Metz es una herida. El pasado lunes 28 de septiembre, León XIV quiso hablar desde este lugar del dolor. Las heridas nos remiten a la historia y a sus límites, a ese enigma que es el hombre cuando se enfrenta a la realidad. En apenas un siglo, Metz fue francesa y alemana, y otra vez francesa y alemana, y hasta ahora francesa. Sus cicatrices se conservan en las piedras. Toda frontera ha sido en algún momento una trinchera.
No es casual que el Papa eligiera esta ciudad para hablar de las raíces de Europa ni que lo hiciera en el Centro de Congresos Robert Schuman. Como tampoco es fortuito que, poco antes —aquella misma mañana—, tuviera lugar un encuentro interreligioso. De nuevo las raíces, de nuevo el origen. Pensemos en los símbolos más evidentes: Robert Schuman, por ejemplo, padre de la Europa moderna e hijo de la frontera. Nació en Luxemburgo como ciudadano alemán; estudió en Metz cuando la ciudad pertenecía a Berlín. Durante la II Guerra Mundial, fue detenido por la Gestapo y quizás fuera torturado: una doble herida. Pocas biografías explican mejor la fragilidad de los confines, pero también de la nacionalidad que nos configura. ¿Quiénes somos? Ninguna cartografía, ningún mapa y ningún atlas pueden trazar el perfil de nuestra identidad. Y aquí es donde entra en juego la herida, el precio de las fronteras.





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