Con todos y para todos

por | Dic 28, 2020 | Política | 0 Comentarios

El sentido histórico de la Corona resulta inseparable de la paternidad. A veces lo olvidamos, porque hablar de padres e hijos suena antiguo, poco moderno. Pero precisamente porque todos somos hijos, en primer lugar de nuestros padres y también de las vicisitudes de la patria a lo largo de los siglos, no sólo no nos encontramos en el abandono sino que pervive entre nosotros una ligazón fuerte de solidaridad y ayuda mutua. No era otro el ideal de la piedad romana, tal y como leemos en Virgilio: cada hombre se hacía cargo de su telaraña de afectos, empezando por los inmediatos de la propia familia y siguiendo por los comunes de la patria, que significa -en su etimología- la tierra de nuestros padres. El Rey no era así una abstracción, aunque se revistiese con el símbolo de la Corona, porque era un hombre real -tan real como cualquiera de sus súbditos- que enlazaba en su figura dinástica el presente y el pasado junto con la diversidad de sus gentes. El Rey no era una abstracción y no lo es, ni puede serlo. Su persona -garantía última de nuestras libertades constitucionales- goza de la doble legitimación de la historia y de las leyes democráticas, ajena a las pugnas partidistas. Por ello mismo, un Rey habla con su pueblo de un modo distinto a como lo haría un gobernante y de él se espera una lealtad distinta, fundada en la responsabilidad y en el vínculo especial que mantiene con cada uno de nosotros.

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Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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