El lugar de la memoria

El lugar de la memoria

Al finalizar la I Guerra Mundial, el joven oficial alemán Ernst Jünger reflexionó en una serie de libros dedicados a la fotografía sobre el impacto de las imágenes. Un cierto pesimismo –que se acentuó con el tiempo tras la experiencia del siglo XX– se traslucía ya entonces en su pensamiento. Para Jünger, fotografiar la violencia y reproducirla industrialmente congela el dolor en un punto fijo de la memoria, lo que impide la reconciliación. O al menos la dificulta. De este modo, la identidad colectiva corre el riesgo de construirse perpetuamente sobre una herida abierta, imposible de sanar.

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La política espectáculo

La política espectáculo

La política espectáculo abre un abismo entre la ciudadanía y sus problemas reales. También entre los espasmos sociales inducidos por el bombardeo de la propaganda y las dificultades cotidianas de la gente. Pensemos en las ideologías que construyen espejismos, los cuales rara vez responden a la realidad. Hablando del credo nacionalista, por ejemplo, Yuval Noah Harari se plantea: «¿Puede sufrir en verdad una nación? ¿Tiene ojos, manos, sentidos, afectos y pasiones? Si la pinchan, ¿sangrará? Claro que no». Y apostilla: «Cuando los políticos empiezan a hablar en términos místicos, ¡cuidado! Podrían intentar disfrazar y justificar el sufrimiento real envolviéndolo en palabras altisonantes e incomprensibles. Sea el lector especialmente prudente a propósito de los cuatro vocablos siguientes: sacrificio, eternidad, pureza, redención».

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Las moscas no cazan águilas

Yuval Harari

El historiador Yuval Harari pretende reducir el hombre a un algoritmo, en un remedo del viejo debate sobre el libre albedrío. La estética abigarrada de los números –neutros, precisos, indiscutibles– goza del raro privilegio de la verdad entre los científicos sociales. Un programa informático dicta lo que constituye plagio, ya sea en una tesis doctoral o en las páginas de un ensayo. “Aquila non capit muscas”, reza un conocido proverbio latino; aunque aquí se podría utilizar la fórmula contraria: “Las moscas no cazan águilas”.

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Las dos democracias

Las dos democracias

La democracia de los populistas se fundamenta en la victoria, en el aplastamiento del adversario elevado a categoría de enemigo. La democracia representativa, por su parte, se basa en los consensos y la negociación. En un ecosistema liberal no existen victorias definitivas, sino que las mayorías absolutas duran una legislatura hasta que se convocan las siguientes elecciones, normalmente a los cuatro años. La división de poderes garantiza el mantenimiento de un fino equilibrio frente al absolutismo. El imperio de la ley afirma la igualdad sustancial de los ciudadanos sin exclusión; de ahí que, en la base del ideal democrático –compartido por socialdemócratas, democratacristianos, conservadores y liberales–, se encuentre la voluntad de incluir y reconocer la diferencia. No es el mundo de las identidades enfrentadas y en abierto conflicto lo que se reivindica, sino el de la pluralidad en continuo desarrollo.

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Dos modelos para Casado

Dos modelos para Casado

En su libro The Dawn of Eurasia, el exministro portugués Bruno Maçaes explica que uno de los grandes errores del proyecto europeo es la paulatina sustitución de la política por una espesa maraña burocrática que, como sucede con las capas de una cebolla, acaba ocultando el corazón mismo de la democracia. Cuánto hay en estas palabras de específicamente continental sería motivo de debate, pues admiten una lectura en clave nacional. ¿El auténtico instinto del bien común se ha disuelto bajo la severidad de los intereses demoscópicos y el exceso regulatorio que asfixia el ámbito de actuación de los ciudadanos?

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