El dios de nuestros padres

Para Schiller la característica principal de la modernidad consiste en perseguir las ideas abstractas con el impulso de unas emociones sin domesticar. Dicho de otro modo: la falta de realismo y el sentimentalismo exacerbado conformarían el marco de la política romántica. No se trata de un lenguaje anclado en el pasado, sino de una de las melodías dominantes en nuestro tiempo, en el que conviven, por un lado, el auge de los populismos, por el otro, las distintas variantes del iliberalismo. Así el pensamiento mágico que confunde la utopía con lo alcanzable o que cree que el simple deseo puede modelar la realidad. O el atrevimiento de sustituir la racionalidad como criterio moral por un brebaje de pasiones adulteradas, que corroen el cuerpo social. El retorno del romanticismo no constituye una peculiaridad española, al contrario. Aunque, por supuesto, haríamos mal en soslayar nuestra singularidad, ya sea territorial, cultural, económica, política o histórica.

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Confucio hoy

El Maestro Kong (Confucio) nació hace dos mil quinientos años en una época confusa que vivía la muerte de los dioses y el nacimiento de nuevos ritos. Le disgustaba su tiempo tanto como el nuestro pueda disgustar a cualquiera de nosotros cuando constatamos la decadencia que ha seguido al esplendor democrático de la posguerra europea. En contra de las promesas de nuestra infancia, ni la prosperidad ha llegado a todos con la fuerza que creíamos, ni se sostiene el Estado del Bienestar sin el apoyo de la deuda, ni la nueva pedagogía ha extendido el amor por la cultura, ni la clase política responde a una selección de los mejores. Más bien se diría que al contrario: vemos cómo mueren los viejos dioses del bienestar socialdemócrata, la nobleza de los antiguos valores, la fe en las instituciones representativas. El espíritu ilustrado de la escuela sucumbe a causa del antiintelectualismo, la subjetividad y los excesos emocionales. Se generaliza la fractura entre clases sociales, el empobrecimiento de trabajadores y pequeños ahorradores; la desconfianza hacia la democracia parlamentaria –y su suplantación por sucedáneos plebiscitarios–, la añoranza de los hombres fuertes y los políticos autoritarios.

El Maestro Kong callaba y observaba. O preguntaba y volvía a observar. “No me aflige que los hombres me ignoren –escribió–. Lo que me afligiría es no conocer a los hombres”. “Aprender, estudiar, saber” es el primer imperativo que se lee en sus Analectas. Deseaba reformar su país, recuperar el recto camino de la sociedad. Para ello, contaba con dos herramientas: la educación y el ritual. Hoy hablaríamos de escuela y leyes: una escuela que valore la inteligencia y el esfuerzo, y unas leyes que sean respetadas por los ciudadanos. Esa adaptación de un milenio a otro se puede hacer sin dificultad. De todas las religiones, la que fundaron los discípulos de Confucio es la única decididamente laica sin ser atea ni ir contra Dios. En nuestros días les corresponde a las leyes desempeñar el papel formador del ritual.

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