Modernización malograda

Según se mire, la realidad resulta muy compleja pero también sencilla y diáfana. Quiero decir que lo complicado es lógicamente difícil y lo sencillo, fácil. ¿Era previsible una epidemia por coronavirus hace apenas seis meses? No, de ningún modo. ¿Se trata pues de un cisne negro impredecible? Tampoco. Las epidemias globales, las grandes pestes que saltan de un animal al hombre, forman parte de los ciclos históricos de la humanidad. Cisne blanco o negro, conviene fijarnos más en los principios que en los discursos, más en los hechos que en las promesas. Llegó el azote del coronavirus y nos pilló sin defensas, con el país debilitado por muchas causas. La más dolorosa, la político-ideológica, consecuencia del brutal recrudecimiento de la guerra cultural. Si la Transición fue un milagro que propició el reencuentro, las dos últimas décadas han visto la voladura de tantos y tantos puentes que parecían sólidos y destinados a perdurar. El más obvio, el más patente y cuantificable es la ruptura económica: un auténtico adiós a todo lo que fue nuestro país en los últimos cincuenta años, una línea de prosperidad y de crecimiento más o menos sostenida.

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