El mar

Foto: Hiroshi Sugimoto – Boden Sea, Uttwil (1993) / Fuente: Flickr

Cuando yo era niño, el mar no reflejaba ni la expresividad de la gran ola de Katsushika Hokusai ni la calma perfecta, metafísica, del horizonte en una fotografía de Hiroshi Sugimoto. La cultura es una experiencia adquirida, mientras que la infancia es una experiencia intuitiva, sin más mediación que unos ojos que miran por primera vez el rostro de la vida. Era ese mar, surcado por los veleros y los llaüts, del cual amenazaban con surgir los monstruos marinos que latían en la oscuridad sin raíces de su fondo; y eran también las horas de playa, interminables quizás porque en la niñez no rige el tiempo, donde nos tostábamos de arena, de sol y de sal. El mar por supuesto era entonces el verano, del mismo modo que el invierno era la nieve de los cuentos, las partidas de cartas junto a la chimenea y los partidos de fútbol en los carruseles radiofónicos de las tardes del domingo. Recuerdo que pensaba que, si la muerte había de llegar, llegaría en invierno, como la niebla, las casas cerradas, el tintineo de la lluvia en la noche, las prisas de los profesores, el mundo adulto que se recoge en torno al humo. No sabía –¿cómo iba a saberlo?– que la muerte acaece todos los días y que la luz del mar no nos preserva de las heridas que abre el paso del tiempo en nuestro cuerpo. No sabía entonces –¿cómo iba a saberlo?– que el paraíso de la infancia lo ilumina sólo el recuerdo, al igual que el arte sólo es verdadero cuando nos remite a una belleza cuyo centro no nos pertenece del todo, puesto que reside muy lejos de nosotros.

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El retorno de la Inquisición

El fanatismo oculta, bajo el manto de la asimilación cultural, la mancha étnica: la sangre como un supuesto criterio de ortodoxia. Así, es el hombre en su totalidad quien peca y se condena, y no sólo sus ideas o sus pensamientos. En el pasado lo biológico -esa evidencia de la carne- actuaba como signo de la herejía. Todavía hoy lo hace. Pensemos en la brujería que constituía una perversión propia de las mujeres o en el racismo, antes y después de Hitler. En un mundo monocolor, pequeños matices culturales sustentan la sospecha étnica: «Judaizar –dirá José Jiménez Lozano refiriéndose a la época de la Inquisición– es guisar con aceite en vez de con manteca, matar las aves sangrándolas y enterrar la sangre, pasar la uña por el filo del cuchillo para comprobar que no tiene mella, pero también dejar candiles encendidos por la noche, sobre todo los viernes, mudarse de camisa ese día o ponerse ropas mejores que las de diario en sábado, echar sal en el candil, que la chimenea no humee las mañanas ni las tardes del sábado, incluso en invierno. […]”

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Vacaciones de verano

Vacaciones de verano

Cuando yo era niño, con el calor llegaban las medusas, los alemanes y el olor a Nivea. Es un mundo que sigue ahí, imperturbable, un verano tras otro, aunque se  escurra entre mis manos como la arena de la playa. Recuerdo el rostro de mis amigos muertos –pequeños flashes; una sonrisa, amable y rígida en la memoria–, pero he perdido la modulación de sus voces, el color de su piel o de sus ojos. Ni siquiera sé si los reconocería al volverlos a ver: yo, un crío; ellos, niños o ancianos en el tiempo embalsamado de un camposanto. El verano era Mallorca y, dentro de Mallorca, un pequeño puerto de pescadores donde alternaban Ana Obregón y el guardaespaldas de Ringo Starr, un crío llamado Manuel Valls y Pepe Oneto.

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Oriente en Europa

Advocata nostra icono

Al poco de cumplir los veinte años, mientras realizaba una tanda de ejercicios espirituales, el novicio jesuita Paolo Dall’Oglio vio escrita en el cielo la palabra “Islam”. No supo qué hacer ni qué pensar de aquella visión. Era un muchacho inexperto que lo desconocía todo del mundo musulmán. El padre Arrupe –general de la orden en aquel momento– le sugirió que fuera a Beirut a estudiar árabe y Teología islámica en la universidad que los jesuitas tienen en esta ciudad. Allí se ordenó en el rito católico de los sirios. De vuelta a Italia, se doctoró con una tesis sobre el concepto de esperanza en el Corán. El diálogo entre religiones y culturas –diría más adelante– sólo es posible si se asienta primero sobre aquellas experiencias que tenemos en común y que podemos compartir: la misericordia, la esperanza, la caridad…

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El instante del miedo


El compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski escribió una de sus más hermosas canciones, Strashnaya minuta (El instante temible), cumplidos los 35 años, cuando la decepción acompañaba su vida ya de un modo inseparable. El momento del miedo es el eco romántico de una pasión sumida en la inquietud del silencio: el minuto preciso que separa una respuesta afirmativa de otra negativa. Un amante declara su amor sin saber qué contestación obtendrá. Y en ese filo cortante, suspendido en el tiempo, se enfrentan las dos pulsiones primarias del deseo y la muerte, la plenitud y el suicidio. «No sabes –dice el poema– cómo me asustan estos momentos y el significado que tienen para mí. Tu silencio me entristece, mientras espero tu veredicto, tu decisión…». Chaikovski pide que la canción se interprete con ternura y que el acompañamiento de piano sea dolce, suave, introspectivo… De hecho, la pieza sugiere una melancolía susurrante, una luz matizada. El bajo ucraniano Mark Reizen la cantaba de forma insuperable en su vejez, como si viera reflejada su propia vida en aquella melodía –y también la de cualquier hombre, pues en el instante temible es cuando se corta el nudo  gordiano y se confrontan el destino y la libertad, quizás para siempre–. Hay algo sobrecogedor en esta escena que irradia su sentido sobre la condición humana: el amor sólo es posible entre personas libres, que pueden decir sí o no. Y, al mismo tiempo, la respuesta que demos a esa pregunta nos ata a un sino del que lo desconocemos todo, a una fuerza ciega que ningún hombre sabe domeñar. La cuestión del destino es la de la libertad ante sus consecuencias.

Septiembre de 1909

Septiembre de 1909

En septiembre de 1909, el profesor Sigmund Freud viajó por primera vez a los Estados Unidos. Iba a ofrecer un ciclo de conferencias en un pequeño college llamado Clark University, que celebraba el vigésimo aniversario de su fundación. Lo acompañaban algunos de sus discípulos más cercanos: el suizo Carl Gustav Jung y el húngaro Sándor Ferenczi. Años más tarde, la ruptura de Freud con Jung sería sonada y los conduciría por sendas opuestas. Freud, judío, perdería a buena parte de su familia en el Holocausto. Jung, ario, simpatizaría secretamente con el nazismo. Pero de eso nada se intuía aún en 1909, cuando Europa parecía un lugar seguro y estable, y América un país al que civilizar.

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