Los hilos rojos

En algún lugar de su fragmentaria obra, Walter Benjamin predijo que la luz mesiánica surgiría de alguna grieta entre los escombros de un escenario en ruinas. A pesar de su marxismo heterodoxo, Benjamin sabía que habitaba un mundo en descomposición. Quizá la Historia sea eso: constatar cómo se marchitan las ilusiones y aferrarse a lo que va quedando de esperanza, como el rescoldo de un tiempo que fue –o eso creíamos– mejor. No lo sé. A veces he pensado que Benjamin tenía razón, aunque en un doble sentido, de ida y vuelta. Quiero decir que, para que un país o una sociedad se echen a perder, también el pecado y la destrucción han tenido que penetrar en ellos a través de una fisura, de una pequeña hendija que se dejó a merced del albedrío.

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Gregorio Luri: «No hay nada más democrático que el saber riguroso»

Maestro, sabio y filósofo, Gregorio Luri se ha convertido por derecho propio en una de las figuras intelectuales más incisivas y relevantes de estos últimos años en nuestro país. En su reciente La escuela no es un parque de atracciones (Ed. Ariel, 2020), nuestro autor plantea una firme defensa del conocimiento poderoso frente al fracaso educativo de una escuela sin exigencia. Se trata de un ensayo de lectura ineludible.

Un amigo común, José Granados, afirmaba hace poco que educar consiste en enseñar a hablar bien. Al leer estas palabras me acordé de que, según Pierre Manent, la escuela republicana tomó como modelo la lengua del rey y no la del pueblo. Hay algo precisamente en la educación que apunta hacia el mejor fruto del que es capaz el hombre y la sociedad.

Si es posible una razón común, es un deber colectivo hacer real su posibilidad. La lengua del rey es importante porque no es exclusiva del rey, sino una posibilidad de cada hablante. Cuando Euclides le presentó a Ptolomeo I sus Elementos, este le preguntó si no había un camino más fácil para aprender geometría que el de aquella áspera senda. Euclides le respondió: “No hay caminos reales en la geometría”. Efectivamente, la geometría y, en general, el conocimiento riguroso, está a disposición de todos nosotros. No hay nada más democrático que el saber riguroso porque la razón común es de todos.

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Fumaroli: un europeo universal

Formado en una época en donde la escuela republicana todavía transmitía el brillo de la alta cultura europea, Marc Fumaroli (1932-2020) fue uno de los últimos representantes de los valores de una Francia burguesa que hizo de la conversación erudita y de la alta literatura el sello civilizatorio por excelencia. Borges observó que, si Inglaterra es una escritura, Francia compendia en sí toda una biblioteca con su complejo catálogo de tradiciones literarias: de Montaigne a Ronsard, de Proust a Baudelaire, de Léon Bloy a Paul Verlaine. Hablo también de un mundo burgués, porque los libros de Marc Fumaroli, tan siglo XVII, son deudores de una luz muy peculiar, intrínsecamente occidental, que remite a la excelencia de una aristocracia ahormada por los hábitos industriales, y por tanto conservadores, de la gran ciudad. Esa luz burguesa, recogida en el salón del hogar –levemente severo pero refinado y sensual, con sus libros de lomo dorado, su gabinete de curiosidades y un acompañamiento de música de cámara– refleja uno de los logros más señeros de la modernidad, un auténtico paisaje intelectual que forma ya parte irremediablemente del pasado.

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Jorge Freire: “¿Una recomendación para los lectores jóvenes? Que aprendan a renunciar”

Jorge Freire (Madrid, 1985) nos ofrece en su último libro Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Ed. Páginas de Espuma), XI Premio Málaga de Ensayo, un fastuoso recital de la inteligencia que bebe de los grandes clásicos para ofrecernos una mirada libre y desenvuelta del hombre contemporáneo.

En las Edda se habla del “fuego de los ríos”. Debajo del orden humano y de la moral, late una inquietud que rompe la armonía edénica. Pero ese fuego supone también el inicio de la historia. Citas al principio de tu libro la conocida sentencia de Pascal sobre la incapacidad de permanecer quietos y a solas en una habitación. ¿No es, en realidad, el fuego –la llama de la agitación– lo que nos humaniza? ¿La condena de Ulises no constituye el origen de Occidente?

Todo es conflicto. Según Heráclito, Homero erraba al desear que el combate entre dioses y hombres terminase. Donde hay vida, hay pugna. Quien prometa abolir definitivamente las discordia será, a buen seguro, un mercachifle, un tonto redentorista o un totalitario. Naturalmente, media un trecho entre la búsqueda de sentido y la carnavalada frenética del Homo Agitatus, que no es sino una suerte de narcótico. El agitado espanta la realidad con alharacas como el avestruz esconde la cabeza. Volviendo a Pascal, puede que no seamos más que una caña, y la más débil de todas, pero somos, al cabo, una caña pensante. La única solución es, a mi juicio, atender a nuestro carácter contingente.

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Entrevista a Manuel Arias Maldonado en The Objective

Pocos pensadores españoles contemplan la actualidad con la cultura y la amplitud intelectual del profesor Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974), ensayista de proyección internacional y columnista de referencia en distintos medios nacionales. En una larga entrevista con The Objective, Manuel Arias Maldonado nos habla acerca de su último libro, Nostalgia del soberano, que acaba de aparecer en Libros de la Catarata, sin dejar en el tintero muchos de los temas cruciales de nuestro tiempo: la crisis del liberalismo y el retorno de los populismos, los posibles efectos de la pandemia sobre la democracia, la falta de decisión en la Unión Europea y la relación entre la soberanía y el big data -como parece sugerir la experiencia china-, entre otras cuestiones.

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En la muerte de Kirk Douglas

Tras la muerte de Kirk Douglas han empezado los llantos rituales por lo mal que está la juventud. Entiendo bien esos lamentos, porque nos hacemos viejos y nuestra mirada cambia forzosamente con el paso de los años. Nos gusta lo que conocemos y la familiaridad casi siempre nos la aporta la infancia y la juventud. De ahí la nostalgia por los ochenta y la mercancía EGB (hasta el punto de que la línea ideológica actual del PP parece un remedo de la Thatcher, la reaganomía y la doctrina moral de Juan Pablo II), a pesar de que ni los ochenta ni la EGB fueran especialmente memorables. Como yo era niño en aquella época, la recuerdo con una mezcla de curiosidad, tedio y esperanza. Recuerdo también aquellos rostros espectrales que nos llegaban como un rumor: quien más quien menos sabía del hermano de algún amigo destruido por las drogas o consumido por otras pasiones.

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