Christopher Hitchens

Christopher Hitchens

Podría decirse que a la obra de Christopher Hitchens llegué tarde y mal. Recuerdo la primera vez que lo leí, de noche, en una habitación de hotel. Había acabado A mi manera, la extraordinaria recopilación de artículos y de ensayos de George Orwell, que publicó hace años Destino y, casi por azar, encontré en una librería La victoria de Orwell, el boceto biográfico que Hitchens dedicó al escritor británico. El libro me causó una cierta decepción. Por un lado, tenía a uno de los escritores más brillantes y lúcidos del siglo XX; al otro, un autor ingenioso y polémico sujeto al vicio contemporáneo de la demolición. Pensé entonces que hay gente que para construir necesita llevar la contraria, deshaciendo mitos, denunciando hipocresías, algo así como la voz profética del antiguo pueblo judío. Y también pensé que no era ese el caso de Hitchens – lo de la voz profética, digo – y que entre Orwell y su epígono, yo había tomado ya mi decisión.

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La sociedad plural

La sociedad plural

Al final de su vida, en una larga conversación con el sociólogo Steven Lukes –que acaba de editar en castellano Página Indómita–, Isaiah Berlin reflexionó sobre la difícil relación entre el espíritu liberal y la tentación dogmática del fanatismo. No se trata de una controversia precisamente nueva, ya que hunde sus raíces en el proyecto democrático. “Los liberales –observa Berlin– están comprometidos con la creación de una sociedad en la que el mayor número posible de personas pueda llevar una vida libre, una vida en la que dichas personas puedan desarrollar sus potencialidades, tantas como sea posible, a condición de que no aborten las de los demás”. Pero este anhelo, que viene a ser el de una vida civilizada donde se asuma como propia la riqueza de la pluralidad, choca con la intransigencia de los extremistas.

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Notas a la investidura del president Torra

Notas de la investidura de Torra

Recuperada la Generalitat, tras cerca de doscientos días de aplicación del artículo 155, empieza la batalla de las municipales con un claro objetivo por parte del nacionalismo: tomar Barcelona. De ahí los nervios de Ada Colau, incapaz de construir una imagen de liderazgo opuesta a la de Puigdemont –reeditando así la vieja pugna entre Maragall y Pujol– y, obviamente, superada por la dinámica del procés. Las expectativas electorales de los Comuns caen a medida que su calculada ambigüedad se vuelve en su contra y a favor de la doble punta de lanza que representan, por un lado, los partidos separatistas y, por el otro, Cs que tal vez –sólo tal vez– logre convencer al exprimer ministro francés Manuel Valls para que se presente como candidato a la alcaldía. La batalla por Barcelona supone un hito fundamental porque, en la nueva Europa globalizada, el peso de las ciudades de éxito –y Barcelona lo es– prima sobre la menguante geografía de las regiones. Y Barcelona también es importante porque constituye el único contrapeso efectivo al poder político del nacionalismo, prácticamente hegemónico a día de hoy en Cataluña.

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