Tantas mudanzas

Del 78 al momento actual hemos vivido tantas mudanzas que ya no sabemos cómo dirimir las diferencias ni cómo vivir en común

En uno de sus “pecios”, Rafael Sánchez Ferlosio recuerda una hermosa cita de santa Teresa de Jesús que parece dirigida a nosotros: “En lo que he vivido,  he visto tantas mudanzas que no sé vivir”. Esta tarde de domingo, en la que escucho la Pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach, pienso en estas palabras. En el jardín de casa llueve a ratos y el viento sacude el mar, como queriendo dar razón a tanta mudanza. Aquella España del siglo XVI, definida por el oro de América, las guerras religiosas que asolaban Europa y el peso sombrío de la Inquisición, era muy distinta a la actual pero coincidía con ella en ese misterioso trazado de las pasiones que llamamos condición humana. “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el sol”, leemos en el Eclesiastés. Ni el juego sangriento de las revoluciones, ni las contradicciones del poder, ni el desafío a sus límites, ni la tensión que late entre el deseo y el miedo, ni la profunda incertidumbre que esconde el futuro a costa tantas veces del hombre… nada de eso cambiará. Pero, al mismo tiempo, ahí está todo: también esa inquietud grabada en unas palabras de la santa española.

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La democracia, en definitiva

A finales de los años 70, en su ensayo El poder de los sin poder, Václav Havel describió el totalitarismo comunista como una perversa geografía: un paisaje moral devastado que poco a poco se enseñorea de la sociedad hasta confundir la verdad con la mentira, la realidad con los espejismos. No es preciso que todos y cada uno de los ciudadanos crean en esa mentira, pero sí que se sometan a ella, que no se opongan ni se atrevan a denunciarla. Como nos recuerda Allan Bloom en su libro sobre Shakespeare y el poder, lo crucial es que esa atmósfera compartida –el  “panorama cotidiano del pueblo”, por utilizar la terminología de Havel– termine por modelar la conciencia de cada individuo. Se diría –como reza un conocido adagio clásico– que la fe que profesamos en los rituales públicos acaba configurando nuestra fe privada, de forma directa o indirecta, por aceptación o por rechazo.

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