Jefferson hoy

Thomas Jefferson

Leyendo la biografía de Thomas Jefferson he caído en la cuenta de que una de las causas principales del inicio de la Revolución Francesa fue el masivo endeudamiento del país. Jefferson, que en aquel momento era el embajador de EE.UU. en Francia, desarrolló junto con Lafayette un principio político, lleno de sentido común, que afirma que cada generación debe pagar las deudas que ha generado. En realidad, Jefferson apelaba a una especie de responsabilidad intergeneracional según la cual el pasado no debe ser una carga insoportable para las generaciones venideras. El endeudamiento tiene un rostro amable, pero con facilidad se puede convertir en una droga adictiva.

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El biombo

El biombo

En una conferencia de 2006 pronunciada en la Fundación March, el escritor José Carlos Llop habló de Lord Byron, de la memoria y la poesía. “Byron tenía un biombo –explicaba el autor palmesano– en el que iba pegando con goma arábiga fragmentos de crónicas de la época, siluetas de boxeadores y recortes de bustos y figuras literarias, filosóficas o aristocráticas de entre los siglos XVII y XIX. Luego se tumbaba a descansar junto a él. Desde que descubrí la existencia del biombo de Byron, pensé que ese biombo era una suerte de poética contemporánea, porque la vida de un hombre contemporáneo es una vida hecha a base de fragmentos y el tiempo el diván donde a veces nos tumbamos para contemplarla”.

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Capri

Al llegar a Capri, cumplimos con el rito sagrado del funicular. Afuera llovía copiosamente, con furia se diría, y nos apretujamos en la estación en medio de una miríada de turistas americanos y rusos; pero fue suficiente medio minuto -el tiempo que emplea el transporte de la Marina Grande a la ciudad de Capri- para que la lluvia se detuviera y, timidamente, surgiera el sol sobre el puerto. Desde la piazzetta se esbozaba un arco iris sobre el golfo de Nápoles, con el Vesubio al fondo y Amalfi a la derecha, y, aunque todavía no nos habíamos registrado en el hotel, nos demoramos un instante contemplando la luz iradiscente de la mañana.

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Apuntes de Año Nuevo

Leo en Los pequeños tratados de Pascal Quignard que, en su origen, la palabra página se refería menos al soporte físico del papel que a la  maquetación y a la disposición gráfica del texto. Tiene que ver con el espíritu ordenador, casi jurídico, del latín; el equilibrio de las formas externas; las costumbres, las buenas maneras, que dirían los ingleses. Enlazada con la página se encuentra la imagen del viñedo, el pago, el afán de cultivar la tierra y obtener un fruto. Palabras con una etimología común, subraya Quignard, serían página, país, paz… De este modo, pacificar una región se asemejaría mucho a civilizarla y hacerla productiva frente a la barbarie de las tierras sin roturar. Quizás una biografía no consista sino en paginar la propia vida, en darle un orden y una consistencia. Fuera de sus márgenes –de los márgenes de la civilización y de cierta dosis de realismo, quiero decir–, nos adentramos en un campo lleno de señuelos engañosos y de animales salvajes: un mundo peligroso. En una de sus crónicas parlamentarias, escrita durante la II  República, Josep Pla observó: “Hem de prescindir de profecies, de castells de cartes, de problemes previs formals; hem de superar l’etapa infantil de la política, etapa que consisteix a confondre la realitat amb les abstraccions desitjables”. Se refería al problema catalán, pero en realidad hablaba de una cuestión universal. Haríamos bien en pedir leyes paginadas, debates matizados, países ordenados e informaciones contrastadas. Aunque no sé si por este orden.

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La canción de Sibelius

Si los psicólogos subrayan que la infancia es la tierra natal de la felicidad, la tradición actúa como una liturgia de la memoria. Igual que cada año por estas fechas, el bazar de la iglesia sueca anuncia la llegada del Adviento y de la Navidad. La luz frágil de las candelas, el olor untuoso de los bollos de canela y de azafrán nos recuerda que la oscuridad de los fríos meses de invierno no dicta el futuro y que la tierra, como la humanidad, vuelve a renacer cada primavera. La belleza de las tradiciones reside en que apela a algo anterior a nosotros, que se sustancia de algún modo en nuestra niñez y en nuestro hogar. No en vano, el doctor Johnson, hace ya siglos, aseveró que “el objetivo de toda labor humana debe ser conseguir un hogar feliz”. Esas emociones vehiculadas por los ritos, las tradiciones, la memoria y, por supuesto, también por la esperanza de un futuro mejor, constituyen los pilares de esa casa ordenada que debe ser la vida, incluso cuando cae la noche y arrecia la ventisca. Hay un pasaje de las epístolas morales que Séneca escribió para su amigo Lucilio en el cual el filósofo cordobés se pregunta cómo debe comportarse el hombre asediado por las desgracias. En su respuesta apela a Júpiter –el mayor de los dioses– quien, “una vez destruido el mundo, confundidos los dioses en uno, quedando poco a poco inactiva la naturaleza, se recoge en sí mismo entregado a sus pensamientos”. Entregarse a uno mismo también significa confiar en esa gratuidad gozosa que nos conceden los rituales de la memoria.

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En Nápoles

Ciudad paródica donde las haya, conozco pocos lugares tan hermosos, tan llenos de vida como Nápoles. No se trata, desde luego, de una belleza italiana, renacentista, de una luz ocre que nos hable de una cierta pasión por el espíritu: en Nápoles, el Barroco adquiere, en cambio, una carnalidad, escatológica, groseramente humana. El olor a orines inunda las calles, los niños -de diez, doce años- circulan con sus Vespas -la cabeza estirada, los pies de puntillas-, la ropa permanece tendida en la calle de un modo constante, las paredes de los palacios brillan oscuras, desconchadas, sin la luz siquiera de la humedad veneciana.

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