Sobrevivir a la incertidumbre

En la vida pública española existen todavía espacios para la reflexión alejados del ruido mediático y de la lucha partidista. Un buen ejemplo de uno de estos lugares lo constituye el reciente libro que Antonio Garrigues Walker –con la estrecha colaboración de Antonio G. Maldonado– acaba de publicar en la  editorial Deusto: Manual para vivir en la era de la incertidumbre. La inconsistencia de las sociedades líquidas, carentes de anclajes sólidos, se traduce en un tipo determinado de desasosiego que evita mirar de frente a la realidad. «Urge recuperar el prestigio de nuestra realidad», insiste en las páginas de esta obra el ilustre jurista madrileño, consciente del elemento gaseoso y volátil que prende con demasiada facilidad en nuestras emociones. Importa poco si nuestra mirada se fija en el pasado o si la reservamos para un futuro utópico, la clave de nuestro malestar reside en una especie de odio funesto hacia todo aquello que nos configura y nos limita. Recuperar el prestigio de la realidad significa volver a asumir que la imperfección nos hace humanos y que el deseo de mejorar nos enaltece. «Se trata en gran medida –escribe Garrigues Walker– de devolver la autoestima al ciudadano, de hacerle creer de nuevo en las posibilidades de su propia autonomía. Ese es el gran logro de Occidente y la base de la democracia liberal, hoy en cuestión frente a modelos represivos pero económicamente eficaces en el corto plazo».

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El estado de la nación

Para juzgar el estado moral de una nación, haríamos bien en mirar sus costumbres. Esta fue la gran lección que extrajo Tocqueville de su viaje a los Estados Unidos hace ya dos siglos. El arraigo de las virtudes, los hábitos adquiridos desde la infancia, los ídolos a los que se combate, la devoción por la excelencia, el grosor intelectual del debate público, la riqueza de las bibliotecas, el dinamismo del comercio, la pulcritud de las calles, la suave ingenuidad de las fiestas que se celebran, la solidez contable de los presupuestos nos hablan de un país con más acierto que las proclamas de los partidos o que la palabrería de los periódicos. De los debates de La clave al histerismo actual de las tertulias televisivas, hay algo más que una sutil gradación. Del estilo concebido como una forma de contener la tiranía de los instintos –y ese estilo resulta tan necesario en público como en privado– a tildar cualquier ley de represiva, también hay algo más que un salto. La crisis de la democracia no se puede desligar de la mutación sufrida por nuestras costumbres, que han sustituido la tradición constructiva de la memoria por una tendencia casi exclusiva hacia la sospecha y el rencor, y por la implosión de una pluralidad de microidentidades aisladas y enfrentadas, cada una con sus propios códigos de conducta. No es de extrañar por tanto que en el Reino Unido surjan ya intelectuales reclamando que a las comunidades musulmanas que viven en el país no se les aplique la ley común emanada del parlamento, sino sólo la sharía islámica. O que en los planes de estudio, se opte por sustituir el conocimiento general de la Historia –con su compleja y misteriosa ambigüedad– por otras lecturas parciales y tendenciosas, aisladas de su propio pasado. La sobrecarga emocional de las palabras se da además por supuesta.

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El conservadurismo

El poder es conservador, nos enseña Shakespeare. El poder exige, además, una elevada dosis de teatralidad, rituales, una simbología recurrente, cierta devoción pactada, algún tipo de consenso… El poder, en definitiva, busca sobre todo preservarse a sí mismo, más o menos como actúa la vida en estado natural. La evolución de las especies parece confirmar este componente grupal, simbólico y litúrgico del hombre. Nuestra inteligencia crece socialmente y exige un fuerte grado de vinculación emocional, que hoy conocemos como “apego seguro”. Los estudios de Sarah Blaffer Hrdy sobre el apego en los primates –ha escrito al respecto un libro fascinante: Mothers and Others– demuestran el contenido tribal de estos vínculos, que se extienden mucho más allá de la familia stricto sensu. Si en la prehistoria las tasas de supervivencia se incrementaban con la ayuda del grupo, en la modernidad lo importante son las virtudes y los valores sociales. La confianza, por ejemplo, en la palabra dada, el respeto a la ley, la voluntad de racionalizar los conflictos y de convertir la democracia, básicamente, en un espacio de decencia. Conservar significa no sólo amar las viejas tradiciones o los lugares santos, sino también reconocer la textura social de la Historia, con su catarata de contradicciones que hay que pulir y modular, y cuyas soluciones deben ser puestas al día generación tras generación. Nada hay menos conservador que el integrismo del pasado (o cualquier otro tipo de fijación cultural, ideológica o identitaria). El integrismo, digámoslo ya, constituye un peligroso espantajo que regresa una y otra vez en forma de tentación. Los hombres aprendemos con dificultad de la Historia.

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Fin de año

El caldo humeante de la sopa nos recuerda que el sentido de los ritos es fijar en la memoria un estigma de felicidad

Hace frío en la sierra, pero al menos no llueve ni la niebla espesa ha caído sobre esta pequeña aldea en la que celebramos la Nochevieja todos los inviernos. Se cumplen años con la misma precisión con que el campanario da las horas,  antes de que la iglesia cierre también sus puertas y las campanas dejen de tañer para un mundo que se ha quedado sin creyentes. Se diría que la persistencia de la piedra no es suficiente para preservar la luz de los hogares. «Privada de nadie a quien agradar –escribió el poeta Philip Larkin–, la casa se marchita, / sin ánimo para superar esa ausencia». Sé lo que me voy a encontrar cuando, antes de la cena, salga a pasear por estas calles vacías, todavía encaladas de un blanco desconchado, que se resiste a desaparecer. La memoria reclama vivir ante mí, pero sé que sólo la imaginación puede suplir lo que no he conocido. Nunca he visto corretear a los niños por estas calles, ni el colegio lleno de alumnos, ni los muros firmes y recién enjalbegados. Nunca he sido niño aquí ni he conocido la crudeza rústica del campo, que conjuga el cuidado de las rosas con la matanza del cerdo. Unas pocas voces nos recuerdan que este lugar fue habitado hace años, cuando los jabalíes no recorrían sus calles. Al lado de casa, un cansino karaoke alegra la noche a los viejos del lugar, mientras apuran las últimas cervezas en el bar. Tres jóvenes lían un porro, medio a hurtadillas, en una esquina de la plaza. Como nosotros, ellos tampoco son de aquí, sino sus padres o sus abuelos, si todavía viven. Al verme salir, desconfían de mí y se ocultan aún más bajo el porche. Yo me alejo, buscando una luz determinada que alumbra junto al riachuelo: una luz blanca y gastada, que parece esperarme.

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La alegría de Scrooge

La alegría de Scrooge, en la inmortal novela de Charles Dickens, ilumina el sentido presente de la Navidad

Detrás de la Navidad se asoma una tristeza íntima y recogida, amasada con los restos de la vida. Una pesadumbre que no excluye la alegría, porque cae como la sombra de una luz. Precisamente porque hemos probado el sabor del paraíso en la infancia y la niñez, en el amor y la amistad, en la belleza y en los  nobles frutos del esfuerzo, no nos resulta del todo ajeno ese reverso del tiempo. Como fantasmas, en la Navidad regresan los seres queridos que nos han dejado; el peso de nuestras culpas y errores; el rostro de aquellos a quienes hemos lastimado; la insuficiencia, en definitiva, de nuestro ser. Un antiguo filósofo africano, Ticonius, pensaba que en el seno del catolicismo convivían un brazo santo y otro perverso, un cuerpo vigoroso y otro enfermo. Era una época de controversias teológicas muy alejadas de las preocupaciones actuales, pero que a mí me sirven para ilustrar el sentido de la parábola del trigo y de la cizaña: en cualquier sociedad, en cada uno de nosotros, coexiste lo bueno y lo malo de una forma tan inextricable que, al querer eliminar lo uno de forma radical se arranca también lo otro. Lo podríamos considerar como el privilegio de una imperfección a la que todos estamos sometidos. Persiguiendo la utopía caemos en la crueldad, del mismo modo que cualquier ideario llevado a su extremo termina enloqueciendo.

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