El retorno de la Inquisición

El fanatismo oculta, bajo el manto de la asimilación cultural, la mancha étnica: la sangre como un supuesto criterio de ortodoxia. Así, es el hombre en su totalidad quien peca y se condena, y no sólo sus ideas o sus pensamientos. En el pasado lo biológico -esa evidencia de la carne- actuaba como signo de la herejía. Todavía hoy lo hace. Pensemos en la brujería que constituía una perversión propia de las mujeres o en el racismo, antes y después de Hitler. En un mundo monocolor, pequeños matices culturales sustentan la sospecha étnica: «Judaizar –dirá José Jiménez Lozano refiriéndose a la época de la Inquisición– es guisar con aceite en vez de con manteca, matar las aves sangrándolas y enterrar la sangre, pasar la uña por el filo del cuchillo para comprobar que no tiene mella, pero también dejar candiles encendidos por la noche, sobre todo los viernes, mudarse de camisa ese día o ponerse ropas mejores que las de diario en sábado, echar sal en el candil, que la chimenea no humee las mañanas ni las tardes del sábado, incluso en invierno. […]”

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El nuevo cardenal

El nuevo cardenal

La noche en que se cumplían cincuenta años del famoso Discurso de la luna del papa Juan XXIII ante una plaza de san Pedro iluminada por el fuego de cien mil antorchas, Benedicto XVI hizo una alocución improvisada desde la ventana de su habitación en la que también pedía a los asistentes que diesen un beso a los niños. Sin embargo, en apenas medio siglo la atmósfera había cambiado por completo. Las antorchas daban paso a la tenue luz de las candelas; las multitudes, a una grey más pequeña; el optimismo desbordante de la apertura del Concilio –“una nueva primavera de la Iglesia”–, a un recogimiento silencioso, casi quietista. En 1962, Juan XXIII era un hombre enfermo que veía cercana la muerte. A pesar de eso, aquella noche su voz rezumaba ímpetu, energía y un vago  emocionalismo. Benedicto XVI, en cambio, daba la sensación de ser un hombre agotado, extremadamente frágil. En su discurso adoptó un tono más íntimo, como si en lugar de hablar al mundo se dirigiera a cada uno de los presentes: “Cor ad cor loquitur” –el corazón habla al corazón–, como reza el conocido lema cardenalicio de J. H. Newman. Esa noche, Ratzinger habló de una Iglesia que ha vuelto a experimentar el pecado en su interior, se refirió a la fragilidad humana y a las dificultades que enfrenta el catolicismo, utilizó la imagen de un barco que navega con vientos contrarios y al que amenazan las tempestades, y se preguntó si Dios duerme y se ha olvidado de los hombres. Pero, a continuación, el pontífice alemán aludió también a una esperanza que ya no podía responder a la esperanza fuerte de aquel primer discurso de hace cincuenta años, sino que se manifestaba de un modo callado, sobrio y humilde.

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