Juicio a Rajoy

Juicio a Rajoy

Más allá de lo que marca la realidad de los hechos, el sesgo ideológico determina parte de nuestras emociones. La neurociencia sostiene que juzgamos conforme a un marco intuitivo que, en gran medida, es el de nuestra adolescencia y que se  corresponde básicamente con un sistema de creencias, ya sea profano o religioso. Del papa “malo” –Ratzinger– al papa “bueno” –Bergoglio– hubo apenas una distancia de días que casa más con una gestualidad diferente que con unas políticas concretas. También España -según algunos- ha pasado de ser un país en retroceso democrático a una nueva Dinamarca del sur, avanzada en la conquista de derechos civiles, dialogante y moderna. Ha sido –otra vez– cuestión de días, casi de horas: el nombre de algunos ministros, la presencia mayoritaria de mujeres, el eco mediático dentro y fuera del país… Se diría que, tras el invierno popular, llega la primavera socialista. Si constato esta sorprendente mutación en el ánimo colectivo, no es porque piense que no tengamos motivos para ello –de hecho creo que la ausencia de discurso político de Rajoy fue suicida–, sino simplemente para observar la importancia del encuadre ideológico predominante en una sociedad a la hora de explicar sus reacciones instintivas. Es difícil romper ese marco –ya sea el nacionalista en el País Vasco y en Cataluña, o el socialista en el resto de España– cuando ciertas ideas adquieren un peso protagonista.

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El gusto por la lengua

El gusto por la lengua

Los contrastes definen al hombre y a la sociedad. Los romanos distinguían a los patricios de la plebe, aunque ambos formaban un solo pueblo, unido bajo las siglas SPQR. Tocqueville, en los albores de la democracia, observó también la tensión que latía entre el espíritu aristocrático de las viejas élites y el instinto igualitario que instigaba el deseo del pueblo llano, de modo que en el nuevo ciudadano de la república coexistirían –no sin fricciones– dos almas que se alimentaban mutuamente. Un ejemplo clásico lo encontramos en la educación francesa, que tomó del Gran Siglo su gusto por la exquisitez de la lengua. Si los reyes y su corte de nobles y hombres cultos habían dado forma a la alta cultura, «la República –escribe Pierre Manent– quiso imprimir en el corazón de todos los niños franceses la lengua del rey».

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