La república fracturada

La republica fracturada

Todo movimiento tiene su contraparte, como el yin y el yang de los taoístas. El éxito en España de la huelga global feminista del pasado ocho de marzo ha puesto sobre el tapete la pujanza de un fenómeno social que reclama protagonizar un nuevo capítulo del libro de la democracia. El siglo XX, que fue también el de la lucha contra los totalitarismos, puede leerse como la época que fijó la senda de la igualdad. De la cultura pop a la reducción de las diferencias sociales gracias al Estado del bienestar, del reconocimiento de la pluralidad religiosa a la lucha contra la discriminación racial, el día a día de la democracia cuadra los números de una igualdad creciente. La historia de lo que ahora se denomina género –y antes, sexo– refleja asimismo esta tendencia de fondo. La entrada masiva de la mujer en el mercado laboral, por ejemplo, cambió por completo la estructura de la sociedad, empezando por la de la familia. Si nos ceñimos a la España contemporánea –desde los ya lejanos días en que Clara Campoamor logró implantar el sufragio femenino durante la II República–, el salto adelante de las mujeres ha sido espectacular: hay más universitarias que universitarios, más maestras que maestros, más médicas que médicos. A nivel político, son  mujeres quienes dirigen el consistorio de las dos principales ciudades españolas –Madrid y Barcelona– y también quienes presiden un buen número de comunidades autónomas: Andalucía y Madrid, Baleares y Navarra. Y es lógico, justo y natural que así sea.

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El cronista

Walter Benjamin

Los sueños anuncian las grietas que se abren a nuestro paso. Los sueños son historias rotas, piezas de un puzle por cuyos huecos se trasluce la angustia del presente o los ecos de un deseo sin brida; tal vez, el galope ansioso del futuro. El poeta Jean Paul fue el primero en soñar la muerte de Dios, el asesinato del Creador a manos del hombre. Para el escritor  alemán, fue poco más que una pesadilla en la que se presagiaba el largo silencio de una orfandad cósmica: la ausencia de sentido. Por supuesto, Jean Paul desconocía la letra menuda del futuro, el Gólgota que le esperaba al dios caído. No podía saber que, décadas más tarde, Friedrich Nietzsche anunciaría la buena nueva de la muerte del Dios cristiano; ni que, poco después, antes de morir en la locura, se arrojaría en Turín sobre un caballo, al que su cochero azotaba, y lo abrazaría entre lágrimas. Jean Paul no podía adivinar los Lager alemanes, ni los dibujos que garabateó Zoran Music en los campos de exterminio, ni los gulags soviéticos que diseminaban el miedo como una epidemia mortal, ni los últimos cuartetos desolados que compuso Dmitri Shostakóvich, ni la filosofía banal de Sartre, ni la frivolidad pop elevada a criterio moral. Jean Paul sólo tuvo una pesadilla que anotó la mañana siguiente con la minuciosidad de un registrador. Los sueños anuncian las grietas y el suelo tambaleante, no la semántica del futuro.

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Septiembre de 1909

Septiembre de 1909

En septiembre de 1909, el profesor Sigmund Freud viajó por primera vez a los Estados Unidos. Iba a ofrecer un ciclo de conferencias en un pequeño college llamado Clark University, que celebraba el vigésimo aniversario de su fundación. Lo acompañaban algunos de sus discípulos más cercanos: el suizo Carl Gustav Jung y el húngaro Sándor Ferenczi. Años más tarde, la ruptura de Freud con Jung sería sonada y los conduciría por sendas opuestas. Freud, judío, perdería a buena parte de su familia en el Holocausto. Jung, ario, simpatizaría secretamente con el nazismo. Pero de eso nada se intuía aún en 1909, cuando Europa parecía un lugar seguro y estable, y América un país al que civilizar.

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La lección de Eton

Foto: Herry Lawford.

Fue a principios de la década de los treinta cuando el secretario de Estado del Foreign Office -que años más tarde llegaría a primer ministro-, Anthony Eden, se encontró con Adolf Hitler en Berchtesgaden. Allí hablaron de Europa y de la paz pero, sobre todo, de las heridas que la Gran Guerra infligió a Alemania. Para el Führer, la única razón que explicaba la humillante derrota alemana de 1918 era el carácter disciplinado y brillante de las élites militares inglesas, formadas en el mítico College de Eton.

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