Nuestros hijos

“En ausencia del apoyo de la vida comunal, la vida familiar ha de soportar demasiadas presiones que la alejan de su plena realización”, escribe el profesor Patrick J. Deneen en ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Conviene leer estas palabras en relación con la reciente polémica suscitada por la ministra Celaá con sus desafortunadas declaraciones. Si la condición más íntima del hombre radica en primer lugar en su condición de hijo y, por tanto, en su naturaleza frágil y necesitada, resulta lógico pensar que la transmisión cultural se dé precisamente dentro del núcleo familiar. Es en la familia, por ejemplo, donde se aprende que el amor nos precede siempre y que en ese diálogo de amores dispares se forma nuestra personalidad. Y es la  familia la que nos muestra con su ejemplo la sutil disciplina de la libertad, inseparable del sentimiento de pertenencia. Igual que no hay libertad fuera de la ley, tampoco es posible aislada en una probeta ideológica al margen de los demás. La libertad no es una abstracción, ni un torbellino de deseos incontrolados frente a un mundo neutral, sino la respuesta cotidiana a los dilemas y a los conflictos sin solución. Parece increíble tener que argumentar estas cosas hoy, como si fuera posible algún modelo familiar que no pase por la lealtad compartida y la confianza mutua: los padres que cuidan de sus hijos y los hijos que ensayan los límites de los padres, los hermanos que se pelean y se quieren a la vez, los abuelos que entregan su tiempo sin pedir nada a cambio, los primos que juegan cualquier noche de verano en la calle o junto al mar y se adentran juntos en ese misterio insondable que es la vida.

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Barra libre

Esta mañana, a primera hora, me he despertado con el traqueteo insistente de unas excavadoras. No está mal para un sábado. Despedazan el suelo –ese suelo duro de Mallorca, todo roca frente al mar–, lo pican y lo rompen para edificar algún chalé. Por un momento pienso que, a pesar de los agoreros y de los obvios desequilibrios, la economía sigue rodando; al menos en aquellos lugares que, por un motivo u otro, atraen los flujos de inversión internacional. Resulta lógico que sea así: con barra libre de liquidez y tipos negativos, el dinero se desplaza rápido buscando un mínimo de rentabilidad. Las escasas alternativas parecen evidentes: renta variable, dividendos, sector inmobiliario… Piketty demuestra con datos que el patrimonio resulta decisivo en la escala social, mientras la importancia del factor trabajo se diluye. Se diría que es tiempo de salarios bajos –o al menos modestos–, que dificultan el acceso a la propiedad y muchas veces directamente lo imposibilitan. Pero aquí la construcción ha vuelto y lo ha hecho con fuerza. Esto apunta hacia un mundo cada vez más segregado.

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La ciencia de lo sencillo

Hay quien dice que la filosofía es la ciencia que se dedica a estudiar lo sencillo, que por supuesto no lo es tanto cuando lo observamos con cierto detenimiento. Quizá suceda lo mismo en la política, aunque en un sentido opuesto: pensamos que es sublime y compleja, le dedicamos nuestras mejores palabras y nuestros mayores esfuerzos, pero al final sus motivaciones responden a una banal simplicidad. Hay una lógica en el poder que busca preservarse a sí mismo y hay otra lógica en la sociedad que reclama seguridades, altas dosis identitarias y retóricas moralizantes, aun cuando lo haga sólo para ocultar egoísmos de toda clase. Ni el triunfo de Donald Trump ni la reciente victoria de Boris Johnson pueden considerarse fenómenos inexplicables o irracionales: se trata de políticos populistas, en efecto, que sencillamente han sabido leer e interpretar las pulsiones sociales causadas por la crisis del liberalismo mejor que otros. Otro tema distinto es prever cómo afectarán sus políticas a sus respectivos países. O sospechar que no resultarán positivas. No del todo, quiero decir.

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El escenario Asens

Conviene que nos hagamos cargo de las palabras, porque las palabras siempre terminan haciéndose cargo de nosotros. Acudamos por un momento a la hemeroteca. El 4 de mayo de 2016, Jaume Asens, el hombre fuerte de Pablo Iglesias en Cataluña, planteaba en una columna del periódico Ara un escenario político que quizá vayamos a presenciar en los próximos meses: la actuación coordinada, en Madrid y Barcelona, de los distintos movimientos que buscan desbordar la Constitución. “Están sucediendo cosas inimaginables hace un tiempo –escribía Asens aquella jornada–. En el terreno cultural, el marco mental que proviene de la Transición se ha roto. Han contribuido a ello dos de las más grandes movilizaciones de la historia. La del soberanismo catalán que salió a la calle con motivo de los recortes del Estatut. Y la del 15-M que ocupó las principales ciudades de todo el Estado. Aunque el nacionalismo conservador intente desvincularlas, ambas son expresión de un mismo mar de fondo, de una misma crisis de régimen. La dos tuvieron lugar en 2011. Una con epicentro en Cataluña y la otra en Madrid”.

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El dios de nuestros padres

Para Schiller la característica principal de la modernidad consiste en perseguir las ideas abstractas con el impulso de unas emociones sin domesticar. Dicho de otro modo: la falta de realismo y el sentimentalismo exacerbado conformarían el marco de la política romántica. No se trata de un lenguaje anclado en el pasado, sino de una de las melodías dominantes en nuestro tiempo, en el que conviven, por un lado, el auge de los populismos, por el otro, las distintas variantes del iliberalismo. Así el pensamiento mágico que confunde la utopía con lo alcanzable o que cree que el simple deseo puede modelar la realidad. O el atrevimiento de sustituir la racionalidad como criterio moral por un brebaje de pasiones adulteradas, que corroen el cuerpo social. El retorno del romanticismo no constituye una peculiaridad española, al contrario. Aunque, por supuesto, haríamos mal en soslayar nuestra singularidad, ya sea territorial, cultural, económica, política o histórica.

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A cambio de nada

“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, escribió Tolstoi en el inicio de Anna Karénina. En clave política se hubiera dicho que nuestro relato de la felicidad fue una transición ejemplar que miraba hacia un horizonte moderno y europeo –como Alemania, como Francia, como Italia–, mientras que las semillas de la infelicidad permanecían enterradas en un pasado cruelmente selectivo que no se dejaba cicatrizar a ninguna costa. “Dejad siempre las heridas abiertas”, fueron –al parecer– las palabras que utilizó el president Pujol para recordarle a Carod-Rovira que el nacionalismo debe cultivar el resentimiento si aspira a construir un demos distinto. Eso sucedió cuando los papeles del Archivo de Salamanca, un periodo del que ya casi ni nos acordamos. Cada familia infeliz lo es a su manera porque las causas del rencor oculto en el alma son infinitas, al igual que las raíces del mal. Porque nada en efecto tenía que ser forzosamente como ha sido ni nada apuntaba tampoco en esa dirección; por más que los síntomas viniesen de muy antiguo, al modo de una fiebre leve y persistente, sin foco concreto.

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