Hijos de la ira

por | Jul 13, 2020 | Animal Social | 0 Comentarios

Las estatuas nos juzgan con sus ojos. Nos miran y nos observan sin decir nada, calladas como una sombra que pesa sobre nuestras conciencias. Esa es su misión, en efecto: reflejar el poder, pero también la grandeza y la perfección humana. Juan Claudio de Ramón tuiteaba hace unos días la fotografía de una pareja de amantes etruscos: el retrato idealizado del amor conyugal –esa potencialidad que late en toda relación. La estatuaria griega y el Renacimiento italiano anhelaban representar las formas humanas en su plenitud, sin fisura alguna de nuestras miserias. Las esculturas del Románico –también sus pinturas murales, las iluminaciones de sus manuscritos–, al igual que los iconos de Oriente, nos hablan de otro ideal: el del espíritu, aunque sin ocultar sus horrores nocturnos, esos bajos fondos del alma. Ya tratase de lo más santo o de lo más demoníaco, el arte del poder nos recordaba como una admonición que el hombre es capaz de mucho más… y de mucho menos. Que el pasado tiene muchas cosas que enseñarnos. Y que nadie es un buen juez de sí mismo. De hecho, ninguna época lo ha sido.

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Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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