El conservadurismo

El poder es conservador, nos enseña Shakespeare. El poder exige, además, una elevada dosis de teatralidad, rituales, una simbología recurrente, cierta devoción pactada, algún tipo de consenso… El poder, en definitiva, busca sobre todo preservarse a sí mismo, más o menos como actúa la vida en estado natural. La evolución de las especies parece confirmar este componente grupal, simbólico y litúrgico del hombre. Nuestra inteligencia crece socialmente y exige un fuerte grado de vinculación emocional, que hoy conocemos como “apego seguro”. Los estudios de Sarah Blaffer Hrdy sobre el apego en los primates –ha escrito al respecto un libro fascinante: Mothers and Others– demuestran el contenido tribal de estos vínculos, que se extienden mucho más allá de la familia stricto sensu. Si en la prehistoria las tasas de supervivencia se incrementaban con la ayuda del grupo, en la modernidad lo importante son las virtudes y los valores sociales. La confianza, por ejemplo, en la palabra dada, el respeto a la ley, la voluntad de racionalizar los conflictos y de convertir la democracia, básicamente, en un espacio de decencia. Conservar significa no sólo amar las viejas tradiciones o los lugares santos, sino también reconocer la textura social de la Historia, con su catarata de contradicciones que hay que pulir y modular, y cuyas soluciones deben ser puestas al día generación tras generación. Nada hay menos conservador que el integrismo del pasado (o cualquier otro tipo de fijación cultural, ideológica o identitaria). El integrismo, digámoslo ya, constituye un peligroso espantajo que regresa una y otra vez en forma de tentación. Los hombres aprendemos con dificultad de la Historia.

El conservadurismo es una experiencia plural y no se limita a una única tradición. Debe ser capaz de discernir entre lo importante y lo aleatorio. Existe un conservadurismo de la derecha como hay otro de la izquierda y, aunque suene paradójico, ambos son valiosos. En España, la tradición modernizadora pertenece más bien a la izquierda, principalmente porque la Ilustración adquirió ese cariz. Lo explica muy José Jiménez Lozano en un libro memorable, Los cementerios civiles: lo mejor de España, según el autor abulense, se encuentra enterrado en dichos camposantos. No en todos los países fue igual. La influencia de la Ilustración escocesa sobre el Reino Unido resulta evidente en los dos vértices de su espectro político, así como el papel sagaz de la Corona británica en ese continuum de afectos y de pactos no escritos.

Al final, un país debe saber elegir la tradición a la que desea adherirse. Una tradición que civilice u otra que no. Una tradición abierta u otra cerrada. Una tradición que crea en la dificultosa labor de la convivencia u otra que opte por lo que Lasch, con acierto, ha denominado “la revuelta de las elites”. Una tradición, en definitiva, que no desdeñe las lecciones del pasado u otra que, por el contrario, piense que la realidad se puede recrear ex nihilo en cada momento. Por supuesto, sabemos que esto último no es factible, especialmente cuando las tasas de analfabetismo de mediados del siglo XIX siguen perdurando hoy en día, por regiones, en forma de fracaso escolar. O si tenemos en cuenta que, en el Moscú soviético, los hijos de la antigua burguesía de los zares obtenían mejores resultados académicos que los alumnos criados en barrios obreros. La sombra del pasado es alargada para lo bueno y para lo malo. La inteligencia del conservador consiste sobre todo en saber distinguir y quedarse con lo mejor.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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