Tal como somos

Para algunos historiadores, el conservadurismo americano empezó a ceder al oportunismo y la demagogia a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, coincidiendo con la caza de brujas que impuso el macartismo. Para otros, esta deriva se retrasaría hasta la década siguiente, cuando la sociedad comenzó a descomponerse como efecto de la guerra de Vietnam, los conflictos raciales, el Mayo del 68 y la acumulación de problemas económicos que acabaron estallando en 1973. No fue en todo caso una dolencia exclusiva de la derecha, dado que la izquierda llega extenuada en los países anglosajones a la década de los ochenta y que, en la Europa continental, esta crisis ideológica surge ya con fuerza tras la caída del muro de Berlín. Se ha hablado bastante del éxito de la posguerra –y el historiador Tony Judt dedicó un largo estudio a esta cuestión–, pero no tanto de su debilitamiento con el paso de las décadas.

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Como el oleaje

La democracia funciona como el oleaje cuando choca contra la orilla: una ola sigue a la otra, cada una con su forma, cada una con su personalidad. La vida es ondulante, decía Montaigne, y lo cierto es que llevamos desde 2008 inmersos en un periodo de incertidumbre que describe un final y anuncia un inicio, aunque seamos incapaces de vislumbrar el rostro de esta nueva sociedad que está surgiendo. ¿Se sitúa más o menos a la derecha que la Europa que se construyó en la postguerra? ¿Es más nacionalista o, en realidad, lo es menos y, por lo tanto, más igualitaria? ¿Asistimos a un proceso acelerado de profundización de la democracia o a la manifestación de una deriva patológica de la misma? Casi cualquier respuesta que demos a estas preguntas resulta plausible. A veces las tendencias de fondo contradicen los movimientos coyunturales, es decir, la inmediatez de la política. Quizás sea ese el caso. Sólo el tiempo lo dirá.

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Uno de nuestros aristócratas

Durante años, Alfredo Pérez Rubalcaba fue el político más odiado de la derecha española. Pasaba por ser el Rasputín del PSOE, una especie de Fouché capaz de alcanzar siempre sus objetivos. Se ha dicho que, gracias a su habilidad, se terminó definitivamente con la ETA –muy  mermada tras los años de Aznar–; pero, como sucede a menudo, acabamos abusando de los superlativos. Fue –creo que nadie puede ponerlo en duda- un eficaz servidor del Estado, un hombre leal a la Corona y al país. Su inteligencia, de rapidez mercurial, se movía tal vez mejor en el plano de la coyuntura –como respuesta a la realidad del momento– que en el largo plazo. Era, como nos recordó el pasado viernes Antonio García Maldonado en este mismo medio, “un político brillante en el escenario, pero aún más determinante entre bambalinas”. Quizás por eso fracasó al frente del PSOE. O quizás no. No en vano la política, como casi todo en la vida, tiene mucho de azaroso.

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‘Anclar al PSOE’

La política se ha convertido cada vez más en una cuestión de guiones que enfatizan un relato de esperanza o de temor, de resentimiento o de solidaridad. Con el mapa ideológico español dividido en dos grandes bloques –o en tres, si incluimos a los nacionalismos–, la derecha optó por subrayar el relato de la cuestión nacional hasta el punto de pretender así arrinconar en el ring al PSOE.

Los estrategas de Pedro Sánchez aprovecharon hábilmente esta coyuntura –y la comprometedora foto de Colón– para alentar el miedo a un hipotético gobierno de Populares y Ciudadanos con la extrema derecha. En este marco narrativo, Podemos quedaba aislado respecto al relato central del bloque izquierdista y ofrecía muestras de debilidad: de la suma de errores que ha cometido durante la legislatura a sus fracturas internas, de su caída en Cataluña –una de sus plazas fuertes– a la imagen de la vida burguesa de Pablo Iglesias e Irene Montero en Galapagar.

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La edad de la ansiedad

En 1948, el poeta inglés W. H. Auden publicó un largo poema titulado The Age of Anxiety, que le valió el premio Pulitzer. El mundo salía de una guerra mundial y se abocaba a la Guerra Fría, con Europa dividida en dos mitades. La inicial era de la ansiedad fue una época de inquietud ante el creciente poder del comunismo y la amenaza real de un conflicto atómico entre la URSS y los Estados Unidos. Desde entonces, la historia ha cambiado, y también muchos de los valores imperantes, pero no esa especie de trasfondo psicosomático que mueve a las masas: el resentimiento por un lado y el miedo por el otro. Pensemos en estos últimos años, siempre al borde del abismo, ya fuera por la llegada de una pandemia viral, del colapso de la banca, del bréxit y la victoria de Trump, de las mareas migratorias, el terrorismo internacional, el ascenso de los populismos, la ruptura de los países, la crisis de las clases medias…

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Tantas mudanzas

Del 78 al momento actual hemos vivido tantas mudanzas que ya no sabemos cómo dirimir las diferencias ni cómo vivir en común

En uno de sus “pecios”, Rafael Sánchez Ferlosio recuerda una hermosa cita de santa Teresa de Jesús que parece dirigida a nosotros: “En lo que he vivido,  he visto tantas mudanzas que no sé vivir”. Esta tarde de domingo, en la que escucho la Pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach, pienso en estas palabras. En el jardín de casa llueve a ratos y el viento sacude el mar, como queriendo dar razón a tanta mudanza. Aquella España del siglo XVI, definida por el oro de América, las guerras religiosas que asolaban Europa y el peso sombrío de la Inquisición, era muy distinta a la actual pero coincidía con ella en ese misterioso trazado de las pasiones que llamamos condición humana. “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el sol”, leemos en el Eclesiastés. Ni el juego sangriento de las revoluciones, ni las contradicciones del poder, ni el desafío a sus límites, ni la tensión que late entre el deseo y el miedo, ni la profunda incertidumbre que esconde el futuro a costa tantas veces del hombre… nada de eso cambiará. Pero, al mismo tiempo, ahí está todo: también esa inquietud grabada en unas palabras de la santa española.

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