Una relectura del Holocausto

tierra-negra-daniel-capo-blogHay un escalofrío que recorre el pensamiento europeo de la segunda mitad del siglo XX y es la sombra que despliegan los campos de exterminio sobre el proyecto de la modernidad. En una frase convertida ya en tópico, el filósofo de la Escuela de Fráncfort Theodor Adorno sentenció que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Más aún, para el austriaco Jean Améry, la misma noción de humanidad desapareció en las cámaras de gas. Conceptos como belleza, verdad, bien o dignidad humana fueron borrados de la historia. Por supuesto, hoy sabemos que el siglo de los totalitarismos fue también el de la muerte programada, pero el Holocausto permanece como una singularidad que trastoca nuestras creencias sobre el género humano. En este sentido, la realidad de Auschwitz no pierde vigencia sino que sigue interpelándonos: ¿Por qué sucedió? ¿Puede volver a ocurrir? ¿Qué papel desempeña la memoria en la reivindicación de la justicia?

Fuente: Letras Libres.

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En defensa de la socialdemocracia

Entre la figura del pensador culto y riguroso y la del intelectual público, el historiador inglés Tony Judt (Londres, 1948-Nueva York, 2010) fue, durante los años noventa del pasado siglo y la primera década de este, un feroz polemista que reivindicaba el rostro benéfico del Estado del bienestar frente al capitalismo sin límites que preconizan los adalides del neoliberalismo. Por aquellos años, el sociólogo Christopher Lasch recogía en un ensayo titulado La rebelión de las élites y la traición a la democracia el malestar que empezaba a asentarse en buena parte de la izquierda norteamericana. Tras la caída del Muro de Berlín, toda la geopolítica cambió de sesgo auspiciando una época que resultaría falsamente unipolar.

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Una difícil neutralidad

España en la Gran Guerra - Daniel Capó Blog

En España en la gran guerra, García Sanz nos ofrece un documentado e iluminador estudio sobre las contradicciones internas en que se debatía la política nacional, los espejismos que a menudo la guiaban, así como la profunda fragilidad de sus estructuras. Un buen ejemplo de ello fue el proyecto de establecer tras la conflagración una “paz latina”, según la cual España e Italia se repartirían el control comercial del Mediterráneo y, desde un punto de vista colonial, se ampliaría el protectorado en Marruecos hasta la ciudad internacional de Tánger. ¿A cambio de qué?, cabe preguntarse, más allá de los inútiles esfuerzos mediadores entre las partes en conflicto y el apoyo soterrado a uno u otro bando. “¿Qué hacemos con España?” es la pregunta que abre el libro y esa misma cuestión es la que se repetían las principales cancillerías europeas, a la espera de que Madrid adoptara una posición decidida. Con miles de kilómetros de costa esenciales para garantizar el suministro a las tropas de materias primas y alimentos, el dominio sobre las aguas territoriales desempeñaban un papel clave para los aliados frente a los letales submarinos alemanes. Ante la sucesión de ataques, la inoperancia de la débil Armada española despertaba dudas y temores entre los que participaban en la contienda. ¿A quién apoyaba en realidad el rey Alfonso XIII? ¿Era anglófilo o germanófilo? ¿Y a quién beneficiaba la neutralidad? Muy pronto, el país se convirtió en un epicentro del espionaje internacional, que alcanzaría a políticos, periodistas, comisarios de policía, maitres de hotel, bailarinas, contrabandistas y prostitutas. Ya se sabe que la movilización total – concepto que se impondría en aquellos años – exige sacrificios absolutos.

Fuente: Letras Libres

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La tragedia de 1914

daniel-capo-sonambulos-europa-guerraEn Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, el historiador de la Universidad de Cambridge Christopher Clark ha rastreado magistralmente la genealogía de una crisis que desembocó en catástrofe. Su originalidad se cifra en una doble vertiente. Por un lado, renuncia a ofrecernos un relato maniqueo en el que las potencias democráticas – básicamente Inglaterra y Francia – se defienden ante las tentaciones agresivas de los regímenes autocráticos. Diríamos que a Clark le interesa menos el porqué de la guerra que el cómo se llegó a ella; menos la culpa de unos u otros que la azarosa concatenación de elementos que terminaron por prender la mecha. Por otro lado, el autor se empeña en “comprender la crisis de julio de 1914 como un acontecimiento moderno, el más complejo de los tiempos modernos.” El resultado es un libro soberbio, extraordinariamente bien escrito, que reivindica la polisemia del conflicto y nos recuerda la irreductibilidad de la incertidumbre así como la importancia de las narrativas nacionales que asumen los diferentes gobiernos. Porque, en el desarrollo de la Historia – y esto es algo en lo que Clark insiste una y otra vez -, los datos objetivos pesan tanto como las percepciones subjetivas que, tarde o temprano, acaban confundiéndose con la realidad. “Todos los protagonistas principales de nuestra historia – leemos en el libro – filtraban el mundo a través de narraciones que habían sido construidas a partir de fragmentos de experiencia amalgamados con miedos, proyecciones e intereses disfrazados de máximas.” Alemania temía la creciente influencia rusa, al tiempo que lamentaba no poder contar con una notable presencia colonial. En los Balcanes concurrían el victimismo histórico, el chovinismo nacionalista y la tentadora debilidad de los imperios otomano y austrohúngaro. Francia e Inglaterra miraban de reojo a Alemania, desconfiando de su creciente poder industrial y militar. Y todos estaban convencidos de la decadencia relativa, aunque inevitable, de la Casa de Habsburgo, cuya águila bicéfala apuntaba hacia la universalidad de Occidente y Oriente, de Viena y Budapest.

Fuente: Letras Libres

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