El problema es la dirección

El problema es la dirección. No sabemos si Pedro Sánchez mira hacia la izquierda –un pacto amplio y sólido con Unidas Podemos– o si mira hacia el liberalismo reformista. No sabemos si apuesta por desarrollar la idea de una nación de naciones, por federalizar las autonomías, o por recentralizar el Estado. No sabemos si detrás de Sánchez se encuentra la política sonajero del folclore populista o si prima el horizonte razonable de los modelos socialdemócratas escandinavos. No sabemos si el presidente del gobierno sólo destaca en el regate corto o si su estrategia responde a pases largos. No lo sabemos porque Sánchez ha ofrecido pistas para defender cualquier opción, en una línea y la contraria. Y lo ha hecho, supongo, porque es un rasgo de su personalidad; pero también porque la nueva política –siempre atenta a los excitables dictados de la demoscopia– parece reclamar la volatilidad de los acuerdos. La fragmentación actual de las sociedades modernas –agravada por la polifonía coral de las identidades– así lo favorecería. En un mundo sin grandes creencias ni mitos compartidos, la flexibilidad actúa como un valor al alza. Dicho de otro modo: todos los caminos conducen a Roma, siempre que Roma constituya efectivamente el centro del poder.

Pero si el problema es la dirección en que se mueve Sánchez, el sentir popular reflejado en el arco parlamentario debería ser la solución. Por muchos motivos. El primero porque, a pesar de la fragmentación ideológica –la profecía autocumplida de la italianización de España–, el dictamen de las urnas a favor de la moderación fue evidente. Las minorías dogmáticas de este país se sitúan claramente en los extremos y no en el centro del tablero, que es mayoritario se calcule como se calcule. El segundo motivo, porque ese centro parece el único capaz de responder a la doble exigencia propia de cualquier democracia moderna que se precie: el respeto a la ley, por un lado, y la creciente integración de las diferencias y la pluralidad –sin los atajos propios del sectarismo–, por otro.

En realidad, el fracaso de la investidura debería llevarnos a preguntar por qué Sánchez decidió revalidar un acuerdo a la izquierda –que ya se había mostrado extremadamente inestable en la legislatura anterior–, en lugar de plantear una gran coalición. La respuesta inmediata sería que a los populares se les percibe como herederos de la  corrupción y que Cs –la primera opción para el PSOE– se negó en banda debido a su carrera por convertirse en el partido central de la derecha. De este modo, Unidas Podemos representa el socio no deseado pero inevitable una vez cerradas todas las puertas. Y seguramente algo de verdad hay en esta lectura. Sin embargo, recientes aún la penosas imágenes que han ofrecido los partidos en el Congreso, cabe preguntarse de nuevo si el quid del asunto no es la dirección y si Pedro Sánchez no podría haber ofrecido un acuerdo programático lo suficientemente amplio y generoso al centroderecha como para retratar a sus líderes en caso de que no aceptasen. Un pacto que ofreciera los mimbres necesarios para estabilizar la democracia española y marcar el sentido de toda una serie de reformas  imprescindibles para nuestro futuro –de las pensiones al marco territorial, del mercado de trabajo al modelo educativo–, pero cuya implantación exige transversalidad. El ejemplo alemán, en definitiva, bendecido además por buena parte de la sociedad española y de la opinión pública europea. ¿Hubieran dicho que no Casado y Rivera? Tal vez, aunque a costa de un daño evidente a su imagen. En el actual momento de la política, la generosidad se recompensa mucho más que la intransigencia.

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