El siglo de la música

elruidoeterno - Daniel Capo Blog

“El ruido eterno”
Autor: Alex Ross (Traducción de Luis Gago)
Editorial: Seix Barral

Gustav Mahler llegó a Nueva York el 21 de diciembre de 1907. En América, esperaba encontrar “un hogar espiritual, una tierra sin complejos”. Huía de Viena, pero muy posiblemente también huyera de sí mismo. En El ruido eterno, el crítico musical del New Yorker, Alex Ross, narra las tardes en los fumaderos de opio de Chinatown, las sesiones de espiritismo a las que asistía Mahler, la luz intacta de Nueva York – ese azul no gastado, en definición de Paul Morand – y la soledad del hombre contemporáneo perdido en la angostura del tiempo. “Cuando se dirigía a un concierto – escribe Ross -, Mahler se negaba a contar con un chofer y prefería utilizar el metro. Un músico de la Filarmónica vio en una ocasión al gran hombre solo en un vagón de metro, mirando con expresión ausente como cualquier otro usuario camino del trabajo.”

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La tierra de las sirenas

Es sabido que el Mediterráneo nunca se ha desembarazado por completo de la sensualidad griega. Trasunto de un mundo mitológico, en ocasiones primario, en otras misterioso, que acompaña al artista allá donde va, se puede decir que todos los que hemos nacido en este rincón del planeta, somos de un modo u otro hijos de Grecia. Es una consecuencia de la luz y de la sombra: de la espesura de ambos, quiero decir. Y sólo en Mallorca he visto una luz similar a la de Capri.

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Louise Glück

Descubrí la poesía de Louise Glück (Nueva York, 1943) gracias al novelista Brian Bouldrey, que sabía de mi afición por los poetas del Objectivist Group: William Carlos Williams, Charles Reznikoff y, sobre todo, mi admirado George Oppen. Glück, que ha dedicado algún ensayo a la obra de Oppen, comparte con los objetivistas un interés común por la sencillez verbal, la sfumatura de los silencios y una especie de austeridad mística, desnuda, en su acercamiento al ser humano. La poesía de Glück, además, se ciñe a los límites de la sensibilidad romántica cuando se declara incapaz de disociar el sufrimiento propio de la herida del mundo, quizá porque en su caso la poesía sea un modo de conjurar una tendencia crónica a la depresión y una temprana anorexia. En Ararat – cronológicamente un libro anterior a El iris salvaje, aunque su publicación en castellano se haya demorado hasta 2008 – se puede leer este verso inaugural: “Long ago, I was wounded” (“hace mucho tiempo, fui herida”); que encuentra su continuación natural en el primer verso de El iris salvaje: “At the end of my suffering/there was a door” (“Al final del sufrimiento /me esperaba una puerta”). Más adelante, y de un modo definitorio, leemos: “Simplemente supimos que no es propio de la naturaleza humana amar sólo aquello que nos devuelve amor”.

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La piedad del padre Brown

Para ser sinceros uno nunca se ha llevado del todo bien con Chesterton. Mozart, por ejemplo, también me disgustó hasta que un día descubrí su aparente y elegante sencillez, esa ligereza blanca en definición de Christian Bobin. De Chesterton me alejaba la inteligencia excesiva de quien se recrea en una facilidad insultante, mercurial, para el humor y la paradoja. Quiero decir que, en ocasiones, leyendo a Chesterton, he tenido la sensación de que su búsqueda de la verdad requería siempre de un excesivo lucimiento. Chesterton, por otra parte, constituye un ejemplo de lo mejor y lo peor del pensamiento inglés, ya me entienden: una inteligencia que cae en lo excéntrico precisamente para no perder la compostura. Y esto lo distingue de los alemanes que, de tan serios, acaban por enloquecer. Pero regresemos a nuestro autor y a este libro, Los relatos del Padre Brown. Uno diría que, junto a su Autobiografía y a los ensayos reunidos bajo el título Correr tras el propio sombrero, lo mejor del escritor inglés se encuentra en la serie de aventuras detectivescas protagonizadas por el regordete curilla católico; quizá porque en ellos importe más desvelar el sentido de las acciones del alma humana que el crimen en sí.

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