Barro blanco

Imagen: Filmotech

No sé cuántos años tendrá. Acaba de sufrir una trombosis y sus piernas están paralizadas por el peso del trabajo y de la vida. Al vernos llegar, nos mira, intenta levantarse y esboza con la sonrisa un gesto de gratitud. Escolástica Olegaria tal vez sea la última de las alfareras tradicionales de España; una de las últimas, al menos, que ha seguido modelando el barro de rodillas, como se hacía antes de que las máquinas fueran sustituyendo los usos antiguos. Nuestra época, lo sabemos ya, ama la apariencia, que es otra forma de manierismo. Sin embargo, en esta casa de Pereruela nada es nuevo ni aparente: las paredes son blancas, la luz natural, los lujos escasos. Afuera, en el corral, se amontonan los cacharros de barro, las ollas, los platos de una tosca sobriedad. La luz de la tarde resplandece gastada y unas gallinas cacarean bajo la mirada de un gallo amenazante, imperial. Es un mundo antiguo y solanesco, polvoriento.

Olegaria nos explica su oficio, la tradición que aprendió de sus abuelos. El habla alegre y espontánea denota un cierto orgullo: la conciencia de pertenecer a una casta que se extingue. Me explica las peculiaridades del barro blanco, compuesto de mica, que constituye una de las características de la alfarería zamorana. Me habla de las manos, de la tierra, del agua y del fuego, y uno tiene la sensación de estar ante una especie de deidad mitológica enraizada en el tiempo. Con ella termina un mundo que era suyo aunque no le perteneciera por completo, como nada lo hace.

Salimos de Pereruela, camino de San Román de los Infantes. A lo lejos se divisa Zamora. La carretera serpentea siguiendo el curso de un río que apenas se entrevé. “Es la piedra -me dice Luis- que se traga el agua”. Le escucho con atención y regreso a mi silencio. San Román es una aldea fantasmal, apenas habitada por dos o tres familias. Un perro bosteza al vernos llegar. El pastor llama a sus ovejas. Las mujeres -Mari, Cris, Sor María Luisa- preparan la cena: costillas de cerdo, queso de oveja, ensalada, vino. El sol enrojece las colinas. Los restos de una lumbre caldean la habitación y una única farola ilumina el pueblo. Si no fuera por nuestras risas el silencio sería absoluto. Al salir, pienso que el tiempo se condensa en las piedras y que, como las serpientes, también la historia muda de piel. Dentro de algunos años, todo este mundo tradicional habrá desaparecido. Será entonces un recuerdo tan lejano como la luz de las estrellas.

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