Barra libre

Esta mañana, a primera hora, me he despertado con el traqueteo insistente de unas excavadoras. No está mal para un sábado. Despedazan el suelo –ese suelo duro de Mallorca, todo roca frente al mar–, lo pican y lo rompen para edificar algún chalé. Por un momento pienso que, a pesar de los agoreros y de los obvios desequilibrios, la economía sigue rodando; al menos en aquellos lugares que, por un motivo u otro, atraen los flujos de inversión internacional. Resulta lógico que sea así: con barra libre de liquidez y tipos negativos, el dinero se desplaza rápido buscando un mínimo de rentabilidad. Las escasas alternativas parecen evidentes: renta variable, dividendos, sector inmobiliario… Piketty demuestra con datos que el patrimonio resulta decisivo en la escala social, mientras la importancia del factor trabajo se diluye. Se diría que es tiempo de salarios bajos –o al menos modestos–, que dificultan el acceso a la propiedad y muchas veces directamente lo imposibilitan. Pero aquí la construcción ha vuelto y lo ha hecho con fuerza. Esto apunta hacia un mundo cada vez más segregado.

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La ciencia de lo sencillo

Hay quien dice que la filosofía es la ciencia que se dedica a estudiar lo sencillo, que por supuesto no lo es tanto cuando lo observamos con cierto detenimiento. Quizá suceda lo mismo en la política, aunque en un sentido opuesto: pensamos que es sublime y compleja, le dedicamos nuestras mejores palabras y nuestros mayores esfuerzos, pero al final sus motivaciones responden a una banal simplicidad. Hay una lógica en el poder que busca preservarse a sí mismo y hay otra lógica en la sociedad que reclama seguridades, altas dosis identitarias y retóricas moralizantes, aun cuando lo haga sólo para ocultar egoísmos de toda clase. Ni el triunfo de Donald Trump ni la reciente victoria de Boris Johnson pueden considerarse fenómenos inexplicables o irracionales: se trata de políticos populistas, en efecto, que sencillamente han sabido leer e interpretar las pulsiones sociales causadas por la crisis del liberalismo mejor que otros. Otro tema distinto es prever cómo afectarán sus políticas a sus respectivos países. O sospechar que no resultarán positivas. No del todo, quiero decir.

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Algo resulta inquietante

Las fracturas sociales se originan en pequeñas grietas que crecen y se agrandan hasta arruinar las democracias. A veces son consecuencia de grandes choques sistémicos, de fallas gigantes que chocan entre sí; otras, en cambio, se producen a causa de las distintas dinámicas presentes en la sociedad. La tecnología tiene, por ejemplo, algo de radical y acumulativo: ese sería el caso de la obsolescencia programada de determinados trabajos y sectores económicos. Nuestra referencia más inmediata es el crac del 29, seguido de una larga década depresiva que culminó en una guerra mundial. Se desvanecieron fortunas, cayeron aristocracias y se arruinaron familias enteras. El desempleo fue uno de sus signos inequívocos. Hoy no. No del mismo modo, desde luego. Aunque España siga su propio camino –los motivos de nuestro alto paro estructural son otros–, países centrales como Estados Unidos o Alemania se encuentran en máximos históricos de empleo, lo cual no ha evitado las turbulencias políticas ni ha acallado los temores de las clases medias. Y en parte es así porque, si la crisis del 29 se tradujo en desempleo, la del 2008 ha supuesto la generalización del empleo basura y de los salarios bajos. Y un gradual empobrecimiento colectivo. Nuestra crisis no responde tanto al paro como al trabajo sin recorrido, sin expectativas ni mejora. Tecnología y globalización son dos de los factores que explican esta deflación. Cabe suponer que no son los únicos: envejecimiento, apalancamiento, disolventes morales de las virtudes burguesas…

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Sin nada que decir

En su cuenta de Twitter, el profesor de Literatura Diego Ardura enlazaba un interesante artículo sobre el nuevo corte divisorio que se ha abierto entre los defensores del canon literario y los partidarios de que los jóvenes seleccionen libremente sus lecturas para el colegio. Se diría que el contexto social y cultural de nuestros días, definido por el eclipse de la palabra frente al prestigio de lo visual, actúa como motor de arranque en un debate de muy difícil solución. ¿Qué hacer cuando los estudiantes sencillamente no leen –no, desde luego, lo suficiente– con el consiguiente empobrecimiento de su vocabulario y de su imaginación? ¿Cómo pensar con precisión y brillantez si carecemos de las herramientas y del depósito cultural necesarios para ello? ¿Son Stevenson y Conrad, Jack London y Astrid Lindgren, Dickens y Baroja objetos de lujo en el museo de la literatura, es decir, sólo plenamente accesibles para una pequeña minoría? Más aún, ¿tienen alguna importancia estos autores fuera de las galerías de ese museo? ¿Y sus voces nos siguen apelando como fuentes de verdad permanente?

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