Apuntes de Año Nuevo

Leo en Los pequeños tratados de Pascal Quignard que, en su origen, la palabra página se refería menos al soporte físico del papel que a la  maquetación y a la disposición gráfica del texto. Tiene que ver con el espíritu ordenador, casi jurídico, del latín; el equilibrio de las formas externas; las costumbres, las buenas maneras, que dirían los ingleses. Enlazada con la página se encuentra la imagen del viñedo, el pago, el afán de cultivar la tierra y obtener un fruto. Palabras con una etimología común, subraya Quignard, serían página, país, paz… De este modo, pacificar una región se asemejaría mucho a civilizarla y hacerla productiva frente a la barbarie de las tierras sin roturar. Quizás una biografía no consista sino en paginar la propia vida, en darle un orden y una consistencia. Fuera de sus márgenes –de los márgenes de la civilización y de cierta dosis de realismo, quiero decir–, nos adentramos en un campo lleno de señuelos engañosos y de animales salvajes: un mundo peligroso. En una de sus crónicas parlamentarias, escrita durante la II  República, Josep Pla observó: “Hem de prescindir de profecies, de castells de cartes, de problemes previs formals; hem de superar l’etapa infantil de la política, etapa que consisteix a confondre la realitat amb les abstraccions desitjables”. Se refería al problema catalán, pero en realidad hablaba de una cuestión universal. Haríamos bien en pedir leyes paginadas, debates matizados, países ordenados e informaciones contrastadas. Aunque no sé si por este orden.

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La canción de Sibelius

Si los psicólogos subrayan que la infancia es la tierra natal de la felicidad, la tradición actúa como una liturgia de la memoria. Igual que cada año por estas fechas, el bazar de la iglesia sueca anuncia la llegada del Adviento y de la Navidad. La luz frágil de las candelas, el olor untuoso de los bollos de canela y de azafrán nos recuerda que la oscuridad de los fríos meses de invierno no dicta el futuro y que la tierra, como la humanidad, vuelve a renacer cada primavera. La belleza de las tradiciones reside en que apela a algo anterior a nosotros, que se sustancia de algún modo en nuestra niñez y en nuestro hogar. No en vano, el doctor Johnson, hace ya siglos, aseveró que “el objetivo de toda labor humana debe ser conseguir un hogar feliz”. Esas emociones vehiculadas por los ritos, las tradiciones, la memoria y, por supuesto, también por la esperanza de un futuro mejor, constituyen los pilares de esa casa ordenada que debe ser la vida, incluso cuando cae la noche y arrecia la ventisca. Hay un pasaje de las epístolas morales que Séneca escribió para su amigo Lucilio en el cual el filósofo cordobés se pregunta cómo debe comportarse el hombre asediado por las desgracias. En su respuesta apela a Júpiter –el mayor de los dioses– quien, “una vez destruido el mundo, confundidos los dioses en uno, quedando poco a poco inactiva la naturaleza, se recoge en sí mismo entregado a sus pensamientos”. Entregarse a uno mismo también significa confiar en esa gratuidad gozosa que nos conceden los rituales de la memoria.

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En Nápoles

Ciudad paródica donde las haya, conozco pocos lugares tan hermosos, tan llenos de vida como Nápoles. No se trata, desde luego, de una belleza italiana, renacentista, de una luz ocre que nos hable de una cierta pasión por el espíritu: en Nápoles, el Barroco adquiere, en cambio, una carnalidad, escatológica, groseramente humana. El olor a orines inunda las calles, los niños -de diez, doce años- circulan con sus Vespas -la cabeza estirada, los pies de puntillas-, la ropa permanece tendida en la calle de un modo constante, las paredes de los palacios brillan oscuras, desconchadas, sin la luz siquiera de la humedad veneciana.

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Solo a lo lejos escucho el eco de un trueno

Sólo a lo lejos se oye el eco de un trueno, que llega y se va, denso, como el humo de un puro. De niño, me asustaban los truenos y la luz intermitente de los rayos. Mi abuela se solía levantar de la cama y persignaba el suelo de la casa con cruces de sal. Yo también le pedía una, junto a mi cama, aunque fuese pequeñita. Si era en verano, me acompañaba el zumbido de los mosquitos y el sudor de la noche. Ahora también sudo, aunque el calor es seco, en este pequeño pueblo de La Jara, y también es de noche y ninguna estrella alumbra esta oscuridad. Una de mis cuñadas se levanta a encender el aire acondicionado. Yo, si pudiera, pondría  en el tocadiscos a Chet Baker y escucharía su trompeta improvisando junto al cuarteto de Gerry Mulligan, allá a principios de los cincuenta, en la Pacific Coast. No sé por qué me encuentro tan espesamente cansado. La máquina del aire inaugura una gotera sobre el sofá del salón. Tendrán que apagarlo y volveremos al calor, sin la música de Chet Baker ni otra lluvia que no sea la amenaza de unos goteronesde tierra, sucios y desagradables…, nada. Al final, opto por levantarme también y sacudirme el sueño. Salgo al patio, enciendo una lucecita y leo a Coleridge:

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La casa de mi vida

Hubo una época, cuando todavía estudiaba en la universidad, en la que no me molestaban las incomodidades de la vida. Por aquel entonces, soñaba con recorrer el mundo a pie como si fuera un juglar medieval. Recuerdo que, en una ocasión, dormí en un corral, rodeado de conejos, junto a una brasileña, un policía en prácticas, un novelista de San Francisco y un estudiante de medicina. En otra, dormí en una cueva, perdido en un monte del Bierzo, sin saber muy bien dónde estaba ni si lograría nunca salir de allí. Me daba igual. Por las noches contaba las estrellas y escuchaba la monótona salmodia de la hojarasca arrastrada por el viento. Y después, poco después, me dormía. No creo que el hombre necesite mucho más para ser feliz.

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Beatus Ille

A partir de cierta edad, la niñez se asemeja mucho a un paraíso perdido. Sobre todo si rememoras el verano, cuando éramos libres y el campo olía a antigüedad. Era el tiempo de la recolección de los tomates, los higos y las almendras: de ese verdor primaveral que ha madurado siguiendo el curso natural de la vida. También era el tiempo del turismo, las visitas de los primos y el olor alemán a Nivea. El sol marcaba el ritmo de las horas y uno podía ir a la playa a nadar o a las rocas a pescar; o pisar la tierra polvorienta, casi yerma, labrada por los hombres; o dormir en la era bajo las estrellas, preguntándose por el nombre de las constelaciones. Es cierto que las tardes eran largas y monótonas, pero no especialmente tediosas –al contrario, yo diría que nunca resultaban tediosas–. Leíamos a la hora de la siesta hasta fatigar los libros de la biblioteca familiar y, al atardecer, salíamos a regar las macetas del patio y las flores del jardín, escuchando Tablero deportivo en Radio Nacional de España. El televisor, todavía en blanco y negro y con carta de ajuste, se reservaba para más tarde, después de la cena. Y las noches a la fresca también eran largas, un poco somnolientas, mientras las lagartijas ponían a prueba las ventanas de la casa.

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