El mal que funda la Historia

La violencia tiene objetivos claros, aunque sus límites estén poco definidos. Se dirige contra una persona, una etnia, unas ideas, una religión, una clase social…; pero, al igual que el viento, ejecuta su acción allí donde quiere. La violencia vuela al azar, polinizando con su carga criminal los lugares más recónditos. El vocabulario que emplea – libertad, justicia, reivindicación – contiene los valores positivos de una época que se ha especializado en tergiversar el lenguaje. Para los seguidores de Nietzsche la destrucción de lo que ya está muerto abría las puertas de un nuevo mundo, emancipado de las servidumbres de la Historia. No sólo del pasado, sino también de la realidad. Para el totalitarismo comunista – que hizo de la lucha de clases el eje básico de la política – el futuro exigía el sacrificio del presente, su cuota de muertos y de destrucción. En términos míticos, no es que Saturno devore a sus hijos, sino que son los hijos – nuestros deseos convertidos en un absoluto, nuestras ideas abstractas – los que pretenden aniquilar a los padres, que somos nosotros, los hombres concretos y singulares.

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El Papa de las ideas

El día en que murió Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger salía del Vaticano rumbo al monasterio de Subiaco. Nadie sabe qué pensó esa tarde mientras su coche recorría las lentas ondulaciones del paisaje romano. En Subiaco, Ratzinger recogió el Premio “San Benito” y leyó una conferencia sobre la sociedad sin Dios y la cultura europea. O dicho de otro modo, sobre la crisis de una Europa que ha dado la espalda a Dios. El periodista y editor norteamericano Paul Elie ha especulado en un magnífico artículo, publicado en de The Atlantic, sobre el sentido de este gesto de Ratzinger: ¿fue un movimiento estratégico o el prurito profesional de un teólogo acostumbrado a cumplir con sus obligaciones? Nadie lo sabe muy bien. La relación íntima, aunque a veces tirante, entre Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger subraya esa noche, como subraya – con su trazo fuerte – el paso de treinta años de catolicismo.

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Warren Buffet, el titán tranquilo

A mediados del mes de julio, cuando empezaba a preparar este artículo, pregunté a tres de los más destacados gestores de fondos españoles por qué nadie ha logrado replicar de un modo consistente los resultados de Warren Buffett. José Ramón Iturriaga, de Okavango Delta, me habló de la dificultad de operar con plazos de inversión tan largos como los que maneja el millonario estadounidense: “Warren Buffett – me dijo José Ramón – es consecuente con el horizonte temporal de sus inversiones. Las suyas son apuestas a largo plazo y aunque, en un determinado momento le puedan venir mal dadas, ni él ni quienes han confiado en  él modifican sus criterios.” Marc Garrigasait, presidente de la Sicav Koala Capital y antiguo responsable de inversiones de Caixa Catalunya, apuntó otra posibilidad: “¡Keep it simple! – me señala -. En la vida empresarial y financiera, la sencillez suele ser la mejor opción. Sólo quien tiene mucha experiencia y conocimientos tiene el atrevimiento de aplicar sin miedo criterios sencillos pero importantes. Es lo que ha hecho siempre Buffet.” En cambio, el catalán Walter Sherk, corresponsable de la premiada gestora SIA Funds y uno de los más decididos seguidores de la filosofía value en España, discrepa, en parte, de la opinión de Marc: “Los principios del value investing que maneja Buffett son sencillos – me recalca – pero su aplicación es difícil porque hay muchos value traps. Parece que un valor en bolsa está barato pero en realidad no es así. La capacidad de separar los value traps de los valores de calidad escasea, porque cuesta mucho detectar las trampas. Hay trampas contables, estratégicas, de política corporativa y de otros muchos tipos.”

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Un sol ártico: Ernst Jünger en Mallorca

ERNEST jUENGERAl llegar en tren a Wilflingen, la niebla cubría los bosques de abetos y de hayas. El aire era cortante, frío. De repente, escuché que un hombre decía en alemán: “la caza sutil también se practica con las piezas mayores”. Me sonreí. Aquel anciano debía de conocer la obra de Jünger, pues el escritor alemán llamaba “caza sutil” al arte de coleccionar insectos. Pero no le dije nada. Pensé que tampoco Jünger – distante y aristócrata – se hubiera dirigido a él. “Con el paso del tiempo – me había dicho la noche anterior el Dr. Nicolai Riedel, del Deutsches Literaturarchiv en Marbach –, hemos aprendido a valorar a Jünger más como un fenómeno histórico que como un peligro ideológico”. Ahora no sé si estaría de acuerdo con esas palabras, aunque creo que las entiendo: Ernst Jünger ya no provoca miedo en Alemania, donde fue un escritor odiado por la izquierda e incomprendido por el conservadurismo social-cristiano de Adenauer. De ahí que se pueda interpretar su obra en clave histórica, sin duda – la época, digo – una de las más sombrías de Europa.

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