Un estado del alma

“Un paisaje es un estado del alma”, escribió Mercè Rodoreda, “aunque también podríamos decir que es el estado del alma quien crea el paisaje”. Un conservador vería con buenos ojos esta segunda afirmación. En un conocido texto de mediados del siglo pasado, el filósofo británico Michael Oakeshott describió el conservadurismo con palabras que recuerdan los trazos poéticos de una cartografía: “Ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…”.

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El problema es la dirección

El problema es la dirección. No sabemos si Pedro Sánchez mira hacia la izquierda –un pacto amplio y sólido con Unidas Podemos– o si mira hacia el liberalismo reformista. No sabemos si apuesta por desarrollar la idea de una nación de naciones, por federalizar las autonomías, o por recentralizar el Estado. No sabemos si detrás de Sánchez se encuentra la política sonajero del folclore populista o si prima el horizonte razonable de los modelos socialdemócratas escandinavos. No sabemos si el presidente del gobierno sólo destaca en el regate corto o si su estrategia responde a pases largos. No lo sabemos porque Sánchez ha ofrecido pistas para defender cualquier opción, en una línea y la contraria. Y lo ha hecho, supongo, porque es un rasgo de su personalidad; pero también porque la nueva política –siempre atenta a los excitables dictados de la demoscopia– parece reclamar la volatilidad de los acuerdos. La fragmentación actual de las sociedades modernas –agravada por la polifonía coral de las identidades– así lo favorecería. En un mundo sin grandes creencias ni mitos compartidos, la flexibilidad actúa como un valor al alza. Dicho de otro modo: todos los caminos conducen a Roma, siempre que Roma constituya efectivamente el centro del poder.

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La maldición de Caín

Caín matando a Abel | Autor: FRANCKEN II, FRANS (Museo del Prado)
Los hombres nos movemos en un dualismo emocional que responde a unos pocos prejuicios. Digamos que es la maldición de Caín

La percepción social de la Historia tiene mucho de maniquea. Cuerpo y alma, ortodoxos y herejes, buenos y malos, la secularización de las ideas no ha introducido ninguna modificación en este bajo obstinado de nuestras creencias. El siglo XVIII vio disputar a ilustrados y absolutistas; el XIX, a afrancesados y reaccionarios. En la Rusia de los zares, los occidentalistas pugnaban con los eslavófilos, y hoy todavía perdura esta controversia. No se puede entender el siglo XX sin pensar que el nacionalismo y el socialismo han definido el abecedario axiológico de las posturas enfrentadas, aunque a menudo uno y otro se confundieran y se fecundaran mutuamente. ¿Qué fue la URSS, por ejemplo? ¿Era realmente más zarista o más internacionalista? Y en los Estados Unidos, ¿no cabe confundir a menudo a los republicanos con el aislacionismo nacionalista y a los demócratas con el internacionalismo más occidentalizante? Pero lo contrario también ha sucedido a menudo. Pensemos en los  neoconservadores que quisieron imponer la democracia a la fuerza en países y culturas históricamente  ajenos a ella o, viceversa, en los gobiernos demócratas que se acercaron a posturas antiliberales. El historiador John Lukacs –siempre más atento a las creencias que al determinismo– intenta explicar esta aparente paradoja apelando al dominio de las exigencias de la vida sobre las teorías abstractas. Las personas eligen creer en algo –y no al contrario–, por lo que ese maniqueísmo del que hablamos reflejaría, más que unas «categorías constantes, ciertas tendencias de la mente».

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Los monstruos que nos habitan

Al inicio de la vieja serie documental de la BBC Civilisation, el historiador Kenneth Clark compara dos piezas de arte: un mascarón de proa vikingo, con sus fauces de dragón, y el rostro hermoso y terso del Apolo de Belvedere. Uno representa el miedo y la oscuridad; el otro, la armonía de la perfección divina reflejada en un cuerpo humano. “¿Qué es la civilización?”, se pregunta Clark. La respuesta es que no el arte exactamente, ni el estilo, ni tampoco la expresión descarnada –auténtica, se diría hoy– de los instintos. El arte se puede construir sobre el miedo, al igual que una sociedad; pero no ese espacio de libertad que llamamos civilización. “El primer enemigo de la civilización –sostiene el historiador británico– es el miedo: el miedo a la guerra, a las plagas…; los miedos que sencillamente nos hacen creer que no vale la pena construir casas o plantar árboles o… Y luego el aburrimiento, que se traduce en un sentimiento de desesperanza. La civilización requiere, ante todo, confianza en la sociedad en la que uno vive; confianza en sus creencias, en su sistema filosófico, en sus leyes, en las propias habilidades intelectuales. La civilización requiere energía, disciplina, leyes, orden”.

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Confiar en la democracia liberal

Después del aciago mandato de George W. Bush, Obama irrumpió en el firmamento de la política estadounidense como un cometa que cruza el cielo. El siglo XXI se había iniciado un 11 de septiembre recordándonos que la Historia no terminó con la caída del Telón de Acero, sino que seguía alimentándose de nuestros miedos y contradicciones, así como de nuestras pasiones y anhelos. Tras el atentado en las Torres Gemelas se sucedieron dos guerras, las primeras divisiones en la alianza occidental, el surgimiento del islamismo radical y la mayor crisis financiera del capitalismo desde el crack de 1929. Poco quedaba ya del optimismo de la década de los noventa, definida por una confianza casi absoluta en el despliegue de la democracia liberal y en un progreso lineal sin zigzags ni retrocesos significativos. Los EEUU que dejaba Bush, en cambio, eran una nación dividida culturalmente, con una creciente fractura social, rota en lo económico y con una política exterior fallida. En aquel contexto, Barack Obama supuso un soplo de aire fresco que anunciaba la puesta al día de la democracia estadounidense y el retorno a las bondades persuasivas del soft power –según el término acuñado por el politólogo Joseph Nye–, frente a las limitaciones obvias del “poder duro” preconizado por los halcones de la administración republicana. A su favor contaba con el cambio generacional, su lucidez intelectual y el valor añadido de ser el primer presidente afroamericano de su país. Muy pronto descubriría, sin embargo, que el mundo es como es y no como nos gustaría que fuera.

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Tal como somos

Para algunos historiadores, el conservadurismo americano empezó a ceder al oportunismo y la demagogia a mediados de los años cincuenta del pasado siglo, coincidiendo con la caza de brujas que impuso el macartismo. Para otros, esta deriva se retrasaría hasta la década siguiente, cuando la sociedad comenzó a descomponerse como efecto de la guerra de Vietnam, los conflictos raciales, el Mayo del 68 y la acumulación de problemas económicos que acabaron estallando en 1973. No fue en todo caso una dolencia exclusiva de la derecha, dado que la izquierda llega extenuada en los países anglosajones a la década de los ochenta y que, en la Europa continental, esta crisis ideológica surge ya con fuerza tras la caída del muro de Berlín. Se ha hablado bastante del éxito de la posguerra –y el historiador Tony Judt dedicó un largo estudio a esta cuestión–, pero no tanto de su debilitamiento con el paso de las décadas.

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