Los libros que no he leído | Manuel Toscano

Manuel Toscano Los libros que no he leído

¿Qué libro que no he leído me ha influido más?

Por deformación profesional, tendría que empezar por la pregunta que tanto gusta a los filósofos y con la que se cuenta que John Austin intimidaba a sus interlocutores o Sócrates molestaba a los suyos: ¿qué quiere decir exactamente ‘los libros que no he leído’? Pues no está tan claro cuáles son ni deberíamos suponer que existe una distinción nítida y rotunda entre los libros que hemos leído y los que no. Una forma de verlo es reconocer que el sintagma que nos propone Daniel resulta vago, lo que está lejos de ser un reproche a nuestro benemérito anfitrión. Si entendemos la vaguedad en el sentido específico de los filósofos del lenguaje, su marca más destacable es la incertidumbre en el margen: un término es vago si presenta un núcleo de casos claros a los que se aplica con seguridad y una penumbra de casos discutibles en los que no sabemos si aplicarlo o no, sin que ello se deba a nuestra ignorancia de los hechos. Por usar los ejemplos habituales, hay casos en los que no sabríamos decir si alguien es alto o joven aun conociendo su altura o su edad. A poco que nos fijemos descubriremos esos contornos borrosos por todas partes, pues la vaguedad es endémica en el lenguaje ordinario. Expresiones como ‘los libros que no he leído’, o su antónima, no son una excepción y tienen su amplia franja de penumbra.

Nadie explota, por cierto, ese margen de incertidumbre como algunos estudiantes cuando les pregunto si han leído el texto asignado para clase. Se lo han leído, claro, pero no hasta el final. Ya sean unas líneas o unas páginas, invocan sin saberlo una segunda marca de la vaguedad: el principio de tolerancia en la aplicación del predicado, según el cual pequeñas variaciones no suponen una diferencia en cuanto a su aplicación. Si un montón no deja de serlo por quitarle algunos granos, tampoco un texto deja de estar leído a falta de un párrafo. Pero la acumulación de tales variaciones nos conduce directamente a la conocida paradoja del sorites que plantean los términos vagos: si un montón de granos de arena no deja de ser un montón por que retiremos un grano, y luego otro y otro sucesivamente, al final podríamos encontrarnos con un montón de un solo grano o un texto leído sólo con el título. Si le damos la vuelta, tenemos el mismo problema con los libros que no hemos leído.

Son muchas las posibilidades que se abren en esa franja de penumbra, como muchos son los libros que tengo medio leídos, quizá demasiados. Que no los haya leído enteramente no implica en absoluto que me aburrieran o no valieran la pena. De hecho, cuando pienso en algunos de ellos han sido libros de los que he aprendido mucho y jalones importantes. Por citar un ejemplo que ha salido recientemente en esta sección, nunca he leído de principio a fin los dos volúmenes de La democracia en América de mi admirado Tocqueville, a pesar de ser un libro que he frecuentado durante años. En este caso además debo añadir que ni siquiera estoy seguro de que las dos partes, publicadas en 1835 y 1840, sean un solo libro y no dos. Me pasa incluso con dos de los tres libros que, dejando a un lado a los clásicos, han cambiado decisivamente mi forma de pensar en filosofía: Razones prácticas y normas y The Morality of Freedom, ambos de Joseph Raz, y Needs, Values, Truth de David Wiggins. Si el segundo me ha llevado unos veinte años entenderlo, con los otros dos solo me he servido de algunas partes o ensayos, aunque han tenido un impacto duradero.

No es una mera cuestión de cantidad, pues concierne también a las formas de leer, o medio leer, los libros. Todos conocemos algún lector con poca tolerancia al suspense que se salta páginas para conocer el desenlace. Como la lectura en diagonal que recomienda mi amigo Montano, con la que he recorrido algún capítulo del Ulises y a la que la impaciencia me empuja con frecuencia. Algo análogo sucede a los académicos con las lecturas profesionales. Con la presión del tiempo y tantas cosas por leer, leemos muy deprisa y selectivamente, buscando simplemente los pasajes o los puntos que nos interesan o aprovechables para el paper en preparación. Espigando así los libros, nos comportamos más como saqueadores de tumbas que se apresuran en busca del botín (¡valga el símil!) que como arqueólogos atentos a la integridad de lo que estudian.

La franja de incertidumbre se ensancha con la falibilidad de la memoria. En algunos casos esa maleabilidad afecta a lo que hemos leído, o recordamos que hemos leído. Musil decía que hay pensamientos vivos y pensamientos muertos. Y algunos de los momentos más gozosos de lectura tienen que ver con esos pasajes que cobran vida, vibrantes de significado y conexiones, o al dar con la expresión exacta de una idea o una experiencia. No pocas veces, cuando al cabo del tiempo vuelve uno a buscarlos, no los encuentra por ninguna parte, como si se hubieran esfumado, o lo que encuentra no guarda parecido con el recuerdo embellecido que atesoramos. ¿Los leímos realmente? Afortunadamente en otros casos la relectura descubre cosas nuevas que se nos habían pasado; como sucede con los clásicos, que siempre parecen tener algo diferente que decir. Con expectativas distintas que dan la experiencia y otras lecturas, el libro puede cobrar una fisonomía inesperada como si lo leyéramos por primera vez.

Y hay una forma banal pero eficaz con que la memoria genera casos inciertos. Cuando era joven, con la petulancia propia de la edad, me parecía poco menos que incomprensible que algunas personas pudieran dudar de si habían leído un determinado libro. Ahora no es raro que me pase. Hace poco rescaté de mi biblioteca las Notas para la definición de la cultura de T. S. Eliot; si no llega a estar bien subrayado, no sabría que lo leí hace mucho. En otros casos, fueron lecturas que se desvanecieron sin dejar poso, como libros que nunca hubiera leído. Mucho me temo que ese es el destino de una buena parte de los libros que leemos, o quizás de todos al final. Pero en realidad nunca se trató de acumular libros y lecturas.

Manuel Toscano es profesor de filosofía moral en la Universidad de Málaga.

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