La tierra de las sirenas

Es sabido que el Mediterráneo nunca se ha desembarazado por completo de la sensualidad griega. Trasunto de un mundo mitológico, en ocasiones primario, en otras misterioso, que acompaña al artista allá donde va, se puede decir que todos los que hemos nacido en este rincón del planeta, somos de un modo u otro hijos de Grecia. Es una consecuencia de la luz y de la sombra: de la espesura de ambos, quiero decir. Y sólo en Mallorca he visto una luz similar a la de Capri.

Alberto Savinio – alter ego de Andrea de Chirico – visitó Capri en 1926 y cuenta su estancia en la isla en este breve libro que ahora nos ofrece Minúscula. Narración autobiográfica trufada de surrealismo, la Capri de Savinio responde a las palabras que el romántico francés Sainte-Beuve le dedicó a la isla: “La silhouette sévère, le profil formidable, Tibère”.  Ahí tenemos, claro está, al sucesor de Octavio Augusto, Tiberio, en el origen de todos los mitos capreses – Suetonio y su Vida de los doce césares –, aderezados por un decorado muy siglo XIX – esta vez en la versión snobbish que corresponde a la elegante pomposidad de un emperador romano. De fondo, la inagotable literatura sobre la isla: Norman Douglas y su mítica Siren land, publicada en 1911; el sueco Axel Munthe y la Villa San Michele; los paseos italianos del historiador alemán Ferdinand Gregorovius, con su correspondiente separata dedicada a Capri.

Para cuando llega Savinio, la isla es la meca de una Europa frívola y alegre que pocos años después será desangrada por los totalitarismos: “Esa vida ociosa – evoca el autor italiano en las primeras páginas de este libro -, salpicada de una híbrida mixtura de sentimentalismo, esteticismo centroeuropeo y culto a la naturaleza”. Spender o Isherwood, sin ir más lejos, hablaron en términos similares del Berlín de los años veinte. Pero en Capri el mito ya está cerrado y sólo exige el precio de la reescritura. Savinio lo hace y de un modo soberbio: “Cruzo un pórtico y se hace el milagro. Aquí estoy en el reino feliz de los pantalones blancos, los calcetines escoceses, los prismáticos en bandolera, las Kodak y los idiomas anglosajones. Aquí los mayores hoteles abren al turista sus vestíbulos excitantes. Aquí tiendas coquetas – una de ellas se llama nada menos que Boutique Fantasque – se exhiben llenas de baratijas, de petits-riens, de fruslerías. Aquí, por un inexplicable fenómeno de ubicuidad estás al mismo tiempo en Roma, París, Nueva York y Calcuta” Y ahí está el Tip-Top, donde a ritmo de jazz se canta al dios Baco, o el café Morgano, llamado Hidigeigei por los alemanes, y que conoció los amores entre Walter Benjamin y Asja Lacis, o el pintoresco Spadaro, ese pescador de cara atomatada que “es para Capri lo que Wagner era para Bayreuth.”

El mito de Capri perdurará, al menos, hasta Graham Greene y las memorias de Shirley Hazzard; pero como punto de partida, no conozco en castellano un libro mejor que esta joyita de Alberto Savinio.

Artículo publicado en el suplemento Bellver, del Diario de Mallorca

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