Tantas mudanzas

Del 78 al momento actual hemos vivido tantas mudanzas que ya no sabemos cómo dirimir las diferencias ni cómo vivir en común

En uno de sus “pecios”, Rafael Sánchez Ferlosio recuerda una hermosa cita de santa Teresa de Jesús que parece dirigida a nosotros: “En lo que he vivido,  he visto tantas mudanzas que no sé vivir”. Esta tarde de domingo, en la que escucho la Pasión según san Mateo de Johann Sebastian Bach, pienso en estas palabras. En el jardín de casa llueve a ratos y el viento sacude el mar, como queriendo dar razón a tanta mudanza. Aquella España del siglo XVI, definida por el oro de América, las guerras religiosas que asolaban Europa y el peso sombrío de la Inquisición, era muy distinta a la actual pero coincidía con ella en ese misterioso trazado de las pasiones que llamamos condición humana. “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el sol”, leemos en el Eclesiastés. Ni el juego sangriento de las revoluciones, ni las contradicciones del poder, ni el desafío a sus límites, ni la tensión que late entre el deseo y el miedo, ni la profunda incertidumbre que esconde el futuro a costa tantas veces del hombre… nada de eso cambiará. Pero, al mismo tiempo, ahí está todo: también esa inquietud grabada en unas palabras de la santa española.

“He visto tantas mudanzas, que no sé vivir”, confesó, seguramente apesadumbrada. Catón el Viejo, ya al final de su vida, nos legó un pensamiento muy similar al observar que “es cosa muy dura haber vivido con unos hombres y tener que defenderse ante otros”, es decir, con otro estilo y otros códigos de conducta, con su etiqueta particular y criterios morales distintos. Nada cambiará la condición conflictiva del hombre y de las sociedades, pero sí se transforma el modo de encarar los problemas, agravándolos a veces. La crisis política que vive nuestro país, sin ir más lejos, es también una crisis de convivencia que subraya un viejo vicio de la historia: la dificultad de convivir en armonía los que piensan distinto. Cuando se habla –y es bueno que así sea– de la necesidad de llevar al debate público las dificultades territoriales de la España vacía, conviene no olvidar que hay muchas otras Españas vacías que también se sienten desamparadas, como la de aquellos que viven acosados por los extremismos ideológicos, o la de quienes padecen el paro de larga duración y saben sencillamente que la política no cambiará su futuro de forma significativa, o la de quienes comprueban casi a diario que las reformas concretas se dejan de lado a favor de una manipulación maniquea y casi siempre agresiva de las cuestiones nacionales.

Del 78 al momento actual se podría decir con Teresa de Ávila que hemos vivido tantas mudanzas que ya no sabemos cómo dirimir las diferencias ni cómo vivir en común. Esa ciudadanía, no representada por la algarabía electoral ni las guerras culturales tan del gusto de los demagogos, se encuentra desorientada. Seguramente desea conocer cuál es el mal menor –si lo hay– y de qué modo puede contribuir a recuperar ese principio fundamental de la política que es la amistad. O, al menos, el respeto. Antes de que sea demasiado tarde. Antes, digamos, de que el odio y el fanatismo, la propaganda y las disputas identitarias, el miedo y la desconfianza, el ruido y las falsas certezas corroan la sustancia moral del pueblo. Antes, en definitiva, de que no tengamos nada que decirnos los unos a los otros, porque sólo nos reconozcamos en los nuestros.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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