Entre Darwin y Freud

De Freud a Pinker, la vida contemporánea se mueve impulsada por el estricto compás de la psicología. Pensemos, por ejemplo, en el eclipse de las iglesias —del confesionario al gabinete psicológico— o en el rol que han desempeñado Jung y sus arquetipos en el mapa de la ciencia ficción: Star Wars o el cómic Promethea sin ir más lejos. Como todas las modas, muchos de los presupuestos de la psicología terminan desgastándose —es el caso de los manuales de autoayuda—, o simplemente palidecen dejando paso a una nueva dogmática. ¿Qué perdura del psicoanálisis freudiano en nuestros días? A nivel terapéutico muy poco, aunque su estela cultural continúe siendo potente. Harold Bloom ha escrito, en alguna ocasión, que la originalidad de Freud consiste en haber ofrecido una nueva hermenéutica del alma humana, una especie de mitología cuya retórica traspasa la sensibilidad del siglo XX.

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La maldición de Caín

Caín matando a Abel | Autor: FRANCKEN II, FRANS (Museo del Prado)
Los hombres nos movemos en un dualismo emocional que responde a unos pocos prejuicios. Digamos que es la maldición de Caín

La percepción social de la Historia tiene mucho de maniquea. Cuerpo y alma, ortodoxos y herejes, buenos y malos, la secularización de las ideas no ha introducido ninguna modificación en este bajo obstinado de nuestras creencias. El siglo XVIII vio disputar a ilustrados y absolutistas; el XIX, a afrancesados y reaccionarios. En la Rusia de los zares, los occidentalistas pugnaban con los eslavófilos, y hoy todavía perdura esta controversia. No se puede entender el siglo XX sin pensar que el nacionalismo y el socialismo han definido el abecedario axiológico de las posturas enfrentadas, aunque a menudo uno y otro se confundieran y se fecundaran mutuamente. ¿Qué fue la URSS, por ejemplo? ¿Era realmente más zarista o más internacionalista? Y en los Estados Unidos, ¿no cabe confundir a menudo a los republicanos con el aislacionismo nacionalista y a los demócratas con el internacionalismo más occidentalizante? Pero lo contrario también ha sucedido a menudo. Pensemos en los  neoconservadores que quisieron imponer la democracia a la fuerza en países y culturas históricamente  ajenos a ella o, viceversa, en los gobiernos demócratas que se acercaron a posturas antiliberales. El historiador John Lukacs –siempre más atento a las creencias que al determinismo– intenta explicar esta aparente paradoja apelando al dominio de las exigencias de la vida sobre las teorías abstractas. Las personas eligen creer en algo –y no al contrario–, por lo que ese maniqueísmo del que hablamos reflejaría, más que unas «categorías constantes, ciertas tendencias de la mente».

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La luz más noble

Preguntado acerca de la muerte, el escritor francés Léon Bloy respondió que sentía una inmensa curiosidad. Ante esta misma cuestión, suscitada por la enfermedad, el filósofo Gabriel Amengual contesta que lo que él siente es una inmensa gratitud. Son palabras que sólo pueden surgir de la confianza, es decir, de una intimidad que se adhiere como un don a la vida ante la realidad insoslayable de la muerte. «La vida mana –escribe el autor mallorquín en su reciente opúsculo L’experiència de la malaltia–. ¿Sempre? ¡Sempre!». Hay algo sobrecogedor en esta convicción que se erige contra los cimientos de la razón, pero no contra la experiencia humana. Se diría que la vida –nuestra vida– perdura porque ni siquiera la muerte puede destruir ese don que es el amor. «Amo, luego existo», ha afirmado un pensador contemporáneo tan  perspicaz como el obispo ortodoxo de Pérgamo Juan Zizioulas, subrayando el verdadero rostro antropológico del ser humano: su condición radical de hijo y, por tanto, de criatura necesitada, dependiente –por así decirlo– de un amor anterior que nos forma y nos modela. «En la relació personal –explica Amengual– és evident que ningú es dona la vida a ell mateix, sinó que la rep; un es pot donar la mort, però no el naixement; és un do; el do primer i primari, el més bàsic, a partir del qual són possibles tots els altres dons, tot l’itinerari de fer-se i formar-se, tota la trajectòria vital, tot l’intercanvi de rebre i donar». Son palabras que ofrecen consuelo porque iluminan el sentido de esta primacía sobre la muerte: así como recibimos, también entregamos y, en esa entrega, se preserva nuestra vida: en forma de recuerdo y de memoria, en forma de amor y de generosidad, en forma de amistad y de gratitud. Es una vida que persiste porque ilumina a los demás y no porque se crea foco de sí misma. Nadie, diríamos, es luz de su propia existencia.

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