Un mundo mejor

Los datos son incuestionables: el mundo mejora; sin embargo, el futuro siempre será una incógnita

Nada avanza en una sola dirección, ni siquiera el progreso. Tampoco el desastre, aunque haríamos bien en no descartar la posibilidad distópica. En Hiroshima y Nagasaki, en los gulags y en los campos de exterminio, en Ruanda y en Camboya se produjeron acontecimientos apocalípticos en pleno siglo XX. Sin embargo, como regla general, la realidad es más una gama de matices, a veces difíciles de distinguir con precisión, que un espacio en blanco y negro donde se enfrentan el bien y el mal. El médico y divulgador sueco Hans Rosling se encargó a lo largo de su vida de recordarnos esta verdad: el pensamiento binario nos conduce a conclusiones equivocadas cuando analizamos el funcionamiento de la sociedad. En su reciente e indispensable Factfulness (ed. Deusto) nos explica por qué al pensar caemos en tantos sesgos erróneos, dando la espalda a los datos más evidentes. El optimismo de Rosling admitiría una réplica inmediata –nada es unidireccional–, pero su tesis de fondo es mayormente acertada: nunca antes se había gozado de tantos derechos ni la prosperidad se había generalizado tanto como ahora. Por supuesto, también fuera de Occidente. Más aún, seguramente es en lo que tradicionalmente llamábamos tercer mundo –así como en los países en vías de desarrollo– donde, de una forma más decidida, se aprecian los avances. Hasta el punto de que, para la Fundación Melinda y Bill Gates, resulta probable que en poco más de una década apenas queden regiones definidas por la extrema pobreza.

En dos siglos la mortalidad infantil ha pasado de un 44 % a sólo un 4 %. En ese mismo periodo, los países que aceptaban la esclavitud legal han pasado de 193 a 3 únicamente. En 40 años, el porcentaje de personas desnutridas en el mundo ha evolucionado de un 28 % en 1970 a un 11 % en 2015. Un 88 % de los niños son vacunados, frente al 22 % en 1980. En ese mismo año, un 58 % de personas tenía acceso al agua potable; hoy ya puede disponer de ella el 88 %. Década tras década se curan más y más enfermedades, se alarga la esperanza de vida, se extiende la alfabetización –que ya se sitúa cerca del 90 % de la población mundial–, se protege a un mayor número de especies y se incrementan las hectáreas destinadas a preservar el ecosistema, se reduce la emisión de partículas de CO2 por persona o el deterioro de la capa de ozono. El derecho al voto femenino se extiende con el crecimiento de la democracia, que alcanza ya al 56 % de la población. Son datos del libro de Rosling que nos hablan del camino recorrido por la humanidad y mueven al optimismo, a pesar de todas las dificultades e imperfecciones todavía por superar.

La principal imperfección, la nuestra: la humana. Nuestras emociones nos traicionan, nuestras carencias también. Lo mismo que se avanza se puede retroceder y, a veces, con una facilidad asombrosa. El endeudamiento crece, la polución medioambiental transforma los ecosistemas, la brecha social vuelve al Primer Mundo, las infecciones bacterianas se hacen más resistentes. La alfabetización aumenta, pero cada vez contamos con más personas formadas y sin salidas laborales. La extensión de la democracia coincide con su desprestigio creciente debido a los movimientos populistas. Retornan los nacionalismos y nuevas ideologías de inspiración totalitaria y sectaria se camuflan bajo la corrección política. El mundo, como apunta Rosling, va mejor, pero la dirección del futuro –¿hacia dónde se dirige la Historia?– siempre será una incógnita. Lo cual apela directamente a nuestra responsabilidad.

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