El mundo de mañana

Un axioma nos brinda el marco. Digamos que a toda revolución le sigue algún tipo de respuesta política. Técnicamente es lo que llamaríamos “reacción”. Pongamos un ejemplo: para el historiador John Lukacs, Chamberlain pensaba y actuaba como un conservador, porque todavía se guiaba por las líneas maestras de un mundo que creía ordenado. Churchill, en cambio, era un reaccionario; menos, seguramente, por sus ideas que por su proceder: su acción se dirigía directamente en contra de las fuerzas totalitarias que emergían en medio de la civilización occidental. Nuestra época dista del periodo de entreguerras, pero sufre también una superposición de movimientos tectónicos: la globalización frente al proteccionismo nacional, el retorno de los nacionalismos frente al empeño pacificador de la Europa de postguerra; la fractura social y el declive demográfico, las olas migratorias y el eclipse de los valores tradicionales; la revolución tecnológica, que transforma el horizonte de oportunidades del hombre, y nuestra forma de relacionarnos con los demás; la geografía de las ciudades de éxito que allana el mundo rural; las nuevas ideologías que definen con un rigor amenazante el nombre de sus enemigos; la pérdida de legitimidad de las instituciones liberales y el final de la era burguesa que coloreó durante siglos el clima moral y estético de Europa…

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El lugar de la memoria

El lugar de la memoria

Al finalizar la I Guerra Mundial, el joven oficial alemán Ernst Jünger reflexionó en una serie de libros dedicados a la fotografía sobre el impacto de las imágenes. Un cierto pesimismo –que se acentuó con el tiempo tras la experiencia del siglo XX– se traslucía ya entonces en su pensamiento. Para Jünger, fotografiar la violencia y reproducirla industrialmente congela el dolor en un punto fijo de la memoria, lo que impide la reconciliación. O al menos la dificulta. De este modo, la identidad colectiva corre el riesgo de construirse perpetuamente sobre una herida abierta, imposible de sanar.

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La política espectáculo

La política espectáculo

La política espectáculo abre un abismo entre la ciudadanía y sus problemas reales. También entre los espasmos sociales inducidos por el bombardeo de la propaganda y las dificultades cotidianas de la gente. Pensemos en las ideologías que construyen espejismos, los cuales rara vez responden a la realidad. Hablando del credo nacionalista, por ejemplo, Yuval Noah Harari se plantea: «¿Puede sufrir en verdad una nación? ¿Tiene ojos, manos, sentidos, afectos y pasiones? Si la pinchan, ¿sangrará? Claro que no». Y apostilla: «Cuando los políticos empiezan a hablar en términos místicos, ¡cuidado! Podrían intentar disfrazar y justificar el sufrimiento real envolviéndolo en palabras altisonantes e incomprensibles. Sea el lector especialmente prudente a propósito de los cuatro vocablos siguientes: sacrificio, eternidad, pureza, redención».

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Las moscas no cazan águilas

Yuval Harari

El historiador Yuval Harari pretende reducir el hombre a un algoritmo, en un remedo del viejo debate sobre el libre albedrío. La estética abigarrada de los números –neutros, precisos, indiscutibles– goza del raro privilegio de la verdad entre los científicos sociales. Un programa informático dicta lo que constituye plagio, ya sea en una tesis doctoral o en las páginas de un ensayo. “Aquila non capit muscas”, reza un conocido proverbio latino; aunque aquí se podría utilizar la fórmula contraria: “Las moscas no cazan águilas”.

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Las dos democracias

Las dos democracias

La democracia de los populistas se fundamenta en la victoria, en el aplastamiento del adversario elevado a categoría de enemigo. La democracia representativa, por su parte, se basa en los consensos y la negociación. En un ecosistema liberal no existen victorias definitivas, sino que las mayorías absolutas duran una legislatura hasta que se convocan las siguientes elecciones, normalmente a los cuatro años. La división de poderes garantiza el mantenimiento de un fino equilibrio frente al absolutismo. El imperio de la ley afirma la igualdad sustancial de los ciudadanos sin exclusión; de ahí que, en la base del ideal democrático –compartido por socialdemócratas, democratacristianos, conservadores y liberales–, se encuentre la voluntad de incluir y reconocer la diferencia. No es el mundo de las identidades enfrentadas y en abierto conflicto lo que se reivindica, sino el de la pluralidad en continuo desarrollo.

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