Parada en Burgos

La historia de la burgalesa Lourdes Arnáiz y el embajador británico en España nos muestra el corazón auténtico de la humanidad

Una biografía se escribe con el resguardo de las anécdotas. Nunca sabremos por qué el azar nos empuja en una u otra dirección. Para los clásicos el destino es la vida, en el sentido de que no se puede huir ni de nuestro carácter ni de las consecuencias de nuestros actos; pero uno añadiría que no hay destino sin los giros misteriosos de la fortuna, que se dirige siempre adónde quiere. Estos días, por ejemplo, se ha hablado mucho de un acto de generosidad que acabó motivando el amor hacia un país. Lo ha contado Hugh Elliott, el actual embajador británico en Madrid, en un vídeo casero grabado frente a la antigua estación ferroviaria de Burgos. Un joven estudiante inglés decide recorrer el camino de Santiago en bicicleta cruzando medio continente. Estamos a mediados de los años ochenta y España acaba de despertar a la democracia tras medio siglo de franquismo. Es un país todavía pobre, según los estándares europeos, pero joven y optimista. Nuestro hombre –que algún día será embajador– se demora excesivamente en Francia, por lo que decide tomar el tren en Carcasona y proseguir la ruta en bicicleta desde Burgos, la vieja ciudad castellana. Sin embargo, al llegar a su destino, la bicicleta ha desaparecido, extraviada en algún punto de la red ferroviaria europea. Sin apenas dinero y sin su bien más preciado, Hugh Elliott se enfrenta a un difícil dilema, teniendo que cargar además con el pesado fardo de una tienda de campaña. Pero ahí es donde entra en juego el azar: una joven burgalesa, Lourdes Arnáiz, le ofrece su casa para descansar hasta que recupere la bicicleta perdida. Durante cinco días, el joven británico comerá y dormirá en casa de una familia española, sin que le pidan nada a cambio. “Ahí nació mi amor por este país –declaraba el embajador en el vídeo–. ¿En qué otro país europeo habrían acogido a un forastero con esta generosidad?”.

Por supuesto, una luz oriental alumbra esta historia. En la memoria del sufrimiento y la soledad –“recuerda que fuiste esclavo en Egipto”– radica la atención especial que merecen los extranjeros y los inmigrantes en el Antiguo Testamento, del cual el cristianismo es continuación y herencia. San Benito de Nursia, tan presente a lo largo del Camino de Santiago así como en la construcción cultural de Europa, impuso a sus monjes el deber de hospedar a los peregrinos, una práctica que todavía perdura hoy en los monasterios de tradición benedictina. Esa luz oriental, que es también europea, configura una moral antigua cada vez más ajena a un tipo de sociedad definida por el individualismo creciente: son los otros –en nuestra relación con ellos– los que nos ponen a prueba y nos dicen quiénes somos. A su modo, con sencillez, la familia de Lourdes Arnáiz le mostraba a Hugh Elliott el rostro de nuestra mejor cultura, pero también –con su ejemplo– recordaba a ese joven estudiante inglés en qué consiste la letra más íntima de la humanidad: dar a cambio de nada.

La historia no termina en este punto. Pocos años más tarde, Lourdes Arnáiz moriría víctima de la ELA, una de las más crueles enfermedades neurodegenerativas. Tenía 35 años y una vida por delante que se truncó demasiado pronto. Pero fue más que suficiente para dejar puntos de luz en su camino, semillas que han dado fruto en las personas que conoció. Aunque fueran apenas unos días, como en el caso del embajador. Nadie sabe adónde conducen nuestros pequeños gestos. Pero sí sabemos que no caen en el vacío.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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