Las dos democracias

Las dos democracias

La democracia de los populistas se fundamenta en la victoria, en el aplastamiento del adversario elevado a categoría de enemigo. La democracia representativa, por su parte, se basa en los consensos y la negociación. En un ecosistema liberal no existen victorias definitivas, sino que las mayorías absolutas duran una legislatura hasta que se convocan las siguientes elecciones, normalmente a los cuatro años. La división de poderes garantiza el mantenimiento de un fino equilibrio frente al absolutismo. El imperio de la ley afirma la igualdad sustancial de los ciudadanos sin exclusión; de ahí que, en la base del ideal democrático –compartido por socialdemócratas, democratacristianos, conservadores y liberales–, se encuentre la voluntad de incluir y reconocer la diferencia. No es el mundo de las identidades enfrentadas y en abierto conflicto lo que se reivindica, sino el de la pluralidad en continuo desarrollo.

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Dos modelos para Casado

Dos modelos para Casado

En su libro The Dawn of Eurasia, el exministro portugués Bruno Maçaes explica que uno de los grandes errores del proyecto europeo es la paulatina sustitución de la política por una espesa maraña burocrática que, como sucede con las capas de una cebolla, acaba ocultando el corazón mismo de la democracia. Cuánto hay en estas palabras de específicamente continental sería motivo de debate, pues admiten una lectura en clave nacional. ¿El auténtico instinto del bien común se ha disuelto bajo la severidad de los intereses demoscópicos y el exceso regulatorio que asfixia el ámbito de actuación de los ciudadanos?

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¿Adiós a los consensos?

Adiós a los consensos

El final de la II Guerra Mundial y el inicio de la posguerra pusieron en marcha un proyecto de largo aliento basado en el comercio, la estabilidad, el equilibrio y el consenso. Europa había sido destruida por el conflicto entre nacionalismos (cabe afirmar con Kennan que el comunismo soviético fue también una variante del nacionalismo) y por la caída de los viejos imperios. La paz entre los países exigía un nuevo humanismo que mirase, por un lado, hacia la prosperidad del hermano americano y, por el otro, a un potente desarrollo de las políticas del bienestar: más comercio, más colaboración entre Estados –militar, industrial, gubernamental–, mayores equilibrios sociales. Bajo el paraguas de los Estados Unidos, que garantizaba la seguridad exterior, Europa empezó a soñarse como un espacio de paz.

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Sin un hogar común

Sin un hogar común

En su libro The Home We Build Together, el rabino Jonathan Sacks incide en el valor de la vida comunitaria. Las religiones dotaron al hombre de un sentido de hogar: se compartían unas mismas raíces –por lo general míticas, situadas en el origen de la Historia– y unos mismos fines –la redención en el más allá, según el monoteísmo–; se compartían unos ritos que les acompañaban desde el nacimiento hasta la muerte: una estructura común de virtudes y de valores, una determinada mirada sobre el bien y el mal. Las religiones construían un hogar que enlazaba espacios sagrados, símbolos, festividades y relatos; que insertaba a las personas en un ámbito superior a sí mismas. Se edificaba una casa en común, porque esa casa era en efecto de todos; aunque, desde la perspectiva de nuestra sensibilidad moderna, esa morada no fuera lo suficientemente amplia como para que todos cupiesen. Hubo siglos en los que un católico no podía convivir con un protestante, ni un judío con un musulmán; y, seguramente, el mayor genocidio cometido en el siglo XX –junto al icono negro del Holocausto– ha sido el perpetrado contra los cristianos de Oriente Próximo: en Turquía con los armenios, por poner un ejemplo. Pero también hubo épocas en que sucedió más bien lo contrario.

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Una fe que justifica

Una fe que justifica

Se habla de la envidia y se habla del resentimiento como de dos instintos primarios de la vida política. Miedo y odio, envidia y resentimiento son capas que se superponen la una a la otra. O la una por debajo de la otra, como el poder y la voluntad de poder. El ensayista alemán de origen iraní Navid Kermani escribió lo siguiente al respecto: «Envidia, aunque envidia quizás sea demasiado general y hoy día, en estos años, sería más preciso hablar de resentimiento que de aquella animadversión que reside en la envidia, aunque no sólo en la envidia, sino en la rivalidad y en los prejuicios, en el temor y en el sentimiento de inferioridad, es decir, que de forma inevitable llega al inconsciente».

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