Todas las cosas tienen su momento

Todas las cosas tienen su momento

Mariano Rajoy pasa por ser un político prudente y experimentado, poco dado a las sorpresas o a los extremismos. En su modus operandi, prima el estilo conservador hasta rozar una especie de quietismo desconcertante para adeptos y adversarios, más escéptico que doctrinario. No es una actitud necesariamente desacertada: Rajoy ocupa el centro del campo y hace que el partido languidezca esperando el fallo del rival. En un juego de desgaste, como es a menudo la política, resistir equivale a evitar la derrota.

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El hijo pródigo

El hijo pródigo

“Nos hemos vuelto pobres. Hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad; a menudo hemos tenido que empeñarlos en la casa de préstamos por la centésima parte de su valor, a cambio de la calderilla de lo actual. Nos espera a la puerta la crisis económica, y tras ella una sombra, la próxima guerra. Hoy el aguantar se ha convertido en cosa de unos pocos poderosos, que Dios sabe que no son más humanos que la mayoría; suelen ser más bárbaros, pero no en la buena forma. Y los otros tienen que arreglárselas, una vez más, con poco. Recurren a los hombres que han hecho su causa de lo completamente nuevo y que, además, lo basan en el conocimiento y la renuncia. En sus edificios, sus cuadros y sus historias, la humanidad se prepara para sobrevivir a la cultura, si es que esto le fuera necesario. Y lo más importante es que lo hace riendo. Y tal vez esa risa pueda sonar bárbara en uno u otro sitio. Bueno. El individuo puede ceder a veces algo de humanidad a esa masa que, un día, se la devolverá con intereses”.

Walter Benjamin

El cronista

Walter Benjamin

Los sueños anuncian las grietas que se abren a nuestro paso. Los sueños son historias rotas, piezas de un puzle por cuyos huecos se trasluce la angustia del presente o los ecos de un deseo sin brida; tal vez, el galope ansioso del futuro. El poeta Jean Paul fue el primero en soñar la muerte de Dios, el asesinato del Creador a manos del hombre. Para el escritor  alemán, fue poco más que una pesadilla en la que se presagiaba el largo silencio de una orfandad cósmica: la ausencia de sentido. Por supuesto, Jean Paul desconocía la letra menuda del futuro, el Gólgota que le esperaba al dios caído. No podía saber que, décadas más tarde, Friedrich Nietzsche anunciaría la buena nueva de la muerte del Dios cristiano; ni que, poco después, antes de morir en la locura, se arrojaría en Turín sobre un caballo, al que su cochero azotaba, y lo abrazaría entre lágrimas. Jean Paul no podía adivinar los Lager alemanes, ni los dibujos que garabateó Zoran Music en los campos de exterminio, ni los gulags soviéticos que diseminaban el miedo como una epidemia mortal, ni los últimos cuartetos desolados que compuso Dmitri Shostakóvich, ni la filosofía banal de Sartre, ni la frivolidad pop elevada a criterio moral. Jean Paul sólo tuvo una pesadilla que anotó la mañana siguiente con la minuciosidad de un registrador. Los sueños anuncian las grietas y el suelo tambaleante, no la semántica del futuro.

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