¿El final de la historia?

A mediados de los años ochenta, se publicó uno de los ensayos sobre geoestrategia más influyentes de las últimas décadas. En castellano, se tradujo como Auge y caída de las grandes potencias y lo firmaba un historiador británico, residente en la Universidad de Yale, llamado Paul Kennedy. En el libro, Kennedy subrayaba la primacía de lo económico sobre lo militar, haciendo depender de la musculatura económica de una nación su capacidad de influencia sobre otros países. Es una cuestión casi direccional, apoyada por un juego de directrices: los imperios inician su declive – y eventualmente colapsan – cuando la extensión de sus intereses supera el límite de su resistencia económica y demográfica.

En ese sentido, los poderes globales son insostenibles en el tiempo y todos los imperios terminan cayendo, anquilosados por el desarreglo fiscal y la errónea asignación de recursos. Kennedy afirmaba que la decadencia global de la URSS y de los Estados Unidos era inevitable; pero apenas fueron necesarios unos pocos años – con la inmediata liquidación por derribo del telón de acero – para que todo el andamiaje teórico de su estudio quedara en entredicho. Fueron los años del superávit fiscal de Clinton y de la burbuja bursátil de las puntocom. Y fue la época en que Fukuyama escribió su influyente ensayo sobre el fin de la Historia. Otro de los politólogos más brillantes del momento, Joseph Nye, acuñó el concepto soft power para subrayar la centralidad del American way of life en la nueva cultura global. América era el único imperio y podía permitirse soñar con una especie de Pax Americana de largo recorrido, un suave paternalismo que traería consigo la extensión de la democracia liberal y un desarrollo económico indefinido. Kennedy pasó entonces al olvido. Otro teórico destronado, pensaron algunos – un profeta del ocaso en el momento equivocado.

El 11-S primero, y el crash de 2008, después, lo cambió todo. De repente, descubrimos que nuestras aparentes seguridades se desvanecían y que la sinfonía de la Historia empezaba a marcar un compás distinto, más acelerado, si se quiere, y con unos protagonistas diferentes. En este mundo cambiante y movedizo, las tesis de Kennedy han recuperado una sorprendente actualidad: las consecuencias, por ejemplo, de los desequilibrios fiscales y del crash demográfico, el eclipse de Europa y el fortalecimiento del polo asiático. En un reciente artículo publicado en The New York Times y recogido en España por El País, el historiador británico se preguntaba si no habremos entrado ya en una nueva era, aunque no seamos conscientes de ello. “Es como si estuviéramos de nuevo en 1500 – ha escrito -, saliendo de la Edad Media hacia el mundo moderno”. Nada de pensamiento débil entonces, sino la quiebra de los últimos resortes de Occidente. Entre 1500 y el siglo XXI transcurren los quinientos años de predominio europeo con su extensión atlántica, capital Washington. Ahora la pelota vuelve a correr, con un claro sesgo hacia el Pacífico. Los epicentros de poder se multiplican, mientras que el declive de Europa no se puede obviar. El nuevo rostro del siglo XXI será multipolar, más complejo de lo nunca hubiéramos podido pensar hace treinta o cuarenta años.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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