Hace unos días, le dije a Gregorio Luri que ser conservador consiste en cultivar la intimidad. Creo que le gustó la definición, aunque sea poco más que un aforismo. Leer un libro en soledad o con alguien al lado (tus hijos, tu esposa, un amigo…); escuchar música en el tocadiscos de casa; cocinar para alguien y hacerlo con el cuidado que merecen las cosas santas; pasear por las calles de una ciudad siguiendo el trazado de una geografía amada: detenerte en esa panadería o en aquel quiosco –o en ambos lugares– y tomar un café; o, simplemente, sonreír sin hablar mucho y siempre en voz baja, que es como se dice lo importante. La intimidad está en las antípodas de la vida social, siempre ansiosa por el aplauso y la aprobación. La intimidad se nutre de la memoria que, cuando es generosa y no sectaria, civiliza a los pueblos y les da consistencia. Como a las personas, claro está, si no queremos caer bajo el azote de un viento que sopla al albur de las modas.
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