Con la llegada de la primavera, la naturaleza recupera su pulso. Es una especie de rito iniciático que se repite todos los años: el despertar de las flores, los campos cubiertos de hierba, el día que se alarga, el cambio de estación… Ya en la Antigüedad, Horacio celebraba en sus Odas la belleza de este momento: «Compañeras de la primavera, / las brisas tracias, que calman el mar, / hinchan las velas; ya no están helados / los campos, ni resuenan los ríos engrosados / por la nieve invernal». Se trata, por supuesto, de una alegría efímera, breve, que fluye como el agua primera de la mañana: «Déjate, sin embargo, de tardanzas / y de afanes de lucro; / recuerda el fuego negro de la pira mortuoria / y, mientras puedas, mezcla tu buen juicio / con algo de locura: en su momento es bueno delirar», canta el poeta latino. Son versos clásicos que podrían haberse escrito hoy mismo y que apelan al ímpetu de un vigor que sabemos condenado a no perdurar.
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