Nostalgia del mundo clásico

A medida que la ruptura con la tradición se hace más y más palpable en la sociedad –ya no sólo el desconocimiento del latín y el griego, sino incluso de la mitología y las crónicas históricas–, la necesidad de contar con buenos libros divulgativos acerca del mundo clásico se hace también más evidente. Existe, diríamos, una necesidad que nace de la nostalgia. Nostalgia de un determinado orden que ha sentido la humanidad durante milenios y que, por supuesto, sigue sintiendo hoy. En Civilisation, la mítica serie documental rodada a finales de los años 60 para la BBC, Kenneth Clark argumentaba que la principal distinción entre el arte civilizado y el bárbaro consistía en la voluntad de perfección y equilibrio que debemos a los griegos y a los romanos, y que perdura con mayor o menor vigor a lo largo de toda la historia de nuestro continente.

El arte vikingo, por ejemplo, desborda movimiento y fuerza, poder y pasión, pero carece de esa luz alada, etérea, que apunta hacia un tiempo fuera del tiempo, tan propia de Grecia. El enriquecimiento del mito por el logos y, más adelante, de la filosofía por la ética; la voluntad de explorar y civilizar más allá de las propias fronteras (no olvidemos la estrecha relación etimológica que se da entre pago y página, entre los surcos del arado y la escritura); el descubrimiento de la democracia y de la república; la extensión de los derechos de ciudadanía; la expansión comercial, gracias al uso de unas infraestructuras sin parangón en la antigüedad…, todo ello nos habla de un periodo trascendental en la historia de la humanidad.

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Tiempo y melancolía

La música es tiempo y melancolía. También el anuncio de un futuro que rompe la sucesión de las horas, como el reflejo de una luz pura. Tiempo, melancolía y eternidad: tres conceptos que maneja con especial fruición el crítico musical José Luis Téllez en una antología de breves ensayos que sólo podemos calificar de soberbios. Se titula Música reservata (Fórcola, 2019), al igual que el mítico programa que dirigía y presentaba entre los años 80 y los 90 en Radio 2 (hoy Radio Clásica).

Entre las viejas polifonías renacentistas y la más estricta vanguardia –de Josquin y Tomás Luis de Victoria, por ejemplo, a Alban Berg y Olivier Messiaen–, el programa radiofónico de José Luis Téllez educó a una multitud de oyentes en la belleza sabia y serena de la gran música. Como podemos leer en uno de los capítulos, «Música reservata» hace referencia a un conjunto de composiciones que apelaban en su inicio a un público minoritario y culto, dispuesto a asumir la difícil exigencia de la belleza. No hablamos de un arte pensado para las grandes masas, sino de un lenguaje más refinado y exquisito que, al igual que sucede con la poesía y la pintura, modela el alma del hombre.

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El misterio del cuerpo de Dios

A lo largo de su pontificado, Benedicto XVI insistió una y otra vez en el doble asidero de la santidad y la belleza. Si la existencia de Dios exigiese una prueba, alegaba, habría que buscarla más en la vida lograda de los santos y en la calidad trascendente del arte cristiano que en las viejas vías tomistas o en el conocido argumento ontológico de San Anselmo. Paradójicamente, también el nihilismo –pienso ahora en la figura de Emil Cioran– utilizará un razonamiento similar. Así, para el filósofo rumano la música de Bach constituye la prueba última de Dios, su mejor línea de defensa. Lo importante aquí, sin embargo, es el punto de intersección que planteaba Ratzinger entre la santidad y la belleza, que encontraríamos en la encarnación. Dicho de otro modo, tanto la vida como el arte cristianos se alejan inicialmente de la abstracción para volverse concretos, humanos, reales.

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La caída de Troya

Francisco Collantes (Madrid, 1599 - 1656)

La épica, con su lento discurrir narrativo, ilumina el corazón de cualquier época. Pensemos en la caída de Troya, narrada por el poeta Virgilio en su Eneida. En el Libro II asistimos al desconcierto de los troyanos ante la retirada de los griegos y el misterioso regalo que aguarda silencioso frente a la muralla: un caballo gigantesco fabricado con tablones de abeto y cuyo vientre hueco oculta el terror que va a llegar con la noche. El ardid de la diosa Atenea insinúa la maldición de Pandora: los cofres cerrados donde se contiene el mal hasta que, una vez roto el sello, se esparce por las calles, los templos y los hogares. Sólo la vidente Casandra y el sacerdote Laocoonte advierten de la destrucción que se acerca. Pero para que eso suceda, el caballo tiene que entrar en la ciudadela y los habitantes de Troya acogerlo con gozo. Bajando de la fortaleza,  Laocoonte increpa a la muchedumbre atónita: «Míseros conciudadanos, ¿qué es esa locura tan grande? / ¿Es que creéis que se fue el enemigo y que no tiene engaños / lo que regalan los griegos? ¿Así conocisteis a Ulises? / Los aqueos se encierran y ocultan en estas maderas, / o este artefacto lo hicieron en contra de nuestras murallas, / para espiar nuestras casas y ser de este pueblo la ruina, / o engaño hay dentro de él; no creáis al caballo, troyanos. / En cualquier caso, hasta si hacen regalos, yo temo a los griegos». Y a continuación el sacerdote arrojó una lanza al costado del monstruo, que se clavó en su cuerpo y dejó escapar un sordo gemido. Nadie quiso escuchar ese quejido. Virgilio insiste en que, pese a las señales, fue el destino trazado por los dioses y la ciega obstinación de los hombres la que puso fin a la ciudad; fuerzas, en definitiva, de carácter irracional que ni conocemos ni sabemos controlar.

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Sin nada que decir

En su cuenta de Twitter, el profesor de Literatura Diego Ardura enlazaba un interesante artículo sobre el nuevo corte divisorio que se ha abierto entre los defensores del canon literario y los partidarios de que los jóvenes seleccionen libremente sus lecturas para el colegio. Se diría que el contexto social y cultural de nuestros días, definido por el eclipse de la palabra frente al prestigio de lo visual, actúa como motor de arranque en un debate de muy difícil solución. ¿Qué hacer cuando los estudiantes sencillamente no leen –no, desde luego, lo suficiente– con el consiguiente empobrecimiento de su vocabulario y de su imaginación? ¿Cómo pensar con precisión y brillantez si carecemos de las herramientas y del depósito cultural necesarios para ello? ¿Son Stevenson y Conrad, Jack London y Astrid Lindgren, Dickens y Baroja objetos de lujo en el museo de la literatura, es decir, sólo plenamente accesibles para una pequeña minoría? Más aún, ¿tienen alguna importancia estos autores fuera de las galerías de ese museo? ¿Y sus voces nos siguen apelando como fuentes de verdad permanente?

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Occidente: de la admiración al odio

Los ensayistas Ian Buruma y Avishai Margalit exponen las raíces del sentimiento antioccidental en Occidentalismo Breve historia del sentimiento antioccidental (Península); y apuntan una paradoja: ese odio no es ajeno al propio Occidente, si tenemos en cuenta el peligro del antiliberalismo, la pujanza de los nacionalismos o la tentación totalitaria.

Analizan en el libro la historia de una mirada mutua que pasó de la fascinación inicial al odio contra la Modernidad: la misma que representa precisamente nuestra civilización, con sus logros pero también con sus fracasos.

A lo largo del tiempo, los efectos de este juego especular resultan en ocasiones difíciles de percibir; sobre todo en un primer momento. Un interesante ejemplo nos lo proporciona el geógrafo chino-estadounidense de la Universidad de Wisconsin, Yi-Fu Tuan, al referirse –en su libro Dear Colleague– al etnocentrismo chino: “El pueblo chino se veía a sí mismo como la auténtica raza blanca (de un blanco jade) y al resto de pueblos como mucho más oscuros. […] ¿Qué sucedía entonces con los europeos? Bien, en ese caso los chinos no podían decir que no eran blancos, pero de un blanco ceniza (el color de la muerte), en lugar del blanco jade que la clase dirigente china se arrogaba para ella misma. En el siglo XIX, las naciones europeas lograron con su músculo militar humillar a China en su propio país. Sólo entonces empezaron los chinos a describirse a ellos mismos como amarillos –el color imperial– y a diferenciarse de forma aguda de los blancos europeos”.

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