Como llovía y soplaba un aire más bien molesto, decidí encerrarme en mi despacho y escuchar el disco Silk Baroque, con el genio de la música china Wu Wei y el ensemble Holland Baroque. Hacía tres o cuatro años que no oía este registro de piezas barrocas tamizadas por la sensualidad oriental, entre el pasado y el futuro. Pensé que una de las consecuencias benéficas de la globalización es la extraña riqueza de la fusión, en la que lo idéntico se replica de forma distinta, hasta el punto de que las fronteras entre los géneros se difuminan y hablan por primera vez con un lenguaje nuevo, no necesariamente más rico ni mejor, pero sí sorprendente y original. Wu Wei —leí en una ocasión que estos dos ideogramas en mandarín significan «no ser»— es uno de los grandes intérpretes actuales del sheng, un tipo de órgano de boca cuyos orígenes se remontan a hace tres milenios, aunque en Europa sea conocido sólo desde mediados del siglo XVIII.
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