El Papa de las ideas

El día en que murió Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger salía del Vaticano rumbo al monasterio de Subiaco. Nadie sabe qué pensó esa tarde mientras su coche recorría las lentas ondulaciones del paisaje romano. En Subiaco, Ratzinger recogió el Premio “San Benito” y leyó una conferencia sobre la sociedad sin Dios y la cultura europea. O dicho de otro modo, sobre la crisis de una Europa que ha dado la espalda a Dios. El periodista y editor norteamericano Paul Elie ha especulado en un magnífico artículo, publicado en de The Atlantic, sobre el sentido de este gesto de Ratzinger: ¿fue un movimiento estratégico o el prurito profesional de un teólogo acostumbrado a cumplir con sus obligaciones? Nadie lo sabe muy bien. La relación íntima, aunque a veces tirante, entre Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger subraya esa noche, como subraya – con su trazo fuerte – el paso de treinta años de catolicismo.

Ratzinger fue el brazo teológico con el que Juan Pablo II buscó, por un lado, reinterpretar determinadas derivas liberales del Vaticano II y, por otro, someter las tentaciones marxistas de la teología de la liberación. Al mismo tiempo, las diferencias entre ambos también fueron notables. La personalidad de Wojtyla era la de un extrovertido que creía en una nueva primavera de la Iglesia y apelaba al vigor de las masas. Joseph Ratzinger, en cambio, es un intelectual acostumbrado a ponderar el efecto de un adjetivo o de un signo de admiración en el desarrollo de una idea. Alguien, por otro lado, que desconfía de la opinión de las masas y que busca en las minorías creativas la levadura fresca del cristianismo.

La teología de Wojtyla pasaba por un tomismo cribado por el pensamiento de los fenomenólogos y del personalismo (se ha escrito, por ejemplo, que trató con asiduidad al filósofo lituano E. Lévinas). Ratzinger bebe, en cambio, de la gran tradición patrística, con un especial énfasis en el pensamiento de Agustín de Hipona. Mientras que Juan Pablo II, en expresión de Tracey Rowland, no tuvo inconveniente alguno en apropiarse del lenguaje de la posmodernidad y dotarlo de sentido cristiano – con alguna pirueta a veces difícil de seguir -; Benedicto XVI – primero como cardenal y después en su pontificado – ha abierto un debate a fondo sobre la genealogía de la modernidad. Bien vista, la pregunta que se ha hecho la prensa mundial acerca de la complementariedad – o no – de ambos papas es algo ingenua y no termina de acertar con los tempi propios del catolicismo. Tendemos a pensar que la Iglesia romana es un edificio sólido y pétreo, inaccesible a los cambios. Pero todos los papas – pensemos ahora sólo en los últimos: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y II y Benedicto XVI – han seguido agendas distintas, con dudas, miedos y esperanzas diferentes. Quizás ahora, cuando se cumplen los primeros cinco años de la entronización de Benedicto XVI, haya llegado el momento de preguntarnos por las ideas clave que recorren este pontificado. Para ello, me he acercado a tres de los teólogos españoles más notorios de la actualidad: José Granados, DCJM; el jesuita y profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Comillas Santiago Madrigal; y el ex sacerdote mercedario Xavier Pikaza. He querido conocer su opinión y la valoración que hacen del teólogo y del Papa. Son ellos los que nos acompañan en este camino. Sus respuestas trazan un mapa en profundidad de la figura del Papa de las ideas.

1. En Camino

Joseph Alois Ratzinger nació en una pequeña localidad de Baviera, Marktl am Inn, el 16 de abril de 1927. Era un sábado, víspera del Domingo de Resurrección. Su padre, Joseph, era oficial de policía. Su madre, Maria, trabajaba como ama de casa. Con estos breves datos, el teólogo suizo Hans Küng – de su misma generación y compañero suyo en la Universidad de Tübingen – ha esbozado en sus memorias una suerte de parodia intelectual de la figura del Papa alemán: “Los dos procedemos de familias católico-conservadoras y de la región alpina – escribe Küng en Verdad controvertida – : él de Baviera, yo de la Suiza central. […]. Pero la educación de un hijo de funcionario que vive en una comisaría de policía y, tras la jubilación del padre, en una modesta granja (y que ya a los doce años ingresa en un seminario clerical menor) es, desde luego, distinta de la que recibe el hijo de un comerciante en una hospitalaria casa burguesa sita en la plaza del ayuntamiento de su localidad y centro de reunión de toda la muy ramificada parentela. El mío no era un ambiente policial o espiritual, estricto y protector, sino un ambiente vivo, mundano y abierto […]. En el seminario menor, Ratzinger lleva una vida estrictamente ordenada, en la que, por supuesto, no hay rastro de muchachas. Por lo que a mí respecta, en las clases superiores del relativamente liberal instituto de Lucerna, vivo un ambiente transformado de forma en extremo positiva por la coeducación de chicos y chicas y forjo amistades para toda la vida. Ratzinger tiene que tratar desde muy pronto con una nueva generación de profesores, decididos precursores del nazismo. Mis profesores y mis compañeros y compañeras de clase son, sin excepción, convencidos patriotas y adversarios del nazismo. Sólo muchos años más tarde aprende Ratzinger en qué consiste la democracia liberal, y ésta nunca llega a ser para él un mundo de vivencias tan intenso como la Iglesia jerárquica”. A lo largo de las veinte páginas del prólogo al segundo tomo de sus memorias, Küng continuamente acusa a Ratzinger de haberse formado en un mundo pequeño de miras: un mundo cerrado y asustadizo, alejado de las grandes corrientes contemporáneas. Y aunque esas páginas no dejan de ser una caricatura grotesca y de un cierto mal gusto, Küng plantea una cuestión latente en todo el espectro de la teología católica liberal: ¿no era Ratzinger uno de los nuestros? ¿Qué sucedió para que uno de los teólogos reformistas más brillantes del Vaticano II se convirtiera en el hermeneuta principal de la lectura restrictiva del Concilio? O dicho de otro modo, ¿cómo ha evolucionado en el tiempo el pensamiento teológico de Joseph Ratzinger?

Le planteé esta pregunta a José Granados, uno de los teólogos españoles de mayor proyección internacional. Premio Bellarmino de la Universidad Gregoriana de Roma, su último libro, Teología de los Misterios de la Vida de Jesús, editado en Sígueme, resulta sorprendente por su ambición a la hora de repensar las cuestiones y las respuestas que inquietan al hombre de hoy. Al consultarle sobre la evolución de Joseph Ratzinger, Granados mantuvo una postura matizada:  “Recuerdo una conversación con Pannenberg cuando estuve en Alemania. Hablamos de Rahner y de Ratzinger. Me dio su opinión sobre este último, refiriéndose a la crítica que muchos le hacían de haber dado un giro en su teología. Panennberg decía que él no veía tal giro. En su opinión, Ratzinger daba primero una impresión de novedad porque no se ceñía al tomismo dominante, sino que bebía de la fuente agustiniana, y que de ahí brotaba la renovación que trajo. En todo caso, a mí sí me parece que hay cierto cambio, pero no un giro radical. Su inspiración esencial, la de Cristo como centro, el amor como clave de lectura de la antropología, la vuelta a los Padres y a la Escritura, la lectura litúrgica, está ya en su comentario a los textos del Vaticano II Gaudium et Spes y Dei Verbum. En algunos puntos sí dio un giro (pienso en concreto en la escatología intermedia) pero fue fruto de su reflexión, de su fidelidad a unos principios que ya estaban presentes antes.”

El teólogo vasco Xavier Pikaza, en cambio, mantiene una posición más crítica, aunque, al igual que Granados, apunta a la relación de Ratzinger con la obra y el pensamiento de Rahner: “El posible cambio en la teología de Ratzinger se refleja de un modo especial en sus relaciones con K. Rahner, quizá el mayor teólogo católico del siglo XX. Karl Rahner estaba muy satisfecho de los artículos que el joven Ratzinger había escrito para su Lexikon für Theologie und Kirche, especialmente por su espléndido trabajo sobre el infierno, en el que superaba una visión objetivista de la condena eterna, abriendo un camino por el que se puede aceptar la salvación final de todos los hombres (sin negar por ello la Justicia de Dios ni la seriedad del pecado).

“Ambos tenían una misma visión de la colegialidad de la iglesia, de forma que escribieron juntos un famoso libro, titulado Episcopado y primado (1961), poniendo de relieve el carácter colegiado y fraterno de la comunión de las iglesias. Más tarde, en el tiempo de la primera sesión del Concilio, colaboraron también en la redacción del documento sobre “Las fuentes de la revelación”, publicando después un libro famoso, titulado Revelación y tradición (1965).

“Tras el Vaticano II, a partir de los años setenta, las posturas teológicas (o quizá mejor, eclesiales) de Rahner y Ratzinger se fueron distanciando de una forma considerable. Rahner siguió siendo un teólogo en libertad, al servicio de la iglesia. Ratzinger, en cambio, dejó la Universidad para convertirse en Arzobispo de Munich-Freising (1977) y luego en Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981). A partir de ese momento, su teología y su trabajo ministerial se centraron en temas de “identidad eclesial”, defendiendo cada vez más una línea de interpretación restrictiva del Vaticano II.”

El jesuita Santiago Madrigal ha dedicado buena parte de su obra a estudiar la relación entre Rahner y Ratzinger. Precisamente en 2006 publicó en Sal Terrae un ensayo esclarecedor dedicado a esta cuestión: Karl Rahner y Joseph Ratzinger – tras las huellas del Concilio, en el que señala la evolución natural del pensamiento de Benedicto XVI. “Discrepo radicalmente – afirma ante mi pregunta – del juicio apresurado e ideológico de H. Küng, cuando en sus memorias le asigna la caricatura de haber hecho el recorrido de “teólogo progresista en Tubinga a gran Inquisidor en Roma”. Estoy mucho más de acuerdo con H. Verweyen, que habla del “mito del gran cambio”. Desde el punto de vista del modo de entender y hacer teología, existe en Ratzinger una gran continuidad. Desde muy pronto – y en muchos de estos aspectos era un pionero -, ha defendido la eclesiología de comunión, la doctrina de la colegialidad, la reforma litúrgica, la libertad religiosa, la apertura a las religiones del mundo, puntos esenciales del Concilio. Ello desde los principios inspiradores de su obra teológica: recurso a la Escritura, a los Padres (San Agustín) y a la tradición franciscana, junto a un excelente conocimiento de la teología occidental clásica.

“A mi juicio, lo más significativo en la posición de Ratzinger sería este dato: una valoración positiva del Concilio Vaticano II; mientras que ha venido haciendo desde los primeros momentos una valoración negativa del post-concilio y de la Iglesia postconciliar. A esta luz se entiende esa fama de conservador.

“Ya en textos de los años setenta, Ratzinger se sitúa conscientemente frente a otras corrientes: frente a lo que él denominó el progresismo postconciliar (donde citaba expresamente a Rahner y a Metz); frente a la corriente que sería la continuación natural de las fuerzas conservadoras durante el Concilio, una teología y filosofía escolásticas que han intentado poner bajo sospecha al Concilio mismo. [Existe], por último, una tercera corriente que se caracteriza como “una teología y espiritualidad edificadas esencialmente sobre la Escritura, los Padres y en la gran herencia litúrgica de la Iglesia”. Es evidente, por lo ya dicho, que en esta línea se sitúa personalmente J. Ratzinger.”

Artículo completoEl Papa de las ideas.

Artículo publicado en fronterad

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