Inocencio X

Andreu Jaume y Juan Claudio de Ramón me convencieron de que no podía abandonar Roma sin pasar una tarde frente al retrato de Inocencio X en la Galleria Doria Pamphilj. Por fortuna, les hice caso. El museo –un viejo palacio que todavía pertenece a la familia– tiene algo de estrambótico para nuestra frenética mirada moderna. No sólo por la abigarrada acumulación de piezas de arte, sino sobre todo por el orden histórico de las mismas, alejado de cualquier voluntad pedagógica o didáctica. Los cuadros permanecen en las paredes tal y como fueron colgados hace siglos, guardando la disposición sigilosa que marcaron las épocas. En un lugar privilegiado, junto a un busto del papa Doria esculpido por Bernini, se encuentra el retrato inmortal de Velázquez, que le valió una justa y famosa amonestación del propio papa: “Troppo vero!” (“¡Demasiado veraz!”). Y ya sabemos que la verdad no siempre alumbra lo que deseamos ver. Ni siquiera cuando nos enfrentamos a la belleza absoluta de una obra maestra.

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Prisioneros de las ideas

En su ya clásico estudio sobre los caminos de la modernidad en la España de principios del siglo XX, el profesor Vicente Cacho sostenía que los dos grandes proyectos reformistas que había conocido nuestro país eran el que se asociaba con la Institución Libre de Enseñanza –y con la figura posterior de José Ortega y Gasset– y el que representó en Cataluña la irrupción del catalanismo como ideología política. Ambos constituyeron un éxito y a la vez terminaron en fracaso. José Castillejo ha escrito páginas memorables –y también dolorosas– al respecto. Se fundaron revistas de pensamiento y ateneos, se abrieron colegios y bibliotecas públicas, se tradujeron libros y se mandaban estudiantes universitarios a los mejores centros en el extranjero.

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Algo va mal

En una entrevista concedida al periódico El País este pasado fin de semana, Felipe González  alertaba sobre el final del capitalismo: “La sostenibilidad de este modelo económico va a fracasar. Las sociedades no soportarán una nueva crisis”. El pesimismo histórico es una constante de la que no se salva la modernidad. Los sistemas ideológicos caen, la esperanza se oscurece, la sospecha y el rencor emponzoñan los vínculos personales. A principios de los noventa, tras la caída del comunismo, se dio por definitivo el triunfo del paradigma liberal: tanto el conservadurismo como el socialismo se daban por definitivamente superados. Hoy han regresado, no necesariamente como un peligro sino como interrogantes que ponen en duda las bases del pensamiento dominante. El conservadurismo, por ejemplo, se plantea si una sociedad sin instituciones mediadoras fuertes –la familia, los credos religiosos, la escuela, los ritos y las virtudes tradicionales– puede sobrevivir en medio del recio oleaje del relativismo. La crítica conservadora es básicamente cultural. La izquierda, en cambio, subraya la perspectiva de clase, el abismo socioeconómico que se abre entre los triunfadores de la globalización y el resto de los ciudadanos. Son sensibilidades distintas, pero no necesariamente contradictorias. El conservador puede reivindicar la estabilidad que aportaba la socialdemocracia en su formulación clásica. El socialdemócrata intuye que, en su éxito durante la posguerra, se hallaba el humus las virtudes burguesas.

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La abdicación de los aristócratas

En su anotación 144 acerca “de cómo sucumben las aristocracias y los príncipes”, perteneciente a sus famosos Juicios sobre la historia y los historiadores, Jacob Burckhardt observó: “Las aristocracias abdican, pero no huyen como los príncipes”. El autor suizo pensaba en los efectos de la Revolución Francesa y en la propia condición humana, que sabía debilitada. Como buen conservador desconfiaba de los excesos del entusiasmo, incluso los motivados por las intenciones más nobles. Por supuesto, ese aforismo delataba el solapamiento de los poderes y la sustitución de uno antiguo y caduco por otro acuñado con el brillo del oro nuevo: el Estado.

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En Bizancio

En la Navidad del año 1400 el rey de Inglaterra cenó con el emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo. El heredero de Roma había llegado de París, en donde también había implorado ayuda al rey Carlos. Era la cristiandad reunida ante la amenaza de los turcos, que se cernía sobre la antigua Constantinopla y sobre el país de los griegos. El historiador Steven Runciman narra este episodio con una emotividad especial: “Todos en Inglaterra estaban impresionados por la dignidad de su porte y las inmaculadas vestiduras blancas que el emperador y su corte llevaban. Pero precisamente a causa de sus altos títulos, sus anfitriones e sentían inclinados a compadecerle, pues el emperador había ido como mendigo a buscar desesperadamente ayuda contra los infieles que habían sitiado su imperio”. Runciman nos muestra el nacimiento de un gran poder emergente –el otomano– y las desavenencias que imposibilitaban la unidad del mundo cristiano –venecianos contra genoveses, ingleses contra franceses, católicos contra ortodoxos, y así un largo etcétera–. De hecho, el destino de Bizancio estaba ya sellado: ningún reino dividido prevalece en el tiempo.

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Tasas e impuestos

Entre otras cosas, la vida pública consiste en pagar. Impuestos, por ejemplo. O tasas. Y está bien que sea así. Las sociedades modernas se sostienen sobre unas infraestructuras que promueven el desarrollo y unos programas de bienestar que garantizan unos niveles aceptables de equidad. Como ya intuyó Tocqueville, el difícil punto de equilibrio entre lo público y lo privado tiene mucho que ver con la cultura y las costumbres de cada país. Si los dos grandes modelos de éxito son hoy en día Dinamarca y Singapur, resulta fácil adivinar la enorme distancia que los separa: en lo económico y en lo social. Tienen en común, sin embargo, una voluntad de racionalizar la política y no gobernar a golpe de improvisaciones.

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