La piedad del padre Brown

Para ser sinceros uno nunca se ha llevado del todo bien con Chesterton. Mozart, por ejemplo, también me disgustó hasta que un día descubrí su aparente y elegante sencillez, esa ligereza blanca en definición de Christian Bobin. De Chesterton me alejaba la inteligencia excesiva de quien se recrea en una facilidad insultante, mercurial, para el humor y la paradoja. Quiero decir que, en ocasiones, leyendo a Chesterton, he tenido la sensación de que su búsqueda de la verdad requería siempre de un excesivo lucimiento. Chesterton, por otra parte, constituye un ejemplo de lo mejor y lo peor del pensamiento inglés, ya me entienden: una inteligencia que cae en lo excéntrico precisamente para no perder la compostura. Y esto lo distingue de los alemanes que, de tan serios, acaban por enloquecer. Pero regresemos a nuestro autor y a este libro, Los relatos del Padre Brown. Uno diría que, junto a su Autobiografía y a los ensayos reunidos bajo el título Correr tras el propio sombrero, lo mejor del escritor inglés se encuentra en la serie de aventuras detectivescas protagonizadas por el regordete curilla católico; quizá porque en ellos importe más desvelar el sentido de las acciones del alma humana que el crimen en sí.

En su biografía se explica que Chesterton se convirtió al catolicismo el día que cayó en la cuenta de que la Iglesia no sólo conoce el bien sino que además es sabia en el mal. Esta precisa paradoja explica el misterio literario del Padre Brown. El asunto no consiste en resolver un crimen – que también – sino en indagar las razones ocultas del mal y buscar su redención. Como en Mozart, prima la ligereza del perdón, que resulta un trasunto de la alegría. En uno de los relatos, La cabeza de César, leemos que el padre Brown le pide a su amigo, el detective Hercule Flambeau, que siga una pista falsa sólo para poder quedarse a solas unos instantes con su cliente. Brown, entonces, abre su breviario y se pone a rezar en silencio, mientras espera que ella le hable: “Tenía la esperanza de que me hablase […]. Tan sólo aspiro a saber lo suficiente para ayudarla, si es que alguna vez se decide a pedirme ayuda libremente.” Por supuesto, el sacerdote ya sabe que ella es culpable aunque lo que busca es destejer el mal en su corazón, anudarla al bien: así se manifiesta la particular piedad del padre Brown.

Los relatos del padre Brown nos reconcilian con Chesterton del mejor modo: dándole las gracias por tanto humor, tanto ingenio y tanta sabiduría; en una edición, además, soberbiamente traducida al castellano por Miguel Temprano García.

Artículo publicado en el suplemento Bellver

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