La imaginación conservadora. Gregorio Luri

Hay decálogos poco dogmáticos pero certeros. El primer mandamiento de un conservador responde a su viva conciencia del pecado original y de las distintas servidumbres que acarrea la imperfección humana. El conservador no niega el rostro benéfico de la razón, aunque intuye lo afilado de sus aristas. El conservador ama la verdad —no puede no hacerlo— y efectivamente la persigue con ahínco; sin embargo, al mismo tiempo sabe que, en un mundo imperfecto hecho de sombras y cascotes, las ficciones compartidas, las mentiras nobles y los relatos sofisticados tienen una función que haríamos mal en desdeñar.

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Juan Claudio de Ramón: “Canadiana”

Una vieja discusión teórica plantea un dilema político ineludible. ¿Qué prima más en la forja de los países: el espacio o el tiempo? ¿Somos tributarios del clima y de la geografía o del lento transcurrir de los siglos?

La reciente Canadiana del ensayista y diplomático Juan Claudio de Ramón no elude esta cuestión, que recorre de arriba abajo la espina dorsal de la identidad canadiense. Y es que, definido por la infinitud de la naturaleza y por las servidumbres del rigor invernal, Canadá se ha construido ante todo en relación con el espacio.

«Por un lado –reflexiona el autor–, ese factor distancia hace de la canadiense una sociedad de frontera, vigorosamente solidaria. Para sobrevivir a un impío clima y a una vastedad sin igual, han de cooperar unos con otros y socorrerse en caso de peligro. Desde esta perspectiva, no es difícil de entender que haya sido un país propicio al arraigo de ideas socialdemócratas. Por otro lado, la inconsciente apropiación de un espacio infinito hace del canadiense medio un ser contemplativo y moderado».

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Entrevista a Ramón González Férriz: “Tengo una mirada ambivalente sobre el 68”

Ramón González Ferríz

Tras su iluminador La revolución divertida, que trataba acerca de la influencia del movimiento pop en las ideologías políticas contemporáneas, el ensayista Ramón González Férriz nos adentra en la historia y en la actualidad de la revolución cultural que tuvo lugar hace ahora medio siglo con su último ensayo 1968. El nacimiento de un mundo nuevo (Ed. Debate). En esta larga conversación con Nueva Revista, su autor desgrana las ideas centrales que recorren el libro, plantea inquietudes y reclama ensanchar el marco conceptual del liberalismo contemporáneo

DC. Hace unos años, en un diálogo con Sloterdijk, el filósofo francés Remi Brague habló con una enorme crudeza sobre el mayo del 68: “Pertenezco a una generación especialmente repugnante –dijo-, sobre todo en Europa, la generación del baby boom que se lanzó a las barricadas en mayo del 68, los hijos de familias burguesas, porque los hijos de los obreros eran policías. Tengo la impresión de pertenecer a una generación que para la siguiente generación, pienso en mis hijos, les ha dejado una vida imposible: unas condiciones de trabajo penosas que les hace muy difícil tener una familia, disfrutar de un trabajo estable, que les ha envenenado el cerebro… En resumen, una generación para olvidar”. ¿Crees Ramón que, en efecto, se trata de una época para recordar solo para no volver a cometer sus errores?

RGF. Yo tengo una mirada ambivalente sobre el 68, o sobre la revolución cultural de los sesenta en general: no creo que todo lo sucedido entonces fuera perjudicial ni mucho menos. Cierta ruptura de las jerarquías tradicionales, de rigideces morales o sexuales, me parece positiva Y el gran estallido de cultura pop, aunque tiene sus problemas, también me parece enormemente refrescante.

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Ferran Caballero: “En España lo débil no es la democracia, sino el Estado”

La pregunta por Maquiavelo es la pregunta por la realidad en su relación con el poder. El joven filósofo catalán Ferran Caballero ha intentado actualizar los viejos consejos del maestro florentino en un libro titulado precisamente “Maquiavelo para el siglo XXI” (Ariel).  Con su autor dialoga Daniel Capó en esta larga entrevista que trata del momento político y del valor imperecedero de los clásicos.

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Por qué amamos las biografías

La literatura – escribe Valentí Puig en lo que va de siglo – puede representar sentido, memoria, belleza, una ilusión de tiempo, un modo de conocimiento, una pasión por la experiencia y, a la vez, una crítica de la vida, en invierno y en verano”. En estas palabras del escritor mallorquín se resume buena parte de la arquitectura espiritual de Occidente: el sustrato cultural que aglutina el pasado con el futuro, la ejemplaridad con el resorte ético. Enfrente, el manierismo de las corrientes críticas, el sofisma postmoderno que niega a lo real cualquier rescoldo de verdad.

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Las flores

Con la llegada de la primavera, la naturaleza recupera su pulso. Es una especie de rito iniciático que se repite todos los años: el despertar de las flores, los campos cubiertos de hierba, el día que se alarga, el cambio de estación… Ya en la Antigüedad, Horacio celebraba en sus Odas la belleza de este momento: «Compañeras de la primavera, / las brisas tracias, que calman el mar, / hinchan las velas; ya no están helados / los campos, ni resuenan los ríos engrosados / por la nieve invernal». Se trata, por supuesto, de una alegría efímera, breve, que fluye como el agua primera de la mañana: «Déjate, sin embargo, de tardanzas / y de afanes de lucro; / recuerda el fuego negro de la pira mortuoria / y, mientras puedas, mezcla tu buen juicio / con algo de locura: en su momento es bueno delirar», canta el poeta latino. Son versos clásicos que podrían haberse escrito hoy mismo y que apelan al ímpetu de un vigor que sabemos condenado a no perdurar.

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