El consenso, una pasión democrática

Se diría que los hombres solo conocen de verdad aquello que han vivido en primera persona, aunque sus sueños se proyecten hacia un lejano pasado de tintes míticos o hacia un futuro utópico del que únicamente aciertan a percibir sus rasgos más brillantes. En cierto modo, podríamos afirmar que todos somos hijos de la posguerra: un largo periodo de paz y prosperidad que trajo consigo la extensión de las clases medias, un generoso pacto social al que llamamos Estado del bienestar, el final aparente de los nacionalismos y la progresiva cooperación comunitaria desde los ya lejanos Tratados de Roma. Ese continente surgido de la posguerra no puede entenderse sin la gran catástrofe que supuso la primera mitad del siglo XX: dos guerras mundiales, la caída de los imperios, la revolución rusa, el ascenso de los totalitarismos, Weimar y la shoah, los efectos del crac del 29 y la hiperinflación alemana.

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El estado de la nación

Para juzgar el estado moral de una nación, haríamos bien en mirar sus costumbres. Esta fue la gran lección que extrajo Tocqueville de su viaje a los Estados Unidos hace ya dos siglos. El arraigo de las virtudes, los hábitos adquiridos desde la infancia, los ídolos a los que se combate, la devoción por la excelencia, el grosor intelectual del debate público, la riqueza de las bibliotecas, el dinamismo del comercio, la pulcritud de las calles, la suave ingenuidad de las fiestas que se celebran, la solidez contable de los presupuestos nos hablan de un país con más acierto que las proclamas de los partidos o que la palabrería de los periódicos. De los debates de La clave al histerismo actual de las tertulias televisivas, hay algo más que una sutil gradación. Del estilo concebido como una forma de contener la tiranía de los instintos –y ese estilo resulta tan necesario en público como en privado– a tildar cualquier ley de represiva, también hay algo más que un salto. La crisis de la democracia no se puede desligar de la mutación sufrida por nuestras costumbres, que han sustituido la tradición constructiva de la memoria por una tendencia casi exclusiva hacia la sospecha y el rencor, y por la implosión de una pluralidad de microidentidades aisladas y enfrentadas, cada una con sus propios códigos de conducta. No es de extrañar por tanto que en el Reino Unido surjan ya intelectuales reclamando que a las comunidades musulmanas que viven en el país no se les aplique la ley común emanada del parlamento, sino sólo la sharía islámica. O que en los planes de estudio, se opte por sustituir el conocimiento general de la Historia –con su compleja y misteriosa ambigüedad– por otras lecturas parciales y tendenciosas, aisladas de su propio pasado. La sobrecarga emocional de las palabras se da además por supuesta.

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Final de legislatura

Nada ha salido como se preveía. Cuando Pedro Sánchez nombró su primer gobierno, enseguida se habló del jogo bonito de un equipo de ministros estelar frente al tosco catenaccio que se reprochaba a Rajoy. Llegaba la alegría, la diversión, una nueva meritocracia ajena a las servidumbres partidistas y llamada a modernizar el país después de unos años de pretendido oscurantismo. Se anunciaba la esperada pacificación de Cataluña, la reversión de los recortes sociales y la mejora de unas instituciones debilitadas por la aluminosis de la corrupción masiva y el azote retórico de los populistas. Muy pronto, sin embargo, se descubrió que los hechos no respondían exactamente a las expectativas. La fragilidad parlamentaria se traducía en un rompecabezas de encaje imposible; la elección de algunos de los ministros se demostró manifiestamente mejorable; el diálogo con la Generalitat se atascó tan pronto como se pudo comprobar la cerrazón demagógica que rige en Waterloo; y las continuas cortinas de humo ideológicas que se lanzaban no hacían sino irritar a una parte de la ciudadanía necesitada de estabilidad y sosiego más que de interminables guerras culturales.

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Sin complejos

El rabino Abraham Joshua Heschel –lo cuenta Christian Wiman– observó en una ocasión que la fe consiste básicamente en mantener la fidelidad hacia aquellos pocos momentos en que hemos tenido verdadera fe. “Consiste –escribe el poeta norteamericano– en una disciplina tenue y tenaz de la memoria y la esperanza”; es decir, del recuerdo de lo bueno que hemos vivido –lo mejor de nosotros mismos– y con la confianza puesta en el sentido que nos proporciona esta verdad. Carentes de teología, la lectura secularizada hunde sus raíces en una vivencia similar. Sabemos que hay sociedades que funcionan mejor que otras y políticos más nobles que otros. Sabemos que no todos los principios que rigen nuestra cultura son igualmente válidos, sino que hay virtudes necesarias y virtudes prescindibles. Sabemos, en definitiva, que la experiencia de lo bueno nos mejora y que la convivencia diaria con lo sombrío nos empeora, aunque sea por mimetismo. Y eso hace que –para bien o para mal– la luz del pasado alumbre el camino del futuro.

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El conservadurismo

El poder es conservador, nos enseña Shakespeare. El poder exige, además, una elevada dosis de teatralidad, rituales, una simbología recurrente, cierta devoción pactada, algún tipo de consenso… El poder, en definitiva, busca sobre todo preservarse a sí mismo, más o menos como actúa la vida en estado natural. La evolución de las especies parece confirmar este componente grupal, simbólico y litúrgico del hombre. Nuestra inteligencia crece socialmente y exige un fuerte grado de vinculación emocional, que hoy conocemos como “apego seguro”. Los estudios de Sarah Blaffer Hrdy sobre el apego en los primates –ha escrito al respecto un libro fascinante: Mothers and Others– demuestran el contenido tribal de estos vínculos, que se extienden mucho más allá de la familia stricto sensu. Si en la prehistoria las tasas de supervivencia se incrementaban con la ayuda del grupo, en la modernidad lo importante son las virtudes y los valores sociales. La confianza, por ejemplo, en la palabra dada, el respeto a la ley, la voluntad de racionalizar los conflictos y de convertir la democracia, básicamente, en un espacio de decencia. Conservar significa no sólo amar las viejas tradiciones o los lugares santos, sino también reconocer la textura social de la Historia, con su catarata de contradicciones que hay que pulir y modular, y cuyas soluciones deben ser puestas al día generación tras generación. Nada hay menos conservador que el integrismo del pasado (o cualquier otro tipo de fijación cultural, ideológica o identitaria). El integrismo, digámoslo ya, constituye un peligroso espantajo que regresa una y otra vez en forma de tentación. Los hombres aprendemos con dificultad de la Historia.

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El todo o la nada

Nuestro mundo se dirige ciego a los extremos. El filósofo francés René Girard planteó esta posibilidad en uno de sus últimos libros, dedicado al pensamiento del gran teórico de la guerra Carl von Clausewitz. Si los habituales diques de contención fallan –ya sea la legitimidad del mito en que se sustenta una cultura o la robustez del pacto constitucional–, se abre paso el contagio vírico de los fanatismos. Es decir, sin límites no hay que buscar tanto los motivos de la razón como el mecanismo de las pasiones. Cuando caen las ficciones compartidas y el emperador deambula desnudo, la risotada del pueblo adquiere tintes carnavalescos. Sólo que no es la alegría lo que rige, sino el desenfreno oscuro del resentimiento. El resentimiento –nos dirá Girard en este mismo ensayo– constituye “la pasión moderna por excelencia”. Es algo que comprobamos a diario. Es algo que podemos palpar con nuestras manos y ver con nuestros ojos.

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