Querido amigo Daniel

El próximo 8 de agosto inauguro en la sala Robayera. Me encuentro estos días con el ajetreo de preparar las obras, hacer la selección, fotografiarlas…y se me plantea de nuevo la cuestión de un posible texto para el catálogo. Podría pedirlo a algunos amigos,  pero solicitar que hablen de mí, de mi pintura, no deja de producirme una extraña sensación incómoda.

Así que pensé que bien podría ser lo que llaman un catálogo mudo, es decir sin texto. En última instancia esta opción dejaría las obras en ese espacio de silencio que pretenden.

Te escribo estas líneas bajo la sombra de un inmenso podocarpo (el estudio queda cerca del Botánico). Los escolares pasan distraídos y ruidosos para desesperación de sus profesores que se afanan en dar su información. Nadie mira hacia arriba para percibir su misterioso abrazo. Me traslado a un rincón menos concurrido donde el suelo está cubierto por una enorme alfombra amarilla. Son las flores de la tipuana.

Entrar de la calle al jardín no te sitúa necesariamente en él. Se puede recorrer todo sin ver nada, sin percibir nada. Debería decir sin saber que se percibe. Y es que para ver hay que salir del tiempo, ese aliado de la mente que siempre nos lleva a otra parte.

En mis comienzos me gustaba pintar en el jardín. Pronto me asombraría ver que cada planta tiene su propio verde y que dentro de cada planta hay muchos verdes y que cada hora del día cambia la temperatura de los verdes y que estos cambian de lugar y que la cercanía de otros verdes produce otros más y que  todo en conjunto produce sombras con verdes que ya no son verdes. Y que yo no era el mismo cada vez y todos los verdes de pronto eran otros.

Quien comienza a pintar un jardín,  puede verse inundado de esta complejidad y acaba por dotar al lienzo de un sinnúmero de detalles. Se va uno por las ramas y convierte todo aquello en un sinsentido. Nos convertimos en ese voluntarioso profesor intentando concentrar su disperso grupo de alumnos.

Es la mente la que quiere atrapar, en permanente estado de carencia, el botín de la realidad. Y no es con la mente con la que se puede pintar un jardín, pensando un jardín. Ella sólo se recrea a sí misma sin un atisbo de brisa, de perfume.

Tal vez no pueda pintarse un jardín.

Hace años, a propósito de una exposición colectiva se nos pidió a los pintores alguna reflexión sobre el arte y con torpeza intenté expresar la idea de que el arte era un anhelo de Realidad.

“Las tardes muertas, con la perspectiva que da el tiempo, resultaron ser las más vivas de mi existencia. Ellas, para bien o para mal, me hicieron; de aquellas tardes por las que deambulé ocioso, como un fantasma, nací.”

Estas frases de Juan José Millás de su libro “El mundo”  a propósito de su adolescencia las leí ayer y ayer mismo visité a un ser querido al que no veía en mucho tiempo. En algún momento me contó cómo de pequeño, a la hora de la sagrada siesta se descolgaba del balcón del primer piso y por la verja del entresuelo salía a la calle, se compraba un polo de limón, se tumbaba en el centro de la plaza desierta y veía pasar las nubes. Recordaba aquello como una experiencia imborrable.

Las tardes muertas…extraña paradoja. Al narrarlo había un anhelo de Realidad. Su confesión, como la de Millás, me llegaba como llega una verdadera obra de arte. No podía darme la Realidad…o sí.

Creo haberte comentado un relato que oí de un africano no recuerdo donde. Le decía su padre que la felicidad viajaba de incógnito, te dabas cuenta cuando ya había pasado. Así que puede uno ser feliz y no darse cuenta. La Realidad invisible.

Las tardes muertas son una acertada expresión metafísica. Las tardes muertas por donde descolgados de algún balcón nos salimos del tiempo.” Ante el rechazo y el afán, la propuesta del silencio es dejarnos herir justo en el centro, como crucificados”, creo haberte oído decir. Aquí la mente colapsa y de ese supuesto lugar brota la creatividad, porque la vida nunca deja de serlo.

Tal vez así pueda pintarse un jardín.

Puedo haberte dado una impresión equivocada pues los cuadros que presento a la exposición, son imágenes en su mayoría urbanas, distantes, lejanas, donde no llega el ruido del mundo.

Sería difícil explicarte qué pasa por mi cabeza cuando pinto. Esas imágenes me delatan. No porque reflejen la quietud que pudiera haber en mí sino todo lo contrario. Pintarlas me exige ese silencio que no tengo. Son una magnífica trampa en la que caigo. Me sacan a regañadientes del mundo cortando todas las salidas, frustrando mis pretensiones artísticas, quitándome la ropa pieza a pieza de ese uniforme de pintor que pensaba me quedaría bien…A veces me veo desnudo en ese callejón sin salida.  No siempre.

Lo normal es que encuentre “la salida”. Pero me consuela pensar que después de ese forcejeo algo de silencio quedó.

Qué pasaría si exhausto y rendido no pretendiera ya la salida. Puede que ya no pintara…

Tal vez apareciera mágicamente un jardín en el lienzo, como pasan las nubes, como de las tardes muertas nacemos.

Gracias otra vez por hacerme llegar las bellísimas páginas de Christian Bobin. De ellas recogería un fragmento, que para hacerlo un poco más mío, cambiaría las palabras “escribir” por pintar:

“Desde mi niñez estoy negociando conmigo, manteniendo conmigo una conversación que el mundo interrumpe una y otra vez. Para poder seguir hablándome, empecé a escribir. Lo que se dice en mi alma no está en los libros. Ellos sólo me aíslan del ruido del mundo. Los libros rozan este silencio; pero no lo tocan, apenas si lo rozan. Los libros son casi tan interesantes como el silencio. Escribir es casi tan apasionante como no hacer nada y esperar las primeras gotas de lluvia en los conciertos para piano de Mozart.”

m.

Carta escrita por el artista Marcelo Fuentes. Lee la contestación de Daniel Capó.

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