Entre Darwin y Freud

De Freud a Pinker, la vida contemporánea se mueve impulsada por el estricto compás de la psicología. Pensemos, por ejemplo, en el eclipse de las iglesias —del confesionario al gabinete psicológico— o en el rol que han desempeñado Jung y sus arquetipos en el mapa de la ciencia ficción: Star Wars o el cómic Promethea sin ir más lejos. Como todas las modas, muchos de los presupuestos de la psicología terminan desgastándose —es el caso de los manuales de autoayuda—, o simplemente palidecen dejando paso a una nueva dogmática. ¿Qué perdura del psicoanálisis freudiano en nuestros días? A nivel terapéutico muy poco, aunque su estela cultural continúe siendo potente. Harold Bloom ha escrito, en alguna ocasión, que la originalidad de Freud consiste en haber ofrecido una nueva hermenéutica del alma humana, una especie de mitología cuya retórica traspasa la sensibilidad del siglo XX.

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Los ultramontanos

El lenguaje viste la realidad. Se diría que la disfraza y enmascara, la ilumina y cincela. El novelista alemán Martin Mosebach nos invita en Der Ultramontane a fijarnos en una palabra antigua, casi en desuso, que remite a un pasado incomprensible para la sensibilidad moderna: ultramontano es lo que se sitúa más allá de las montañas, más allá de las murallas naturales que conforman los Alpes y los Pirineos a ojos de la Europa central. Roma y España, en definitiva. Esto es, el desdén por el atraso católico frente a las luces de la Razón y al nacionalismo prusiano. El ultramontano se caracterizaba por su adhesión a una persona singular –el papa– en lugar de rendir pleitesía a una ideología, un partido o una facción. Por lo tanto, el ultramontano puede ser monárquico, pero no nacionalista; puede desear el regreso del emperador –como imploraba Joseph Roth en sus novelas–, pero no el triunfo de cualquier utopía política. “El ultramontano –escribe Mosebach– sostiene que la sociedad no tiene la última palabra en cuestiones de derechos, justicia y moralidad. No le reconoce el poder de generar su propia legitimidad, ya que la sociedad no puede constituirse como un sistema meramente hermético y autorreferencial. El ultramontanismo representa el mayor rechazo al totalitarismo”.

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