España, un país europeo, no acudió el fin de semana pasado a la reapertura de Notre Dame. No sé qué quiere dar a entender esta ausencia: si el rechazo de la fe religiosa que representa el viejo templo francés o de la cultura que hizo posible nuestra civilización y que ahora ya no reconocemos más que en una mitología de significantes vacíos, pura palabrería de analfabetos.
Mientras contemplaba las imágenes de la catedral parisina —por otra parte, tan fríamente luminosa, tan clínicamente aséptica— me vino a la mente una carta que escribió Joseph Roth a Stefan Zweig. No sé por qué me acordé de algo tan lejano y ajeno a lo que sucedía en París. La memoria, ya saben, es caprichosa y nos conduce a lugares insospechados. Roth, hijo de un campesino judío de Brody (actualmente Ucrania y, en aquel entonces, frontera oriental del Imperio Austrohúngaro), confesaba en aquella carta —cito de memoria— lo siguiente: «Me pasé los primeros quince años de mi vida alimentándome sólo de pan. Luego, a continuación, pude comer pan con manteca durante un tiempo hasta que llegó la Gran Guerra europea y, con ella, la hambruna. Y ahora, ya ve, para sobrevivir tengo que dedicarme al periodismo, que es una profesión repugnante».






0 comentarios