En Bizancio

En la Navidad del año 1400 el rey de Inglaterra cenó con el emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo. El heredero de Roma había llegado de París, en donde también había implorado ayuda al rey Carlos. Era la cristiandad reunida ante la amenaza de los turcos, que se cernía sobre la antigua Constantinopla y sobre el país de los griegos. El historiador Steven Runciman narra este episodio con una emotividad especial: “Todos en Inglaterra estaban impresionados por la dignidad de su porte y las inmaculadas vestiduras blancas que el emperador y su corte llevaban. Pero precisamente a causa de sus altos títulos, sus anfitriones e sentían inclinados a compadecerle, pues el emperador había ido como mendigo a buscar desesperadamente ayuda contra los infieles que habían sitiado su imperio”. Runciman nos muestra el nacimiento de un gran poder emergente –el otomano– y las desavenencias que imposibilitaban la unidad del mundo cristiano –venecianos contra genoveses, ingleses contra franceses, católicos contra ortodoxos, y así un largo etcétera–. De hecho, el destino de Bizancio estaba ya sellado: ningún reino dividido prevalece en el tiempo.

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Tasas e impuestos

Entre otras cosas, la vida pública consiste en pagar. Impuestos, por ejemplo. O tasas. Y está bien que sea así. Las sociedades modernas se sostienen sobre unas infraestructuras que promueven el desarrollo y unos programas de bienestar que garantizan unos niveles aceptables de equidad. Como ya intuyó Tocqueville, el difícil punto de equilibrio entre lo público y lo privado tiene mucho que ver con la cultura y las costumbres de cada país. Si los dos grandes modelos de éxito son hoy en día Dinamarca y Singapur, resulta fácil adivinar la enorme distancia que los separa: en lo económico y en lo social. Tienen en común, sin embargo, una voluntad de racionalizar la política y no gobernar a golpe de improvisaciones.

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La revolución monárquica

En The Royalist Revolution, un reciente ensayo sobre los orígenes intelectuales de la independencia americana, el profesor de Harvard Eric M. Nelson argumenta que la furia de los padres fundadores iba dirigida más bien contra los excesos de poder del Parlamento británico que contra el rey Jorge III. Aunque de entrada resulte chocante, la motivación última respondía a intereses nítidamente republicanos: llegar a un sano equilibrio de poderes.

Si para Edmund Burke el gran acierto de la Revolución Gloriosa de 1688 había sido lograr encauzar la autoridad de la Corona dentro del marco del parlamentarismo y para Madame de Staël el contrapeso entre los distintos poderes constituye la virtud republicana por  antonomasia (tanto que la ilustrada francesa se refería paradójicamente a la monarquía constitucional como una forma de república), los padres fundadores se asomaron al abismo de esa patología democrática que era el excesivo poder acumulado por el Parlamento británico frente a la inacción del rey.

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Un estado del alma

“Un paisaje es un estado del alma”, escribió Mercè Rodoreda, “aunque también podríamos decir que es el estado del alma quien crea el paisaje”. Un conservador vería con buenos ojos esta segunda afirmación. En un conocido texto de mediados del siglo pasado, el filósofo británico Michael Oakeshott describió el conservadurismo con palabras que recuerdan los trazos poéticos de una cartografía: “Ser conservador consiste en preferir lo familiar a lo desconocido, lo contrastado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado…”.

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El problema es la dirección

El problema es la dirección. No sabemos si Pedro Sánchez mira hacia la izquierda –un pacto amplio y sólido con Unidas Podemos– o si mira hacia el liberalismo reformista. No sabemos si apuesta por desarrollar la idea de una nación de naciones, por federalizar las autonomías, o por recentralizar el Estado. No sabemos si detrás de Sánchez se encuentra la política sonajero del folclore populista o si prima el horizonte razonable de los modelos socialdemócratas escandinavos. No sabemos si el presidente del gobierno sólo destaca en el regate corto o si su estrategia responde a pases largos. No lo sabemos porque Sánchez ha ofrecido pistas para defender cualquier opción, en una línea y la contraria. Y lo ha hecho, supongo, porque es un rasgo de su personalidad; pero también porque la nueva política –siempre atenta a los excitables dictados de la demoscopia– parece reclamar la volatilidad de los acuerdos. La fragmentación actual de las sociedades modernas –agravada por la polifonía coral de las identidades– así lo favorecería. En un mundo sin grandes creencias ni mitos compartidos, la flexibilidad actúa como un valor al alza. Dicho de otro modo: todos los caminos conducen a Roma, siempre que Roma constituya efectivamente el centro del poder.

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La maldición de Caín

Caín matando a Abel | Autor: FRANCKEN II, FRANS (Museo del Prado)
Los hombres nos movemos en un dualismo emocional que responde a unos pocos prejuicios. Digamos que es la maldición de Caín

La percepción social de la Historia tiene mucho de maniquea. Cuerpo y alma, ortodoxos y herejes, buenos y malos, la secularización de las ideas no ha introducido ninguna modificación en este bajo obstinado de nuestras creencias. El siglo XVIII vio disputar a ilustrados y absolutistas; el XIX, a afrancesados y reaccionarios. En la Rusia de los zares, los occidentalistas pugnaban con los eslavófilos, y hoy todavía perdura esta controversia. No se puede entender el siglo XX sin pensar que el nacionalismo y el socialismo han definido el abecedario axiológico de las posturas enfrentadas, aunque a menudo uno y otro se confundieran y se fecundaran mutuamente. ¿Qué fue la URSS, por ejemplo? ¿Era realmente más zarista o más internacionalista? Y en los Estados Unidos, ¿no cabe confundir a menudo a los republicanos con el aislacionismo nacionalista y a los demócratas con el internacionalismo más occidentalizante? Pero lo contrario también ha sucedido a menudo. Pensemos en los  neoconservadores que quisieron imponer la democracia a la fuerza en países y culturas históricamente  ajenos a ella o, viceversa, en los gobiernos demócratas que se acercaron a posturas antiliberales. El historiador John Lukacs –siempre más atento a las creencias que al determinismo– intenta explicar esta aparente paradoja apelando al dominio de las exigencias de la vida sobre las teorías abstractas. Las personas eligen creer en algo –y no al contrario–, por lo que ese maniqueísmo del que hablamos reflejaría, más que unas «categorías constantes, ciertas tendencias de la mente».

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