Los hilos rojos

En algún lugar de su fragmentaria obra, Walter Benjamin predijo que la luz mesiánica surgiría de alguna grieta entre los escombros de un escenario en ruinas. A pesar de su marxismo heterodoxo, Benjamin sabía que habitaba un mundo en descomposición. Quizá la Historia sea eso: constatar cómo se marchitan las ilusiones y aferrarse a lo que va quedando de esperanza, como el rescoldo de un tiempo que fue –o eso creíamos– mejor. No lo sé. A veces he pensado que Benjamin tenía razón, aunque en un doble sentido, de ida y vuelta. Quiero decir que, para que un país o una sociedad se echen a perder, también el pecado y la destrucción han tenido que penetrar en ellos a través de una fisura, de una pequeña hendija que se dejó a merced del albedrío.

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