El día más triste

En su homenaje a Winston Churchill, el historiador John Lukacs observó que, con su determinación en la II Guerra Mundial, el premier británico había logrado preservar durante medio siglo más el esplendor de la civilización burguesa. De 1945 a 1995, ese periodo dorado que algunos consideran uno de los más altos logros de la humanidad, Europa occidental gozó del raro privilegio de una paz que, tras la caída del comunismo, se creyó perpetua. A lo largo de unas pocas décadas se pensó que era posible conjugar unos niveles de libertad, prosperidad e igualdad jamás conocidos anteriormente. El continente,  ensangrentado en las dos guerras mundiales, vivía en paz consigo mismo, confiado en un futuro que sólo podía ir a mejor. Se puso en marcha la moneda única y se eliminaron las fronteras. El programa Erasmus facilitaba los matrimonios internacionales y se empezaron a coordinar proyectos industriales, científicos y militares a una escala desconocida hasta el momento. Cincuenta años más de civilización –quizás fueron sesenta– que terminaron en un durísimo choque con la realidad  en 2008; aunque ese año realmente fue el final de una escalada de tensiones que llevaban acumulándose hacía tiempo, hasta que el estallido se hizo inevitable.

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Ceguera olfativa

En su último Thoughts from the frontline, John Mauldin ha recurrido al símil de la “ceguera olfativa” para ilustrar el estado actual de la inflación mundial. Por supuesto se puede hablar de la anosmia como una especie de daltonismo del olfato, la incapacidad de reconocer determinadas vetas de olor, pero Mauldin se refiere a algo mucho más concreto y común: la incapacidad de reconocer –por costumbre- los olores más habituales de nuestro entorno, ya sea el de nuestras mascotas, el tabaco, los perfumes o los directamente corporales, que los otros perciben de inmediato –a menudo con desagrado- pero nosotros no. Lógicamente la “nose blindness“ afecta a lo evidente más que a lo extraño, a lo familiar más que a lo lejano. Se diría que de un modo u otro, todos somos víctimas del rigor de esta metáfora. La política española también.

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Nuestros hijos

“En ausencia del apoyo de la vida comunal, la vida familiar ha de soportar demasiadas presiones que la alejan de su plena realización”, escribe el profesor Patrick J. Deneen en ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Conviene leer estas palabras en relación con la reciente polémica suscitada por la ministra Celaá con sus desafortunadas declaraciones. Si la condición más íntima del hombre radica en primer lugar en su condición de hijo y, por tanto, en su naturaleza frágil y necesitada, resulta lógico pensar que la transmisión cultural se dé precisamente dentro del núcleo familiar. Es en la familia, por ejemplo, donde se aprende que el amor nos precede siempre y que en ese diálogo de amores dispares se forma nuestra personalidad. Y es la  familia la que nos muestra con su ejemplo la sutil disciplina de la libertad, inseparable del sentimiento de pertenencia. Igual que no hay libertad fuera de la ley, tampoco es posible aislada en una probeta ideológica al margen de los demás. La libertad no es una abstracción, ni un torbellino de deseos incontrolados frente a un mundo neutral, sino la respuesta cotidiana a los dilemas y a los conflictos sin solución. Parece increíble tener que argumentar estas cosas hoy, como si fuera posible algún modelo familiar que no pase por la lealtad compartida y la confianza mutua: los padres que cuidan de sus hijos y los hijos que ensayan los límites de los padres, los hermanos que se pelean y se quieren a la vez, los abuelos que entregan su tiempo sin pedir nada a cambio, los primos que juegan cualquier noche de verano en la calle o junto al mar y se adentran juntos en ese misterio insondable que es la vida.

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Barra libre

Esta mañana, a primera hora, me he despertado con el traqueteo insistente de unas excavadoras. No está mal para un sábado. Despedazan el suelo –ese suelo duro de Mallorca, todo roca frente al mar–, lo pican y lo rompen para edificar algún chalé. Por un momento pienso que, a pesar de los agoreros y de los obvios desequilibrios, la economía sigue rodando; al menos en aquellos lugares que, por un motivo u otro, atraen los flujos de inversión internacional. Resulta lógico que sea así: con barra libre de liquidez y tipos negativos, el dinero se desplaza rápido buscando un mínimo de rentabilidad. Las escasas alternativas parecen evidentes: renta variable, dividendos, sector inmobiliario… Piketty demuestra con datos que el patrimonio resulta decisivo en la escala social, mientras la importancia del factor trabajo se diluye. Se diría que es tiempo de salarios bajos –o al menos modestos–, que dificultan el acceso a la propiedad y muchas veces directamente lo imposibilitan. Pero aquí la construcción ha vuelto y lo ha hecho con fuerza. Esto apunta hacia un mundo cada vez más segregado.

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La ciencia de lo sencillo

Hay quien dice que la filosofía es la ciencia que se dedica a estudiar lo sencillo, que por supuesto no lo es tanto cuando lo observamos con cierto detenimiento. Quizá suceda lo mismo en la política, aunque en un sentido opuesto: pensamos que es sublime y compleja, le dedicamos nuestras mejores palabras y nuestros mayores esfuerzos, pero al final sus motivaciones responden a una banal simplicidad. Hay una lógica en el poder que busca preservarse a sí mismo y hay otra lógica en la sociedad que reclama seguridades, altas dosis identitarias y retóricas moralizantes, aun cuando lo haga sólo para ocultar egoísmos de toda clase. Ni el triunfo de Donald Trump ni la reciente victoria de Boris Johnson pueden considerarse fenómenos inexplicables o irracionales: se trata de políticos populistas, en efecto, que sencillamente han sabido leer e interpretar las pulsiones sociales causadas por la crisis del liberalismo mejor que otros. Otro tema distinto es prever cómo afectarán sus políticas a sus respectivos países. O sospechar que no resultarán positivas. No del todo, quiero decir.

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El escenario Asens

Conviene que nos hagamos cargo de las palabras, porque las palabras siempre terminan haciéndose cargo de nosotros. Acudamos por un momento a la hemeroteca. El 4 de mayo de 2016, Jaume Asens, el hombre fuerte de Pablo Iglesias en Cataluña, planteaba en una columna del periódico Ara un escenario político que quizá vayamos a presenciar en los próximos meses: la actuación coordinada, en Madrid y Barcelona, de los distintos movimientos que buscan desbordar la Constitución. “Están sucediendo cosas inimaginables hace un tiempo –escribía Asens aquella jornada–. En el terreno cultural, el marco mental que proviene de la Transición se ha roto. Han contribuido a ello dos de las más grandes movilizaciones de la historia. La del soberanismo catalán que salió a la calle con motivo de los recortes del Estatut. Y la del 15-M que ocupó las principales ciudades de todo el Estado. Aunque el nacionalismo conservador intente desvincularlas, ambas son expresión de un mismo mar de fondo, de una misma crisis de régimen. La dos tuvieron lugar en 2011. Una con epicentro en Cataluña y la otra en Madrid”.

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