Hace apenas diez años, Irán firmaba en Viena un acuerdo de control sobre su programa nuclear. Eran años difíciles; pero también, en cierto modo, aún optimistas. Obama terminaba su mandato y anhelaba dar una vuelta de tuerca a la política internacional cerrando un pacto de distensión con Cuba e Irán, los dos grandes patrocinadores del terrorismo global. El crack de las subprime, con hondas repercusiones en Occidente, también había dañado las economías de estos dos países.
En junio de 2009, se iniciaron violentas revueltas en las principales ciudades iraníes, ya entonces uno de los entornos más profundamente secularizados del mundo islámico. Haríamos mal en desdeñar la intensidad y la pervivencia de este anhelo de libertad en una nación que ha vivido al borde del colapso económico, con tasas de paro —especialmente entre los jóvenes— superiores al 50%. Se podía interpretar que el programa nuclear sirvió de cortina de humo hacia el interior y, a la par, de amenaza hacia el exterior. Ningún país se atreve a jugar con las potencias atómicas: el ejemplo de Corea del Norte es ilustrativo al respecto.






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