Los sueños truncados de la modernización

Nos recuerda Ramón González Férriz, en su reciente ensayo La trampa del optimismo (Debate, 2020), que la única teoría política consistente de los noventa respondía al nombre de “modernización”. Era una modernidad híbrida, sin aristas especialmente punzantes y de formas más bien livianas. Ser moderno consistía en defender la globalización y el multiculturalismo, el capitalismo de masas y la protección social, una moral sexual relajada y los valores familiares. Reagan, Thatcher y Juan Pablo II empezaban a estar démodés a medida que se iba imponiendo la tercera vía propagada por la socialdemocracia anglosajona: Clinton y Blair. Lo crucial de la idea de modernización era su negativa a reconocer la carga gravitacional de la historia. Se creía, quizás ingenuamente, que la vacuna de la prosperidad inmunizaría a las sociedades democráticas del peligro de sus propios demonios. El optimismo cultural –consecuencia de la derrota del comunismo y de los efectos balsámicos de una economía en expansión– condenaba a la sinrazón del anacronismo cualquier atisbo de crítica. La modernización actuaba con la consistencia de una religión aglutinante, inmune –en aquellos años– a la amenaza de las herejías ideológicas. Los matices contaban, por supuesto, pero ofrecían un aire de familia.

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Gregorio Luri: «No hay nada más democrático que el saber riguroso»

Maestro, sabio y filósofo, Gregorio Luri se ha convertido por derecho propio en una de las figuras intelectuales más incisivas y relevantes de estos últimos años en nuestro país. En su reciente La escuela no es un parque de atracciones (Ed. Ariel, 2020), nuestro autor plantea una firme defensa del conocimiento poderoso frente al fracaso educativo de una escuela sin exigencia. Se trata de un ensayo de lectura ineludible.

Un amigo común, José Granados, afirmaba hace poco que educar consiste en enseñar a hablar bien. Al leer estas palabras me acordé de que, según Pierre Manent, la escuela republicana tomó como modelo la lengua del rey y no la del pueblo. Hay algo precisamente en la educación que apunta hacia el mejor fruto del que es capaz el hombre y la sociedad.

Si es posible una razón común, es un deber colectivo hacer real su posibilidad. La lengua del rey es importante porque no es exclusiva del rey, sino una posibilidad de cada hablante. Cuando Euclides le presentó a Ptolomeo I sus Elementos, este le preguntó si no había un camino más fácil para aprender geometría que el de aquella áspera senda. Euclides le respondió: “No hay caminos reales en la geometría”. Efectivamente, la geometría y, en general, el conocimiento riguroso, está a disposición de todos nosotros. No hay nada más democrático que el saber riguroso porque la razón común es de todos.

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Fumaroli: un europeo universal

Formado en una época en donde la escuela republicana todavía transmitía el brillo de la alta cultura europea, Marc Fumaroli (1932-2020) fue uno de los últimos representantes de los valores de una Francia burguesa que hizo de la conversación erudita y de la alta literatura el sello civilizatorio por excelencia. Borges observó que, si Inglaterra es una escritura, Francia compendia en sí toda una biblioteca con su complejo catálogo de tradiciones literarias: de Montaigne a Ronsard, de Proust a Baudelaire, de Léon Bloy a Paul Verlaine. Hablo también de un mundo burgués, porque los libros de Marc Fumaroli, tan siglo XVII, son deudores de una luz muy peculiar, intrínsecamente occidental, que remite a la excelencia de una aristocracia ahormada por los hábitos industriales, y por tanto conservadores, de la gran ciudad. Esa luz burguesa, recogida en el salón del hogar –levemente severo pero refinado y sensual, con sus libros de lomo dorado, su gabinete de curiosidades y un acompañamiento de música de cámara– refleja uno de los logros más señeros de la modernidad, un auténtico paisaje intelectual que forma ya parte irremediablemente del pasado.

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