Política adulta

Foto: Gage Skidmore.

La actuación de Donald Trump irrita pero no sorprende. De hecho, se ajusta a lo que él mismo enfatizó durante la campaña presidencial. Su decisión de retirar a los Estados Unidos del Acuerdo de París contra el cambio climático –un pacto, recordémoslo, suscrito por casi 200 países–, su dureza antiinmigratoria o su crítica a la mayoría de países europeos por su compromiso insuficiente con la OTAN –exige que cada socio gaste en defensa al menos un 2% del PIB nacional– responden a una doble lógica: por una parte, la acusada personalidad del presidente americano, que hizo de algunas de estas cuestiones el centro de su mensaje populista; y, por otra, la tradición aislacionista de la política exterior de  Washington, que bascula históricamente de un extremo a otro. “Paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin forjar alianzas con ninguna” fueron las palabras de Thomas Jefferson, que podría repetir sin sonrojarse el actual inquilino de la Casa Blanca. Por supuesto, habría que añadir que los tiempos son otros y que, sin vínculos fuertes entre los distintos países, los efectos positivos de la globalización difícilmente pueden llegar a buen término.

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‘Verdad y mentira en la política’, Hannah Arendt ante el totalitarismo

En De civitate Dei, Agustín de Hipona se preguntaba qué distingue al Estado de «una banda de ladrones a gran escala» si no es un sentido de la justicia y del Derecho. Muchos siglos más tarde, la filósofa alemana Hannah Arendt se planteó cuestiones similares en este breve libro que acaba de publicar entre nosotros Página Indómita, titulado Verdad y mentira en la política. El volumen reúne dos ensayos que se vertebran en torno a la peliaguda relación entre verdad y mentira en el uso del poder. Al igual que en la lectura platónica que propone Leo Strauss, Arendt sabe que, hoy como ayer, «el hombre que dice la verdad pone su vida en peligro»; pero tampoco ignora que una política desligada de la verdad se corrompe desde dentro y termina convirtiendo al Estado en una maquinaria que destruye el Derecho.

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Lo posible y lo imposible

La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

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Macron y la pregunta por el futuro

La pregunta por Francia es la pregunta por el futuro inmediato de Europa. Aunque no sólo eso: la confrontación entre Macron y Le Pen ejemplifica la fractura social que se abre de forma progresiva en todo Occidente. Reflexionando sobre la sorpresiva victoria de Donald Trump, el ensayista Christopher Caldwell anotaba que el eje del debate en los Estados Unidos responde menos a unos estrechos parámetros ideológicos que a una cuestión sociológica. Es posible, aunque ambos vectores sin duda se entrecruzan. Hablamos de problemas idénticos –el paro y los salarios bajos, la crisis migratoria, el descrédito institucional, la presión que supone el cambio de valores–, pero de mundos y de sensibilidades antagónicas: el cosmopolitismo frente a la renacionalización de la soberanía, el reformismo moderado frente a la percepción apocalíptica de la realidad, la educación y lo que los ingleses denominanmanners frente a la falsa espontaneidad del que se siente cómodo en el exabrupto.

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La religión civil

El profesor Jonathan Haidt ha investigado durante décadas acerca del modo en que nuestras intuiciones y prejuicios inciden sobre las decisiones morales que adoptamos. Su indagación se ha centrado sobre todo en los fundamentos psicológicos de la moral: ¿qué nos mantiene unidos? ¿Qué nos invita a ser generosos y altruistas, leales y perseverantes? Para Haidt, también nuestra opción política se corresponde en gran medida con nuestras intuiciones sociales acerca de lo que resulta correcto y lo que no. Entre sus conclusiones hay algunos datos sorprendentes, como por ejemplo que la mentalidad conservadora disecciona con mayor acierto cuáles son las peculiaridades ideológicas de la izquierda que al contrario.

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En retirada

La actitud conservadora admite, al menos, dos variantes. La primera se deja guiar por unas convicciones, es doctrinaria y se desplaza de arriba abajo: de las ideas a la realidad más inmediata. La segunda, en cambio, incide en lo que el filósofo inglés Michael Oakeshott calificaba como apego al presente y en la desconfianza hacia los cambios bruscos y las reformas radicales. Para Oakeshott, «ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…».

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