La edad de la ansiedad

En 1948, el poeta inglés W. H. Auden publicó un largo poema titulado The Age of Anxiety, que le valió el premio Pulitzer. El mundo salía de una guerra mundial y se abocaba a la Guerra Fría, con Europa dividida en dos mitades. La inicial era de la ansiedad fue una época de inquietud ante el creciente poder del comunismo y la amenaza real de un conflicto atómico entre la URSS y los Estados Unidos. Desde entonces, la historia ha cambiado, y también muchos de los valores imperantes, pero no esa especie de trasfondo psicosomático que mueve a las masas: el resentimiento por un lado y el miedo por el otro. Pensemos en estos últimos años, siempre al borde del abismo, ya fuera por la llegada de una pandemia viral, del colapso de la banca, del bréxit y la victoria de Trump, de las mareas migratorias, el terrorismo internacional, el ascenso de los populismos, la ruptura de los países, la crisis de las clases medias…

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Tantas mudanzas

Del 78 al momento actual hemos vivido tantas mudanzas que ya no sabemos cómo dirimir las diferencias ni cómo vivir en común

En uno de sus “pecios”, Rafael Sánchez Ferlosio recuerda una hermosa cita de santa Teresa de Jesús que parece dirigida a nosotros: “En lo que he vivido,  he visto tantas mudanzas que no sé vivir”. Esta tarde de domingo, en la que escucho la Pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach, pienso en estas palabras. En el jardín de casa llueve a ratos y el viento sacude el mar, como queriendo dar razón a tanta mudanza. Aquella España del siglo XVI, definida por el oro de América, las guerras religiosas que asolaban Europa y el peso sombrío de la Inquisición, era muy distinta a la actual pero coincidía con ella en ese misterioso trazado de las pasiones que llamamos condición humana. “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el sol”, leemos en el Eclesiastés. Ni el juego sangriento de las revoluciones, ni las contradicciones del poder, ni el desafío a sus límites, ni la tensión que late entre el deseo y el miedo, ni la profunda incertidumbre que esconde el futuro a costa tantas veces del hombre… nada de eso cambiará. Pero, al mismo tiempo, ahí está todo: también esa inquietud grabada en unas palabras de la santa española.

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La democracia, en definitiva

A finales de los años 70, en su ensayo El poder de los sin poder, Václav Havel describió el totalitarismo comunista como una perversa geografía: un paisaje moral devastado que poco a poco se enseñorea de la sociedad hasta confundir la verdad con la mentira, la realidad con los espejismos. No es preciso que todos y cada uno de los ciudadanos crean en esa mentira, pero sí que se sometan a ella, que no se opongan ni se atrevan a denunciarla. Como nos recuerda Allan Bloom en su libro sobre Shakespeare y el poder, lo crucial es que esa atmósfera compartida –el  “panorama cotidiano del pueblo”, por utilizar la terminología de Havel– termine por modelar la conciencia de cada individuo. Se diría –como reza un conocido adagio clásico– que la fe que profesamos en los rituales públicos acaba configurando nuestra fe privada, de forma directa o indirecta, por aceptación o por rechazo.

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Patria de nuestras patrias

Se diría que Europa es el destino natural de Oriente, la extraña geografía del fin del mundo, el lugar donde se pone el sol para renacer al día siguiente. Václav Havel reflexionó sobre esta imagen en un penetrante discurso ofrecido en el Senado italiano el 4 de abril de 2002. «El nombre de Europa –explicó–, que significa “Occidente”, refleja probablemente una perspectiva asiática». Hay algo hermoso en esta idea que nos hermana con el deambular de la Historia y con el aliento de esperanza que mueve al hombre a perseguir sus sueños. Europa sería así hija del sur –África–, pero más aún de Asia: de esa lejanía ancestral que nos trajo la lengua, el anhelo del misterio y las religiones. Heredera de Oriente, Europa persiguió su destino más allá de los océanos; era el mismo impulso vital que llamaba a expandir las fronteras de lo conocido. Para Pietro Citati, en su melancólico libro sobre Ulises, el hecho más característico del espíritu europeo consistía precisamente en esa capacidad de traspasar los límites de lo evidente y mirar hacia el infinito. No es ya la historia circular, que gira casi estática alrededor de sí misma a merced del ritmo de las estaciones, sino un destino que responde al nombre de la esperanza.

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El consenso, una pasión democrática

Se diría que los hombres solo conocen de verdad aquello que han vivido en primera persona, aunque sus sueños se proyecten hacia un lejano pasado de tintes míticos o hacia un futuro utópico del que únicamente aciertan a percibir sus rasgos más brillantes. En cierto modo, podríamos afirmar que todos somos hijos de la posguerra: un largo periodo de paz y prosperidad que trajo consigo la extensión de las clases medias, un generoso pacto social al que llamamos Estado del bienestar, el final aparente de los nacionalismos y la progresiva cooperación comunitaria desde los ya lejanos Tratados de Roma. Ese continente surgido de la posguerra no puede entenderse sin la gran catástrofe que supuso la primera mitad del siglo XX: dos guerras mundiales, la caída de los imperios, la revolución rusa, el ascenso de los totalitarismos, Weimar y la shoah, los efectos del crac del 29 y la hiperinflación alemana.

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El estado de la nación

Para juzgar el estado moral de una nación, haríamos bien en mirar sus costumbres. Esta fue la gran lección que extrajo Tocqueville de su viaje a los Estados Unidos hace ya dos siglos. El arraigo de las virtudes, los hábitos adquiridos desde la infancia, los ídolos a los que se combate, la devoción por la excelencia, el grosor intelectual del debate público, la riqueza de las bibliotecas, el dinamismo del comercio, la pulcritud de las calles, la suave ingenuidad de las fiestas que se celebran, la solidez contable de los presupuestos nos hablan de un país con más acierto que las proclamas de los partidos o que la palabrería de los periódicos. De los debates de La clave al histerismo actual de las tertulias televisivas, hay algo más que una sutil gradación. Del estilo concebido como una forma de contener la tiranía de los instintos –y ese estilo resulta tan necesario en público como en privado– a tildar cualquier ley de represiva, también hay algo más que un salto. La crisis de la democracia no se puede desligar de la mutación sufrida por nuestras costumbres, que han sustituido la tradición constructiva de la memoria por una tendencia casi exclusiva hacia la sospecha y el rencor, y por la implosión de una pluralidad de microidentidades aisladas y enfrentadas, cada una con sus propios códigos de conducta. No es de extrañar por tanto que en el Reino Unido surjan ya intelectuales reclamando que a las comunidades musulmanas que viven en el país no se les aplique la ley común emanada del parlamento, sino sólo la sharía islámica. O que en los planes de estudio, se opte por sustituir el conocimiento general de la Historia –con su compleja y misteriosa ambigüedad– por otras lecturas parciales y tendenciosas, aisladas de su propio pasado. La sobrecarga emocional de las palabras se da además por supuesta.

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