El siglo XX se inició bajo el signo de la pujanza germánica. El comunismo aún no había penetrado en Rusia –el triunfo de Lenin sería otra de las consecuencias imprevistas de la Primera Guerra Mundial– y el creciente poder de los Estados Unidos no situaba entre sus prioridades a la esfera europea. El factor impredecible de la Historia acude de inmediato cuando pensamos en la extraña evolución de un siglo que ha sido bautizado justamente como “el siglo de la muerte programada”. En el año 1900 todavía cabía esperar que una paz perpetua prosperara en todo el continente. El Imperio Austrohúngaro, después de tres décadas de fuerte crecimiento económico, seguía conformando el tapiz central de Europa. Alemania carecía de una proyección colonial notable, pero su músculo industrial resultaba indiscutible. La vieja Inglaterra despertaba de la época victoriana como la gran potencia marítima de la época. “Rule Britannia”, cantaban los océanos mientras el suave tedio de una prosperidad moderada cundía entre los países. Ignacio Peyró, en su espléndido prólogo a las Crónicas de Kipling, subraya la plácida atmósfera primaveral de este periodo. «Forma parte del acervo de las desilusiones humanas –escribe– que la Primera Guerra Mundial estallase en una cota nunca vista de optimismo histórico».
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