Se diría que vivimos en una simulación. Durante muchos años creímos que el gran peligro de la política era el engaño que envenena el debate público. Lo es, pero no es solo eso. No en nuestro tiempo. Quiero decir que antiguamente el político mentía, la prensa lo ponía en duda y los ciudadanos discutían y tomaban partido. Se miente en relación con la verdad; una verdad pequeña, si se quiere, deformada, oculta bajo múltiples capas de falsedad.
Ahora hablar de mentira y de verdad parece algo tan antiguo como referirse a «nuestra modélica transición» o a los «pollasviejas» —tal como, hace unos años, empezó a llamarse a nuestros mayores—. Vivimos en una simulación, lo cual es algo distinto a la mentira. Baudrillard lo observó hace casi medio siglo, cuando aún no existían teléfonos móviles ni algoritmos diseñados para secuestrar nuestra atención. El disimulo, explicaba, presupone la existencia de algo verdadero que se esconde; la simulación, en cambio, pone en peligro la distinción entre lo real y lo imaginario.





0 comentarios