La revolución monárquica

En The Royalist Revolution, un reciente ensayo sobre los orígenes intelectuales de la independencia americana, el profesor de Harvard Eric M. Nelson argumenta que la furia de los padres fundadores iba dirigida más bien contra los excesos de poder del Parlamento británico que contra el rey Jorge III. Aunque de entrada resulte chocante, la motivación última respondía a intereses nítidamente republicanos: llegar a un sano equilibrio de poderes.

Si para Edmund Burke el gran acierto de la Revolución Gloriosa de 1688 había sido lograr encauzar la autoridad de la Corona dentro del marco del parlamentarismo y para Madame de Staël el contrapeso entre los distintos poderes constituye la virtud republicana por  antonomasia (tanto que la ilustrada francesa se refería paradójicamente a la monarquía constitucional como una forma de república), los padres fundadores se asomaron al abismo de esa patología democrática que era el excesivo poder acumulado por el Parlamento británico frente a la inacción del rey.

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Un estado del alma

“Un paisaje es un estado del alma”, escribió Mercè Rodoreda, “aunque también podríamos decir que es el estado del alma quien crea el paisaje”. Un conservador vería con buenos ojos esta segunda afirmación. En un conocido texto de mediados del siglo pasado, el filósofo británico Michael Oakeshott describió el conservadurismo con palabras que recuerdan los trazos poéticos de una cartografía: “Ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…”.

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La espuma de las primeras olas

En 1942, el poeta polaco Czesław Miłosz ya había visto pasar el Apocalipsis ante su apartamento en Varsovia: los Panzer alemanes recorriendo las avenidas de la ciudad bajo la luz fría de la mañana, los judíos encerrados en el gueto, las matanzas rituales que seguían el dictado de la raza y anunciaban la puesta en marcha de una “Solución Final”.

El joven Miłosz –que apenas rebasaba los treinta años– supo entonces que la mirada percibe en ocasiones una realidad vedada a la mera razón. Su desconfianza hacia la abstracción de las ideas puras, hacia una metafísica que desconozca la carnalidad de la imaginación, se originó en aquellos años definidos por un intenso horror. «Nos hemos liberado –comentó– de tantas mentiras tranquilizadoras, de tantas ilusiones y subterfugios; lo opaco ha devenido transparente».

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