El nuevo cardenal

El nuevo cardenal

La noche en que se cumplían cincuenta años del famoso Discurso de la luna del papa Juan XXIII ante una plaza de san Pedro iluminada por el fuego de cien mil antorchas, Benedicto XVI hizo una alocución improvisada desde la ventana de su habitación en la que también pedía a los asistentes que diesen un beso a los niños. Sin embargo, en apenas medio siglo la atmósfera había cambiado por completo. Las antorchas daban paso a la tenue luz de las candelas; las multitudes, a una grey más pequeña; el optimismo desbordante de la apertura del Concilio –“una nueva primavera de la Iglesia”–, a un recogimiento silencioso, casi quietista. En 1962, Juan XXIII era un hombre enfermo que veía cercana la muerte. A pesar de eso, aquella noche su voz rezumaba ímpetu, energía y un vago  emocionalismo. Benedicto XVI, en cambio, daba la sensación de ser un hombre agotado, extremadamente frágil. En su discurso adoptó un tono más íntimo, como si en lugar de hablar al mundo se dirigiera a cada uno de los presentes: “Cor ad cor loquitur” –el corazón habla al corazón–, como reza el conocido lema cardenalicio de J. H. Newman. Esa noche, Ratzinger habló de una Iglesia que ha vuelto a experimentar el pecado en su interior, se refirió a la fragilidad humana y a las dificultades que enfrenta el catolicismo, utilizó la imagen de un barco que navega con vientos contrarios y al que amenazan las tempestades, y se preguntó si Dios duerme y se ha olvidado de los hombres. Pero, a continuación, el pontífice alemán aludió también a una esperanza que ya no podía responder a la esperanza fuerte de aquel primer discurso de hace cincuenta años, sino que se manifestaba de un modo callado, sobrio y humilde.

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¿Adiós a los consensos?

Adiós a los consensos

El final de la II Guerra Mundial y el inicio de la posguerra pusieron en marcha un proyecto de largo aliento basado en el comercio, la estabilidad, el equilibrio y el consenso. Europa había sido destruida por el conflicto entre nacionalismos (cabe afirmar con Kennan que el comunismo soviético fue también una variante del nacionalismo) y por la caída de los viejos imperios. La paz entre los países exigía un nuevo humanismo que mirase, por un lado, hacia la prosperidad del hermano americano y, por el otro, a un potente desarrollo de las políticas del bienestar: más comercio, más colaboración entre Estados –militar, industrial, gubernamental–, mayores equilibrios sociales. Bajo el paraguas de los Estados Unidos, que garantizaba la seguridad exterior, Europa empezó a soñarse como un espacio de paz.

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Oriente en Europa

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Al poco de cumplir los veinte años, mientras realizaba una tanda de ejercicios espirituales, el novicio jesuita Paolo Dall’Oglio vio escrita en el cielo la palabra “Islam”. No supo qué hacer ni qué pensar de aquella visión. Era un muchacho inexperto que lo desconocía todo del mundo musulmán. El padre Arrupe –general de la orden en aquel momento– le sugirió que fuera a Beirut a estudiar árabe y Teología islámica en la universidad que los jesuitas tienen en esta ciudad. Allí se ordenó en el rito católico de los sirios. De vuelta a Italia, se doctoró con una tesis sobre el concepto de esperanza en el Corán. El diálogo entre religiones y culturas –diría más adelante– sólo es posible si se asienta primero sobre aquellas experiencias que tenemos en común y que podemos compartir: la misericordia, la esperanza, la caridad…

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Sin un hogar común

Sin un hogar común

En su libro The Home We Build Together, el rabino Jonathan Sacks incide en el valor de la vida comunitaria. Las religiones dotaron al hombre de un sentido de hogar: se compartían unas mismas raíces –por lo general míticas, situadas en el origen de la Historia– y unos mismos fines –la redención en el más allá, según el monoteísmo–; se compartían unos ritos que les acompañaban desde el nacimiento hasta la muerte: una estructura común de virtudes y de valores, una determinada mirada sobre el bien y el mal. Las religiones construían un hogar que enlazaba espacios sagrados, símbolos, festividades y relatos; que insertaba a las personas en un ámbito superior a sí mismas. Se edificaba una casa en común, porque esa casa era en efecto de todos; aunque, desde la perspectiva de nuestra sensibilidad moderna, esa morada no fuera lo suficientemente amplia como para que todos cupiesen. Hubo siglos en los que un católico no podía convivir con un protestante, ni un judío con un musulmán; y, seguramente, el mayor genocidio cometido en el siglo XX –junto al icono negro del Holocausto– ha sido el perpetrado contra los cristianos de Oriente Próximo: en Turquía con los armenios, por poner un ejemplo. Pero también hubo épocas en que sucedió más bien lo contrario.

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Juicio a Rajoy

Juicio a Rajoy

Más allá de lo que marca la realidad de los hechos, el sesgo ideológico determina parte de nuestras emociones. La neurociencia sostiene que juzgamos conforme a un marco intuitivo que, en gran medida, es el de nuestra adolescencia y que se  corresponde básicamente con un sistema de creencias, ya sea profano o religioso. Del papa “malo” –Ratzinger– al papa “bueno” –Bergoglio– hubo apenas una distancia de días que casa más con una gestualidad diferente que con unas políticas concretas. También España -según algunos- ha pasado de ser un país en retroceso democrático a una nueva Dinamarca del sur, avanzada en la conquista de derechos civiles, dialogante y moderna. Ha sido –otra vez– cuestión de días, casi de horas: el nombre de algunos ministros, la presencia mayoritaria de mujeres, el eco mediático dentro y fuera del país… Se diría que, tras el invierno popular, llega la primavera socialista. Si constato esta sorprendente mutación en el ánimo colectivo, no es porque piense que no tengamos motivos para ello –de hecho creo que la ausencia de discurso político de Rajoy fue suicida–, sino simplemente para observar la importancia del encuadre ideológico predominante en una sociedad a la hora de explicar sus reacciones instintivas. Es difícil romper ese marco –ya sea el nacionalista en el País Vasco y en Cataluña, o el socialista en el resto de España– cuando ciertas ideas adquieren un peso protagonista.

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