1Q84

En alguna ocasión he afirmado que el éxito de Haruki Murakami se debe al fundamento postmoderno de su sensibilidad y no a la calidad literaria de su obra. Escritor de culto – recordemos que el mítico The New Yorker lo ha encumbrado a él, a Alice Munro y al irlandés William Trevor, como los referentes absolutos de la literatura de hoy -, las novelas de Murakami se acercan peligrosamente a la concepción líquida que un sociólogo como Zygmunt Bauman tiene de la realidad. Sus libros hipnotizan y decepcionan a la vez, casi como un espectáculo pirotécnico de costosa factura. El carácter de sus protagonistas se asocia a la fragilidad cambiante de un mundo que pone en duda la frontera entre lo real y lo irreal. Paisajes urbanos, personajes cultos y solitarios, banda sonora de jazz, gotas de sexo y de alcohol –siempre muy mesurado- y la necesidad perentoria de amor conforman el cóctel de una obra marcada por el éxito de popularidad. Tusquets publica ahora los dos primeros libros de su trilogía 1Q84, de la que en Japón se han vendido millones de ejemplares.

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Macron y la pregunta por el futuro

La pregunta por Francia es la pregunta por el futuro inmediato de Europa. Aunque no sólo eso: la confrontación entre Macron y Le Pen ejemplifica la fractura social que se abre de forma progresiva en todo Occidente. Reflexionando sobre la sorpresiva victoria de Donald Trump, el ensayista Christopher Caldwell anotaba que el eje del debate en los Estados Unidos responde menos a unos estrechos parámetros ideológicos que a una cuestión sociológica. Es posible, aunque ambos vectores sin duda se entrecruzan. Hablamos de problemas idénticos –el paro y los salarios bajos, la crisis migratoria, el descrédito institucional, la presión que supone el cambio de valores–, pero de mundos y de sensibilidades antagónicas: el cosmopolitismo frente a la renacionalización de la soberanía, el reformismo moderado frente a la percepción apocalíptica de la realidad, la educación y lo que los ingleses denominanmanners frente a la falsa espontaneidad del que se siente cómodo en el exabrupto.

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Brendel, la vieja luz de Europa

Ya al final de su larga carrera como solista, en la entrega del premio que le fue concedido por la crítica londinense en 2002, el pianista Alfred Brendel ofreció tres claves para entender los resortes más íntimos de su universo musical. En el discurso de agradecimiento, Brendel habló en primer lugar de Shakespeare y de un verso de «Otelo» que dice así: «For I am nothing if not critical» («Soy crítico por naturaleza»). Glosó también una idea del poeta romántico Novalis, a la que nuestro pianista ha vuelto una y otra vez a lo largo de su vida, y que alude a la estrecha relación existente en la obra de arte entre el caos y el orden. Y, por último, quizás consciente de que todo lo que no es trágico forzosamente tiende a la ironía, Brendel cita la necrológica que el gran maestro alemán Goethe dedicó al compositor Joseph Haydn. En ella, se dice que «la ingenuidad y la ironía son los distintivos del genio»; para aclarar el músico moravo a continuación: «Nunca me he considerado un genio ni por un instante, pero esa dicotomía, unida a la del caos y el orden, siempre ha resonado en mí como un eco».

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