Existe toda una industria dedicada a la estética de la tristeza. Pienso en las sad girls –Phoebe Bridgers, la primera Gracie Abrams, Lana del Rey–, cuya propuesta consiste en conjugar el tono desesperado de las letras con una producción musical impecable. O en las sad bangers –Lorde, Caroline Polachek y, en una clave más irónica y luminosa, la mallorquina Maria Jaume–, que introducen la melancolía en la pista de baile. Pienso en el cine o en las series, claro está, y en las arias de ópera y en la pintura clásica. No es casual, ni siquiera desde una perspectiva antropológica. Somos una cultura capaz de construir un mundo sofisticado para consumir la melancolía a la vez que vivimos en una época terapéutica empeñada en eliminar todo signo de dolor o de frustración.
Gracie Abrams y el primer salmo

Daniel Capó
Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.




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