200 años del Prado

«Cuando pienso en el Prado –escribió en una ocasión el pintor Ramón Gaya–, éste no se me presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria. Hay allí algo muy fijo, invulnerable y también sin remedio, sin redención. Para los franceses, el Louvre no puede ser sino un museo, un museo que está en Francia, pero que, claro, no es Francia. Los museos de Italia siguen siendo exterior, calle italiana, y no hay diferencia entre una sala de los Uffizi y el Arno; todo es igualmente navegable, vivible. Pero el Prado es un lugar hermético, secreto, conventual, en donde lo español va metiéndose en clausura, espesándose, encastillándose». Gaya consideraba el Prado como una metafísica de la España terca, pero realista y cuerda; sensata hasta el punto de la desnudez artística. Para mí, el Prado se acerca mucho a esa utopía hermosa y culta que llamamos “educación liberal” y que se sustenta necesariamente en la lectura de los clásicos o en la contemplación del gran arte. «Por educación liberal –sostenía uno de sus últimos adalides, el norteamericano Allan Bloom– entiendo educación para la libertad, especialmente la libertad del espíritu, que consiste en tener conciencia de las más importantes posibilidades humanas. […]. Sin el estudio de las grandes obras, el espíritu de un hombre está casi necesariamente preso en el horizonte de su tiempo y lugar particulares, y en una democracia significa estar preso de las premisas o prejuicios de la opinión pública».

En el Prado es difícil sentir la frívola tentación de la pintura contemporánea, ese arte que procede de la abstracción en lugar de originarse en la vida. Velázquez puede ser imaginativo pero nunca falaz. En Goya anida el disparate, pero ese disparate es la vida misma que se mueve entre la risa de don Quijote y el llanto del rey Lear. Ambos son modernos de una forma en que no lo será jamás ninguno de sus imitadores, por mucho talento que tengan. En la historia española, el Prado –que acaba de cumplir doscientos años– ha desempeñado un papel similar al que tienen los grandes libros en algunos países. Si no cabe concebir la cultura anglosajona sin Shakespeare o la Biblia del rey Jacobo, sí que podemos imaginarnos a Inglaterra sin la pintura prodigiosa de Turner. Italia es, sin embargo, su pintura infinita, al igual que España es Velázquez, Murillo, Zurbarán, Goya y Picasso. Más incluso que el Quijote o quizás junto al Quijote, pero nunca menos. Por ello mismo, pasear por el Prado, acudir a conversar con sus obras y con sus maestros, supone educar la mirada, pero sobre todo educar el alma desde una altura muy superior a la nuestra. El silencio de la pintura no es un silencio mudo, puesto que nos habla y nos enseña acerca del poder, la belleza y el amor; acerca del miedo y el terror; acerca de la luz de la carne y también sobre su decrepitud y sus sombras. Es un silencio sobrecogedor porque desnuda la realidad ante nuestros ojos y nos la hace palpable, humana. Consiste en todo lo contrario al mundo de las ideologías y las vanguardias, ese feudo del nihilismo, que celebra la muerte de todo lo que hombre ha considerado valioso a lo largo de los siglos. Inclinarse ante lo que representa el Prado es hacerlo ante lo mejor que la cultura ha sido capaz de crear. Reivindica al hombre y nos reivindica a nosotros, a pesar de la pulsión cainita que nos invita a destruir para destruirnos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Confucio hoy

El Maestro Kong (Confucio) nació hace dos mil quinientos años en una época confusa que vivía la muerte de los dioses y el nacimiento de nuevos ritos. Le disgustaba su tiempo tanto como el nuestro pueda disgustar a cualquiera de nosotros cuando constatamos la decadencia que ha seguido al esplendor democrático de la posguerra europea. En contra de las promesas de nuestra infancia, ni la prosperidad ha llegado a todos con la fuerza que creíamos, ni se sostiene el Estado del Bienestar sin el apoyo de la deuda, ni la nueva pedagogía ha extendido el amor por la cultura, ni la clase política responde a una selección de los mejores. Más bien se diría que al contrario: vemos cómo mueren los viejos dioses del bienestar socialdemócrata, la nobleza de los antiguos valores, la fe en las instituciones representativas. El espíritu ilustrado de la escuela sucumbe a causa del antiintelectualismo, la subjetividad y los excesos emocionales. Se generaliza la fractura entre clases sociales, el empobrecimiento de trabajadores y pequeños ahorradores; la desconfianza hacia la democracia parlamentaria –y su suplantación por sucedáneos plebiscitarios–, la añoranza de los hombres fuertes y los políticos autoritarios.

El Maestro Kong callaba y observaba. O preguntaba y volvía a observar. “No me aflige que los hombres me ignoren –escribió–. Lo que me afligiría es no conocer a los hombres”. “Aprender, estudiar, saber” es el primer imperativo que se lee en sus Analectas. Deseaba reformar su país, recuperar el recto camino de la sociedad. Para ello, contaba con dos herramientas: la educación y el ritual. Hoy hablaríamos de escuela y leyes: una escuela que valore la inteligencia y el esfuerzo, y unas leyes que sean respetadas por los ciudadanos. Esa adaptación de un milenio a otro se puede hacer sin dificultad. De todas las religiones, la que fundaron los discípulos de Confucio es la única decididamente laica sin ser atea ni ir contra Dios. En nuestros días les corresponde a las leyes desempeñar el papel formador del ritual.

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Algo va mal

En una entrevista concedida al periódico El País este pasado fin de semana, Felipe González  alertaba sobre el final del capitalismo: “La sostenibilidad de este modelo económico va a fracasar. Las sociedades no soportarán una nueva crisis”. El pesimismo histórico es una constante de la que no se salva la modernidad. Los sistemas ideológicos caen, la esperanza se oscurece, la sospecha y el rencor emponzoñan los vínculos personales. A principios de los noventa, tras la caída del comunismo, se dio por definitivo el triunfo del paradigma liberal: tanto el conservadurismo como el socialismo se daban por definitivamente superados. Hoy han regresado, no necesariamente como un peligro sino como interrogantes que ponen en duda las bases del pensamiento dominante. El conservadurismo, por ejemplo, se plantea si una sociedad sin instituciones mediadoras fuertes –la familia, los credos religiosos, la escuela, los ritos y las virtudes tradicionales– puede sobrevivir en medio del recio oleaje del relativismo. La crítica conservadora es básicamente cultural. La izquierda, en cambio, subraya la perspectiva de clase, el abismo socioeconómico que se abre entre los triunfadores de la globalización y el resto de los ciudadanos. Son sensibilidades distintas, pero no necesariamente contradictorias. El conservador puede reivindicar la estabilidad que aportaba la socialdemocracia en su formulación clásica. El socialdemócrata intuye que, en su éxito durante la posguerra, se hallaba el humus las virtudes burguesas.

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