La alegría de Scrooge

La alegría de Scrooge, en la inmortal novela de Charles Dickens, ilumina el sentido presente de la Navidad

Detrás de la Navidad se asoma una tristeza íntima y recogida, amasada con los restos de la vida. Una pesadumbre que no excluye la alegría, porque cae como la sombra de una luz. Precisamente porque hemos probado el sabor del paraíso en la infancia y la niñez, en el amor y la amistad, en la belleza y en los  nobles frutos del esfuerzo, no nos resulta del todo ajeno ese reverso del tiempo. Como fantasmas, en la Navidad regresan los seres queridos que nos han dejado; el peso de nuestras culpas y errores; el rostro de aquellos a quienes hemos lastimado; la insuficiencia, en definitiva, de nuestro ser. Un antiguo filósofo africano, Ticonius, pensaba que en el seno del catolicismo convivían un brazo santo y otro perverso, un cuerpo vigoroso y otro enfermo. Era una época de controversias teológicas muy alejadas de las preocupaciones actuales, pero que a mí me sirven para ilustrar el sentido de la parábola del trigo y de la cizaña: en cualquier sociedad, en cada uno de nosotros, coexiste lo bueno y lo malo de una forma tan inextricable que, al querer eliminar lo uno de forma radical se arranca también lo otro. Lo podríamos considerar como el privilegio de una imperfección a la que todos estamos sometidos. Persiguiendo la utopía caemos en la crueldad, del mismo modo que cualquier ideario llevado a su extremo termina enloqueciendo.

Tuvo que ser un novelista, Charles Dickens, quien adaptase a la sensibilidad contemporánea la profunda dualidad navideña. En su famoso Cántico de Navidad, recurre a un misterioso juicio en el más allá –el espíritu de las navidades pasadas, presentes y futuras– para sondear el sentido de esta fiesta cristiana. El tacaño Scrooge redescubre la alegría en el fondo de su alma, enfrentándose precisamente a lo que permanece vivo en su corazón del pasado: es ante los muertos –y ante el dolor que siente por ellos– como empieza a fluir de nuevo la gratuidad del amor por los demás. Se trata, en definitiva, de retornar lo recibido: no de acuerdo a una obligación contractual, sino desde una hondura que nos liga a nuestros orígenes y nos impulsa a compartir lo bueno que hemos recibido.

La alegría de Scrooge es la que sucede a la tristeza al mirar hacia el pasado y el futuro. Es la melancolía gozosa que se debió vivir en la primera natividad, cuando un Niño nació en Belén bajo el augurio de una estrella que anunciaba su muerte y resurrección. Siglos más tarde, algunos teólogos se plantearon si María, la que meditaba en silencio, intuyó ya en aquel momento el traspaso de su Hijo. En nuestra época, el filósofo musulmán Navid Kermani se pregunta si los cuadros que se han pintado sobre el Nacimiento recogen esta huella sombría en el rostro de la Virgen o, si por el contrario, describen sólo la felicidad de aquella primera noche de hace dos mil años. Quiero creer que la pintura –como la música– plasma lo que las palabras no pueden expresar. En la Navidad se alumbra una esperanza que nos religa de nuevo al tiempo: el biográfico de nuestra memoria personal y familiar, y el de los grandes y pequeños relatos que nos acompañan desde los orígenes en forma de cultura.  Pero, sobre todo, la Navidad es el periodo litúrgico que nos recuerda que la tristeza más digna es aquella que no se recoge en sus sombras sino que emite una refulgente luz de esperanza.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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