El mundo de mañana

Un axioma nos brinda el marco. Digamos que a toda revolución le sigue algún tipo de respuesta política. Técnicamente es lo que llamaríamos “reacción”. Pongamos un ejemplo: para el historiador John Lukacs, Chamberlain pensaba y actuaba como un conservador, porque todavía se guiaba por las líneas maestras de un mundo que creía ordenado. Churchill, en cambio, era un reaccionario; menos, seguramente, por sus ideas que por su proceder: su acción se dirigía directamente en contra de las fuerzas totalitarias que emergían en medio de la civilización occidental. Nuestra época dista del periodo de entreguerras, pero sufre también una superposición de movimientos tectónicos: la globalización frente al proteccionismo nacional, el retorno de los nacionalismos frente al empeño pacificador de la Europa de postguerra; la fractura social y el declive demográfico, las olas migratorias y el eclipse de los valores tradicionales; la revolución tecnológica, que transforma el horizonte de oportunidades del hombre, y nuestra forma de relacionarnos con los demás; la geografía de las ciudades de éxito que allana el mundo rural; las nuevas ideologías que definen con un rigor amenazante el nombre de sus enemigos; la pérdida de legitimidad de las instituciones liberales y el final de la era burguesa que coloreó durante siglos el clima moral y estético de Europa…

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La mirada de Telémaco

La mirada de Telémaco - Daniel Capó

En nuestro mundo, Edipo se enfrenta a Telémaco. Esta es la tesis central del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, cuyos libros me descubrió hace un tiempo Antonio G. Maldonado. Edipo refleja el odio parricida del hijo hacia su progenitor, de una modernidad enloquecida –diríamos– ante el peso del pasado. “Sus crímenes –explica Recalcati– son los peores de la humanidad: matar al padre y poseer sexualmente a la madre. La sombra de la culpa caerá sobre él y lo empujará al acto extremo de sacarse los ojos”. Telémaco, en cambio, es el hijo esperanzado de Ulises; el joven cuya mirada se dirige hacia el horizonte de la definitiva restitución, cuando el padre regrese del mar y de la guerra, y el duelo haya terminado para siempre. En otra orilla del Mediterráneo, un eco lejano de esa justicia resuena en la parábola evangélica del hijo pródigo. Un muchacho –tal vez el propio Edipo– decide marcharse de casa y dilapida su herencia hasta terminar mendigando. Día tras día, desde lo alto de una atalaya, el padre intenta columbrar el retorno de su hijo –la esperanza que alimenta el sentido. En el Evangelio –como en la Odisea– se producirá el reencuentro que sane la herida, pero la modernidad no admite con facilidad esa misma paleta de colores. Como padres y como hijos, la opacidad del destino forma parte del misterio que define nuestras vidas. Nadie es dueño del tiempo ni de sus consecuencias.

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El mapa de las obsesiones

Se diría que la memoria traza el mapa de nuestras obsesiones. La memoria es carne y persiste como las cicatrices en el cuerpo. La memoria es el nombre de nuestros padres antes de que supiéramos pronunciarlo y  también el callejeo, repetitivo y caprichoso, que nos lleva por la ciudad que alguna vez amamos. La memoria es la forja de una sensibilidad, porque sólo lo que nos importa se adhiere como el polvo a las suelas. La memoria es también aquello que no ha existido, pero en lo que creemos firmemente porque sabemos de su realidad: los mitos propios y compartidos que concilian alguna de nuestras contradicciones. «Me preguntas qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego –escribió Miłosz–. Te respondo que es bueno conducir nuestro dedo por letras más perdurables que las grabadas en piedra, y que al pronunciar lentamente sus sonidos conozcamos la verdadera dignidad del lenguaje». Eso es también la memoria: salir del tiempo para hablar del tiempo.

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Foto: ANDRÉ KERTÉSZ

Ley de vida

A comienzos de mayo, mientras masticaba un bizcocho de almendras, noté una dureza ligeramente aristada entre los dientes. Me pregunté qué demonios habrían metido en la masa: un chinarro quizá o un fragmento de cáscara de almendra, tan resistente que, de niño, en la finca de mis abuelos, tenía que romperla con el canto de una piedra. Al escupirla vi un conglomerado más grisáceo que negro, del tamaño de media uña. Pegada a él, una calcificación de un color blanco fatigado. No necesité que la lengua me confirmara lo que resultaba evidente: una muela, con su correspondiente empaste, se había partido. A esa hora, el sol tardío anunciaba la relajada extensión de los días. A mi lado, un grupo de ciclistas alemanes daba cumplida cuenta de unos sándwiches de jamón. Un gato merodeaba entre las mesas en busca de migas en el suelo. Al llegar a mi mesa, me miró con prevención, indeciso. Quizás esperase un trozo del bizcocho que había apartado, mientras intentaba limar con la lengua las finas crestas de la muela herida. La belleza del Mediterráneo se resume en tardes así, ligeramente calurosas, de un verdor que respira su última humedad antes de la consumación del verano.

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Una lengua extraña

Mitreo de San Clemente en Roma (Wikipedia)

“Fijaos bien, ahora nos vamos a adentrar en el pasado y la arqueología nos permitirá separar las distintas capas de la Historia”, les dije a mis hijos poco antes de bajar al subsuelo de la basílica de San Clemente. “Hablas una lengua extraña –me replicó María–. Cuando la utilizas no te entiendo”. Sonreí con  torpeza, como suelo hacer en estos casos, y dejé que fuesen a corretear por la arquitectura laberíntica del edificio. Me hubiera gustado explicarles el sustrato paleocristiano de aquel conjunto arqueológico, pero ellos son niños y los niños conciben la vida como una aventura. Ahogado por la humedad, un piso más abajo se encuentra el famoso mitreo, con su altar dedicado a la divinidad persa Mitra. “¿Por qué la figura mata a un toro?”, me preguntó Javier, y tuve que reconocer que lo ignoraba todo sobre el mito, pero que al llegar a casa lo investigaríamos.

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El mar

Foto: Hiroshi Sugimoto – Boden Sea, Uttwil (1993) / Fuente: Flickr

Cuando yo era niño, el mar no reflejaba ni la expresividad de la gran ola de Katsushika Hokusai ni la calma perfecta, metafísica, del horizonte en una fotografía de Hiroshi Sugimoto. La cultura es una experiencia adquirida, mientras que la infancia es una experiencia intuitiva, sin más mediación que unos ojos que miran por primera vez el rostro de la vida. Era ese mar, surcado por los veleros y los llaüts, del cual amenazaban con surgir los monstruos marinos que latían en la oscuridad sin raíces de su fondo; y eran también las horas de playa, interminables quizás porque en la niñez no rige el tiempo, donde nos tostábamos de arena, de sol y de sal. El mar por supuesto era entonces el verano, del mismo modo que el invierno era la nieve de los cuentos, las partidas de cartas junto a la chimenea y los partidos de fútbol en los carruseles radiofónicos de las tardes del domingo. Recuerdo que pensaba que, si la muerte había de llegar, llegaría en invierno, como la niebla, las casas cerradas, el tintineo de la lluvia en la noche, las prisas de los profesores, el mundo adulto que se recoge en torno al humo. No sabía –¿cómo iba a saberlo?– que la muerte acaece todos los días y que la luz del mar no nos preserva de las heridas que abre el paso del tiempo en nuestro cuerpo. No sabía entonces –¿cómo iba a saberlo?– que el paraíso de la infancia lo ilumina sólo el recuerdo, al igual que el arte sólo es verdadero cuando nos remite a una belleza cuyo centro no nos pertenece del todo, puesto que reside muy lejos de nosotros.

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