El hogar de Europa

Cuando tenía siete u ocho años, mi madre me llevó a una librería de Palma llamada Jaume de Montsó. Allí compré mi primer libro. El primero, al menos, que yo recuerde. El primero que elegí y que no era manifiestamente infantil, es decir, ni Los Cinco ni Julio Verne ni los cómics de Spiderman o del Jabato. Compré el Diccionario de mitología mundial de la editorial Edaf, con sus “santos” en blanco y negro, como correspondía a los libros de bolsillo de aquella época. Hablo de épocas porque, aunque sólo hayan pasado unas décadas –serían los primeros ochenta–, me parecen siglos. Al igual que sucede ahora, las librerías eran lugares donde se traficaba con la santidad, donde se vendían objetos raros y valiosos que no podías encontrar en casi ninguna otra plaza. Faltos de una buena red de bibliotecas públicas y de los actuales proveedores tecnológicos –Amazon, por ejemplo–, las librerías ejercían así una labor sagrada. En efecto, había algo sacerdotal en aquellos libreros, verdaderos mentores de una religión secreta. Sin Internet, la memoria suplía la ausencia de los buscadores online. La memoria y los catálogos. La memoria y el “fondo de armario” de las librerías: un fondo caótico en apariencia. Como en una gramática oculta, sólo la intimidad con el lugar te permitía llegar a descubrir sus puntos ciegos.

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Contra toda esperanza

La historia se alimenta de símbolos y de imágenes; también de palabras, mitos y relatos. Los hay dotados de fuerza icónica; otros, en cambio, resultan sombríos hasta rozar la infamia. Algún día, por ejemplo, los historiadores del futuro juzgarán con dureza la frivolidad de un gobierno que confundió la dignidad con el activismo y que se dedicó a azuzar la participación en las manifestaciones del 8-M, en lugar de exigir a la ciudadanía responsabilidad y prudencia. Ya habrá tiempo de hablar de ello antes de que el olvido –como una damnatio memoriae– caiga sobre una clase política que en su conjunto se ha mostrado incapaz y efébica, es decir, infantilizada hasta niveles que ni podíamos imaginar a pesar de tantas advertencias acumuladas. Pecamos de ceguera porque el hombre necesita creer: lo anhela de forma incesante, en contra de toda evidencia. Fue Marc Bloch quien ya advirtió de que el fracaso social responde siempre a errores de inteligencia, a marcos cognitivos claramente fallidos. Hay algo trágico en el modo en que las sociedades persiguen obstinadas su autodestrucción. Por supuesto no siempre, sólo a veces. Ahora, pongamos por caso.

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España en común, España plural

Se podía esperar. Muchas nuevas candidaturas que han concurrido a comicios en nuestro país optaron por incluir en su denominación la fórmula “en común”, adherida al nombre de ciudad o comunidad correspondiente. Así, tuvimos Barcelona en comú, Cádiz en común o Bilbao en común. Hubo más acuñaciones y ninguna dejó de incluir en su lema el topónimo adecuado. Tal regla conoció una conspicua excepción. Cuando hubo que plantear una plataforma de ámbito estatal nunca estuvo en la mente de sus promotores denominarla España en común (la fórmula acabó siendo Unidad Popular en Común). Ciertamente, nada sorprendente. El nombre de España es impronunciable para un sector de la izquierda, que prefiere expresiones como “Estado español” o “este país”. Desprecio este que corre en paralelo a la aversión a la bandera constitucional o al uso de la lengua española (también un símbolo de lo común) allí donde el nacionalismo periférico ha implantado su hegemonía cultural.

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Algo resulta inquietante

Las fracturas sociales se originan en pequeñas grietas que crecen y se agrandan hasta arruinar las democracias. A veces son consecuencia de grandes choques sistémicos, de fallas gigantes que chocan entre sí; otras, en cambio, se producen a causa de las distintas dinámicas presentes en la sociedad. La tecnología tiene, por ejemplo, algo de radical y acumulativo: ese sería el caso de la obsolescencia programada de determinados trabajos y sectores económicos. Nuestra referencia más inmediata es el crac del 29, seguido de una larga década depresiva que culminó en una guerra mundial. Se desvanecieron fortunas, cayeron aristocracias y se arruinaron familias enteras. El desempleo fue uno de sus signos inequívocos. Hoy no. No del mismo modo, desde luego. Aunque España siga su propio camino –los motivos de nuestro alto paro estructural son otros–, países centrales como Estados Unidos o Alemania se encuentran en máximos históricos de empleo, lo cual no ha evitado las turbulencias políticas ni ha acallado los temores de las clases medias. Y en parte es así porque, si la crisis del 29 se tradujo en desempleo, la del 2008 ha supuesto la generalización del empleo basura y de los salarios bajos. Y un gradual empobrecimiento colectivo. Nuestra crisis no responde tanto al paro como al trabajo sin recorrido, sin expectativas ni mejora. Tecnología y globalización son dos de los factores que explican esta deflación. Cabe suponer que no son los únicos: envejecimiento, apalancamiento, disolventes morales de las virtudes burguesas…

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