Ley de vida

A comienzos de mayo, mientras masticaba un bizcocho de almendras, noté una dureza ligeramente aristada entre los dientes. Me pregunté qué demonios habrían metido en la masa: un chinarro quizá o un fragmento de cáscara de almendra, tan resistente que, de niño, en la finca de mis abuelos, tenía que romperla con el canto de una piedra. Al escupirla vi un conglomerado más grisáceo que negro, del tamaño de media uña. Pegada a él, una calcificación de un color blanco fatigado. No necesité que la lengua me confirmara lo que resultaba evidente: una muela, con su correspondiente empaste, se había partido. A esa hora, el sol tardío anunciaba la relajada extensión de los días. A mi lado, un grupo de ciclistas alemanes daba cumplida cuenta de unos sándwiches de jamón. Un gato merodeaba entre las mesas en busca de migas en el suelo. Al llegar a mi mesa, me miró con prevención, indeciso. Quizás esperase un trozo del bizcocho que había apartado, mientras intentaba limar con la lengua las finas crestas de la muela herida. La belleza del Mediterráneo se resume en tardes así, ligeramente calurosas, de un verdor que respira su última humedad antes de la consumación del verano.

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La política espectáculo

La política espectáculo

La política espectáculo abre un abismo entre la ciudadanía y sus problemas reales. También entre los espasmos sociales inducidos por el bombardeo de la propaganda y las dificultades cotidianas de la gente. Pensemos en las ideologías que construyen espejismos, los cuales rara vez responden a la realidad. Hablando del credo nacionalista, por ejemplo, Yuval Noah Harari se plantea: «¿Puede sufrir en verdad una nación? ¿Tiene ojos, manos, sentidos, afectos y pasiones? Si la pinchan, ¿sangrará? Claro que no». Y apostilla: «Cuando los políticos empiezan a hablar en términos místicos, ¡cuidado! Podrían intentar disfrazar y justificar el sufrimiento real envolviéndolo en palabras altisonantes e incomprensibles. Sea el lector especialmente prudente a propósito de los cuatro vocablos siguientes: sacrificio, eternidad, pureza, redención».

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El mar

Foto: Hiroshi Sugimoto – Boden Sea, Uttwil (1993) / Fuente: Flickr

Cuando yo era niño, el mar no reflejaba ni la expresividad de la gran ola de Katsushika Hokusai ni la calma perfecta, metafísica, del horizonte en una fotografía de Hiroshi Sugimoto. La cultura es una experiencia adquirida, mientras que la infancia es una experiencia intuitiva, sin más mediación que unos ojos que miran por primera vez el rostro de la vida. Era ese mar, surcado por los veleros y los llaüts, del cual amenazaban con surgir los monstruos marinos que latían en la oscuridad sin raíces de su fondo; y eran también las horas de playa, interminables quizás porque en la niñez no rige el tiempo, donde nos tostábamos de arena, de sol y de sal. El mar por supuesto era entonces el verano, del mismo modo que el invierno era la nieve de los cuentos, las partidas de cartas junto a la chimenea y los partidos de fútbol en los carruseles radiofónicos de las tardes del domingo. Recuerdo que pensaba que, si la muerte había de llegar, llegaría en invierno, como la niebla, las casas cerradas, el tintineo de la lluvia en la noche, las prisas de los profesores, el mundo adulto que se recoge en torno al humo. No sabía –¿cómo iba a saberlo?– que la muerte acaece todos los días y que la luz del mar no nos preserva de las heridas que abre el paso del tiempo en nuestro cuerpo. No sabía entonces –¿cómo iba a saberlo?– que el paraíso de la infancia lo ilumina sólo el recuerdo, al igual que el arte sólo es verdadero cuando nos remite a una belleza cuyo centro no nos pertenece del todo, puesto que reside muy lejos de nosotros.

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El nuevo cardenal

El nuevo cardenal

La noche en que se cumplían cincuenta años del famoso Discurso de la luna del papa Juan XXIII ante una plaza de san Pedro iluminada por el fuego de cien mil antorchas, Benedicto XVI hizo una alocución improvisada desde la ventana de su habitación en la que también pedía a los asistentes que diesen un beso a los niños. Sin embargo, en apenas medio siglo la atmósfera había cambiado por completo. Las antorchas daban paso a la tenue luz de las candelas; las multitudes, a una grey más pequeña; el optimismo desbordante de la apertura del Concilio –“una nueva primavera de la Iglesia”–, a un recogimiento silencioso, casi quietista. En 1962, Juan XXIII era un hombre enfermo que veía cercana la muerte. A pesar de eso, aquella noche su voz rezumaba ímpetu, energía y un vago  emocionalismo. Benedicto XVI, en cambio, daba la sensación de ser un hombre agotado, extremadamente frágil. En su discurso adoptó un tono más íntimo, como si en lugar de hablar al mundo se dirigiera a cada uno de los presentes: “Cor ad cor loquitur” –el corazón habla al corazón–, como reza el conocido lema cardenalicio de J. H. Newman. Esa noche, Ratzinger habló de una Iglesia que ha vuelto a experimentar el pecado en su interior, se refirió a la fragilidad humana y a las dificultades que enfrenta el catolicismo, utilizó la imagen de un barco que navega con vientos contrarios y al que amenazan las tempestades, y se preguntó si Dios duerme y se ha olvidado de los hombres. Pero, a continuación, el pontífice alemán aludió también a una esperanza que ya no podía responder a la esperanza fuerte de aquel primer discurso de hace cincuenta años, sino que se manifestaba de un modo callado, sobrio y humilde.

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