Confucio hoy

El Maestro Kong (Confucio) nació hace dos mil quinientos años en una época confusa que vivía la muerte de los dioses y el nacimiento de nuevos ritos. Le disgustaba su tiempo tanto como el nuestro pueda disgustar a cualquiera de nosotros cuando constatamos la decadencia que ha seguido al esplendor democrático de la posguerra europea. En contra de las promesas de nuestra infancia, ni la prosperidad ha llegado a todos con la fuerza que creíamos, ni se sostiene el Estado del Bienestar sin el apoyo de la deuda, ni la nueva pedagogía ha extendido el amor por la cultura, ni la clase política responde a una selección de los mejores. Más bien se diría que al contrario: vemos cómo mueren los viejos dioses del bienestar socialdemócrata, la nobleza de los antiguos valores, la fe en las instituciones representativas. El espíritu ilustrado de la escuela sucumbe a causa del antiintelectualismo, la subjetividad y los excesos emocionales. Se generaliza la fractura entre clases sociales, el empobrecimiento de trabajadores y pequeños ahorradores; la desconfianza hacia la democracia parlamentaria –y su suplantación por sucedáneos plebiscitarios–, la añoranza de los hombres fuertes y los políticos autoritarios.

El Maestro Kong callaba y observaba. O preguntaba y volvía a observar. “No me aflige que los hombres me ignoren –escribió–. Lo que me afligiría es no conocer a los hombres”. “Aprender, estudiar, saber” es el primer imperativo que se lee en sus Analectas. Deseaba reformar su país, recuperar el recto camino de la sociedad. Para ello, contaba con dos herramientas: la educación y el ritual. Hoy hablaríamos de escuela y leyes: una escuela que valore la inteligencia y el esfuerzo, y unas leyes que sean respetadas por los ciudadanos. Esa adaptación de un milenio a otro se puede hacer sin dificultad. De todas las religiones, la que fundaron los discípulos de Confucio es la única decididamente laica sin ser atea ni ir contra Dios. En nuestros días les corresponde a las leyes desempeñar el papel formador del ritual.

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Algo va mal

En una entrevista concedida al periódico El País este pasado fin de semana, Felipe González  alertaba sobre el final del capitalismo: “La sostenibilidad de este modelo económico va a fracasar. Las sociedades no soportarán una nueva crisis”. El pesimismo histórico es una constante de la que no se salva la modernidad. Los sistemas ideológicos caen, la esperanza se oscurece, la sospecha y el rencor emponzoñan los vínculos personales. A principios de los noventa, tras la caída del comunismo, se dio por definitivo el triunfo del paradigma liberal: tanto el conservadurismo como el socialismo se daban por definitivamente superados. Hoy han regresado, no necesariamente como un peligro sino como interrogantes que ponen en duda las bases del pensamiento dominante. El conservadurismo, por ejemplo, se plantea si una sociedad sin instituciones mediadoras fuertes –la familia, los credos religiosos, la escuela, los ritos y las virtudes tradicionales– puede sobrevivir en medio del recio oleaje del relativismo. La crítica conservadora es básicamente cultural. La izquierda, en cambio, subraya la perspectiva de clase, el abismo socioeconómico que se abre entre los triunfadores de la globalización y el resto de los ciudadanos. Son sensibilidades distintas, pero no necesariamente contradictorias. El conservador puede reivindicar la estabilidad que aportaba la socialdemocracia en su formulación clásica. El socialdemócrata intuye que, en su éxito durante la posguerra, se hallaba el humus las virtudes burguesas.

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Entre Darwin y Freud

De Freud a Pinker, la vida contemporánea se mueve impulsada por el estricto compás de la psicología. Pensemos, por ejemplo, en el eclipse de las iglesias —del confesionario al gabinete psicológico— o en el rol que han desempeñado Jung y sus arquetipos en el mapa de la ciencia ficción: Star Wars o el cómic Promethea sin ir más lejos. Como todas las modas, muchos de los presupuestos de la psicología terminan desgastándose —es el caso de los manuales de autoayuda—, o simplemente palidecen dejando paso a una nueva dogmática. ¿Qué perdura del psicoanálisis freudiano en nuestros días? A nivel terapéutico muy poco, aunque su estela cultural continúe siendo potente. Harold Bloom ha escrito, en alguna ocasión, que la originalidad de Freud consiste en haber ofrecido una nueva hermenéutica del alma humana, una especie de mitología cuya retórica traspasa la sensibilidad del siglo XX.

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