Sin complejos

El rabino Abraham Joshua Heschel –lo cuenta Christian Wiman– observó en una ocasión que la fe consiste básicamente en mantener la fidelidad hacia aquellos pocos momentos en que hemos tenido verdadera fe. “Consiste –escribe el poeta norteamericano– en una disciplina tenue y tenaz de la memoria y la esperanza”; es decir, del recuerdo de lo bueno que hemos vivido –lo mejor de nosotros mismos– y con la confianza puesta en el sentido que nos proporciona esta verdad. Carentes de teología, la lectura secularizada hunde sus raíces en una vivencia similar. Sabemos que hay sociedades que funcionan mejor que otras y políticos más nobles que otros. Sabemos que no todos los principios que rigen nuestra cultura son igualmente válidos, sino que hay virtudes necesarias y virtudes prescindibles. Sabemos, en definitiva, que la experiencia de lo bueno nos mejora y que la convivencia diaria con lo sombrío nos empeora, aunque sea por mimetismo. Y eso hace que –para bien o para mal– la luz del pasado alumbre el camino del futuro.

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El conservadurismo

El poder es conservador, nos enseña Shakespeare. El poder exige, además, una elevada dosis de teatralidad, rituales, una simbología recurrente, cierta devoción pactada, algún tipo de consenso… El poder, en definitiva, busca sobre todo preservarse a sí mismo, más o menos como actúa la vida en estado natural. La evolución de las especies parece confirmar este componente grupal, simbólico y litúrgico del hombre. Nuestra inteligencia crece socialmente y exige un fuerte grado de vinculación emocional, que hoy conocemos como “apego seguro”. Los estudios de Sarah Blaffer Hrdy sobre el apego en los primates –ha escrito al respecto un libro fascinante: Mothers and Others– demuestran el contenido tribal de estos vínculos, que se extienden mucho más allá de la familia stricto sensu. Si en la prehistoria las tasas de supervivencia se incrementaban con la ayuda del grupo, en la modernidad lo importante son las virtudes y los valores sociales. La confianza, por ejemplo, en la palabra dada, el respeto a la ley, la voluntad de racionalizar los conflictos y de convertir la democracia, básicamente, en un espacio de decencia. Conservar significa no sólo amar las viejas tradiciones o los lugares santos, sino también reconocer la textura social de la Historia, con su catarata de contradicciones que hay que pulir y modular, y cuyas soluciones deben ser puestas al día generación tras generación. Nada hay menos conservador que el integrismo del pasado (o cualquier otro tipo de fijación cultural, ideológica o identitaria). El integrismo, digámoslo ya, constituye un peligroso espantajo que regresa una y otra vez en forma de tentación. Los hombres aprendemos con dificultad de la Historia.

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El todo o la nada

Nuestro mundo se dirige ciego a los extremos. El filósofo francés René Girard planteó esta posibilidad en uno de sus últimos libros, dedicado al pensamiento del gran teórico de la guerra Carl von Clausewitz. Si los habituales diques de contención fallan –ya sea la legitimidad del mito en que se sustenta una cultura o la robustez del pacto constitucional–, se abre paso el contagio vírico de los fanatismos. Es decir, sin límites no hay que buscar tanto los motivos de la razón como el mecanismo de las pasiones. Cuando caen las ficciones compartidas y el emperador deambula desnudo, la risotada del pueblo adquiere tintes carnavalescos. Sólo que no es la alegría lo que rige, sino el desenfreno oscuro del resentimiento. El resentimiento –nos dirá Girard en este mismo ensayo– constituye “la pasión moderna por excelencia”. Es algo que comprobamos a diario. Es algo que podemos palpar con nuestras manos y ver con nuestros ojos.

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El mundo de mañana

Un axioma nos brinda el marco. Digamos que a toda revolución le sigue algún tipo de respuesta política. Técnicamente es lo que llamaríamos “reacción”. Pongamos un ejemplo: para el historiador John Lukacs, Chamberlain pensaba y actuaba como un conservador, porque todavía se guiaba por las líneas maestras de un mundo que creía ordenado. Churchill, en cambio, era un reaccionario; menos, seguramente, por sus ideas que por su proceder: su acción se dirigía directamente en contra de las fuerzas totalitarias que emergían en medio de la civilización occidental. Nuestra época dista del periodo de entreguerras, pero sufre también una superposición de movimientos tectónicos: la globalización frente al proteccionismo nacional, el retorno de los nacionalismos frente al empeño pacificador de la Europa de postguerra; la fractura social y el declive demográfico, las olas migratorias y el eclipse de los valores tradicionales; la revolución tecnológica, que transforma el horizonte de oportunidades del hombre, y nuestra forma de relacionarnos con los demás; la geografía de las ciudades de éxito que allana el mundo rural; las nuevas ideologías que definen con un rigor amenazante el nombre de sus enemigos; la pérdida de legitimidad de las instituciones liberales y el final de la era burguesa que coloreó durante siglos el clima moral y estético de Europa…

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El lugar de la memoria

El lugar de la memoria

Al finalizar la I Guerra Mundial, el joven oficial alemán Ernst Jünger reflexionó en una serie de libros dedicados a la fotografía sobre el impacto de las imágenes. Un cierto pesimismo –que se acentuó con el tiempo tras la experiencia del siglo XX– se traslucía ya entonces en su pensamiento. Para Jünger, fotografiar la violencia y reproducirla industrialmente congela el dolor en un punto fijo de la memoria, lo que impide la reconciliación. O al menos la dificulta. De este modo, la identidad colectiva corre el riesgo de construirse perpetuamente sobre una herida abierta, imposible de sanar.

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La política espectáculo

La política espectáculo

La política espectáculo abre un abismo entre la ciudadanía y sus problemas reales. También entre los espasmos sociales inducidos por el bombardeo de la propaganda y las dificultades cotidianas de la gente. Pensemos en las ideologías que construyen espejismos, los cuales rara vez responden a la realidad. Hablando del credo nacionalista, por ejemplo, Yuval Noah Harari se plantea: «¿Puede sufrir en verdad una nación? ¿Tiene ojos, manos, sentidos, afectos y pasiones? Si la pinchan, ¿sangrará? Claro que no». Y apostilla: «Cuando los políticos empiezan a hablar en términos místicos, ¡cuidado! Podrían intentar disfrazar y justificar el sufrimiento real envolviéndolo en palabras altisonantes e incomprensibles. Sea el lector especialmente prudente a propósito de los cuatro vocablos siguientes: sacrificio, eternidad, pureza, redención».

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