El escenario 2008

El escenario 2008 ya está aquí si no actuamos con contundencia y rapidez. Son las palabras que la presidenta del Banco Central Europeo, F. Lagarde, utilizó ante los lideres de la UE. Es el deseo Draghi, esa especie de sortilegio que ya funcionó una vez –“whatever it takes and believe it will me enough”-, la feroz artillería que dome los mercados rebeldes y recupere la estabilidad necesaria. ¿Será suficiente esta vez? Quizás sí, quizás no, depende también de los plazos: no a corto, pero seguramente sí a medio y largo, cuando la pandemia se encuentre bajo control entrado 2021. Porque resulta ingenuo pensar que los picos epidémicos se controlarán definitivamente antes –las mejores previsiones apuntan hacia un momento crítico el próximo otoño/invierno cuando el COVID-19 se sume a la gripe estacional- y también porque el shock económico que se avecina tiene causas y orígenes muy distintos a los que causó el crack financiero de la pasada década. Hoy, una vez rescatados, los bancos se encuentran bien capitalizados y son solventes, ganan dinero incluso en un entorno extremadamente adverso de tipos de interés negativos. El actual evento sísmico puede acelerar, eso sí, la concentración bancaria, un proceso que ya lleva años en marcha, pero que no había finalizado su recorrido. El futuro a una década son unas pocas megacorporaciones financieras, de carácter transnacional. Uno diría que el Santander será un campeón europeo –tiene tamaño para ello- y que el Sabadell, en cambio y por poner un ejemplo, será absorbido o se fusionará con otro peso mediano. Pero estos son brochazos que no apuntan al corazón del problema que encaramos ahora, un doble shock de oferta y demanda que por poco que se alargue la cuarentena forzada provocará un efecto en cadena sobre la industria, el comercio y el trabajo. Un economía en semiparálisis, atenazada por un miedo contagioso, se acerca más a un escenario desconocido para la mayoría de nosotros que a los seculares ciclos económicos definidos por la dualidad del ahorro y el crédito.

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Mr. Bestard

Los sueños nos persiguen y a veces incluso se convierten en realidad. A finales de los años setenta, el agente consular Tumi Bestard pasó unos días en Manhattan. Era otoño que, como nos ha enseñado Patrick Modiano, es la estación más hermosa: la de los proyectos y la madurez, la del inicio del curso universitario y el aquietamiento de la naturaleza. Tumi se alojaba en el hotel Pierre, en pleno corazón de la ciudad, no lejos del apartamento de los Fatt, sus amigos de Illetas, que le invitaron a una fiesta en la Quinta Avenida. «La fiesta tenía lugar –leemos en las memorias del cónsul mallorquín– en una amplia sala en la que uno se podía entretener observando las maderas nobles y los espejos que forraban sus paredes o los llamativos muebles vanguardistas que la vestían, o los rutilantes suelos de mármol negro en el que se reflejaban las luminosas arañas que se repartían suspendidas desde el techo por todo aquel espacio… Pero a mí la vista se me fue enseguida a un gran ventanal desde el cual se podía contemplar la apoteosis de la noche neoyorquina». Asomado a esa negra inmensidad salpicada por miles de puntos de luz, con la mirada puesta en esa imagen de la modernidad cinematográfica que es la Nueva York noctámbula, Tumi Bestard oyó que alguien pronunciaba su nombre. Los sueños empiezan así, con una imagen y una palabra que anuncia un encargo. Era su amigo Arthur Fatt, el cual quería presentarle a Frank Sinatra. Poco después, junto a un piano de cola, admirando los rascacielos encendidos, Frank Sinatra le propuso a Tumi que cantasen juntos Strangers in the night. Se hizo el silencio, mientras el tiempo se suspendía. La irrealidad de la vida onírica, su aparente imposibilidad, se sustancian en una realidad mucho más íntima y profunda. En efecto, los sueños a veces suceden. ¿Quién le hubiera dicho a ese niño de El Terreno, que pasaba sus horas ociosas viendo películas americanas o remando en un bote por Sa Portassa, que algún día iba a cantar con Frank Sinatra en lo alto de un rascacielos, o que compartiría corbatas con George Bush, o que varios presidentes de los Estados Unidos le invitarían a comer en la Casa Blanca? Seguramente nadie, pero hay algo poético en ello, como la irradiación de un misterio. El mundo a veces nos sonríe.

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Parada en Burgos

La historia de la burgalesa Lourdes Arnáiz y el embajador británico en España nos muestra el corazón auténtico de la humanidad

Una biografía se escribe con el resguardo de las anécdotas. Nunca sabremos por qué el azar nos empuja en una u otra dirección. Para los clásicos el destino es la vida, en el sentido de que no se puede huir ni de nuestro carácter ni de las consecuencias de nuestros actos; pero uno añadiría que no hay destino sin los giros misteriosos de la fortuna, que se dirige siempre adónde quiere. Estos días, por ejemplo, se ha hablado mucho de un acto de generosidad que acabó motivando el amor hacia un país. Lo ha contado Hugh Elliott, el actual embajador británico en Madrid, en un vídeo casero grabado frente a la antigua estación ferroviaria de Burgos. Un joven estudiante inglés decide recorrer el camino de Santiago en bicicleta cruzando medio continente. Estamos a mediados de los años ochenta y España acaba de despertar a la democracia tras medio siglo de franquismo. Es un país todavía pobre, según los estándares europeos, pero joven y optimista. Nuestro hombre –que algún día será embajador– se demora excesivamente en Francia, por lo que decide tomar el tren en Carcasona y proseguir la ruta en bicicleta desde Burgos, la vieja ciudad castellana. Sin embargo, al llegar a su destino, la bicicleta ha desaparecido, extraviada en algún punto de la red ferroviaria europea. Sin apenas dinero y sin su bien más preciado, Hugh Elliott se enfrenta a un difícil dilema, teniendo que cargar además con el pesado fardo de una tienda de campaña. Pero ahí es donde entra en juego el azar: una joven burgalesa, Lourdes Arnáiz, le ofrece su casa para descansar hasta que recupere la bicicleta perdida. Durante cinco días, el joven británico comerá y dormirá en casa de una familia española, sin que le pidan nada a cambio. “Ahí nació mi amor por este país –declaraba el embajador en el vídeo–. ¿En qué otro país europeo habrían acogido a un forastero con esta generosidad?”.

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La caída de Troya

Francisco Collantes (Madrid, 1599 - 1656)

La épica, con su lento discurrir narrativo, ilumina el corazón de cualquier época. Pensemos en la caída de Troya, narrada por el poeta Virgilio en su Eneida. En el Libro II asistimos al desconcierto de los troyanos ante la retirada de los griegos y el misterioso regalo que aguarda silencioso frente a la muralla: un caballo gigantesco fabricado con tablones de abeto y cuyo vientre hueco oculta el terror que va a llegar con la noche. El ardid de la diosa Atenea insinúa la maldición de Pandora: los cofres cerrados donde se contiene el mal hasta que, una vez roto el sello, se esparce por las calles, los templos y los hogares. Sólo la vidente Casandra y el sacerdote Laocoonte advierten de la destrucción que se acerca. Pero para que eso suceda, el caballo tiene que entrar en la ciudadela y los habitantes de Troya acogerlo con gozo. Bajando de la fortaleza,  Laocoonte increpa a la muchedumbre atónita: «Míseros conciudadanos, ¿qué es esa locura tan grande? / ¿Es que creéis que se fue el enemigo y que no tiene engaños / lo que regalan los griegos? ¿Así conocisteis a Ulises? / Los aqueos se encierran y ocultan en estas maderas, / o este artefacto lo hicieron en contra de nuestras murallas, / para espiar nuestras casas y ser de este pueblo la ruina, / o engaño hay dentro de él; no creáis al caballo, troyanos. / En cualquier caso, hasta si hacen regalos, yo temo a los griegos». Y a continuación el sacerdote arrojó una lanza al costado del monstruo, que se clavó en su cuerpo y dejó escapar un sordo gemido. Nadie quiso escuchar ese quejido. Virgilio insiste en que, pese a las señales, fue el destino trazado por los dioses y la ciega obstinación de los hombres la que puso fin a la ciudad; fuerzas, en definitiva, de carácter irracional que ni conocemos ni sabemos controlar.

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200 años del Prado

«Cuando pienso en el Prado –escribió en una ocasión el pintor Ramón Gaya–, éste no se me presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria. Hay allí algo muy fijo, invulnerable y también sin remedio, sin redención. Para los franceses, el Louvre no puede ser sino un museo, un museo que está en Francia, pero que, claro, no es Francia. Los museos de Italia siguen siendo exterior, calle italiana, y no hay diferencia entre una sala de los Uffizi y el Arno; todo es igualmente navegable, vivible. Pero el Prado es un lugar hermético, secreto, conventual, en donde lo español va metiéndose en clausura, espesándose, encastillándose». Gaya consideraba el Prado como una metafísica de la España terca, pero realista y cuerda; sensata hasta el punto de la desnudez artística. Para mí, el Prado se acerca mucho a esa utopía hermosa y culta que llamamos “educación liberal” y que se sustenta necesariamente en la lectura de los clásicos o en la contemplación del gran arte. «Por educación liberal –sostenía uno de sus últimos adalides, el norteamericano Allan Bloom– entiendo educación para la libertad, especialmente la libertad del espíritu, que consiste en tener conciencia de las más importantes posibilidades humanas. […]. Sin el estudio de las grandes obras, el espíritu de un hombre está casi necesariamente preso en el horizonte de su tiempo y lugar particulares, y en una democracia significa estar preso de las premisas o prejuicios de la opinión pública».

En el Prado es difícil sentir la frívola tentación de la pintura contemporánea, ese arte que procede de la abstracción en lugar de originarse en la vida. Velázquez puede ser imaginativo pero nunca falaz. En Goya anida el disparate, pero ese disparate es la vida misma que se mueve entre la risa de don Quijote y el llanto del rey Lear. Ambos son modernos de una forma en que no lo será jamás ninguno de sus imitadores, por mucho talento que tengan. En la historia española, el Prado –que acaba de cumplir doscientos años– ha desempeñado un papel similar al que tienen los grandes libros en algunos países. Si no cabe concebir la cultura anglosajona sin Shakespeare o la Biblia del rey Jacobo, sí que podemos imaginarnos a Inglaterra sin la pintura prodigiosa de Turner. Italia es, sin embargo, su pintura infinita, al igual que España es Velázquez, Murillo, Zurbarán, Goya y Picasso. Más incluso que el Quijote o quizás junto al Quijote, pero nunca menos. Por ello mismo, pasear por el Prado, acudir a conversar con sus obras y con sus maestros, supone educar la mirada, pero sobre todo educar el alma desde una altura muy superior a la nuestra. El silencio de la pintura no es un silencio mudo, puesto que nos habla y nos enseña acerca del poder, la belleza y el amor; acerca del miedo y el terror; acerca de la luz de la carne y también sobre su decrepitud y sus sombras. Es un silencio sobrecogedor porque desnuda la realidad ante nuestros ojos y nos la hace palpable, humana. Consiste en todo lo contrario al mundo de las ideologías y las vanguardias, ese feudo del nihilismo, que celebra la muerte de todo lo que hombre ha considerado valioso a lo largo de los siglos. Inclinarse ante lo que representa el Prado es hacerlo ante lo mejor que la cultura ha sido capaz de crear. Reivindica al hombre y nos reivindica a nosotros, a pesar de la pulsión cainita que nos invita a destruir para destruirnos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.