Macron y la pregunta por el futuro

La pregunta por Francia es la pregunta por el futuro inmediato de Europa. Aunque no sólo eso: la confrontación entre Macron y Le Pen ejemplifica la fractura social que se abre de forma progresiva en todo Occidente. Reflexionando sobre la sorpresiva victoria de Donald Trump, el ensayista Christopher Caldwell anotaba que el eje del debate en los Estados Unidos responde menos a unos estrechos parámetros ideológicos que a una cuestión sociológica. Es posible, aunque ambos vectores sin duda se entrecruzan. Hablamos de problemas idénticos –el paro y los salarios bajos, la crisis migratoria, el descrédito institucional, la presión que supone el cambio de valores–, pero de mundos y de sensibilidades antagónicas: el cosmopolitismo frente a la renacionalización de la soberanía, el reformismo moderado frente a la percepción apocalíptica de la realidad, la educación y lo que los ingleses denominanmanners frente a la falsa espontaneidad del que se siente cómodo en el exabrupto.

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La religión civil

El profesor Jonathan Haidt ha investigado durante décadas acerca del modo en que nuestras intuiciones y prejuicios inciden sobre las decisiones morales que adoptamos. Su indagación se ha centrado sobre todo en los fundamentos psicológicos de la moral: ¿qué nos mantiene unidos? ¿Qué nos invita a ser generosos y altruistas, leales y perseverantes? Para Haidt, también nuestra opción política se corresponde en gran medida con nuestras intuiciones sociales acerca de lo que resulta correcto y lo que no. Entre sus conclusiones hay algunos datos sorprendentes, como por ejemplo que la mentalidad conservadora disecciona con mayor acierto cuáles son las peculiaridades ideológicas de la izquierda que al contrario.

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En retirada

La actitud conservadora admite, al menos, dos variantes. La primera se deja guiar por unas convicciones, es doctrinaria y se desplaza de arriba abajo: de las ideas a la realidad más inmediata. La segunda, en cambio, incide en lo que el filósofo inglés Michael Oakeshott calificaba como apego al presente y en la desconfianza hacia los cambios bruscos y las reformas radicales. Para Oakeshott, «ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…».

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La agenda holandesa

Foto: Monika Flueckiger

No es necesario acudir a la malograda historia del Imperio español para situar a Holanda en el eje del mapa europeo. Holanda resume el sustrato calvinista del comercio y la luz burguesa de los interiores; la elevada ética de Spinoza y la pintura intimista de sus maestros; la tolerancia generosa en las costumbres y la libre iniciativa empresarial; el Concertgebouw, Rembrandt y Ruysdael; y también la proyección de una ciudad abierta, culta y cosmopolita como Amsterdam. Holanda configura una de las Europas posibles y seguramente no la peor.

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En tierra de nadie

Foto: Carlos Delgado

El crecimiento acelerado de Ciudadanos durante estos dos últimos años se ha fundamentado sobre una sucesión de crisis superpuestas: la económica, la territorial y la política, aunque no necesariamente por este orden. La descomposición de los principales partidos de la estabilidad ha facilitado todo este proceso. El Partido Popular resistió a duras penas el efecto combinado de los recortes presupuestarios sobre el Estado del bienestar y el persistente goteo de casos de corrupción que afectaban a las mismas entrañas de su organización.

Fuente: The Objective.

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Laberinto de pasiones

Foto: Gage Skidmore

A principios de 2015, Brad S. Gregory publicó un voluminoso ensayo titulado The Unintended Reformation. El profesor de la Universidad de Notre Dame ponía en contacto la lejana Reforma protestante con el rostro poliédrico de nuestro tiempo. Lutero no sólo partió en dos el cristianismo europeo y dinamitó las certezas de la religiosidad medieval, sino que sembró las semillas de la secularización social, sedimentó las diferencias nacionales, sustanció un marco mental favorable a la moral del capitalismo y, en definitiva, sustituyó una metafísica de la mediación por otra de carácter privado y potencialmente plural. No resulta del todo aventurado sostener, aun a riesgo de simplificar, que -si bien en Europa desembocan los afluentes de Atenas, Roma y Jerusalén- nuestro sentido moderno de la democracia debe tanto a los designios de la Ilustración como al fermento previo de la Reforma.

Extracto del artículo publicado en ABC Cultural. Puedes seguir leyendo aquí.