Jorge Freire: “¿Una recomendación para los lectores jóvenes? Que aprendan a renunciar”

Jorge Freire (Madrid, 1985) nos ofrece en su último libro Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Ed. Páginas de Espuma), XI Premio Málaga de Ensayo, un fastuoso recital de la inteligencia que bebe de los grandes clásicos para ofrecernos una mirada libre y desenvuelta del hombre contemporáneo.

En las Edda se habla del “fuego de los ríos”. Debajo del orden humano y de la moral, late una inquietud que rompe la armonía edénica. Pero ese fuego supone también el inicio de la historia. Citas al principio de tu libro la conocida sentencia de Pascal sobre la incapacidad de permanecer quietos y a solas en una habitación. ¿No es, en realidad, el fuego –la llama de la agitación– lo que nos humaniza? ¿La condena de Ulises no constituye el origen de Occidente?

Todo es conflicto. Según Heráclito, Homero erraba al desear que el combate entre dioses y hombres terminase. Donde hay vida, hay pugna. Quien prometa abolir definitivamente las discordia será, a buen seguro, un mercachifle, un tonto redentorista o un totalitario. Naturalmente, media un trecho entre la búsqueda de sentido y la carnavalada frenética del Homo Agitatus, que no es sino una suerte de narcótico. El agitado espanta la realidad con alharacas como el avestruz esconde la cabeza. Volviendo a Pascal, puede que no seamos más que una caña, y la más débil de todas, pero somos, al cabo, una caña pensante. La única solución es, a mi juicio, atender a nuestro carácter contingente.

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Entrevista a Manuel Arias Maldonado en The Objective

Pocos pensadores españoles contemplan la actualidad con la cultura y la amplitud intelectual del profesor Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974), ensayista de proyección internacional y columnista de referencia en distintos medios nacionales. En una larga entrevista con The Objective, Manuel Arias Maldonado nos habla acerca de su último libro, Nostalgia del soberano, que acaba de aparecer en Libros de la Catarata, sin dejar en el tintero muchos de los temas cruciales de nuestro tiempo: la crisis del liberalismo y el retorno de los populismos, los posibles efectos de la pandemia sobre la democracia, la falta de decisión en la Unión Europea y la relación entre la soberanía y el big data -como parece sugerir la experiencia china-, entre otras cuestiones.

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En la muerte de Kirk Douglas

Tras la muerte de Kirk Douglas han empezado los llantos rituales por lo mal que está la juventud. Entiendo bien esos lamentos, porque nos hacemos viejos y nuestra mirada cambia forzosamente con el paso de los años. Nos gusta lo que conocemos y la familiaridad casi siempre nos la aporta la infancia y la juventud. De ahí la nostalgia por los ochenta y la mercancía EGB (hasta el punto de que la línea ideológica actual del PP parece un remedo de la Thatcher, la reaganomía y la doctrina moral de Juan Pablo II), a pesar de que ni los ochenta ni la EGB fueran especialmente memorables. Como yo era niño en aquella época, la recuerdo con una mezcla de curiosidad, tedio y esperanza. Recuerdo también aquellos rostros espectrales que nos llegaban como un rumor: quien más quien menos sabía del hermano de algún amigo destruido por las drogas o consumido por otras pasiones.

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Parada en Burgos

La historia de la burgalesa Lourdes Arnáiz y el embajador británico en España nos muestra el corazón auténtico de la humanidad

Una biografía se escribe con el resguardo de las anécdotas. Nunca sabremos por qué el azar nos empuja en una u otra dirección. Para los clásicos el destino es la vida, en el sentido de que no se puede huir ni de nuestro carácter ni de las consecuencias de nuestros actos; pero uno añadiría que no hay destino sin los giros misteriosos de la fortuna, que se dirige siempre adónde quiere. Estos días, por ejemplo, se ha hablado mucho de un acto de generosidad que acabó motivando el amor hacia un país. Lo ha contado Hugh Elliott, el actual embajador británico en Madrid, en un vídeo casero grabado frente a la antigua estación ferroviaria de Burgos. Un joven estudiante inglés decide recorrer el camino de Santiago en bicicleta cruzando medio continente. Estamos a mediados de los años ochenta y España acaba de despertar a la democracia tras medio siglo de franquismo. Es un país todavía pobre, según los estándares europeos, pero joven y optimista. Nuestro hombre –que algún día será embajador– se demora excesivamente en Francia, por lo que decide tomar el tren en Carcasona y proseguir la ruta en bicicleta desde Burgos, la vieja ciudad castellana. Sin embargo, al llegar a su destino, la bicicleta ha desaparecido, extraviada en algún punto de la red ferroviaria europea. Sin apenas dinero y sin su bien más preciado, Hugh Elliott se enfrenta a un difícil dilema, teniendo que cargar además con el pesado fardo de una tienda de campaña. Pero ahí es donde entra en juego el azar: una joven burgalesa, Lourdes Arnáiz, le ofrece su casa para descansar hasta que recupere la bicicleta perdida. Durante cinco días, el joven británico comerá y dormirá en casa de una familia española, sin que le pidan nada a cambio. “Ahí nació mi amor por este país –declaraba el embajador en el vídeo–. ¿En qué otro país europeo habrían acogido a un forastero con esta generosidad?”.

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El nuevo cardenal

El nuevo cardenal

La noche en que se cumplían cincuenta años del famoso Discurso de la luna del papa Juan XXIII ante una plaza de san Pedro iluminada por el fuego de cien mil antorchas, Benedicto XVI hizo una alocución improvisada desde la ventana de su habitación en la que también pedía a los asistentes que diesen un beso a los niños. Sin embargo, en apenas medio siglo la atmósfera había cambiado por completo. Las antorchas daban paso a la tenue luz de las candelas; las multitudes, a una grey más pequeña; el optimismo desbordante de la apertura del Concilio –“una nueva primavera de la Iglesia”–, a un recogimiento silencioso, casi quietista. En 1962, Juan XXIII era un hombre enfermo que veía cercana la muerte. A pesar de eso, aquella noche su voz rezumaba ímpetu, energía y un vago  emocionalismo. Benedicto XVI, en cambio, daba la sensación de ser un hombre agotado, extremadamente frágil. En su discurso adoptó un tono más íntimo, como si en lugar de hablar al mundo se dirigiera a cada uno de los presentes: “Cor ad cor loquitur” –el corazón habla al corazón–, como reza el conocido lema cardenalicio de J. H. Newman. Esa noche, Ratzinger habló de una Iglesia que ha vuelto a experimentar el pecado en su interior, se refirió a la fragilidad humana y a las dificultades que enfrenta el catolicismo, utilizó la imagen de un barco que navega con vientos contrarios y al que amenazan las tempestades, y se preguntó si Dios duerme y se ha olvidado de los hombres. Pero, a continuación, el pontífice alemán aludió también a una esperanza que ya no podía responder a la esperanza fuerte de aquel primer discurso de hace cincuenta años, sino que se manifestaba de un modo callado, sobrio y humilde.

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El hijo pródigo

El hijo pródigo

“Nos hemos vuelto pobres. Hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad; a menudo hemos tenido que empeñarlos en la casa de préstamos por la centésima parte de su valor, a cambio de la calderilla de lo actual. Nos espera a la puerta la crisis económica, y tras ella una sombra, la próxima guerra. Hoy el aguantar se ha convertido en cosa de unos pocos poderosos, que Dios sabe que no son más humanos que la mayoría; suelen ser más bárbaros, pero no en la buena forma. Y los otros tienen que arreglárselas, una vez más, con poco. Recurren a los hombres que han hecho su causa de lo completamente nuevo y que, además, lo basan en el conocimiento y la renuncia. En sus edificios, sus cuadros y sus historias, la humanidad se prepara para sobrevivir a la cultura, si es que esto le fuera necesario. Y lo más importante es que lo hace riendo. Y tal vez esa risa pueda sonar bárbara en uno u otro sitio. Bueno. El individuo puede ceder a veces algo de humanidad a esa masa que, un día, se la devolverá con intereses”.

Walter Benjamin