De padres a hijos

Si nuestra cultura se asienta sobre los libros, nuestra educación debería hacerlo sobre la lectura. Curiosamente, en este caso, el conocimiento científico no entra en contradicción con la sabiduría de los clásicos: leer nos construye. El famoso informe PISA corrobora que el principal indicador de éxito académico de un alumno es el número de horas que ha pasado leyendo junto a sus padres antes de cumplir los cinco años. Lectura en voz alta, se entiende: de padres a hijos. En su clásico estudio Meaningful Differences, los profesores Betty Hart y Todd R. Risley documentaron los efectos que tenía la lectura en voz alta sobre el vocabulario de los niños, pero también sobre la sintaxis, la comprensión lectora –clave incluso para el aprendizaje de las matemáticas– y la curiosidad. La relación entre el músculo cultural de un país y su tasa lectora obedece a una lógica irrebatible, si pensamos que nuestra inteligencia en gran medida se expresa de forma lingüística. Dicho de otro modo: nuestro pensamiento no son sólo palabras, pero sin palabras no hay pensamiento.

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Tantas mudanzas

Del 78 al momento actual hemos vivido tantas mudanzas que ya no sabemos cómo dirimir las diferencias ni cómo vivir en común

En uno de sus “pecios”, Rafael Sánchez Ferlosio recuerda una hermosa cita de santa Teresa de Jesús que parece dirigida a nosotros: “En lo que he vivido,  he visto tantas mudanzas que no sé vivir”. Esta tarde de domingo, en la que escucho la Pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach, pienso en estas palabras. En el jardín de casa llueve a ratos y el viento sacude el mar, como queriendo dar razón a tanta mudanza. Aquella España del siglo XVI, definida por el oro de América, las guerras religiosas que asolaban Europa y el peso sombrío de la Inquisición, era muy distinta a la actual pero coincidía con ella en ese misterioso trazado de las pasiones que llamamos condición humana. “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el sol”, leemos en el Eclesiastés. Ni el juego sangriento de las revoluciones, ni las contradicciones del poder, ni el desafío a sus límites, ni la tensión que late entre el deseo y el miedo, ni la profunda incertidumbre que esconde el futuro a costa tantas veces del hombre… nada de eso cambiará. Pero, al mismo tiempo, ahí está todo: también esa inquietud grabada en unas palabras de la santa española.

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Sobrevivir a la incertidumbre

En la vida pública española existen todavía espacios para la reflexión alejados del ruido mediático y de la lucha partidista. Un buen ejemplo de uno de estos lugares lo constituye el reciente libro que Antonio Garrigues Walker –con la estrecha colaboración de Antonio G. Maldonado– acaba de publicar en la  editorial Deusto: Manual para vivir en la era de la incertidumbre. La inconsistencia de las sociedades líquidas, carentes de anclajes sólidos, se traduce en un tipo determinado de desasosiego que evita mirar de frente a la realidad. «Urge recuperar el prestigio de nuestra realidad», insiste en las páginas de esta obra el ilustre jurista madrileño, consciente del elemento gaseoso y volátil que prende con demasiada facilidad en nuestras emociones. Importa poco si nuestra mirada se fija en el pasado o si la reservamos para un futuro utópico, la clave de nuestro malestar reside en una especie de odio funesto hacia todo aquello que nos configura y nos limita. Recuperar el prestigio de la realidad significa volver a asumir que la imperfección nos hace humanos y que el deseo de mejorar nos enaltece. «Se trata en gran medida –escribe Garrigues Walker– de devolver la autoestima al ciudadano, de hacerle creer de nuevo en las posibilidades de su propia autonomía. Ese es el gran logro de Occidente y la base de la democracia liberal, hoy en cuestión frente a modelos represivos pero económicamente eficaces en el corto plazo».

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El estado de la nación

Para juzgar el estado moral de una nación, haríamos bien en mirar sus costumbres. Esta fue la gran lección que extrajo Tocqueville de su viaje a los Estados Unidos hace ya dos siglos. El arraigo de las virtudes, los hábitos adquiridos desde la infancia, los ídolos a los que se combate, la devoción por la excelencia, el grosor intelectual del debate público, la riqueza de las bibliotecas, el dinamismo del comercio, la pulcritud de las calles, la suave ingenuidad de las fiestas que se celebran, la solidez contable de los presupuestos nos hablan de un país con más acierto que las proclamas de los partidos o que la palabrería de los periódicos. De los debates de La clave al histerismo actual de las tertulias televisivas, hay algo más que una sutil gradación. Del estilo concebido como una forma de contener la tiranía de los instintos –y ese estilo resulta tan necesario en público como en privado– a tildar cualquier ley de represiva, también hay algo más que un salto. La crisis de la democracia no se puede desligar de la mutación sufrida por nuestras costumbres, que han sustituido la tradición constructiva de la memoria por una tendencia casi exclusiva hacia la sospecha y el rencor, y por la implosión de una pluralidad de microidentidades aisladas y enfrentadas, cada una con sus propios códigos de conducta. No es de extrañar por tanto que en el Reino Unido surjan ya intelectuales reclamando que a las comunidades musulmanas que viven en el país no se les aplique la ley común emanada del parlamento, sino sólo la sharía islámica. O que en los planes de estudio, se opte por sustituir el conocimiento general de la Historia –con su compleja y misteriosa ambigüedad– por otras lecturas parciales y tendenciosas, aisladas de su propio pasado. La sobrecarga emocional de las palabras se da además por supuesta.

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El conservadurismo

El poder es conservador, nos enseña Shakespeare. El poder exige, además, una elevada dosis de teatralidad, rituales, una simbología recurrente, cierta devoción pactada, algún tipo de consenso… El poder, en definitiva, busca sobre todo preservarse a sí mismo, más o menos como actúa la vida en estado natural. La evolución de las especies parece confirmar este componente grupal, simbólico y litúrgico del hombre. Nuestra inteligencia crece socialmente y exige un fuerte grado de vinculación emocional, que hoy conocemos como “apego seguro”. Los estudios de Sarah Blaffer Hrdy sobre el apego en los primates –ha escrito al respecto un libro fascinante: Mothers and Others– demuestran el contenido tribal de estos vínculos, que se extienden mucho más allá de la familia stricto sensu. Si en la prehistoria las tasas de supervivencia se incrementaban con la ayuda del grupo, en la modernidad lo importante son las virtudes y los valores sociales. La confianza, por ejemplo, en la palabra dada, el respeto a la ley, la voluntad de racionalizar los conflictos y de convertir la democracia, básicamente, en un espacio de decencia. Conservar significa no sólo amar las viejas tradiciones o los lugares santos, sino también reconocer la textura social de la Historia, con su catarata de contradicciones que hay que pulir y modular, y cuyas soluciones deben ser puestas al día generación tras generación. Nada hay menos conservador que el integrismo del pasado (o cualquier otro tipo de fijación cultural, ideológica o identitaria). El integrismo, digámoslo ya, constituye un peligroso espantajo que regresa una y otra vez en forma de tentación. Los hombres aprendemos con dificultad de la Historia.

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