Prólogo a Cartas de un cristiano impaciente (José Jiménez Lozano)

por | Feb 15, 2024 | Literaria | 1 Comentario

SE LES TRATA COMO MALDITOS Y APESTADOS

Prólogo al libro de José Jiménez Lozano: Cartas de un cristiano impaciente, publicado por la Editorial Verbum, en la edición crítica de José Bernardo San Juan y Preslava Boneva

Una semana antes de cumplir la veintena, decidí apartarme del mundo y salir a vagar por la Meseta, bajo el signo de la vieja constelación del cangrejo. Las mañanas eran soleadas y las noches cálidas, sin asomo de lluvia. Yo era joven y, como todos los jóvenes que frisan la edad adulta y han leído demasiado, anhelaba dejar atrás las mentiras: en primer lugar, las que habitaban en mi interior y me hablaban sin cesar en distintos dialectos; pero también las ajenas, las falsedades circundantes o sociales por así decirlo. Huir de la mentira a esa edad es un empeño noble que conjuga dos etapas de la vida y nos ofrece una última prórroga previa a la expulsión del Edén. Pensaba y no pensaba en estas cosas, mientras atravesaba la fina línea que despide los rescoldos de la adolescencia. Los versos de Shakespeare y el piano de Janá?ek acompañaban mi soledad; un aislamiento que no era del todo real, sino más bien una especie de leve desajuste. Una tarde, una gran polvareda tiñó con un barro seco rojizo los restos de la primavera. Aquella noche, encerrado en mi habitación, aproveché para anotar en unas cuartillas un comentario sobre la palabra inglesa wasteland. Me dije que La tierra baldía de Eliot expresa también el yermo de los anacoretas. Para los judíos, el desierto es el lugar privilegiado del encuentro.

A los pocos días de haber iniciado mi vagabundeo, conocí a un seminarista alemán seis o siete años mayor que yo, que dudaba si ingresar como postulante en un monasterio de la Cartuja. Nos carteamos durante una larga temporada, hasta que desapareció en el gran silencio –como hiciera antes un antepasado mío que abandonó la isla de Djurgården, en Estocolmo, para perderse en la blancura espectral del Ártico. Steffan, que así se llamaba mi amigo, era el raro ejemplo de alguien capaz de convertir la generosidad en un logos que niega la doblez de las personas. Su imagen permanece en mi memoria con el perfil neblinoso de un sfumato, pero también con el afecto propio de la gratitud. La verdad siempre se encarna en alguien, pensé entonces.

Una década más tarde, bordeando ya la treintena, publiqué en la prensa un breve homenaje a la figura de José Jiménez Lozano. Lo titulé “Todos los demás mentimos”, rememorando aquellos viajes que emprendí de joven. La obra de don José la había descubierto en el servicio militar por recomendación del escritor mallorquín José Carlos Llop: Los tres cuadernos rojos, en primer lugar; Segundo abecedario, después; y finalmente, la Guía espiritual de Castilla. Aquellos libros me causaron un hondo impacto. Era una voz y, sobre todo, una cultura y una mirada completamente inusuales en nuestro país; tan alejadas del sectarismo como prontas a recoger los ecos de un mundo que desaparecía, o que quizás ya se había desvanecido del todo. Don José escribía desde un wasteland que no era baldío, sino asombrosamente fructífero y familiar. «Subí en una ocasión –anoté entonces– hasta lo alto de un castillo, cerca de un emplazamiento romano. Allí arriba, en aquella tierra polvorienta y seca, sentado bajo la espesa umbría de una encina, se podían escuchar las risas de los niños que jugaban entre las ruinas. Cada poco, algún coche cruzaba el camino levantando pequeñas tolvaneras de polvo y polen. A lo lejos, se divisaban unos cuantos árboles que moteaban el atardecer. La luz abrasada del sol se recogía de puntillas sobre sí misma y adquiría un tono más íntimo, casi de oración. Abajo, en el pueblo, algún adolescente esbozaba su primera carta de amor, los hombres recogían sus aperos, el capellán preparaba la misa. ¿Qué hay aquí que no se muestre desnudo? ¿Qué hay aquí que no sea frágil y hermoso y definitivo? Así es también la obra de Jiménez Lozano: frágil, hermosa, definitiva».

Cuando releo estas líneas escritas en 2003, pienso en la extraña ligazón que la sostiene. Atravesamos el tiempo persiguiendo un rastro que nos hable de lo verdadero: ¿quiénes somos, hacia dónde nos dirigimos? ¿Por qué el mal, por qué la culpa? Y también, ¿cómo encarnar aquello que profesamos sin mentir ni ceder al tedio nihilista de la uniformidad? José Jiménez Lozano inició esta búsqueda muy joven, cuando descubrió en aquellos campos suyos de Castilla y entre los anaqueles de las bibliotecas, la crónica y el testimonio de tantos olvidados. Uno de los artículos recogidos en este volumen, que publicó a mediados de los sesenta en la revista Destino cuando cubría como corresponsal el Concilio Vaticano II, nos proporciona una clave imprescindible para entender su pensamiento. Se refiere a la conciencia rigurosa del jansenismo, interpretado aquí desde la mirada del novelista francés Henry de Montherlant: «En el “Port-Royal” del mismo Montherlant dice sor Francisca al arzobispo de París, que ha llegado en funciones inquisitoriales al monasterio y les pide a las monjas “ser como los otros, ¿me entendéis? Simplemente ¡como los otros!”: –“Efectivamente nosotros somos diferentes y éste es, en efecto, el único reproche que se tiene contra nosotros. Somos diferentes, pero el cristianismo es diferente, monseñor, escúcheme, escúcheme esto. En un pueblo había un eclesiástico que pasaba su tiempo en leer el breviario, entonces en el pueblo comenzó a llamársele jansenista. En un convento había unas pequeñas pensionistas que iban siempre con los ojos bajos, entonces se empezó a tratarlas de jansenistas. En todo lugar en que el cristianismo ha sido tomado en serio un poco más que en otras partes, se llaman jansenistas a los que se lo toman así, se les trata como malditos y apestados”».

“Somos diferentes” y, también, “se les trata como malditos y apestados”: aquí aparecen dos conceptos importantes que resuenan de continuo en la escritura de Jiménez Lozano. Frente a la experiencia amnésica de la vida, que reduce la interioridad humana a unos algoritmos más o menos reglados o al alfabeto restringido de la corrección política, la obra de don José va en busca de un lenguaje que no admite la mentira, consciente de que somos nosotros –los que engalanamos el mundo con nuestras vanidades y con una declarada voluntad de poder– quienes faltamos a la verdad. Un Jiménez Lozano aún optimista en estas reseñas enviadas desde Roma, en las que no duda en criticar el catolicismo español de la época, lastrado por tantas limitaciones o taras. «No puede darse tampoco la libertad en nuestro universo eclesial –leemos en otro de sus artículos–, porque éste es tremendamente cerrado y todo brote de libertad cristiana se presenta ya como una insoportable algarada, pero tiene que haber libertad de crítica y acción para que la Iglesia sea verdaderamente una Iglesia y no un universo concentracionario y para que la misma obediencia alcance su motivación sobrenatural y no sea simplemente hija del miedo o del cálculo o del confort».

La esperanza en el Concilio se respira a lo largo del libro, algo que más adelante matizará con indudable dolor y con un pesimismo creciente. Pero hay una idea suya, recogida ya en estas páginas, que no le abandonará jamás, a saber: que «no hay otra manera de ser fiel a Dios que respetando al hombre y, a la vez, no arrodillándose ante ningún hombre». Somos diferentes, en efecto; el hombre verdaderamente libre está llamado a ser diferente. Y, al mismo tiempo, sabe que el precio a pagar implica ser tratado como un maldito y un apestado.

La verdad siempre se encarna en alguien, pensaba durante aquellos días en que deambulaba por la Meseta solo y a pie. La verdad se encarna en alguien porque no es abstracta, sino histórica, concreta, y su testimonio nos apela directamente a nosotros. De ahí que, tan a menudo, haya repetido y haya escrito que son los otros los que nos salvan, los que nos dicen quiénes somos y cómo somos, los que nos muestran un camino mejor, más alto, más noble. La verdad encomienda, porque es el sello del amor que se pasa de mano a mano. «En realidad, somos una cadena y entregamos, y debemos entregar a otros, lo que recibimos de mil modos; usted lo hará igualmente, y ya está», me escribió por carta don José aquel mismo año. En estas palabras, se expresa una gran esperanza.

Seguí andando hacia el norte; la última vez, hacia Asturias. Habían pasado unos años. Por las noches, llovía; por las mañanas, la tierra mojada acallaba mis pasos. Conocí a una familia de la antigua Alemania del Este, con la que coincidí algunos días. Una tarde llegué a una aldea situada en lo alto de una colina. El último hombre del lugar me habló de los cuervos que sacaban los ojos a los cadáveres durante la guerra civil. “Yo los enterraba por piedad –me dijo–, para que no dejaran de ser hombres una vez muertos”. Los dos miramos al valle en silencio. Sé que aquel hombre no mentía. Quizá estuviera pidiendo mi ayuda en aquel yermo desolado, una forma de consuelo. Creo que nunca le conté esta historia a José Jiménez Lozano.

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Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

1 Comentario

  1. Imprescindible autor Jose Jimenez Lozano. Las recomendaciones de Daniel Capó nos dan claridad en el tiempo pasado y en el nuestro.

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