Las lágrimas

Sostiene Nabokov que dejar hablar a la memoria constituye el principio de toda verdad; o, lo que es lo mismo, permitir que el recuerdo alumbre la vida familiar. En el Antiguo Testamento, el pueblo judío estableció otro axioma similar al referirse a la mirada de las lágrimas. Estas no equivalen exactamente a la tristeza, ni mucho menos a la depresión. Pensemos en Velázquez retratando a los enanos y a los bufones de la corte del rey Felipe IV. Pensemos en Cervantes y en el humor tierno del Quijote. Pensemos en la música abstracta y metafísica de un Johann Sebastián Bach, transida de un dolor lacerante en arias como “Erbarme Dich” o en el sobrecogedor inicio de la cantata BWV 82 Ich Habe Genug. La fenomenóloga francesa Catherine Chalier ha escrito en su Traité des larmes páginas luminosas al respecto, incidiendo en la relectura de la realidad que supone el
llanto. Frente al rostro cortante y anguloso del poder, las lágrimas nos enseñan a mirar con ojos acuosos, llenos de ternura y de humildad.

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Un mundo mejor

Los datos son incuestionables: el mundo mejora; sin embargo, el futuro siempre será una incógnita

Nada avanza en una sola dirección, ni siquiera el progreso. Tampoco el desastre, aunque haríamos bien en no descartar la posibilidad distópica. En Hiroshima y Nagasaki, en los gulags y en los campos de exterminio, en Ruanda y en Camboya se produjeron acontecimientos apocalípticos en pleno siglo XX. Sin embargo, como regla general, la realidad es más una gama de matices, a veces difíciles de distinguir con precisión, que un espacio en blanco y negro donde se enfrentan el bien y el mal. El médico y divulgador sueco Hans Rosling se encargó a lo largo de su vida de recordarnos esta verdad: el pensamiento binario nos conduce a conclusiones equivocadas cuando analizamos el funcionamiento de la sociedad. En su reciente e indispensable Factfulness (ed. Deusto) nos explica por qué al pensar caemos en tantos sesgos erróneos, dando la espalda a los datos más evidentes. El optimismo de Rosling admitiría una réplica inmediata –nada es unidireccional–, pero su tesis de fondo es mayormente acertada: nunca antes se había gozado de tantos derechos ni la prosperidad se había generalizado tanto como ahora. Por supuesto, también fuera de Occidente. Más aún, seguramente es en lo que tradicionalmente llamábamos tercer mundo –así como en los países en vías de desarrollo– donde, de una forma más decidida, se aprecian los avances. Hasta el punto de que, para la Fundación Melinda y Bill Gates, resulta probable que en poco más de una década apenas queden regiones definidas por la extrema pobreza.

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Sin complejos

El rabino Abraham Joshua Heschel –lo cuenta Christian Wiman– observó en una ocasión que la fe consiste básicamente en mantener la fidelidad hacia aquellos pocos momentos en que hemos tenido verdadera fe. “Consiste –escribe el poeta norteamericano– en una disciplina tenue y tenaz de la memoria y la esperanza”; es decir, del recuerdo de lo bueno que hemos vivido –lo mejor de nosotros mismos– y con la confianza puesta en el sentido que nos proporciona esta verdad. Carentes de teología, la lectura secularizada hunde sus raíces en una vivencia similar. Sabemos que hay sociedades que funcionan mejor que otras y políticos más nobles que otros. Sabemos que no todos los principios que rigen nuestra cultura son igualmente válidos, sino que hay virtudes necesarias y virtudes prescindibles. Sabemos, en definitiva, que la experiencia de lo bueno nos mejora y que la convivencia diaria con lo sombrío nos empeora, aunque sea por mimetismo. Y eso hace que –para bien o para mal– la luz del pasado alumbre el camino del futuro.

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