En cierto modo, Andalucía parece mirarse en el ejemplo irlandés. A principios de los años noventa, España e Irlanda gozaban de un nivel de desarrollo similar. Eran países pujantes –se hablaba entonces del toro español (o de los nuevos conquistadores) y del tigre celta–, aunque todavía alejados de la renta per cápita de la Unión. Mientras que Madrid optó por un crecimiento muy escorado hacia las obras públicas –gracias, en gran medida, a los Fondos de Cohesión– y hacia el sector financiero e inmobiliario, Dublín decidió lanzarse a una carrera fiscal, con impuestos extraordiariamente bajos para la época, que atrajera inversiones de los Estados Unidos. A ello le ayudaba el idioma común y una importante colonia de emigrantes que ejercía de puente diplomático. El resultado fue un éxito colosal. El saldo positivo con la Unión y unas políticas restrictivas le permitieron captar fiscalmente grandes capitales y, sobre todo, situar en Irlanda las distintas sedes de los gigantes tecnológicos americanos. Para la izquierda constituía un modelo criticable –no se desarrollaba lo suficiente el Estado del bienestar, no se reducía la fractura social–, pero la riqueza media se disparó, así como la calidad de vida de los irlandeses. Su modelo de crecimiento no sólo había funcionado, sino que muchas naciones del Este –Polonia, Hungría…–, aprovechándose de la cercanía geográfica con el polo industrial alemán, decidieron experimentar vías similares, también con aparente éxito.
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