Lo sagrado es aquello que realmente nos importa, lo que nos pesa como una extensión de nuestras vidas y que, por tanto, exige entregar la vida misma si se hace necesario. Para la poeta china Li Qingzhao (1084-1151) –cuya obra poética, reunida en inglés con el título The Magpie at Night, acabo de leer en traducción de Wendy Chen– nuestra vida se juega en el culto a los antepasados, en la honra y el respeto que se les debe. En el año 1129 de nuestra era, las invasiones llegaron a su ciudad. Su marido, el rico anticuario Zhao Mingcheng, debía acudir a la corte del emperador, situada a varias semanas de distancia. La separación la inquietó. «Terriblemente ansiosa –nos explica–, grité: ‘Si llegan noticias de que atacarán la ciudad, ¿qué debo hacer?’. A lo lejos, mi marido me ordenó: ‘Sigue a la multitud. Como último recurso, abandona primero los víveres, luego la ropa, después los libros y los pergaminos, y por último las antigüedades. Pero los vasos rituales debes llevarlos contigo. Juntos viviréis o moriréis. ¡No lo olvides!’. Dicho esto, partió al galope». Nunca más se volvieron a ver.
Las órdenes, sin embargo, eran taxativas. Podía abandonar todo aquello que habían amado: los libros y los pergaminos, las antigüedades y los vestidos; incluso los víveres que necesitaba para su sustento. Pero debía vivir o morir junto a los vasos rituales, a las copas con las que se rendía culto a los antepasados y que representaban la identidad espiritual de la familia y el vínculo con los ancestros. Preservarlos a toda costa garantizaba salvar la esencia del linaje y de la historia; amparar el pasado, el presente y la posibilidad de un futuro. Lo sagrado aquí es la muerte que desemboca de nuevo en la vida.
Li Qingzhao fue una poetisa de una rara modernidad. Hay escritores que atraviesan el tiempo con su voz; otros, con sus silencios. Li Qingzhao –que vivió durante la dinastía Song– conseguiría ambas cosas. Sus poemas son actuales porque palpitan con una sensibilidad en la que fácilmente nos reconocemos. Sus versos transmutan lo perdido en una atmósfera. Así, por ejemplo:
Anoche la lluvia fue escasa;
El viento, repentino.
El sueño no logró disolver
La última copa de vino.
Cuando le pregunté, la criada
Que enrollaba mis cortinas
Dijo que los manzanos en flor
Seguían como siempre.
¿Pero acaso no lo sabes? ¿No lo sabes?
El verde se espesará,
Y el rojo se irá apagando.
En el poema no hay drama ni épica: todo transcurre en los pliegues de la observación. Lo que se respira es, sencillamente, el poder mudo del tiempo. Li Qingzhao no escribe sobre el dolor, pero el lector percibe el insomnio existencial que la acecha. El rojo –la pasión, la juventud, el ardor– desaparecerá y el verde de la naturaleza salvaje –lo que crece, lo que persiste– irá ocupando paulatinamente su lugar. Más que ante una metáfora, nos encontramos ante una expresión de lo sagrado. Lo que perdura en nosotros es lo valioso. Aquello que el tiempo no consigue destruir.
El poder del arte consiste en describir la realidad en lo que tiene de eterna y única, en lo que tiene de verdadera. Se diría que las palabras de la poesía no caen ni se pierden. Como los vasos rituales que Li Qingzhao debía preservar de la muerte, lo sagrado es lo que nos concede una vida plena.






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