El conservadurismo

El poder es conservador, nos enseña Shakespeare. El poder exige, además, una elevada dosis de teatralidad, rituales, una simbología recurrente, cierta devoción pactada, algún tipo de consenso… El poder, en definitiva, busca sobre todo preservarse a sí mismo, más o menos como actúa la vida en estado natural. La evolución de las especies parece confirmar este componente grupal, simbólico y litúrgico del hombre. Nuestra inteligencia crece socialmente y exige un fuerte grado de vinculación emocional, que hoy conocemos como “apego seguro”. Los estudios de Sarah Blaffer Hrdy sobre el apego en los primates –ha escrito al respecto un libro fascinante: Mothers and Others– demuestran el contenido tribal de estos vínculos, que se extienden mucho más allá de la familia stricto sensu. Si en la prehistoria las tasas de supervivencia se incrementaban con la ayuda del grupo, en la modernidad lo importante son las virtudes y los valores sociales. La confianza, por ejemplo, en la palabra dada, el respeto a la ley, la voluntad de racionalizar los conflictos y de convertir la democracia, básicamente, en un espacio de decencia. Conservar significa no sólo amar las viejas tradiciones o los lugares santos, sino también reconocer la textura social de la Historia, con su catarata de contradicciones que hay que pulir y modular, y cuyas soluciones deben ser puestas al día generación tras generación. Nada hay menos conservador que el integrismo del pasado (o cualquier otro tipo de fijación cultural, ideológica o identitaria). El integrismo, digámoslo ya, constituye un peligroso espantajo que regresa una y otra vez en forma de tentación. Los hombres aprendemos con dificultad de la Historia.

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Fin de año

El caldo humeante de la sopa nos recuerda que el sentido de los ritos es fijar en la memoria un estigma de felicidad

Hace frío en la sierra, pero al menos no llueve ni la niebla espesa ha caído sobre esta pequeña aldea en la que celebramos la Nochevieja todos los inviernos. Se cumplen años con la misma precisión con que el campanario da las horas,  antes de que la iglesia cierre también sus puertas y las campanas dejen de tañer para un mundo que se ha quedado sin creyentes. Se diría que la persistencia de la piedra no es suficiente para preservar la luz de los hogares. «Privada de nadie a quien agradar –escribió el poeta Philip Larkin–, la casa se marchita, / sin ánimo para superar esa ausencia». Sé lo que me voy a encontrar cuando, antes de la cena, salga a pasear por estas calles vacías, todavía encaladas de un blanco desconchado, que se resiste a desaparecer. La memoria reclama vivir ante mí, pero sé que sólo la imaginación puede suplir lo que no he conocido. Nunca he visto corretear a los niños por estas calles, ni el colegio lleno de alumnos, ni los muros firmes y recién enjalbegados. Nunca he sido niño aquí ni he conocido la crudeza rústica del campo, que conjuga el cuidado de las rosas con la matanza del cerdo. Unas pocas voces nos recuerdan que este lugar fue habitado hace años, cuando los jabalíes no recorrían sus calles. Al lado de casa, un cansino karaoke alegra la noche a los viejos del lugar, mientras apuran las últimas cervezas en el bar. Tres jóvenes lían un porro, medio a hurtadillas, en una esquina de la plaza. Como nosotros, ellos tampoco son de aquí, sino sus padres o sus abuelos, si todavía viven. Al verme salir, desconfían de mí y se ocultan aún más bajo el porche. Yo me alejo, buscando una luz determinada que alumbra junto al riachuelo: una luz blanca y gastada, que parece esperarme.

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La alegría de Scrooge

La alegría de Scrooge, en la inmortal novela de Charles Dickens, ilumina el sentido presente de la Navidad

Detrás de la Navidad se asoma una tristeza íntima y recogida, amasada con los restos de la vida. Una pesadumbre que no excluye la alegría, porque cae como la sombra de una luz. Precisamente porque hemos probado el sabor del paraíso en la infancia y la niñez, en el amor y la amistad, en la belleza y en los  nobles frutos del esfuerzo, no nos resulta del todo ajeno ese reverso del tiempo. Como fantasmas, en la Navidad regresan los seres queridos que nos han dejado; el peso de nuestras culpas y errores; el rostro de aquellos a quienes hemos lastimado; la insuficiencia, en definitiva, de nuestro ser. Un antiguo filósofo africano, Ticonius, pensaba que en el seno del catolicismo convivían un brazo santo y otro perverso, un cuerpo vigoroso y otro enfermo. Era una época de controversias teológicas muy alejadas de las preocupaciones actuales, pero que a mí me sirven para ilustrar el sentido de la parábola del trigo y de la cizaña: en cualquier sociedad, en cada uno de nosotros, coexiste lo bueno y lo malo de una forma tan inextricable que, al querer eliminar lo uno de forma radical se arranca también lo otro. Lo podríamos considerar como el privilegio de una imperfección a la que todos estamos sometidos. Persiguiendo la utopía caemos en la crueldad, del mismo modo que cualquier ideario llevado a su extremo termina enloqueciendo.

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Ley de vida

A comienzos de mayo, mientras masticaba un bizcocho de almendras, noté una dureza ligeramente aristada entre los dientes. Me pregunté qué demonios habrían metido en la masa: un chinarro quizá o un fragmento de cáscara de almendra, tan resistente que, de niño, en la finca de mis abuelos, tenía que romperla con el canto de una piedra. Al escupirla vi un conglomerado más grisáceo que negro, del tamaño de media uña. Pegada a él, una calcificación de un color blanco fatigado. No necesité que la lengua me confirmara lo que resultaba evidente: una muela, con su correspondiente empaste, se había partido. A esa hora, el sol tardío anunciaba la relajada extensión de los días. A mi lado, un grupo de ciclistas alemanes daba cumplida cuenta de unos sándwiches de jamón. Un gato merodeaba entre las mesas en busca de migas en el suelo. Al llegar a mi mesa, me miró con prevención, indeciso. Quizás esperase un trozo del bizcocho que había apartado, mientras intentaba limar con la lengua las finas crestas de la muela herida. La belleza del Mediterráneo se resume en tardes así, ligeramente calurosas, de un verdor que respira su última humedad antes de la consumación del verano.

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La política espectáculo

La política espectáculo

La política espectáculo abre un abismo entre la ciudadanía y sus problemas reales. También entre los espasmos sociales inducidos por el bombardeo de la propaganda y las dificultades cotidianas de la gente. Pensemos en las ideologías que construyen espejismos, los cuales rara vez responden a la realidad. Hablando del credo nacionalista, por ejemplo, Yuval Noah Harari se plantea: «¿Puede sufrir en verdad una nación? ¿Tiene ojos, manos, sentidos, afectos y pasiones? Si la pinchan, ¿sangrará? Claro que no». Y apostilla: «Cuando los políticos empiezan a hablar en términos místicos, ¡cuidado! Podrían intentar disfrazar y justificar el sufrimiento real envolviéndolo en palabras altisonantes e incomprensibles. Sea el lector especialmente prudente a propósito de los cuatro vocablos siguientes: sacrificio, eternidad, pureza, redención».

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