Política adulta

Foto: Gage Skidmore.

La actuación de Donald Trump irrita pero no sorprende. De hecho, se ajusta a lo que él mismo enfatizó durante la campaña presidencial. Su decisión de retirar a los Estados Unidos del Acuerdo de París contra el cambio climático –un pacto, recordémoslo, suscrito por casi 200 países–, su dureza antiinmigratoria o su crítica a la mayoría de países europeos por su compromiso insuficiente con la OTAN –exige que cada socio gaste en defensa al menos un 2% del PIB nacional– responden a una doble lógica: por una parte, la acusada personalidad del presidente americano, que hizo de algunas de estas cuestiones el centro de su mensaje populista; y, por otra, la tradición aislacionista de la política exterior de  Washington, que bascula históricamente de un extremo a otro. “Paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones, sin forjar alianzas con ninguna” fueron las palabras de Thomas Jefferson, que podría repetir sin sonrojarse el actual inquilino de la Casa Blanca. Por supuesto, habría que añadir que los tiempos son otros y que, sin vínculos fuertes entre los distintos países, los efectos positivos de la globalización difícilmente pueden llegar a buen término.

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Vertebrar la vida

Las líneas del pensamiento siguen un trazado biográfico. Allí están nuestras lecturas y nuestra familia, los valores que nos sustentan y las experiencias que nos han conformado, los amigos y los enemigos, las horas de soledad y la barra del bar, el clima general de una época y nuestra relación con ella. Leo estos días la larga conversación que ha mantenido Ignacio Peyró con Valentí Puig, en la que se esboza la biografía intelectual del escritor palmesano. En La vista desde aquí (Elba Editorial), Puig habla de su infancia y de sus padres, de sus lecturas, de su experiencia –breve– en la política autonómica, de su paso por la corresponsalía del ABC en Londres, de las figuras públicas que ha conocido, de su amor por el jazz y el dietarismo, de la cultura catalana y castellana, de la necesidad que tiene la democracia de formar una élite intelectual, de la catalanofobia y la hispanofobia, del papel de la Historia y el horror hacia la utopía. Fue un confuso azar, observa Puig, el que le condujo a vivir un año en el norte de Irlanda, en una época –finales de los años 60 y principios de los 70– en la que «quien más, quien menos, participaba en algún grupúsculo maoísta”.

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