Macron, el reaccionario

En términos estrictos, cabe tildar a Emmanuel Macron de reaccionario posmoderno. Su lenguaje no es el del integrismo, sino el de un hombre lúcido que entiende cuál es rostro de la política contemporánea y, sobre todo, en qué consisten sus riesgos. Quiero decir que Macron es un reaccionario postmoderno porque no se bate contra la modernidad –entendida en sus justos términos– sino a favor de ella. Frente a la perplejidad y a ese rumor inquietante propagado por un populismo que nos invita a descreer de la democracia tradicional, el nuevo presidente francés reivindica de forma inusual la responsabilidad del ciudadano adulto.

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Lo posible y lo imposible

La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

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Macron y la pregunta por el futuro

La pregunta por Francia es la pregunta por el futuro inmediato de Europa. Aunque no sólo eso: la confrontación entre Macron y Le Pen ejemplifica la fractura social que se abre de forma progresiva en todo Occidente. Reflexionando sobre la sorpresiva victoria de Donald Trump, el ensayista Christopher Caldwell anotaba que el eje del debate en los Estados Unidos responde menos a unos estrechos parámetros ideológicos que a una cuestión sociológica. Es posible, aunque ambos vectores sin duda se entrecruzan. Hablamos de problemas idénticos –el paro y los salarios bajos, la crisis migratoria, el descrédito institucional, la presión que supone el cambio de valores–, pero de mundos y de sensibilidades antagónicas: el cosmopolitismo frente a la renacionalización de la soberanía, el reformismo moderado frente a la percepción apocalíptica de la realidad, la educación y lo que los ingleses denominanmanners frente a la falsa espontaneidad del que se siente cómodo en el exabrupto.

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