El yoyó

Los economistas empiezan a hablar de una “recuperación yoyó”, con aperturas y reaperturas cíclicas: una especie de uve doble que irá encendiendo y apagando el país. ¿Quién sabe? Si aceptamos como probable el consenso oficial sobre la caída prevista del PIB en nuestro país, nos estaríamos refiriendo a magnitudes nunca antes vistas. No se trata del empobrecimiento de una nación, ni de sus trabajadores, ni de sus clases medias, sino de algo mucho peor: una fractura humana, social y moral inaudita. Tuvimos un aviso en 2008 de las consecuencias que puede acarrear una grave crisis económica y que todavía, al menos en el sur de Europa, seguimos padeciendo. Ahora es peor por muchos motivos. Lo es por la potencialidad maligna de la pandemia, que actúa aparentemente como una bomba de neutrones matando a la gente y dejando en pie la estructura de las ciudades. Aparentemente, digo, porque nada se sostiene sin el trabajo de los hombres. El cierre de empresas, la masiva extensión del desempleo, la perdida de riqueza, salarios y consumo –si se prolonga durante meses– terminará causando daños irreversibles en la economía. Si no se diseña bien la reapertura y no mantenemos mientras tanto en respiración asistida a las empresas, la recuperación llevará lustros y no años. Cada día que pasa sin actividad económica juega en nuestra contra.

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Jorge Freire: “¿Una recomendación para los lectores jóvenes? Que aprendan a renunciar”

Jorge Freire (Madrid, 1985) nos ofrece en su último libro Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Ed. Páginas de Espuma), XI Premio Málaga de Ensayo, un fastuoso recital de la inteligencia que bebe de los grandes clásicos para ofrecernos una mirada libre y desenvuelta del hombre contemporáneo.

En las Edda se habla del “fuego de los ríos”. Debajo del orden humano y de la moral, late una inquietud que rompe la armonía edénica. Pero ese fuego supone también el inicio de la historia. Citas al principio de tu libro la conocida sentencia de Pascal sobre la incapacidad de permanecer quietos y a solas en una habitación. ¿No es, en realidad, el fuego –la llama de la agitación– lo que nos humaniza? ¿La condena de Ulises no constituye el origen de Occidente?

Todo es conflicto. Según Heráclito, Homero erraba al desear que el combate entre dioses y hombres terminase. Donde hay vida, hay pugna. Quien prometa abolir definitivamente las discordia será, a buen seguro, un mercachifle, un tonto redentorista o un totalitario. Naturalmente, media un trecho entre la búsqueda de sentido y la carnavalada frenética del Homo Agitatus, que no es sino una suerte de narcótico. El agitado espanta la realidad con alharacas como el avestruz esconde la cabeza. Volviendo a Pascal, puede que no seamos más que una caña, y la más débil de todas, pero somos, al cabo, una caña pensante. La única solución es, a mi juicio, atender a nuestro carácter contingente.

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El hogar de Europa

Cuando tenía siete u ocho años, mi madre me llevó a una librería de Palma llamada Jaume de Montsó. Allí compré mi primer libro. El primero, al menos, que yo recuerde. El primero que elegí y que no era manifiestamente infantil, es decir, ni Los Cinco ni Julio Verne ni los cómics de Spiderman o del Jabato. Compré el Diccionario de mitología mundial de la editorial Edaf, con sus “santos” en blanco y negro, como correspondía a los libros de bolsillo de aquella época. Hablo de épocas porque, aunque sólo hayan pasado unas décadas –serían los primeros ochenta–, me parecen siglos. Al igual que sucede ahora, las librerías eran lugares donde se traficaba con la santidad, donde se vendían objetos raros y valiosos que no podías encontrar en casi ninguna otra plaza. Faltos de una buena red de bibliotecas públicas y de los actuales proveedores tecnológicos –Amazon, por ejemplo–, las librerías ejercían así una labor sagrada. En efecto, había algo sacerdotal en aquellos libreros, verdaderos mentores de una religión secreta. Sin Internet, la memoria suplía la ausencia de los buscadores online. La memoria y los catálogos. La memoria y el “fondo de armario” de las librerías: un fondo caótico en apariencia. Como en una gramática oculta, sólo la intimidad con el lugar te permitía llegar a descubrir sus puntos ciegos.

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Una traición esperanzada

Como era habitual entre los antiguos, al papa san Gregorio Magno le gustaba detenerse en la numerología. Hay, diríamos, un mundo que se oculta tras el eco sigiloso de los guarismos y las letras. El número siete –explica Dom Nault- le fascinaba especialmente: hay siete vicios y siete virtudes, siete dones del Espíritu Santo y siete bienaventuranzas. Como sorteando una arquitectura laberíntica, el pontífice romano localizaba pasadizos secretos que conectaban una estancia con otra. Sabía que los símbolos dicen siempre más de lo que dicen, ya sea por su valor alegórico o por el matiz que sugiere una imagen, por las emociones que suscitan o por su riqueza expresiva. Como monje, san Gregorio conocía bien la tradición del desierto y sus tentaciones. Una de ellas, la más conocida, es la acedia, el demonio del descuido, que san Gregorio traduciría como “tristeza”; aunque quizás fuera mejor decir “tristia”: las tristezas, así en plural, como los poemas de Ovidio.

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Honor y lealtad

La realidad tiene un claro componente ciclotímico. El pasado viernes, por ejemplo, nos levantamos con las esperanzadoras noticias de un nuevo antiviral que podría resultar efectivo contra la COVID-19. El jueves, en cambio, nos habíamos acostado con los datos del paro en Estados Unidos, escalofriantes, casi españoles. Nuestro ánimo, afectado ya por el confinamiento de semanas, oscila como un péndulo de norte a sur, de este a oeste. La ausencia de información fiable ha sido una constante desde el inicio. Y ciertas políticas que en algunos casos rozan lo criminal, por incompetencia y por falsedad. El declive de una civilización también se mide de acuerdo a estas categorías, la incompetencia y la falsedad. Además, no conviene desear en exceso según qué cosas, porque al final terminan sucediendo. El idealismo tiene un componente profético difícil de medir, pero constatable: nuestros pensamientos forjan la realidad, los delirios se cumplen.

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Triste España sin ventura

Si uno mira la evolución del IBEX 35, comprobará que el índice español se encuentra en niveles de hace veinte o veinticinco años. Es un gráfico sesgado, desde luego, que no refleja exactamente la realidad: al contrario que otros mercados bursátiles –el DAX alemán, por ejemplo–, el español no tiene en cuenta el pago de dividendos, históricamente uno de los más generosos de Europa. Pero aun así nos encontramos muy lejos de la evolución positiva de otras economías y la impresión rápida que se lleva el ciudadano es la de una sequía de años, un curso de décadas perdidas a nivel productivo e industrial. Se dirá –y con razón– que vivimos mucho mejor que a finales de la década de los noventa, y así es.

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