Macron y la pregunta por el futuro

La pregunta por Francia es la pregunta por el futuro inmediato de Europa. Aunque no sólo eso: la confrontación entre Macron y Le Pen ejemplifica la fractura social que se abre de forma progresiva en todo Occidente. Reflexionando sobre la sorpresiva victoria de Donald Trump, el ensayista Christopher Caldwell anotaba que el eje del debate en los Estados Unidos responde menos a unos estrechos parámetros ideológicos que a una cuestión sociológica. Es posible, aunque ambos vectores sin duda se entrecruzan. Hablamos de problemas idénticos –el paro y los salarios bajos, la crisis migratoria, el descrédito institucional, la presión que supone el cambio de valores–, pero de mundos y de sensibilidades antagónicas: el cosmopolitismo frente a la renacionalización de la soberanía, el reformismo moderado frente a la percepción apocalíptica de la realidad, la educación y lo que los ingleses denominanmanners frente a la falsa espontaneidad del que se siente cómodo en el exabrupto.

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Las lágrimas de la belleza

La belleza surge de una lágrima que se disuelve en otra ajena. Aparece en el relato de Esaú, el hijo primogénito de Isaac, al que su hermano Jacob engañó en dos ocasiones. Es la historia perturbadora del hermano mayor a quien el padre le niega la bendición. «¿Es que tu bendición es única, padre mío? –leemos en el Génesis– ¡Bendíceme también a mí, padre mío! Isaac guardó silencio y Esaú alzó la voz y rompió a llorar». El llanto del hijo rechazado por su padre –y sobre el que pesa, según las Escrituras, el odio de Dios– plantea un dilema moral que involucra además la cuestión de la belleza: una belleza que nos apela e interroga, nos sondea y descubre.

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