Populismos, la cara B de la democracia

El populismo constituye la cara B de la democracia, un enemigo interior que se dedica a corroer sus fundamentos en nombre de un perfeccionismo utópico e inalcanzable. En España acaban de publicarse dos interesantes ensayos sobre el tema: «Contra el populismo», de José María Lassalle, y «El estallido del populismo», un volumen colectivo coordinado por Álvaro Vargas Llosa. El diagnóstico en ambos casos es coincidente, aunque los enfoques sean distintos y, en muchos sentidos, complementarios.

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Una Europa mejor

Si la primera mitad del siglo XX estuvo definida por una larga guerra civil que se extendió durante tres décadas, la Europa que emerge de 1945 responde a una curiosa paradoja: por una parte, Gran Bretaña y Francia habían logrado mantener intactas las fronteras de sus imperios; por otra, su debilidad era ya manifiesta. No debemos olvidar que el proceso de integración comunitaria nació como consecuencia de la fragilidad del continente y del miedo a los nacionalismos. La pobreza constituía el signo palpable de aquellos años. Según ha destacado el economista Barry Eichengreen, “en 1950, muchos europeos calentaban sus viviendas con carbón, refrigeraban los alimentos con hielo y dependían de lo que eufemísticamente podemos llamar formas rudimentarias de fontanería de interior”.

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Macron, el reaccionario

En términos estrictos, cabe tildar a Emmanuel Macron de reaccionario posmoderno. Su lenguaje no es el del integrismo, sino el de un hombre lúcido que entiende cuál es rostro de la política contemporánea y, sobre todo, en qué consisten sus riesgos. Quiero decir que Macron es un reaccionario postmoderno porque no se bate contra la modernidad –entendida en sus justos términos– sino a favor de ella. Frente a la perplejidad y a ese rumor inquietante propagado por un populismo que nos invita a descreer de la democracia tradicional, el nuevo presidente francés reivindica de forma inusual la responsabilidad del ciudadano adulto.

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Política adulta

Foto: Gage Skidmore.

La actuación de Donald Trump irrita pero no sorprende. De hecho, se ajusta a lo que él mismo enfatizó durante la campaña presidencial. Su decisión de retirar a los Estados Unidos del Acuerdo de París contra el cambio climático –un pacto, recordémoslo, suscrito por casi 200 países–, su dureza antiinmigratoria o su crítica a la mayoría de países europeos por su compromiso insuficiente con la OTAN –exige que cada socio gaste en defensa al menos un 2% del PIB nacional– responden a una doble lógica: por una parte, la acusada personalidad del presidente americano, que hizo de algunas de estas cuestiones el centro de su mensaje populista; y, por otra, la tradición aislacionista de la política exterior de  Washington, que bascula históricamente de un extremo a otro. “Paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin forjar alianzas con ninguna” fueron las palabras de Thomas Jefferson, que podría repetir sin sonrojarse el actual inquilino de la Casa Blanca. Por supuesto, habría que añadir que los tiempos son otros y que, sin vínculos fuertes entre los distintos países, los efectos positivos de la globalización difícilmente pueden llegar a buen término.

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‘Verdad y mentira en la política’, Hannah Arendt ante el totalitarismo

En De civitate Dei, Agustín de Hipona se preguntaba qué distingue al Estado de «una banda de ladrones a gran escala» si no es un sentido de la justicia y del Derecho. Muchos siglos más tarde, la filósofa alemana Hannah Arendt se planteó cuestiones similares en este breve libro que acaba de publicar entre nosotros Página Indómita, titulado Verdad y mentira en la política. El volumen reúne dos ensayos que se vertebran en torno a la peliaguda relación entre verdad y mentira en el uso del poder. Al igual que en la lectura platónica que propone Leo Strauss, Arendt sabe que, hoy como ayer, «el hombre que dice la verdad pone su vida en peligro»; pero tampoco ignora que una política desligada de la verdad se corrompe desde dentro y termina convirtiendo al Estado en una maquinaria que destruye el Derecho.

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Lo posible y lo imposible

La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

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