La crisis de España —y también, de algún modo, la de Occidente— se resume en la educación. Si quisiéramos ser más precisos, hablaríamos de una crisis cultural, es decir, de valores y de creencias, de fundamentos morales y de esperanzas. Pero la cultura y la educación, aunque no sean lo mismo, dependen la una de la otra, de modo que podemos considerarlas intercambiables. El colapso educativo —puesto en cifras una vez más por el informe PISA— implica la derrota de un país, de una sociedad y, más aún, de todo un sueño. España ya no es Europa, como quisimos al entrar en democracia, y Europa tampoco es ya Occidente ni sigue aquella «vía romana», sobre la que escribió el sabio Rémi Brague y que consistía en adoptar todo aquello que fuera mejor que nosotros mismos para ser nosotros mejores. Los franceses llaman élèves a los alumnos, precisamente porque enseñar consiste en elevarnos, en aprender la lengua de los clásicos.
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