Juicio a Rajoy

Juicio a Rajoy

Más allá de lo que marca la realidad de los hechos, el sesgo ideológico determina parte de nuestras emociones. La neurociencia sostiene que juzgamos conforme a un marco intuitivo que, en gran medida, es el de nuestra adolescencia y que se  corresponde básicamente con un sistema de creencias, ya sea profano o religioso. Del papa “malo” –Ratzinger– al papa “bueno” –Bergoglio– hubo apenas una distancia de días que casa más con una gestualidad diferente que con unas políticas concretas. También España -según algunos- ha pasado de ser un país en retroceso democrático a una nueva Dinamarca del sur, avanzada en la conquista de derechos civiles, dialogante y moderna. Ha sido –otra vez– cuestión de días, casi de horas: el nombre de algunos ministros, la presencia mayoritaria de mujeres, el eco mediático dentro y fuera del país… Se diría que, tras el invierno popular, llega la primavera socialista. Si constato esta sorprendente mutación en el ánimo colectivo, no es porque piense que no tengamos motivos para ello –de hecho creo que la ausencia de discurso político de Rajoy fue suicida–, sino simplemente para observar la importancia del encuadre ideológico predominante en una sociedad a la hora de explicar sus reacciones instintivas. Es difícil romper ese marco –ya sea el nacionalista en el País Vasco y en Cataluña, o el socialista en el resto de España– cuando ciertas ideas adquieren un peso protagonista.

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La sociedad plural

La sociedad plural

Al final de su vida, en una larga conversación con el sociólogo Steven Lukes –que acaba de editar en castellano Página Indómita–, Isaiah Berlin reflexionó sobre la difícil relación entre el espíritu liberal y la tentación dogmática del fanatismo. No se trata de una controversia precisamente nueva, ya que hunde sus raíces en el proyecto democrático. “Los liberales –observa Berlin– están comprometidos con la creación de una sociedad en la que el mayor número posible de personas pueda llevar una vida libre, una vida en la que dichas personas puedan desarrollar sus potencialidades, tantas como sea posible, a condición de que no aborten las de los demás”. Pero este anhelo, que viene a ser el de una vida civilizada donde se asuma como propia la riqueza de la pluralidad, choca con la intransigencia de los extremistas.

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Notas a la investidura del president Torra

Notas de la investidura de Torra

Recuperada la Generalitat, tras cerca de doscientos días de aplicación del artículo 155, empieza la batalla de las municipales con un claro objetivo por parte del nacionalismo: tomar Barcelona. De ahí los nervios de Ada Colau, incapaz de construir una imagen de liderazgo opuesta a la de Puigdemont –reeditando así la vieja pugna entre Maragall y Pujol– y, obviamente, superada por la dinámica del procés. Las expectativas electorales de los Comuns caen a medida que su calculada ambigüedad se vuelve en su contra y a favor de la doble punta de lanza que representan, por un lado, los partidos separatistas y, por el otro, Cs que tal vez –sólo tal vez– logre convencer al exprimer ministro francés Manuel Valls para que se presente como candidato a la alcaldía. La batalla por Barcelona supone un hito fundamental porque, en la nueva Europa globalizada, el peso de las ciudades de éxito –y Barcelona lo es– prima sobre la menguante geografía de las regiones. Y Barcelona también es importante porque constituye el único contrapeso efectivo al poder político del nacionalismo, prácticamente hegemónico a día de hoy en Cataluña.

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Los fulgura

Los adivinos etruscos leían el futuro en el vuelo de los pájaros, en las entrañas de los animales sacrificados y en el destello de los relámpagos. A estos últimos, los augures los denominaban fulgura, de donde procede fulgor y fulgurante, que asociamos respectivamente a la luz intensa y a la velocidad. Se diría que el fulgor de una idea nos habla de su hechizo hipnótico y de la aprobación de los dioses, a los que entregamos nuestra vida si resulta necesario. El futuro queda iluminado por este resplandor, que es el de los creyentes y –en su vertiente negativa– el de los fanáticos. Los creyentes edifican un mundo nuevo; los fanáticos, en cambio, convierten el mundo en un infierno.

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La república fracturada

La republica fracturada

Todo movimiento tiene su contraparte, como el yin y el yang de los taoístas. El éxito en España de la huelga global feminista del pasado ocho de marzo ha puesto sobre el tapete la pujanza de un fenómeno social que reclama protagonizar un nuevo capítulo del libro de la democracia. El siglo XX, que fue también el de la lucha contra los totalitarismos, puede leerse como la época que fijó la senda de la igualdad. De la cultura pop a la reducción de las diferencias sociales gracias al Estado del bienestar, del reconocimiento de la pluralidad religiosa a la lucha contra la discriminación racial, el día a día de la democracia cuadra los números de una igualdad creciente. La historia de lo que ahora se denomina género –y antes, sexo– refleja asimismo esta tendencia de fondo. La entrada masiva de la mujer en el mercado laboral, por ejemplo, cambió por completo la estructura de la sociedad, empezando por la de la familia. Si nos ceñimos a la España contemporánea –desde los ya lejanos días en que Clara Campoamor logró implantar el sufragio femenino durante la II República–, el salto adelante de las mujeres ha sido espectacular: hay más universitarias que universitarios, más maestras que maestros, más médicas que médicos. A nivel político, son  mujeres quienes dirigen el consistorio de las dos principales ciudades españolas –Madrid y Barcelona– y también quienes presiden un buen número de comunidades autónomas: Andalucía y Madrid, Baleares y Navarra. Y es lógico, justo y natural que así sea.

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Todas las cosas tienen su momento

Todas las cosas tienen su momento

Mariano Rajoy pasa por ser un político prudente y experimentado, poco dado a las sorpresas o a los extremismos. En su modus operandi, prima el estilo conservador hasta rozar una especie de quietismo desconcertante para adeptos y adversarios, más escéptico que doctrinario. No es una actitud necesariamente desacertada: Rajoy ocupa el centro del campo y hace que el partido languidezca esperando el fallo del rival. En un juego de desgaste, como es a menudo la política, resistir equivale a evitar la derrota.

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