Crear lazos

por | Feb 7, 2021 | Literaria | 0 Comentarios

No hay Historia sin hombres que la protagonicen. La Transición española tuvo sus héroes en mayúscula –el pueblo en su conjunto– y sus pequeños héroes particulares –del rey Juan Carlos a Adolfo Suárez, de Torcuato Fernández-Miranda a Josep Tarradellas– que la hicieron posible. Uno de estos hombres fue Antonio Fontán, catedrático de Latín, pionero del periodismo independiente, figura de talante liberal y primer presidente del Senado. El profesor cántabro Jaime Cosgaya García acaba de publicar en la editorial Eunsa, con el título Antonio Fontán (1923-2010), una interesante biografía centrada en su carrera política. Tradicionalista en su juventud y hondamente católico en su acepción más hispánica, Fontán inició un lento viraje hacia el liberalismo entre la segunda mitad de los años cincuenta y la década de los sesenta, probablemente refrendado por el shock intelectual que le causó el Concilio Vaticano II y por la densidad de sus contactos periodísticos en el exterior. Fundó revistas como La Actualidad Española, Nuestro Tiempo y Nueva Revista; dirigió el periódico Madrid desde 1967 hasta su cierre por orden gubernamental cuatro años más tarde; fue miembro destacado de la camarilla de don Juan y ministro con Suárez. Era un realista y, como todos los realistas, creía en las bondades de lo posible frente a la ilusoria perfección de la utopía. Su ideal era mucho más sencillo: una nación reconciliada y en paz que respetase la libertad individual y la pluralidad territorial. Su devoción por Juan Luis Vives –ese exponente renacentista de la España que no pudo ser– iluminaba una idea que brilla constantemente en su trayectoria: el respeto a la conciencia de cada ser humano. Creía, siguiendo a los clásicos, que «la concordia es un don que los hombres ofrecen a los dioses» y, a su vez, que «el consenso generalizado es la voz de la naturaleza». ¿Quién sostendría algo similar a día de hoy, cuando tantos se esfuerzan por destruir nuestro patrimonio común? ¿Quién reivindicaría hoy, como hizo Fontán en el Senado, que «si hemos acertado y acertamos en un consenso generalizado, quizás la nuestra, la voz de esta Constitución, sea la voz de la naturaleza, quiero decir la voz de toda España»?

Antonio Fontán murió en 2010, ahorrándose la espantosa deriva de la política nacional en estos últimos años. La sustitución de un concepto de democracia basada en la concordia por otra sustanciada en la voluntad aplastante de una mayoría –que se sitúa incluso por encima de las leyes– dio paso al vértigo populista que parece hoy regir la sentimentalidad política de Occidente. Este fracaso, cuya raíz se halla en la degradación de las palabras y de las ideas, se traduce en un tipo de sociedad que hubiera resultado irreconocible para aquellos hombres de la Transición que se entregaron a la causa de la democracia liberal precisamente para evitar los estragos del cainismo. ¿Eran esos hombres, políticos y pensadores, tan distintos a nosotros? Es posible, no lo sé. Pero sí estoy convencido –haciendo mías las palabras que el catedrático Pablo Pérez utiliza en el prólogo a este esbozo biográfico– de que la auténtica «vida política gira en torno a la capacidad de crear lazos». Crear lazos, religar, encontrarse son palabras fuertes que poco tienen que ver con la cultura de la acusación mutua propia de nuestra época. Al crear lazos, se construye un país, un pueblo, una sociedad civil, una civilización. Al crear lazos, miramos con esperanza hacia el futuro y no desconfiamos de nuestro prójimo. Al crear lazos, la democracia se refuerza, porque incluso los inevitables errores se enmarcan dentro de una historia más amplia, definida por la generosidad, el esfuerzo y el deber. Aquellos hombres de la Transición, incluso con sus fallos y equivocaciones, buscaron crear lazos. Hoy, en fin, estamos a otra cosa. Por desgracia, me temo.

Autor del cuadro: Félix Revello

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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