que el índice español se encuentra en niveles de hace veinte o veinticinco años. Es un gráfico sesgado, desde luego, que no refleja exactamente la realidad: al contrario que otros mercados bursátiles –el DAX alemán, por ejemplo–, el español no tiene en cuenta el pago de dividendos, históricamente uno de los más generosos de Europa. Pero aun así nos encontramos muy lejos de la evolución positiva de otras economías y la impresión rápida que se lleva el ciudadano es la de una sequía de años, un curso de décadas perdidas a nivel productivo e industrial. Se dirá –y con razón– que vivimos mucho mejor que a finales de la década de los noventa, y así es.

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Entrevista a Manuel Arias Maldonado en The Objective

Pocos pensadores españoles contemplan la actualidad con la cultura y la amplitud intelectual del profesor Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974), ensayista de proyección internacional y columnista de referencia en distintos medios nacionales. En una larga entrevista con The Objective, Manuel Arias Maldonado nos habla acerca de su último libro, Nostalgia del soberano, que acaba de aparecer en Libros de la Catarata, sin dejar en el tintero muchos de los temas cruciales de nuestro tiempo: la crisis del liberalismo y el retorno de los populismos, los posibles efectos de la pandemia sobre la democracia, la falta de decisión en la Unión Europea y la relación entre la soberanía y el big data -como parece sugerir la experiencia china-, entre otras cuestiones.

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Lápices

“La lectura es un ejercicio físico devastador”, nos advierte José Andrés Rojo en su reciente libro Las diabluras del lápiz, un breve y apasionado alegato a favor de la lectura lenta. De fondo encontramos una vieja tradición inseparable del logos, dado que la inteligencia humana es primordialmente lingüística: aprendemos leyendo, pensamos con palabras, fragmentos de memoria, números y notas musicales, experiencias que verbalizamos, relatos que dotan de sentido o sugieren modelos. El uso de la glosa, del escolio a pie de página o en el margen, nos habla de un mundo mucho más amplio que el nuestro y de un anhelo por vivir en esos ámbitos y por dialogar con esas ideas. El lápiz también traza el rumbo de nuestro camino. Aquello que nos interesó en su momento –una frase, una imagen, el entrelazado de unas vivencias o de unos sentimientos– puede dejar de hacerlo al cabo de unos años, cuando se afronte la relectura de ese libro. Hay algo casi vergonzante en el hecho de volver a un libro anotado quién sabe si en la adolescencia o en nuestra primera juventud, al comprobar que ya no somos aquel que fuimos. O, por el contrario, al sorprendernos de que eso que ahora nos interesa también nos interesaba en aquel entonces, aunque lo hubiésemos olvidado durante años. El lápiz, el subrayado, actúa como un espejo de nuestro rostro, como una fotografía de la conciencia individual.

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Un poco ateos

“Todos somos un poco ateos –me dijo hace dos veranos el escritor abulense José Jiménez Lozano–, pero ya sabe usted que en las grandes familias del siglo XVII se cuidaban muy bien de que la primera religión de los cocineros hubiera sido católica, no fuera que las salsas no salieran bien por falta de optimismo vital”. En aquellos días brillaba la luz intensa de finales de agosto, cuando empieza a anunciarse –todavía un poco a lo lejos– la llegada del otoño. El aire era un poco más frío de lo habitual, como si el tiempo quisiera hacernos compañía. Ahora pienso que, con sus palabras, Jiménez Lozano me animaba a pensar en el otoño como en la estación de los proyectos. Por muy mal que se pusiera el mundo, por muy acelerada que fuera la destrucción de ese humus cultural que llamamos Europa, el hombre no puede renunciar a esa auténtica pietas que es la memoria y la celebración de la dicha compartida y de la esperanza.

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En máxima alerta

En la salud pública las cifras pesan. Pequeñas variaciones estadísticas provocan cambios de gran magnitud a medida que actúa la fuerza de los números. Pongamos por caso, la epidemia del coronavirus se expande siguiendo la evolución de su tasa de contagio: aproximadamente un múltiplo de diez cada dos semanas. A día de hoy desconocemos todavía muchas de las aristas de la nueva enfermedad y los expertos se manejan con suposiciones más o menos plausibles. Sabemos, eso sí, que su mortalidad se dispara con la llegada del pico de contagios, ya que un número masivo de infectados coloca a los hospitales en una situación de máximo estrés. Las cifras pesan y los recursos cuentan. No deja de ser interesante, desde esta perspectiva, verificar las correlaciones entre el número de muertos y el de infectados oficiales. Hay países –pienso ahora en Corea del Sur y en Japón, pero también en Alemania– que apenas reportan fallecimientos (desde luego por debajo del umbral del 1%), a pesar de la cantidad de pacientes, frente al 5% de Estados Unidos y el 4% alto de Italia. ¿Poblaciones más envejecidas, tal vez? No parece. ¿La ausencia en América de un sistema público de salud, unida a los errores en la prevención de la epidemia? Tiene más sentido, sobre todo si pensamos que Estados Unidos cuenta con una medicina de altísima especialización pero carece de una cobertura universal.

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