Me gustaría hablar hoy de Alberto Campo Baeza. Es el arquitecto contemporáneo español que más me fascina, el que más me asombra cuando contemplo la luz que se derrama sobre su obra. Porque lo primero que me llamó la atención de él fue precisamente la luz. No cómo entraba etérea, sino cómo se encarnaba en las paredes y regresaba abstracta, hermosa, viva. Por supuesto, la luz puede morir tanto por exceso como por defecto.
Incluso en los nuevos lenguajes de la corrección política, el blanco se ha convertido en un color colonialista, opresor. En la antigua China, el blanco de los europeos pasaba por ser el color cenizo de la muerte (frente a la elegancia del jade), algo que se intuye también en la piel albina de Moby Dick, como recordaba en una entrevista Jorge Luis Borges, a quien le obsesionaba la espectral palidez del cetáceo.
LEER ARTÍCULO COMPLETO EN THE OBJECTIVE.






0 comentarios